5.21.2026

Rita Martin: Cuba, Canadá y la mentira de la soberanía

 


I

Todavía recuerdo a viejos anticastristas —algunos en Cuba, otros ya en el exilio— hablando con una mezcla extraña de crítica y resignación sobre Fidel Castro. Les dolían la censura, la represión, el control creciente del Estado y la destrucción de libertades que habían conocido durante la República. Y, sin embargo, muchos seguían viendo en Fidel Castro una figura histórica necesaria, casi inevitable: el hombre que había venido a restaurar la dignidad nacional frente a Estados Unidos.

La paradoja es profunda. Hacia 1959 muy pocos cubanos dominaban realmente la historia jurídica de la Enmienda Platt, establecida por Estados Unidos dentro de una lógica de control estratégico del Caribe y protección de su frontera sur. Todos sabían cuándo la Enmienda Platt había comenzado, pero una gran parte de la población desconocía que había sido abolida oficialmente mediante el Tratado de Relaciones Cubano-Estadounidense de 1934 bajo la firma del entonces presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt.

La emoción cubana, sin embargo, estaría marcada por varias décadas más por la Revolución de 1933 y el enfrentamiento de figuras como Antonio Guiteras Holmes a la presencia de barcos de guerra norteamericanos en las costas de Cuba con los que Estados Unidos intentaba presionar la administración reformista de Ramón Grau San Martín y Guiteras. El gesto confrontacional de Guiteras tuvo mayor efecto en la conciencia cubana que la abolición plattista. El golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, apoyado por Washington, profundizó todavía más la percepción cubana de que la subordinación a Washington seguía operando aun cuando el instrumento jurídico había sido derogado. 

En realidad, el golpe de Batista ocurrió en una América Latina atravesada por el intervencionismo estadounidense, la Guerra Fría temprana y el respaldo a gobiernos fuertes o militares considerados útiles para la estabilidad hemisférica y la lucha contra el comunismo. Sin duda, la herida cubana era real, pero no era única y el país no supo verse dentro del cuadro continental. Cuba se miró únicamente en su propia foto de pasaporte, que unos años después el castrismo lograría convertir en excepcionalidad absoluta.

La soberanía formal había avanzado, pero la percepción emocional de subordinación permanecía, y Fidel Castro había entendido eso mejor que nadie. Comprendió el poder simbólico de la humillación histórica, el resentimiento antiintervencionista y la necesidad psicológica de autoafirmación de un país. El régimen castrista logró entonces algo decisivo: convertir una percepción emocional en fundamento absoluto de legitimidad política. Con tal propósito, el régimen instaló una ecuación política, doctrinaria y duradera: revolución, socialismo, marxismo, patria, Estado y soberanía pasaron a funcionar como conceptos distintos sometidos a un mismo significante.

II

Sin embargo, la Cuba anterior a 1959 —con y sin Enmienda Platt— poseía una soberanía jurídica creciente con una constitución republicana, una ciudadanía nacional, un sistema de pluralismo político con su debida alternancia, una libertad de prensa imperfecta y ocasionalmente interrumpida, sobre todo durante el batistato, asociaciones civiles, instituciones, universidades autónomas, vida parlamentaria, elecciones periódicas, sindicatos, movilidad social vertical y niveles de prosperidad regional altos. Todo ello coexistía con interrupciones, fraude y violencia política, pero había una esfera pública y política real.

Como un Estado moderno, Cuba compartía su soberanía con organismos supranacionales como la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y la Organización Internacional del Trabajo. Después de la derogación de la Enmienda Platt, comenzó a compartir —y aún comparte— el territorio de la Base Naval de Guantánamo con Estados Unidos, un enclave de alto interés geopolítico por su ubicación en el Caribe, ideal no solo para rutas comerciales, sino para fiscalizar el paso hacia el Canal de Panamá y establecer una plataforma natural para su flota militar.

Las bases militares norteamericanas que protegieron a Europa occidental durante la Guerra Fría no han sido vistas por ningún europeo como una prueba automática de colonización. Incluso hoy, bajo el paraguas de la OTAN, gran parte de Europa mantiene una estrecha dependencia estratégica respecto a Estados Unidos sin dejar de considerarse plenamente soberana. De hecho, las recientes declaraciones del presidente Donald Trump de abandonar la OTAN han sido recibidas con desconcierto y la Unión Europea, con tal de que Estados Unidos permanezca, ha aceptado un nuevo plan de inversión que establece destinar el 5% de su Producto Interno Bruto (PIB) a la defensa para el año 2035. 

Canadá constituye otro ejemplo revelador. En 1931, el Reino Unido otorgó a Canadá independencia legislativa total, anulando la capacidad de Londres para legislar en asuntos canadienses, pero no fue hasta 1982 que se completó la independencia del país. Durante estos años, Canadá no solo mantuvo vínculos institucionales permanentes con la Corona británica, sino que desarrollaba una enorme interdependencia económica con Estados Unidos. Hoy la moneda canadiense lleva el rostro de la reina Isabel II mientras se realiza el diseño para sustituirla por el rey Carlos III. Aun así, nadie serio sostuvo jamás que Canadá careciera de soberanía nacional. Y nadie serio deduce una soberanía económica disminuida porque el dólar canadiense haya llevado –y siga llevando– los rostros de los monarcas británicos. Similarmente ocurre con Jamaica y otros países del Caribe integrados a la Mancomunidad Británica. Su soberanía nunca fue medida por el grado de distancia simbólica respecto a las grandes potencias, sino por la existencia de instituciones nacionales reconocidas, capacidad de autogobierno y legitimidad ciudadana.

Algo semejante ocurre en otros ámbitos de la economía internacional contemporánea. Durante años, una parte considerable de las reservas de oro del Banco de México permaneció custodiada en Londres y parcialmente en la Reserva Federal estadounidense sin que ello condujera a una discusión permanente sobre pérdida de soberanía nacional. En el mundo contemporáneo, la soberanía rara vez funciona como aislamiento absoluto; opera, más bien, a través de redes de interdependencia, seguridad compartida y legitimidad institucional.

Costa Rica ofrece quizás el caso más interesante. Abolió su ejército en 1949 bajo la protección estratégica de Estados Unidos, pero nadie convirtió esa realidad en prueba absoluta de ausencia de soberanía. Tampoco este hecho condujo a acusaciones permanentes de dependencia o subordinación. Por el contrario, el país fue celebrado internacionalmente como modelo democrático, cuya carencia de aparato militar lo convertía en un verdadero defensor de la paz.

III

A Cuba, sin embargo, se le ha exigido una pureza soberana casi metafísica. Y esa exigencia terminó produciendo una de las grandes paradojas políticas de la historia latinoamericana contemporánea: se destruyó una soberanía imperfecta en nombre de una soberanía absoluta que terminó subordinando el país primero a la Unión Soviética y luego, progresivamente, a nuevas dependencias estratégicas respecto a Rusia, China e Irán.

