7.18.2016

ALBERTO ARREDONDO: EL DESDÉN DEL NEGRO POR EL NEGRO

Fragmento de El negro en Cuba, ensayo 
(La Habana: Editorial Alfa, 1939)

Cierto que muchos negros se han destacado en todas las actividades  de la sociedad cubana. Y cierto que en inteligencia, talento y cualidades excepcionales, han igualado y hasta en muchos cosas superado a los blancos. Pero cierto también que, con la excepción de muy pocos, esos negros han servido para agudizar más los problemas del negro. Surgían no para reivindicar  a sus iguales en la raza y en la explotación, sino para confundirse, para ensamblarse con los blancos. Si el blanco político engañaba y explotaba tanto al negro como al blanco trabajador, el negro político no se distinguió de él. Al contrario, el complejo de inferioridad que fue índice de nuestra cultura en el alborear republicano, le hizo imitarle, hacerle igual a él. Y con esta imitación se hizo más fácil y menos responsable para los blancos la explotación negra. Se permitía que determinados negros entrasen en el Congreso y hasta que participasen en los Gabinetes. Aunque su papel era pasivo, ridículamente pasivo, en función de figuras decorativas, servían para que fuesen desnaturalizados los verdaderos factores que concurrían en la dolorosa realidad del negro cubano. La presencia de un punto negro en la psuedo blancurade nuestro tapete político-social, se aprovecha hábilmente para crear en las masas negras el espejismo de que ellas eran respetadas  y tenidas en cuenta. Partidos Políticos e Instituciones hubo, que llevaban a  sus organismos dirigentes a un negro entre veinte o treinta blancos, simplemente como ardid demagógico. Desconocido lo colectivo fue lógico que primase lo particular. Abandonado lo nacional, imaginóse que el problema del negro no era de teoría económico política y de ejecutoria gubernamental, sino de mera representación física. Y aún más, se  creyó que estaba desvinculado el dolor del negro, del dolor de la nacionalidad.
Y tanto como eso, primaba en el ambiente criollo el falso axioma de la “inferioridad del negro”. Desconociéndose la civilización egipcia de los faraones negros, que en la Capital  deSonggahy existían nutridas y valiosas bibliotecas cuando en Europa escasísimos países las tenían y que vivían de supersticiones alrededor de los eclipses, cuando ya en varios puntos de África eran estudiados y comprendidos los fenómenos atmosféricos. Ignorándose los factores de geografía que priman en el desenvolvimiento de todo conglomerado y las causas económicas de todo fenómenos político o social, echábanse a rodar fantásticas especies que tenían por base el escenario africano. Escenario cuyas demostraciones asombran a sabios occidentales. Ratton diría que de “Beniu” proceden los mejores bronces del mundo, fundidos por el proceso maravilloso de la “cera Perdida”, y otro hombre de ciencia Von Luschan, diría que “ni el mismo Cellini podría haber hecho mejores fundiciones antes o después”. El propio Picasso se mostraría orgulloso de inspirar muchas de sus obras en motivos africanos.
No mirándose el estado de injusticia y de explotación en que yacían los núcleos negros cubanos, se tomaban para juicios categóricos  hechos esporádicos que hubiesen sido realizados – quizás  con más graves consecuencias  por los propios blancos de estar en igual situación. A espaldas de los números y de las estadísticas que demostraban el formidable avance cultural del negro; no queriendo apreciarse los grandes esfuerzos del negro que –pese a toda discriminación– se iba imponiendo en aquellas profesiones y oficios que siempre fueron monopolizados por el blanco; divorciado el enjuiciamiento, de los negro que por el propio esfuerzo o por la mejor economía venían brillando en el cuadro cultural de Cuba, repetía cotidianamente que “el negro era inferior al blanco”. Y lo característico no fue que se irguiesen teorías raciales o racistas en un mundo cuyos espacios nacionales eran retortas, fundiendo los más variados ingredientes étnicos; sino que la mayor parte de los propios negros sobresalientes, aceptasen esas teorías, aunque no pocos, exterior y públicamente lo negasen. ¡Vivían hipócritamente con unas poses para galería y otras para la familia! No se recordaba a aquel Martí que había exclamado al entregarse al movimiento insurreccional “que el negro por el negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre”. Y que anticipándose sagazmente a las luchas del provenir, exclamó: “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro”.
