En otros países los tanques anuncian guerra; en Cuba, memoria. Aparecen lentos, oxidados y casi litúrgicos, cargados de una épica que ya no pertenece del todo al mundo real. No parecen máquinas listas para un choque moderno, sino objetos rituales que el poder extrae de un museo ideológico cada vez que necesita recordar —o recordarles— que la nación vive bajo amenaza. Durante los años ochenta esa amenaza moldeó el cuerpo mismo de la Isla. Con el pretexto de una invasión que nunca llegó, el régimen desfiguró La Habana: abrió trincheras en las calles del Vedado, excavó túneles en la avenida Línea y horadó la Loma de la Cotorra. A la par, replicó zanjas y refugios en Santiago, Holguín, Camagüey y prácticamente cada municipio del país, siguiendo la estrategia de Guerra de Todo el Pueblo que obligaba a la población a cavar y camuflar sus propias posiciones defensivas. Décadas más tarde, entre 2006 y 2007, movilizó a cientos de miles de reservistas en la llamada Operación Caguairán: otro ens...
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