La revolución logró algo extraordinario desde el punto de vista propagandístico: desplazar la definición misma de soberanía. A partir de entonces, la soberanía dejó de medirse por la capacidad de los ciudadanos para controlar el Estado, elegir libremente a sus gobernantes, construir instituciones autónomas o ejercer derechos políticos. Comenzó a medirse, sobre todo, por la distancia simbólica respecto a Estados Unidos.

El gran triunfo ideológico del castrismo consistió precisamente en separar soberanía nacional y soberanía ciudadana, como si una pudiera existir sin la otra. La nación comenzó a representarse como soberana incluso cuando el ciudadano perdía progresivamente toda capacidad de intervenir en el destino político del país. El Estado hablaba en nombre de la patria mientras la patria dejaba de pertenecer políticamente a sus ciudadanos.

Y esa redefinición cambió profundamente la cultura política cubana. Sin embargo, la dictadura cubana, autonombrada revolución, consiguió algo todavía más profundo: convertir la soberanía en una emoción antes que en una estructura institucional. El ciudadano podía perder derechos, elecciones, libertad de prensa o capacidad de controlar el Estado, pero mientras el régimen mantuviera una narrativa de confrontación con Estados Unidos, muchos siguieron sintiendo que Cuba permanecía soberana.

Resulta curioso observar el debate contemporáneo sobre Cuba en buena parte de Europa y América Latina. Gobiernos e intelectuales que consideran legítima la ayuda internacional a pueblos sometidos por dictaduras militares, invasiones extranjeras o amenazas fascistas suelen rechazar, en el caso cubano, no solo cualquier posibilidad de intervención armada, sino incluso la presión destinada a modificar un sistema político y económico que mantiene a la población desarmada, empobrecida y sin soberanía efectiva sobre el Estado.

La paradoja histórica es evidente. Europa pidió ayuda a Estados Unidos y a la Unión Soviética para derrotar al fascismo sin considerar que ello anulara su dignidad nacional. La propia supervivencia de Europa occidental durante la Guerra Fría dependió, en gran medida, de la protección estratégica norteamericana. Y, sin embargo, cuando se habla de Cuba, la comunidad internacional parece exigir que un pueblo sin armas, sin libertades políticas y sin capacidad institucional para reorganizar el poder produzca por sí solo una transición perfectamente autónoma, como si el totalitarismo pudiera desmontarse únicamente mediante agotamiento moral interno.

Tal vez el problema no sea únicamente político, sino ético. Al parecer el mundo nunca terminó de reconocer plenamente la legitimidad moral de quienes resistieron el comunismo como sí reconoció la de quienes resistieron el fascismo.

Ahí se encuentra una de las mayores tragedias políticas de la historia cubana contemporánea. La dictadura castrista no reemplazó una colonia por una nación soberana; reemplazó una soberanía imperfecta por una soberanía simbólica administrada por un aparato totalitario. Mientras la revolución prometía rescatar la soberanía nacional, fue desmontando progresivamente la soberanía ciudadana. Y una nación donde los ciudadanos no pueden decidir sobre el poder, reorganizar el Estado, elegir libremente a sus gobernantes o controlar las instituciones termina dependiendo por completo de quienes administran el aparato político en nombre de la patria. 

¿Puede llamarse soberana una nación cuyos ciudadanos no poseen soberanía sobre su propio Estado?



5.20.2026

Rita Martin: La transición que nadie preparó

Washington mueve el tablero cubano mientras la oposición sigue discutiendo piezas 

Salí de Cuba en febrero de 1994. Han pasado más de tres décadas desde entonces. A veces pienso que mi vida adulta ha transcurrido mirando el mismo horizonte inmóvil: la espera de una libertad que parece acercarse y alejarse al mismo tiempo, como esas costas que el mar devuelve y retira según la luz.

He visto morir a personas que lo dieron todo por Cuba. Las vi dentro de la Isla, consumidas por la vigilancia, la pobreza, la prisión, el miedo o el desgaste lento de la esperanza. Las vi también en el exilio: hombres y mujeres que organizaron periódicos, emisoras, editoriales, bibliotecas, protestas, proyectos políticos, campañas internacionales; personas que entregaron años, dinero, salud y familia a una causa que el mundo aprendió a mirar con cansancio o con indiferencia. Algunos murieron convencidos de que no regresarían jamás. Otros murieron creyendo que el cambio estaba cerca. Cuba se fue llenando de fantasmas silenciosos. Y, sin embargo, el tiempo pasó casi inútilmente.

Mientras Europa del Este era interpretada como víctima del totalitarismo soviético, la dictadura cubana logró instalar internacionalmente otra narrativa: la de una pequeña nación sitiada cuyo fracaso económico y político debía explicarse, sobre todo, por el embargo estadounidense. Poco a poco, la tiranía fue convertida en víctima. El aparato represivo desapareció detrás de la palabra “bloqueo”. Los presos políticos se volvieron un dato secundario. La destrucción institucional del país se normalizó. Incluso muchos extranjeros llegaron a creer que Cuba había intentado abrirse al capitalismo y que, simplemente, “no le había funcionado”.

No se trataba de una percepción marginal. Durante años, parte de la diplomacia y de la izquierda europea contribuyó también a consolidar la idea de que, aun siendo autoritario, el régimen cubano conservaba una legitimidad popular y antiimperialista. En 2021, el exembajador español en Cuba Carlos Alonso Zaldívar llegó a afirmar que Cuba era “una dictadura con amplio apoyo popular”. La frase resultaba reveladora no solo por lo que decía sobre Cuba, sino por lo que mostraba acerca de cierta mirada europea incapaz de desprenderse completamente del mito revolucionario cubano. Se podía reconocer la existencia de una dictadura, pero todavía se necesitaba imaginar en ella algún tipo de soberanía legítima, apoyo popular o resistencia histórica frente a Estados Unidos.

Y, sin embargo, la paradoja es profunda. Mientras durante décadas se invocaba la “no injerencia” para defender la soberanía cubana, el propio régimen iba vaciando esa soberanía desde dentro mediante su creciente dependencia política, económica, tecnológica y estratégica primero de la URSS, luego de Rusia, China e Irán. Y los cubanos lo sabemos. Sabemos también otra cosa.

Sabemos que en Cuba no existe capitalismo ciudadano. Existe un capitalismo militar de Estado administrado por GAESA y subordinado al Partido Comunista. Sabemos que el cubano no puede convertirse libremente en empresario, porque toda prosperidad depende de permisos precarios que deben ser aprobados por las estructuras monopólicas y de vigilancia política de GAESA. Sabemos que el Estado cubano ha sido desplazado progresivamente por un conglomerado militar que actúa como un Estado dentro del Estado. Y sabemos también que la pobreza no es un accidente histórico: es un mecanismo de control.