Ese acatamiento de los intelectuales negros a la hueca teorización que los interiorizaba, culminó lógicamente  en “el desdéndel negro por el negro”. El prejuicio permeabilizó todas las capas de la sociedad aunque este prejuicio, como afirma Luis Alberto Sánchez  de quien tomo prestado el nombre de este capítulo  carece de realidad en Indoamérica, que es un crisol en donde los más severos Aristarcos pasatista –tal Monsieur Francisco García Calderón- comprueban el amalgamiento inmediato de las más radicales discrepancias bajo el denominador  común  de nuestra realidad”. Y recordando al Apóstol cuando decía: “los hombre de pompa e interés se irán a un lado, blancos o negros y los hombres generosos y desinteresados se irán a otro”, termina Luis Alberto Sánchez exclamando: “La raza verdadera del mundo moderno, es la raza del dinero y la otra la raza del dólar, no en balde negros ricos y blancos ricos, se dan la mano y se juntan en las Salas suntuosas del Capitolio”.
Mientras el blanco se deleitaba con la música negra y hasta recitaba poemas negros, para después negarle a los atletas olímpicos la entrada en ciertos clubs y sociedades, prohibiéndosele al boxeador  Joe Louis el hospedaje en el hotel “Sevilla”, el negro sobresaliente –en función del medio en que se desenvolvía- terminó bailando el vals, despreciando el son, tornando académico y rancio el lenguaje y en fin desdeñando lo negro. ¡La masa negra resulta aleccionada por los ejemplos más contradictorios!
Se lucha, se batalla, se vive y se sufre por la “asimilación”. Ser como el blanco, entrar donde entra el blanco, figurar donde figura el blanco, ser saludado por el figurón blanco, constituyen un polifacetismo psicológico  que llega, desde la madre negra o mestiza que quiere que “sus hijos adelanten”, hasta la hija o el nieto que esconden a la madre o a la abuela y practican la terrible máxima de “primero querida de un blanco que esposa de un negro”. Desde el peine eléctrico y el engrudo para el pelo, hasta el abandono verbal de la propia nacionalidad para justificar  el color oscuro de la piel, a través de la ascendencia de México y  Sur América.
Como ser negro o mestizo “atrasado” era incapacitación para el avance (“el adelanto” del individuo en las actividades de la sociedad), la asimilación forzada se hizo motos de descomposición en los conglomerados negros. El niño negro evolucionaba sugestionado por su “inferioridad”. Unas reglas educacionales absurdas, una moral estrecha  y enervante y una falta de organización colectiva era en todo orden, ponen enseguida al niño negro y mestizo ante el terrible rigor del prejuicio y la discriminación. Hay que venir ya de la cuna con cierta verticalidad de carácter, para no desnaturalizar el fecundo arrebato juvenil, con ese primer choque –choque rudo- de la escuela, sea pública o privada.
En el orden sexual el negro degeneraba… Si en la Colonia el señorito o el caballero irresponsablemente abusaban de las negras, en la República el “adelanto a marcha forzada”, impuso un concubinato que adoptaba las formas más perjudiciales para la mujer –negra o mestiza y su prole. Los matrimonios –con ser algunos en la Colonia y muchos en la República- no constituyen la regla en este aspecto. El conglomerado étnico de Cuba tiene en el concubinato su impulso más decisivo. Esto agrava el  fenómeno económico. Mientras la familia blanca se reintegra y en la mutua ayuda atenúa los rigores de la concurrencia imperialista, la familia negra se disgrega, se desintegra. El mestizo o la mestiza niegan a sus padres!