Por eso el reciente discurso de Marco Rubio por el 20 de mayo merece ser leído con atención. No porque Rubio sea un salvador. Los cubanos conocemos demasiado bien la larga espera de un gesto exterior, de una presión decisiva o de una administración norteamericana que finalmente haga posible lo que durante décadas no hemos podido alcanzar por nosotros mismos. Merece ser leído con suma atención porque Rubio intenta desplazar la narrativa internacional sobre Cuba. Rubio no habla únicamente para los cubanos. Habla, sobre todo, para los extranjeros que todavía interpretan la tragedia cubana desde el paradigma simplificador del embargo. Su argumento es otro: el problema de Cuba no es solo el conflicto con Estados Unidos, sino la captura del país por una estructura militar y partidista que monopoliza la economía, bloquea el emprendimiento y utiliza incluso la ayuda humanitaria no solo como instrumento de control político sino como suplicio: gran parte de las donaciones termina convertida en mercancía vendida en tiendas dolarizadas a una población cuyos salarios no se pagan en dólares. Es el círculo de la crueldad infinita.

Cuando Rubio insiste en que la ayuda humanitaria debe llegar al pueblo cubano sin GAESA como intermediario, está diciendo algo más profundo de lo que parece a primera vista: que el Estado cubano ya no funciona como mediador legítimo entre la nación y los recursos, sino como aparato extractivo. Y cuando señala que GAESA ha desplazado al propio Estado cubano y funciona, junto al Partido Comunista, como un Estado dentro del Estado, intenta desmontar una de las grandes coartadas internacionales del régimen: la idea de que Cuba representa un socialismo fallido asfixiado por Washington. Su tesis es otra: en Cuba no ha existido capitalismo ciudadano ni apertura económica real, sino un capitalismo militar cerrado, monopólico y políticamente vigilado.

Los cubanos lo sabemos. Sabemos que el supuesto “emprendimiento” en Cuba vive subordinado a permisos revocables, importaciones controladas, miedo político y competencia desigual frente al monopolio militar. El cubano no puede convertirse plenamente en empresario porque el sistema necesita administrarlo como dependiente. Por eso Rubio habla también para europeos, académicos, empresarios y observadores internacionales que todavía interpretan la crisis cubana como el fracaso de una tímida apertura de mercado frustrada por el embargo.

Y, sin embargo, lo más revelador es que hasta los aliados históricos o socios estratégicos del régimen parecen haber comprendido hace tiempo la inviabilidad del modelo cubano actual. Rusia ha intentado impulsar fórmulas de reestructuración económica cercanas a una perestroika administrada desde arriba; Vietnam ha insistido durante años en reformas económicas más profundas; y desde espacios vinculados a China también han aparecido críticas implícitas al bloqueo interno que el propio sistema ejerce sobre la iniciativa ciudadana y el emprendimiento. Es decir, aun actores que rechazan el embargo estadounidense parecen reconocer que el problema cubano ya no puede explicarse únicamente desde Washington.

Sin embargo, alrededor del discurso de Marco Rubio ocurre algo todavía más inquietante. La visita del director de la CIA a La Habana, la acusación formal contra Raúl Castro por su presunta responsabilidad en el derribo en aguas internacionales de las avionetas civiles de Hermanos al Rescate, y las referencias recientes a drones y seguridad hemisférica sugieren que Washington podría estar moviendo piezas mucho más profundas que una simple condena moral al régimen. La acusación mira hacia 1996, pero su uso político pertenece al presente: coloca al antiguo jefe militar del castrismo dentro de una narrativa de crimen de Estado, responsabilidad histórica y amenaza continuada. Tal vez la prioridad ya no sea únicamente la democratización de Cuba, sino la neutralización de Cuba como enclave estratégico de Rusia, China e Irán a noventa millas de Florida.

Y ahí aparece una sensación extraña, casi fantasmal: después de décadas de inmovilidad, parece haberse abierto una puerta misteriosa. No sabemos todavía qué hay detrás de esa puerta. Puede conducir a una negociación real. Puede conducir a una transición administrada desde arriba. Puede conducir a una nueva administración del conflicto cubano bajo criterios de seguridad nacional estadounidense y estabilidad hemisférica. O puede cerrarse otra vez, como tantas veces ya ha ocurrido.

Mientras me detengo ante este nuevo tablero, también veo con preocupación nuestras propias insuficiencias. No hablo aquí desde el desprecio ni desde la superioridad —no solo porque no va con mi modo de ser, sino porque demasiadas personas han sacrificado demasiado por Cuba como para concedernos el lujo de la arrogancia. Hablo desde la sensación amarga de que seguimos llegando fragmentados a un momento histórico que podría exigir una comprensión mucho más integrada del poder, la soberanía y la transición.

El Foro de Diario de Cuba, anunciado para los primeros días de junio 2026, por ejemplo, reúne especialistas, propone ponencias de diagnósticos y discusiones necesarias sobre economía, energía, fuerzas armadas y reconstrucción institucional. Y, aun así, deja una impresión inquietante: la de un país discutido como seminario técnico mientras el tablero real parece moverse en clave de inteligencia, seguridad hemisférica, negociación militar y fractura geopolítica. No es que esos debates carezcan de valor; al contrario, son indispensables; pero da la impresión de que todavía pensamos la transición cubana desde categorías propias de los años noventa, como si el tiempo histórico se hubiera detenido junto al muro de Berlín.

Algo semejante ocurre con el acuerdo firmado por decenas de organizaciones del exilio. El documento posee claridad moral y voluntad de ruptura. Habla de liberación, estabilización, reconstrucción y democratización. Pero la pregunta decisiva sigue abierta: ¿cómo se traduce esa legitimidad moral del exilio en legitimidad política verificable dentro de Cuba? ¿Quién recibe el poder? ¿Bajo qué mandato ciudadano? ¿Con qué mecanismos de control y representación? La historia latinoamericana está llena de oposiciones heroicas que, llegado el momento decisivo, descubrieron que no bastaba con tener razón.

Las asambleas ciudadanas impulsadas por el Consejo para la Transición Democrática en Cuba también merecen atención y respeto. Intentan reconstruir tejido cívico en una sociedad devastada por décadas de miedo y atomización. Preparan ciudadanía. Enseñan deliberación. Rompen silencios. Pero una vez más aparece el mismo límite: preparar ciudadanía no equivale necesariamente a preparar soberanía constituyente. Una transición puede escuchar a los ciudadanos y, aun así, terminar organizada desde aparatos de poder que nadie eligió realmente.