Esto no excluye, como es de suponer, la evolución del negro ya anotada y la consagración de muchos negros a la liberación de su raza. Pero sí incluye plenamente, a la mayoría de los negros que, destacados en la vida pública o privada de Cuba, han podido acelerar la evolución negra atenuando sus sufrimientos y lo que han hecho es “aristocratizarse” a espaldas de sus iguales en la pigmentación de la piel. Como los avestruces, han proclamado la inexistencia del “problema negro”, por el sólo hecho de meter la cabeza en la arena para no verlo, o sea,  porque esta actitud era la que mejor convenía a sus intereses.
Explicable es que, ante esa realidad y ante el surgimiento de algunas sociedades “mestizas”, el negro “negro de verdad” empezase a dar oídos a tendencias raciales, que penetraban en  una larga serie de Sociedades y Clubs negros que existían en toda la República. ¿No había dicho Martí que “el hombre blanco que por razón de su raza se cree superior al hombre negro, admite la idea de la raza y autoriza y provoca al racista negro?” Quería el negro usar del “derecho a mantener y a probar que su color no le priva de ninguna de las capacidades y derechos de la especie humana”. Lo negro por lo negro empezó a amarse y cultivarse con apasionamiento.
Esta fecunda reacción del negro, aunque empíricamente, llevaba en sí la auténtica significación de la nacionalidad cubana. A ella deberían ser en gran parte los movimientos de renovación que están culminando en la actualidad. El estudio de lo negro por los negros y el estudio de lo nacional por los blancos, honrados, llevaría a justos y realistas planteamientos en la económico y en lo político. Porque si de algo había carecido el negro –como el propio blanco trabajador era de conciencia de sus propios problemas. La mayoría de los negros  que descollaban, lejos de estudiar honradamente y divulgar tenazmente el carácter “anti-nacional” de la llamada interiorización negra”, secundaba a algunos blancos en la tarea de ocultarle a la población negra la verdadera raíz de sus males; y a la población blanca, la analogía de sus problemas con los del negro. El estudio honrado y realista fue demostrando que la cuestión de una y otra, sin distingos raciales era la palpitante cuestión de la “emancipación económica”, o buscándole un casillero revolucionario, de “la liberación nacional”.
Así como la guerra de “Independencia” no fue una lucha racial entre cubanos y españoles, la lucha anti-imperialista de “liberación nacional”, no supondría tampoco, una guerra entre sajones y latinos. Lucha ésta por la soberanía político-económica de Cuba, negros y blancos habrían de marchar unidos, por lo mismo que ambos sufrían el rigor del sistema. Cierto que el rigor era más fuerte en cuanto al negro. Pero cierto que el blanco lo padecía también. Uno y otro, como cubanos, resultaban víctimas de los mismos fenómenos.
Si educación política y social reclamaba el negro, educación integral también venía reclamando el blanco. Habría que aplicar, pues un método  educativo nacionalista que acostumbrara a uno y otro a sentirse factores de una misma educación. Claro que por los grupos renovadores esto se venía realizando. Pero se trataba de esfuerzos aislados, de actitudes que no contaban  con multitudinario. Y si en gran escala se planteaban los problemas económicos de la Nación, en gran escala también debió plantearse el imperativo de esta educación integral del cubano. Las dos cosas estaban y están íntimamente relacionados.
Del más puro simplismo, es la creencia de que la discriminación y el prejuicio son conceptos simplemente aplicables. Hay veces que un negro es más prejuicioso que un blanco. Ocasiones se han visto, en que un mestizo discriminara más a los negros que los propios blancos. Negros viven en Cuba que son más racistas que los propios blancos racistas. Y los conceptos resultan de mucha más difícil aplicación, cuando se quiere ir al análisis hondo de los motivos que pueden haber provocado, en un instante, la reacción prejuiciosa o el hecho discriminatorio.