Y mientras todo esto ocurre, seguimos prestando poca atención a algo fundamental: el debate sobre las estructuras futuras del Estado cubano. Ahí están las reflexiones jurídicas de Julio Antonio Fernández Estrada o Eloy Viera. Siguen destacando las propuestas de Roberto Veiga y Faisel Iglesias relacionadas con nuevas arquitecturas legales y límites al poder. E igualmente, están ahí las preocupaciones de Dagoberto Valdés sobre la reconstrucción ética e institucional de la nación. No hay duda de que hay múltiples intentos dispersos de pensar una nueva legalidad para Cuba. Sin embargo, estas discusiones suelen permanecer confinadas a círculos intelectuales pequeños, como si todavía no comprendiéramos que el vacío institucional puede ser tan peligroso como la propia dictadura.

Washington parece haber comenzado a mover el tablero cubano mientras la oposición sigue discutiendo piezas. La amnistía de los presos políticos sigue siendo indispensable. La denuncia internacional continúa siendo necesaria. Los debates técnicos sobre economía y reconstrucción institucional poseen enorme valor. Las asambleas ciudadanas ayudan a reconstruir ciudadanía. Los acuerdos del exilio intentan sostener una legitimidad histórica y moral. Pero ninguna de estas piezas, por sí sola, parece suficiente para responder la pregunta decisiva: quién posee la legitimidad para reorganizar el Estado cubano cuando el régimen colapse, negocie o mutile parcialmente su propio sistema para sobrevivir.

Tal vez nuestra mayor debilidad no sea la falta de valor, ni siquiera la falta de ideas para una Cuba futura. Tal vez sea otra cosa: la incapacidad histórica de integrar esas ideas en una visión común de soberanía ciudadana y reorganización nacional o, dicho de otra manera, nuestra tendencia a desplazar ideas jurídicas por la urgencia, la propaganda, el emocionalismo político o la lógica del acontecimiento inmediato. 

Nuestro problema cubano ya no parece ser únicamente cómo derribar una dictadura. La pregunta empieza a ser cómo evitar que, en el momento de la transición, Cuba vuelva a quedar atrapada entre poderes militares, intereses extranjeros, élites recicladas y oposiciones moralmente correctas, pero políticamente desarticuladas; cómo convertir en horizonte común un marco jurídico antes de que la historia vuelva a decidir por nosotros.

Y esa pregunta ya no pertenece al futuro. Pertenece al presente.


5.19.2026

Rita Martin: OSCURIDAD, HAMBRE Y PODER EN CUBA

 

    Recuerdo la oscuridad antes de saber pensarla. No la recuerdo como metáfora, sino como interrupción. Como una casa que de pronto dejaba de ser casa y entraba en el gris de la noche cubana, con el ventilador detenido en mitad del calor y el refrigerador convertido en amenaza de alimentos echados a perder. Como la conversación de los adultos bajando de tono, no porque hubiera algo sagrado en la noche, sino porque la noche, en Cuba, nunca fue del todo inocente. Como el canto de zarzuelas, tangos y boleros para dormir a los niños, todas de un gusto pasado de moda, algo antiguo y persistente en la memoria de los viejos. Uno aprendía muy rápido que “se fue la luz” no era solo una avería de unas horas o de un día: era una forma de desordenar la vida, de alterar el sueño, de echar a perder la comida, de encoger un mundo sobre el que no podíamos decidir nada.

    Nací en 1963. Era chica en los sesenta. No tenía todavía las palabras para nombrar las cosas. No podía hablar de precariedad estructural, ni de control social, ni de la sistemática degradación de la vida común. Pero sabía del cuerpo transpirado por el calor, de la casa en penumbra, del miedo silencioso a que todo faltara a la vez, de la urgencia de comer cuando se reponía el servicio eléctrico para conservar la comida al menos en nuestras barrigas. Conocía, sobre todo, esa sensación difícil de explicar: que la vida cotidiana podía ser tomada por una fuerza anónima que no pedía permiso y que, sin necesidad de golpear a nadie, humillaba.

    No fue, además, una experiencia aislada de la infancia, una anécdota que luego quedó atrás con los años. Fue y es una continuidad. Los apagones masivos de los últimos tiempos no aparecieron como una novedad absoluta, sino como el regreso agravado de aquella misma intemperie. Hubo luego un intervalo distinto a inicios de los años ochenta, en los que los apagones duraban menos horas y, a veces, podía mantenerse el servicio eléctrico durante una semana entera. Aquello casi bastaba para producir una alegría absurda, casi tierna, como si la normalidad fuese un premio y no un derecho. Pero, incluso entonces, la estabilidad era frágil, intermitente, incierta. Por eso el colapso energético reciente no se siente del todo como ruptura, sino como la confirmación de un país donde lo elemental nunca llegó a pertenecer plenamente a quienes lo habitaban.

    Mucho después comprendí que aquella experiencia no pertenecía solo a mi casa ni únicamente a Cuba. Nos llegaban noticias de los países que seguíamos como modelo socioeconómico. Algunos, aun en medio de su estrechez, parecían, comparados con nosotros, sociedades de consumo. Otros, en cambio, mostraban hasta qué punto la escasez podía convertirse en método. En la Rumanía de Nicolae Ceauçescu (1918-1989), por ejemplo, durante los años ochenta, la austeridad extrema impuesta para pagar la deuda externa convirtió el hambre, el frío y los apagones en instrumentos de control social, parálisis y sumisión ciudadana. La electricidad, la calefacción y hasta los alimentos fueron severamente racionados, no como episodio pasajero, sino como forma cotidiana de disciplina sobre la población. Allí la precariedad dejó de ser solo fracaso económico y se volvió experiencia política: una sociedad obligada a sobrevivir con menos, a esperar menos, a soportar más. Cuba conocía ya esa pedagogía de la carencia. En cierto sentido, Fidel Castro (1926-2016) fue primero que Ceauçescu; y, en otro, Ceauçescu antecede a Díaz-Canel (1960). Cambian los contextos, cambian los lenguajes, pero persiste una misma lección sombría: un poder puede servirse de la escasez no solo para administrar una crisis, sino para acostumbrar a la población a la dependencia, al desgaste y a la obediencia. Todavía hoy circula en las redes sociales una nostalgia deformada por aquella canasta básica de las décadas del sesenta al ochenta, insuficiente ya entonces para sostener una vida digna, pero que contrasta con su casi desaparición actual y con la hambruna extendida de una población obligada a comprar en dólares que no obtiene ni de su salario ni de sus pensiones.

    Y antes de Fidel Castro, Nicolae Ceauçescu y Díaz-Canel hay, por supuesto, una historia de siglos sobre la luz. La Biblia dio a la luz y a la oscuridad un peso moral que sigue acompañando a la civilización occidental. En el Génesis, la creación tiene un orden casi primigenio con el “Hágase la luz”, mientras que en el Evangelio de Juan 3:19 la oscuridad aparece como extravío de aquellos seres humanos aferrados al mal: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. La luz no significa solo claridad material, sino rumbo, posibilidad, certeza y vida. También significa trabajo, fecundidad y producción: solo con luz el ser humano prolonga el día, ordena el mundo y arranca de la materia sustento y riqueza. La oscuridad, en cambio, no es únicamente ausencia, sino pérdida, desorden moral, separación y condena.

    Esa carga simbólica no desapareció con la secularización del poder. La oscuridad siguió siendo, durante siglos, una práctica apta para castigar, quebrar y humillar. En la Edad Media, la oscuridad fue usada de manera deliberada como forma de castigo. Las prisiones subterráneas, los calabozos y las llamadas oubliettes muestran que el encierro no se pensaba solo como privación de movimiento, sino también como degradación sensible: falta de luz, humedad, aislamiento, cercanía de roedores, plagas y terror de lo invisible. La historiografía reciente sobre el dungeon medieval insiste en la relación entre prisión, subsuelo, olvido y penumbra, aunque también advierte que conviene no romantizar ni simplificar cada caso. Aun así, el punto permanece: la oscuridad servía para quebrar. No tenía la espectacularidad de los métodos clásicos de tortura física —el potro, la garrucha, la toca—, pero comportaba silencio, desorientación y descomposición del ánimo. La efectividad de esta tortura no residía en el dolor inmediato, sino en el desgaste sistemático que empujaba a la desorientación, al derrumbe del ánimo y, en el límite, a la pérdida de sí.

    En el siglo XIX, el escritor inglés Charles Dickens (1812-1870) percibió algo decisivo. Tras visitar Eastern State Penitentiary en la Filadelfia de 1842, observó los efectos del confinamiento solitario y los convirtió en el núcleo del séptimo capítulo de Notas de América para circulación general (American Notes for General Circulation). Aquel sistema que pretendía reformar criminales por medio del aislamiento absoluto le pareció un “confinamiento solitario rígido, estricto y desesperanzador”, además de “cruel e injusto”. La importancia de la observación de Dickens no radica solo en la denuncia de una institución, sino en su comprensión de una lógica: hay formas de castigo que no necesitan sangre porque hieren la mente y el espíritu mediante la interrupción del mundo sensible y la administración lenta de la penumbra.

    Una vez fuera de Cuba, muchos cubanos sienten que la isla misma es una gran cárcel, aunque no cumplan sentencias. Se refieren a una experiencia que los extranjeros no siempre logran entender: la crueldad de la falta de luz y el racionamiento de los alimentos. Y es que lo que antes se aplicaba al preso individual reaparece, bajo determinadas condiciones políticas y materiales propias de ciertas formas totalitarias del siglo XX, como experiencia de una población entera. Porque no conviene olvidar que, en ciertos extremos del siglo XX, fascismo y comunismo coincidieron por igual en técnicas de degradación del cuerpo y del espíritu: en los campos de concentración nazis no solo la privación de alimentos fue una condición estructural de destrucción física, sino que la privación de luz apareció también, en ciertos espacios de castigo como las celdas oscuras, como instrumento de quebranto, aislamiento y terror.

    La privación energética y el hambre no son nunca fenómenos puramente técnicos. Hay consecuencias psíquicas y morales en ellas. Por eso, en Cuba, la oscuridad y su compañera de siempre, el hambre, no pueden leerse solo como accidente técnico o económico. Han llegado a ser, juntas, una forma de coerción social. No porque cada apagón responda necesariamente a una voluntad deliberada y puntual de castigar, sino porque la combinación de ruina estructural, ausencia de solución, continuidad del deterioro y exigencia de obediencia acaba produciendo algo muy cercano a una pedagogía del desgaste. Se acostumbra a la población a perder. Y, una vez acostumbrada a perder, se elogia su capacidad de soportar la pérdida como si fuese una virtud histórica. A esa lógica de la crueldad se suma también la de sus cómplices. En fecha relativamente reciente, hacia 2021, el teólogo de la liberación brasileño Frei Betto (1944) fue capaz de decir que en Cuba “no hay hambre” y que los cubanos “tienen mucho apetito”. Más aún, sugirió cambiar hábitos alimentarios proponiendo para el cubano el consumo de alternativas como cáscaras de papa y de melón. No sabemos aún cómo olvidó mencionar los latones de basura como bodega ideal para los cubanos. Los cómplices de la dictadura vienen en todas las formas y tamaños. 

    El lenguaje de la “resistencia” ha terminado por volverse ambiguo. El régimen cubano usa la palabra para apelar a la dignidad de todo un pueblo, pero además encubre una crueldad. El aparato político pretende ennoblecer la resignación de quienes no han sido consultados sobre el precio de su sufrimiento e intenta convertir el sinvivir cotidiano en épica. Lo vivido desde dentro, sin embargo, es desorden del sueño, angustia, humillación doméstica, fatiga, miedo y vida disminuida. La noche cubana se ha llenado de cacerolazos, protestas e incendios. Un pueblo espiritualmente fragmentado y sin armas protesta con utensilios de cocina.

    La población que aprendió el difícil oficio de perder es vista por el régimen como enemiga. Su hambre, cuando golpea una cazuela, se vuelve para el poder sonido enemigo. Y, aun así, acusándola de enemiga, el régimen insiste en ver esa capacidad de soportar la pérdida como si fuera una virtud. Por eso la falta prolongada de electricidad no debe pensarse solo en términos de infraestructura fallida. Debe pensarse como una experiencia histórica y moral: la de una población obligada a vivir en condiciones que degradan su autonomía, reducen su horizonte vital y la acostumbran a una forma cotidiana de oscuridad. La antigua lógica carcelaria no reaparece aquí con muros y barrotes, sino a escala social. Y quizá esa sea la verdad más dura: que, a veces, para quebrar una vida no hace falta encerrar a una persona en una celda; basta con convertir la vida ordinaria de todo un pueblo en un régimen de penuria, incertidumbre y sombra.

    La presión energética de Donald Trump desde enero de 2026 puede agravar la crisis cubana, pero no la explica ni la funda. El declive cubano no nació con Trump, ni con una sanción puntual, ni con un episodio reciente de confrontación. Es más viejo, más hondo y más estructural. Viene de una larga historia de deterioro económico, dependencia, destrucción de la capacidad productiva y administración política de la escasez. Confundir el agravamiento con el origen sería un error. En el caso cubano, sería además una comodidad ideológica que favorece a la dictadura.

    Pero hay algo todavía más importante. La precariedad no debilita necesariamente al régimen, porque ese régimen ha debilitado primero al ser humano. Durante 67 años, el cubano ha sido fatigado, humillado y obligado a reorganizar su vida alrededor de la supervivencia inmediata. Se le ha robado el descanso, la previsión y la confianza en el día siguiente. Esa degradación prolongada no produce automáticamente rebeldía; produce también agotamiento, retraimiento, fragmentación e incapacidad de asociación. Antes de hacer caer al poder, la penuria ha ido erosionando al sujeto que tendría que enfrentarlo. Obligado a sobrevivir, el individuo ve estrecharse incluso sus formas de pensar la realidad que padece.