El aspecto sexual, brinda insospechable material para ese análisis. Si grande es el problema económico del negro; si de difícil puede catalogarse  su situación política; de terrible y de extraordinario tenemos que calificar su problema sexual. La cultura que se le ha impuesto al negro, es la cultura blanca, salvo insurgencias independientes en el orden musical y artístico. La literatura con que inicialmente tropiezan sus ojos, al llegar al brillante campo de la instrucción, es la literatura española, que traduce obras francesas, inglesas, norteamericanas, y que recoge la riqueza intelectual de esos países. El drama amoroso que el negro aprende a estudiar, es el  de Romeo y Julieta o el de Abelardoy Eloísa. Es un gran amor entre blancos, cuyas descripciones hablan de un tipo de mujer bien distinto –estéticamente- a la mujer negra. Las novelas e historias que lee, le hablan al negro de rostros sonrosados, ojos verdes, piel de alabastro y ondulantes cabelleras. Las mejores telas de los más famosas pintores, recogen a vírgenes y doncellas que ni por casualidad son negras o mestizas. Los versos de los más talentosos poetas, son versos dedicados a celebrar los hechizos de mujeres blancas. En la Opera son blancas las mujeres que atraen la máxima atención del público. El negro, pues aprende a amar, a desear, a soñar con un tipo de mujer o de hembra que es rotundamente blanca. Hasta Plácido, poeta mestizo, le canta a la mujer blanca. La tragedia sexual del negro es sencillamente terrible. No es él –Juan, Pedro o Diego- quien desdeña a la mujer blanca. Es la realidad social que lo hace cómplice de una discriminación, que lo obliga a ser un instrumento de un “desdén del negro por el negro”. Y la mujer negra no queda exenta de esta dramática situación sexual. El ambienta que la ha rodeado, le ha hecho amar a un tipo de hombre que no encuentra entre los muchachos negros que le hacen la corte. Y si en la Colonia el problema sexual del negro es grave, en la República se hace terriblemente difícil. La ciencia y la revista llegan con ritmo presuroso. Negros y negras –en trance de superación- llenan escuelas y centros educativos. La fotografía y el cine, el radio y el teléfono vienen a darnos los esplendores de la civilización, pero traen para el negro nuevos factores de agudización sexual. Todas las mujeres que figuran en las exposiciones fotográficas son blancas. En los concursos de belleza, los métodos estéticos se rigen por patrones blancos. Las heroínas cinematográficas son siempre heroínas blancas. O Mary Pickford o la Bertini o Greta Garbo. Las artistas de radio –llevadas y traídas y coladas por todos los hogares- son artistas blancas. El pobre negro se ve con deseos que no puede satisfacer; con anhelos que no puede complacer; con impulsos sexuales que tiene que reprimirlos hasta que exploten, o desnaturalizarlos hasta que sean vencidos. Y la pobre señorita negra, igual… Su tipo es Clark Gable o Valentino o Robert Taylor. No ha leído ninguna novela en que un hombre de piel como el carbón y de labios grandes y gruesos y de pelo ensortijado, sea otra cosa que valet, limpiabotas o criado.
Y de negros y negras se ven así víctimas de un complicado problema sexual que los llevan al “desdén del negro por el negro”.
Por otra parte, ¿en qué lugar se han enseñado a ver “negros superiores”, “negros jefes”, “negros directores”? La psicología del hombre de color, se ha acostumbrado a obedecer, nunca a mandar. Por eso le es tan difícil al negro, recibir las órdenes o instrucciones de un Jefe de su color. Y por eso también, al blanco le resulta intolerable verse mandado por un negro. Hasta en las instituciones más liberales y en los partidos más revolucionarios y anti prejuiciosos, hemos visto el “desdén del negro por el negro y por el blanco”.