    Ese es uno de los puntos más crueles de la experiencia cubana. Desde fuera se supone a veces que el empeoramiento material conduce por sí solo al colapso del régimen. La historia, sin embargo, enseña otra cosa: una población sometida durante demasiado tiempo a la incertidumbre, a la oscuridad y al hambre puede quedar quebrada por ello. La noche insular cubana no debe leerse únicamente como fracaso económico ni como simple resultado de una presión exterior reciente. Debe leerse, en lo principal, como una de las formas más crueles y eficaces de tortura social sostenida de la dictadura cubana: una forma de producir impotencia, de rebajar el horizonte vital, de acostumbrar a la población a vivir con menos de lo mínimo y a soportarlo como si fuera destino histórico épico. La presión de Trump endurece esa noche; no la inventa. Y el régimen, lejos de quedar destruido automáticamente por ella, puede seguir administrándola mientras los más debilitados sean los cuerpos, los nervios y las esperanzas de quienes la padecen, nunca sus estructuras ni la élite militar y política que lo sostiene. Quizá esa sea la verdad más dura: el colapso energético y alimentario no solo apaga bombillos y vacía estómagos; apaga también la voluntad y la confianza del individuo en su capacidad de rehacer el mundo junto a sus vecinos. Más aún, instala la idea de que el enemigo puede ser ese vecino: el delator preparado para entregarlo al régimen.


5.02.2026

RITA MARTIN: MISOGINIA Y VACÍO JURÍDICO. LO QUE REVELA EL CASO AMELIA CALZADILLA

 El caso Amelia Calzadilla en su fundación del Partido Liberal Ortodoxo Cubano expone dos fallas de fondo: la deslegitimación de la mujer en política y la ausencia de un marco legal para la transición.

La aparición del proyecto político de Amelia Calzadilla ha generado una reacción intensa dentro y fuera de Cuba. Críticas, sospechas, apoyos y rechazos han circulado con rapidez. A simple vista, podría parecer una discusión más dentro del campo opositor de la dictadura cubana: un debate político-lexicográfico sobre los términos liberal u ortodoxo, o el diálogo ríspido que todo nuevo partido propone. Pero este no parece ser el caso.

Lo ocurrido con Calzadilla —y, en otra escala, con Rosa María Payá y su plataforma opositora Cuba Decide— ha puesto en evidencia dos problemas profundos: la persistencia de una misoginia estructural en la cultura política cubana, con un matiz muy cubano de denigración casi sistemática, y la ausencia de un marco jurídico claro para el día después. La reacción contra Calzadilla no se ha limitado a la crítica política de su proyecto. Ha activado patrones reconocibles de la estrategia cubana posterior a 1959: la lógica de sospecha sobre cualquier autonomía, instalada por un régimen marcado por la opacidad, la vigilancia, el control estatal y la deslegitimación sistemática de la iniciativa individual. Esa mirada que convierte al individuo insubordinado en sospechoso no es nueva, pero en Cuba ha sido reforzada hasta convertirse en la cultura nacional de la desconfianza.

Sin embargo, cuando esa lógica se aplica a una mujer, no opera de forma neutra: se intensifica y se carga de un sesgo que cuestiona su autonomía con mayor rapidez y menor indulgencia, o incluso, se la trata con una misoginia paternalista o benevolente, al elogiarla mientras sus méritos se organizan desde un lugar tradicionalmente femenino y doméstico, en lugar de valorar su preparación profesional o política. La diferencia es clara. A los hombres se les concede legitimidad inicial por trayectoria, formación o historia política. A las mujeres se les exige legitimidad desde el primer momento. El hombre entra como actor político; la mujer entra bajo un signo de interrogación. Cabría dar un ejemplo reciente: antes de la denuncia de Armando Valladares contra Orlando Gutiérrez-Boronat, el segundo parecía protegido por una aureola de legitimidad histórica. Solo cuando apareció una acusación fuerte se abrió la posibilidad de discutir su autoridad política. A una mujer, en cambio, esa legitimidad se le exige desde el primer minuto.

Se le ha insistido a Calzadilla por qué fundar un partido más. Esa insistencia ha puesto el dedo en la llaga más profunda: la mayoría de los actores políticos cubanos, dentro y fuera de la Isla, no han desarrollado ni alcanzado un acuerdo para un proyecto integral de país en el que todos los cubanos puedan convivir en una Cuba futura. Existen idearios, manifiestos, discursos y denuncias, todos ellos de indudable valía. Falta, sin embargo, claridad sobre cuestiones básicas: qué tipo de Estado se propone, cómo se organizará el sistema electoral, cómo funcionarán los partidos, qué garantías tendrá la prensa, cómo se estructurará la justicia transicional y qué proceso constitucional dará legitimidad al nuevo orden.

La política cubana contemporánea, en general, pero sobre todo fuera de Cuba, está llena de actores. Está mucho menos llena de acuerdos capaces de articular voluntades y establecer un marco jurídico compartido. El problema central no es la existencia de partidos. La gran mayoría de los cubanos —y me incluyo— anhela un país multipartidista y democrático. El problema es la ausencia de una arquitectura jurídica que haga viables a esos partidos. 

Sin una ley electoral provisional, sin una ley que asegure la existencia de los partidos, sin garantías claras para la libertad de expresión, sin un sistema de justicia transicional y sin un proceso constituyente definido, la pluralidad política puede convertirse en improvisación. Existen propuestas que intentan abordar ese vacío. Entre las más robustas destacan las de los abogados Roberto Veiga (Cuba Próxima) y Faisel Iglesias (Pacto Social). Sin embargo, estas propuestas no han logrado ocupar el centro del debate público ni condicionar el comportamiento de los actores y partidos políticos. En la práctica, el nudo jurídico sigue siendo marginal, a pesar de ser el núcleo de cualquier transición viable.

Si esta situación se mantiene, el escenario del día después apunta a salidas problemáticas: continuidad de la legalidad autoritaria vigente —Constitución de 2019—, restauración acrítica de la Constitución de 1940, improvisación normativa bajo presión o control del proceso por estructuras heredadas del Estado actual. En todos los casos, la transición quedaría debilitada antes de consolidarse.

La Constitución de 2019 no puede ser el marco de una transición democrática. Puede servir como objeto de presión o denuncia, pero su arquitectura está diseñada para impedir el pluralismo político, la alternancia en el poder y la soberanía ciudadana. La Constitución de 1940 tampoco se adecua como marco de una transición democrática en el siglo 21. A pesar de que numerosos actores políticos han depositado sus esperanzas en su restauración, ese gesto responde más a una nostalgia republicana –en su contexto fue un avance-- que a una comprensión de las exigencias actuales.

Conviene precisarlo. Si bien el artículo 33 de la Constitución de 1940 reconoce la libertad de expresión sin censura previa, también permite restringirla en nombre de la “honra de las personas”, el “orden social” o la “paz pública”, mediante decisión judicial. A ello se suma el artículo 41, que permite suspender esas garantías en situaciones de seguridad del Estado, grave alteración del orden o perturbación de la tranquilidad pública. En una cultura política como la cubana, marcada por décadas de dictadura, esas cláusulas no pueden leerse con ingenuidad: el poder ha usado precisamente la figura del enemigo permanente para justificar la restricción de derechos, perseguir la prensa independiente y presentar el disenso como amenaza contra el Estado. Además, la Constitución de 1940, en su artículo 16, establece la pérdida de la ciudadanía cubana al adquirir otra nacionalidad, por lo que no reconoce la doble ciudadanía y responde a un modelo de nacionalidad exclusiva. En una Cuba transnacional, la ciudadanía única no ordena la nación: la fragmenta.

Con la C19 no se operaría ningún cambio y con la C40 habría que comenzar a introducir tantas enmiendas que el tiempo requerido permitiría el reacomodo de la élite en el poder, mientras la improvisación se convertiría en norma o el proceso quedaría bajo control de estructuras heredadas. En todos los casos, la transición quedaría debilitada antes de consolidarse. La transición democrática cubana requiere un marco jurídico actualizado que garantice con mayor precisión la libertad de prensa y el pluralismo político. Sin un marco jurídico claro, la transición no sería un cambio de sistema, sino una disputa por el control del vacío.

El caso de Amelia Calzadilla ha funcionado como un revelador. Ha expuesto tanto la incomodidad persistente frente a la mujer como sujeto político como la fragilidad del pensamiento institucional en el campo opositor. Se puede estar de acuerdo o no con su proyecto. Se puede coincidir o discrepar con Amelia Calzadilla o con Rosa María Payá. Esa es la naturaleza de la política. Pero lo que no debería seguir en segundo plano es la pregunta esencial: bajo qué leyes, con qué garantías y dentro de qué arquitectura jurídica podrá existir una república democrática en Cuba. Porque el problema no es quién entra primero en la escena. La gran dificultad sigue siendo la misma: la ausencia de un consenso jurídico claro capaz de sostenerla.

8.15.2024

Memorias de un regaño (Entrevista con Alberto Abreu)

 


                                                            youtube: @jardinesparaelregreso

6.26.2023

Daniel Céspedes Góngora: MARÍA ZAMBRANO Y LATINOAMÉRICA: ESPACIOS PARA EL DIÁLOGO A PROPÓSITO DEL MONOGRÁFICO SOBRE MARÍA ZAMBRANO



MONOGRÁFICO MARÍA ZAMBRANO EN AMÉRICA LATINA: 
LA AURORA QUE NO CESA. 
COORDINADORA: MADELINE CÁMARA. 
(TSN nº13, 2022), 
PUBLICADA POR EL AULA MARÍA ZAMBRANO 


Con los reconocimientos que le llegaron en vida a María Zambrano (1904-1991)‚ la atención hacia su persona y obra no se hizo esperar. Sin embargo‚ es después de su partida física que sus libros cobraron una vitalidad ascendente que se ha corroborado con los años. La que una vez se catalogó a sí misma como “tardía”‚ ha tentado a los pensadores más disímiles de todo el mundo. La filósofa errantela dama de la palabra‚ explaya una suerte de saber no sistémico‚ donde exterioriza una escritura fragmentaria‚ poética y muy atractiva‚ en que la condición de exiliada desplegó una ética vital en franca sintonía con su aprehensión estética. El “mira a ver” de Zambrano‚ viene a expresar una aparente detención hacia la vida en toda su riqueza que encuentra pronto‚ por influencias de escritores de su tiempo (Scheler‚ Ortega‚ Machado‚ Unamuno‚ Massignon…‚ su propio padre Blas Zambrano) y del pasado (Platón‚ Sófocles‚ Quevedo‚ Nietzsche…)‚ una manera singular de compartir su visión exclusiva acerca de las ruinas‚ que es auroral como la propia aurora y la razón poética‚ el registro de escritura del delirio‚ sus concepciones a contracorriente del fracaso‚ los ínferos‚ la luz y la noche‚ los sueños‚ el racionalismo europeo‚ la historia y lo divino… Existe una ruta para estudiar a María que es la de la cronología frecuente. Pero‚ hay otra más arriesgada: esa que a veces repara en su primer libro Horizonte del liberalismo (1930)‚ para así conectar pronto con sus textos breves‚ de supuestos caminos cortos‚ y que luego la filósofa poeta ampliará en sus venideros volúmenes. Los textos breves‚ junto a fotografías y correspondencias‚ son los que testimonian —no siempre entre bastidores— una fe de vida de su andar errabundo por los países que se complacieron con su persona (Chile‚ México‚ Puerto Rico‚ Argentina‚ Cuba…). Es, precisamente, la relación de María Zambrano con América Latina la que permite comprender con mucho la naturaleza de sus mejores libros‚ algunos escritos con posterioridad en Europa como Claros del bosque (1977). Razón le asiste a Luis Ortega Hurtado cuando acota: “Su pensamiento nunca se podrá comprender en plenitud sin recurrir a las revistas y diarios donde expuso en gran medida la originalidad de sus planteamientos, que posteriormente investigaría y desarrollaría en profundidad y extensión en sus tratados filosóficos”. 
   Hoy‚ cuando los estudios sobre su obra son ya profusos‚ volver la mirada sobre el trayecto de Zambrano por América Latina es de un acierto admirable por cuanto auxilia al ser humano una de las pensadoras más atendibles del siglo XX. Zambrano es una intérprete sin igual de la creación y destrucción de Occidente desde esos innegables tratos entre lo sagrado y lo divino, la realidad y los sueños, la vida y el ser que ella advierte y comparte. El monográfico sobre María Zambrano, publicado por la revista Transatlantic Studies Network (TSN nº13, 2022) y coordinado por la zambranista Madeline Cámara, ahora lo reproduce la escritora cubana Rita Martín en su bitácora Grafoscopio con lo que esperamos llegue a ese público en la Isla que reverencia a Zambrano. No caben dudas que esta compilación es de capital importancia para aquilatar cuanto representó y representa la presencia de la mejor discípula de Ortega y Gasset para Latinoamérica. 
   Amparo Zacarés Pamblanco‚ en un texto que generaliza la disposición creativa de María y que pudiera figurar en cualquier dossier sobre la pensadora‚ concibe una estructura que toma como punto de partida Filosofía y poesía (1939) —libro diferente, pero hermano de Pensamiento y poesía en la vida española (1939) —‚ uno de los preferidos de Octavio Paz. Y así‚ conecta a la primera mujer en alcanzar el Premio Cervantes en 1989 con uno de los países más entrañables en su existencia. De hecho‚ es México el contexto que evoca en el discurso de agradecimiento por el Cervantes. Cuanto significó México para su desempeño como docente‚ escritora y amiga de Alfonso Reyes y otros autores valiosos viene a ser confirmado por Alberto Enríquez Perea. La pintora y ensayista Rosa Mascarell Dauder —también gestora cultural— retoma la crítica de pintura como arista tentadora en el discursar de Zambrano. Para quienes no hemos tenido la oportunidad de leer Algunos lugares de la pintura‚ y para los que sí‚ cada texto que la relacione con un autor determinado será de particular interés. Por ello hay que aproximarse a los diálogos entre María y Juan Soriano. Madeline Cámara‚ en la nota de su segundo texto para este monográfico‚ aborda la correspondencia entre Zambrano y la arqueóloga ítalo-francesa-mexicana Laurette Séjourné. “Era su ‘método’, como el zambraniano, demasiado intangible…”‚ escribe Madeline. 
   No es caprichoso que el monográfico a ratos fluya por las correspondencias simultáneas que la andaluza pudo continuar. En un momento en que Manuela Moretti dejar ver cómo se fraguaron las cercanías entre Zambrano y el poeta panameño Edison Simons‚ Goretti Ramírez recuerda el extenso epistolario de María con Reyna Rivas —que es tan distinto al que mantuvo con Lezama Lima en fecha casi coincidentes— para adentrarse en como el delirio —a la manera zambraniana— influyó en la poesía de la poeta venezolana. Coincide también con el intercambio epistolar que conservó un tiempo más efímero la “querencia de la amistad” con María Luisa Bautista‚ esposa de Lezama‚ y que José Prats Sariol glosa para resaltar en primer lugar a una mujer menospreciada, incluso, intelectualmente‚ “donde la falta de escrúpulos o el fanatismo político han querido circunscribirla a labores domésticas y juicios rudimentarios”. Ivette Fuentes‚ asimismo‚ fija su atención en las cartas entre Lezama y Zambrano para adentrarse en el “vértice de encuentros” que propicia un diálogo entre sus obras.  