¿Cómo reprimirlo? Ante nosotros no hay más que un camino que la transformación económica del país y la aplicación de integrales métodos educativos. Sólo cuando las vanguardias honradas y renovadoras de Cuba –confundidos blancos, negros y mestizos, plasmen en hechos de  amplias proyecciones el imperativos étnico y económico contenido en nuestra nacionalidad– podrá hablarse de que está en vías de solución el problema negro. De ahí, a grandes realizaciones sociales, no habrá más que un paso. Pero, mientras tanto, el problema negro existirá,  será un problema para los propios negros, un problema para los propios blancos y un problema para toda la nación que, sin resolverlo, no alcanzará mejores destinos. 


6.24.2016

JOSE LUIS SANTOS: VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS ME ACORROLAN UNOS VERSOS

Otra vez el cuervo gira en círculos funerarios
y espera por la carne fresca como un campo de batalla.
Este es mi último intento de ser feliz. 


    A  Frank Abel Dopico


Verano de 1991, el poeta Frank Abel Dopico (1964-2016) llega al central  Santa Lutgarda, ya por aquel entonces último reducto del proletariado hacedor de cristales de azúcar prieta en Cifuentes (el resto de los ingenios, tres en total, habían sido mandados a demoler, o desactivar, como aún algunos denominan en la retórica oficial). Y claro, la presencia en un batey azucarero de alguien con una melena como la de cualquier integrante de esas bandas de rock que hoy son leyenda, y cierto aire quijotesco en el paso, la mirada y hasta en el modo de expulsar el humo del cigarro, no podía pasar desapercibida. Mucho menos en el comienzo de una crisis que marcaría un antes y un después en la vida del insular de a pie y que, en el lenguaje figurado del poder, nombrarían como “Período Especial”.  
   En la comisaría del poblado, alguien da la voz de alerta: un tipo raro, pelú y con un libro bajo el brazo preguntó en el bar por que no funcionaba la victrola, dando tremenda muela, que si el aparato era una verdadera reliquia y que debían preocuparse por arreglarlo, y ahí no para el asunto (o la cosa, según palabras textuales del propietario de la voz de alerta): preguntó dónde vive José Luis Santos. Mal rayo lo parta, dijo el jefe del DOP,[1] rascándose la cabeza en la que ya asomaban leves rasgos de calvicie, y presumiendo que el recién llegado, el que esto dice (o ambos en conjunto) le echarían a perder sus intenciones de salir en pos de una ensarta de tilapias al Río Manzanares. Esto, planteado de un modo en que el más simple de los hermeneutas locales entendería, equivale a decir que Dopico y yo le hacíamos peligrar el “pasto” de su prole, digna de ecuación pitagórica numéricamente hablando. En época de hambre y penurias disímiles, ningún hombre, así se llame T.S. Eliot, debe poner en riesgo la cochambrosa ración de pescados (de agua dulce) de otro hombre.  
   Los habitantes de Santa Lutgarda, apartándonos por un momento de las elucubraciones de la pequeña estación policial, llamada años más tarde: “El Sector”, no eran merecedores de aquello de que “No es por azar que nacemos en un sitio o en otro, sino para dar testimonio”. Dopico, en cambio, discrepaba. Sentado en la sala de una casa, similar a otras tantas que la escasa imaginación arquitectónica socialista, ordenó alinear como sepulcros, escuchaba: “Yo quiero ser llorando el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas…” Serrat canta a Miguel Hernández y el tocadiscos Made in URSS o Сделано в СССР (comprado por mi abuelo, gracias a un crédito, extrañas bondades que, importadas desde el país de Tarkovski, signaron una época, como la música, los pantalones campanas o el dulce ruido de los hierros zafreros) se empeñaban en colocar en el éter sabatino de mediados de julio, un ambiente mitad disoluto, mitad dadaísta para el gusto de los pueblerinos, si es que alguno les permitía la subsistencia. “A ver”, intervino Dopico luego de concluir la canción, con el aire del pícher que lanza una curva cerrada, ¿tú crees que “Elegía aRamón Sijé” se escribió en la suite del mejor cinco estrellas madrileño? No, mi socio, fue en Orihuela, ¿y tú sabes dónde queda Orihuela?, en el culo de España, donde las vacas mean, cagan y gozan del apareamiento con los toros en medio de la calle principal”.
   Pero Félix Luis Viera –debía aprovechar al máximo mi turno al bate, ya con un strike cantado y escasas posibilidades frente a semejante lanzador- no le hizo cosquillitas en el clítoris a una musa campestre, para que saliera de la máquina de escribir, y listo para publicarse: Con tu vestido blanco (y lo mismo diría hoy de Un ciervo herido y El corazón del rey). El  tocadiscos regurgitaba ahora (sobre una aldea que a su vez regurgitaba sobre él, mezquinos intervalos de bagacillo que, con el tiempo, terminarían siendo entrañables): “No pienso que sufrir es aquella opción que nos dio algún dios para salvarnos…” Y luego, como para introducir una irreverente enmienda anglófila, en lo que en buen léxico de reuniones laborales, partidistas u otras sería “el orden del día”: The delicate sound of the tundra, un ilegítimo Pink Floyd, salido (increíblemente) de un ilegítimo sello discográfico de “la cortina de hierro”, construcción tropológica emitida por la mediocre inventiva lírica de Occidente, en los años de la guerra fría. “Tu problema”,  dijo quien fuera mi mentor en ese experimento de la cultura cubana que, una vez pasado por el prisma moscovita de la masividad,  llamaríamos “talleres literarios”, es que mantienes una relación amor/odio con el lugar donde te tocó nacer y además vivir, y eso sólo es permisible para los personajes de las ficciones literarias”.  “Y otra cosa”,  de nuevo la sensación de un lanzamiento imposible de batear, “¿tú tienes idea de lo que es el Condado, el barrio donde vive Viera? Para que te enteres, el Condado es la campiña de Santa Clara, pero una campiña feroz, sin guajiros, sin los gallos que pintó Mariano, sin árboles, a no ser logrados en técnica bonsái, y donde la gente se entra a cabillazos por nada. Porque miraste accidentalmente a alguien, y ese alguien tenía el día malo: no tenía ni este peso para comprarle unas malangas a sus chamas, o sencillamente la mujer se le fue con otro. Porque una tipa dijo de no sé quién que tenía el rabo del tamaño de un gusanillo de bicicleta. Porque en una pelea de perros todo el mundo le apostó al de Periquito Pérez, y el tuyo le tumbó el cetro. O porque en una reunión del comité, un vecino se quejó de que tú pasaras todo el día escribiendo versitos, mientras la mayoría pinchaba como animales, en trabajos duros, trabajos de verdad, trabajos de hombres. Y así por el estilo”.   
   Otro tema de Pink Floyd, acaso Teacher, Teacher marcó un breve, pero necesario impasse. La indescifrable alquimia de un ron, salido de uno de los mejores alambiques clandestinos del barrio, se introdujo en la escena, acaso para suplir la ausencia de bebidas decentes, y de algún modo pausar una polémica que parecía tornarse infinita (e inútil por demás): fatalismo geográfico versus visiones metropolitanas en la creación literaria. Dopico no era (y creo que nunca lo fue) partidario de que un escritor se dejara aplastar por el entorno social que lo rodeaba, cual una “maldita circunstancia” piñerianamente hablando. Había que sufrir, crear y, en la medida de lo posible, amar ese entorno, besarlo en la boca si fuera preciso. Canciones como “Jalisco Park” o libros como La Habana para un infante difunto (desde su punto de vista), eran tan necesarios como plasmar las realidades de mis coterráneos, victimizados por la deslealtad de los mapas. “Imagínate por un segundo”,  dijo el autor de El correo de la noche, con la certeza de cantarme el tercer strike, “cuántas tragedias griegas, o casi griegas, estarán ocurriendo ahora mismo en la vida de estos lugareños, y ellas solitas pidiendo, casi implorando, que vengan por ellas. No hay que esperar a que aparezca aquí una mina de petróleo, de oro o de níquel para que esta gente sienta que sus dramas personales tienen tanto peso como la zafra, o la guerra en Angola. Esa es tu pincha brother, y no me defraudes que no he venido a un lugar donde no hay guaguas, ni tren que salga a las tres y diez para Yuma, sólo para toparme con un pendejo que no acaba de conectarse, de una vez y por todas, con sus raíces. Por cierto, y para cambiar de tema, te traje algo de Cesar Vallejo, una joyita, imagínate una antología hecha y prologada por Hernández Novás, la pinga literaria número uno de los 80. Antes de irme te lo dedico”.