   Otros textos sobre Cuba muy recomendables son el de Shelby Hennessyi‚ quien relaciona a través de la maternidad frustrada a Gertrudis Gómez de Avellaneda y María Zambrano (se desconoce aún mucho sobre la pérdida de un hijo de la veleña)‚ y el de María Elizalde Frez acerca de la amistad no sólo entre Zambrano y Lydia Cabrera‚ sino de la autora de El monte con Federico García Lorca y como se relacionaron con la razón poética. En La Habana es donde María escribió más textos y dio más conferencias que en otras regiones de Latinoamérica‚ pues como recuerda Juana Sánchez-Gey Venegas en su texto “María Zambrano: sus relaciones personales y su aportación a Cuba”‚ la estancia interrumpida en suelo cubano data de 1936 hasta llegar a 1953. Al escribir sobre su paso por Puerto Rico y la relación con la tertulia de intelectuales de La Cabaña‚ Madeline Cámara acierta en lo siguiente: “Mucho más difícil para Zambrano mantener el equilibrio que en los tiempos de su etapa mexicana, y nada comparable al momento habanero, donde alcanzó una inserción más natural dentro del diálogo intelectual, a través del grupo Orígenes, pero no sólo con ellos, como ya he dicho en otras ocasiones”. 
   A propósito de que en julio de 1937 Vallejo y Zambrano asistieron al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia‚ Rita Martín evoca aquel encuentro no dado del todo entre el peruano y la española que‚ sin embargo‚ no le impidió a María homenajearlo en el retrato sobre Vallejo: “El misterio de la quena”‚ mientras David Álvarez Martín presenta la relación de amistad que existió entre Juan Bosch y la exiliada ibérica.
   Chile en María Zambrano es casi un capítulo aparte (1)‚ aunque no parezca de la misma importancia desde el punto de vista de las publicaciones en términos de cantidad‚ habida cuenta que la estancia de la filósofa resultó breve en comparación con México y Cuba. El 14 de septiembre de 1936 se había casado con Alfonso Rodríguez Aldave‚ que fue nombrado secretario de la Embajada de la República Española en Santiago de Chile. En el álbum fotográfico de sus desplazamientos queda el registro de un retrato grupal de ocho personas en el que despunta en el extremo derecho‚ serena pero penetrante‚ la mirada de una María de unos treinta y dos años. La estancia fue breve‚ en efecto‚ aunque provechosa para colaboraciones en revistas y periódicos chilenos y para libros como Los intelectuales en el drama de España (1937)‚ el epílogo a Madre España titulado “A los poetas chilenos de Madre España” (1937) y la preparación de otra antología: Romancero de la guerra española (1937). Si el ensayo historiográfico de Luis Ortega Hurtado es exhaustivo‚ el de Francisco José Martín Cabrero es harto revelador. Cabrero continúa profundizando, y amplia con sus propias tesis, el hallazgo hecho por Cámara, (Atenea 152 ,2015,) sobre el concepto de la razón poética. El mismo es empleado por María primero en Chile‚ en el epílogo de la antología Madre España, 1937, y aparece antes de escribir el artículo en España “La guerra de Antonio Machado” y‚ por supuesto‚ precedentemente a la salida de Pensamiento y poesía en la vida española (1939). 
   Para cerrar el monográfico, se pregunta Cámara: “¿Cuánto le dio Zambrano a América?”. Al instante se responde: “No se puede hacer saldo, porque ni esta ni otras muchas antologías agotarían el tema; el legado vive en distintas generaciones”. Es indiscutible que sin el exilio español‚ el transcurso cultural en tierras americanas hubiera sido muy diferente. 
   La escritura de María Zambrano, de conjunto con su biografía, representa una suerte de ganancia personal que‚ de alguna manera‚ supera la pujante historia trágica que le tocó vivir y ahora nos toca a nosotros. Todo por la renovación del hombre en su camino plagado de derrotas en lo personal y grupal. Sin embargo, la bienaventuranza es un derecho y, por ende, una posibilidad en el camino de la vida humana. De reencontrarse con ella al inicio, sobre la marcha y al final‚ se trata entonces. He ahí el discurso auténtico de la pensadora, comprometido y comprometedor con Latinoamérica y el mundo, sobre todo si tenemos en cuenta cómo se vive al presente en un lamentable apego a la realidad harto inmediata (ya ni siquiera razonada) y de espalda a la poesía de cuanto simula despreciarla. 

 Notas 
1. Por razones técnicas del bitácora y la cantidad de texto que permite incluir en una sola página, tres de los ensayos se encuentran en en la página anterior. Se trata de los ensayos de Alberto Enriquez Perea, Ortega Hurtado y Martín Cabrero. El lector debe picar o hacer click en “older posts”. Pedimos disculpas por la molestia.