   Como una muestra de que dábamos por concluido aquella suerte de play off sociológico, bebimos el fondaje de la botella de ron de indescifrable alquimia y nos sentamos a almorzar. Un arroz con pollo tercermundista, y batuqueado por la máxima de “hacer más con menos” (e, incluso, con nada), deleitó al maestro. Mientras esto sucedía en la casa del poeta, en la surrealista mini-estación policial varios agentes, empapados en sudor, y con uniformes revividos gracias a la terapia de los remiendos y los parches extraídos del arte Ready-made, esperaban alrededor de un viejo buró y de un teléfono pos-soviético (o pos-cualquier otra cosa). Uno de ellos, casi anciano, comentó: “además de oír música imperialista que ya es mucho descaro, hablaban cosas extrañas, vaya usted a saber si eran mensajes en clave, yo mismo me acerqué a una ventana y escuché cuando el pelú decía: “Lola, jolongo, llorando en el balcón, nos embarcamos…” Entonces sonó el teléfono y Ángel Montes de Oca el jefe del DOP (o Angelito, The Terminator, según los apotegmas pueblerinos) levantó el auricular para decir: “Ordene”, decir: “sí compañero capitán”, decir: “correcto compañero capitán”. Minutos después el jefe del DOP disipaba las ganas de “operar” de sus subordinados, con un claro y contundente: mandan a decir de provincia que se dejen de comer mierda y estar armando tempestad en vaso de agua, el pelú es un escritor famoso, con libros publicados y toda esa vaina, así que váyanse pal carajo y refresquen esos cerebros que nada más piensan en poner multas y meter gente presa. A solo un par de años de su jubilación, el propio Angelito me confesaría que nunca ocurrió tal llamada de provincia, que él encargó a su mujer que lo llamara desde un teléfono público y se hiciera pasar por algún mayimbe del Ministerio. “¿Qué tu pensabas?”, espetó el exjefe de la comisaría rural, “que un bando de viejos locos por repartir bastonazos, me iban a joder las tilapias de mis fiñes”. “Además”,  continuó Angelito, desligado ya de insulsas investigaciones de puercos y vacunos robados, “el pelú me cayó bien, hablé con él en el bar y me gustó su preocupación por la victrola rota, por la falta que le hace al central una biblioteca y un buen arreglo al parquecito infantil, y esas cosas no creo que le importen a nadie hoy en día”.
   Ya bien entrada la tarde, acompañé a mi invitado hasta la salida del batey. Caminamos en silencio por entre dos hileras de palmas reales, que no guardan ninguna relación con Heredia (en todo caso con el mal gusto del antiguo dueño del ingenio, al que las volteretas de la Historia convertirían en otro desterrado). Un amigo, chofer de un desvencijado camión zafrero, aceptó llevar al bardo hasta Santa Clara a cambio de una botella de ron de indescifrable alquimia. Antes de que abordara la cabina de aquel armatoste del medioevo automovilístico, le recordé que no me había dedicado el libro de Vallejo. Cuando vuelva, me respondió dándome un apretón de mano, cada quien extendiendo la zurda que es la mano del corazón, axiomática creencia que ejercito una y otra vez. Veinticinco años después aún conservo el ejemplar, con la terca esperanza de que regrese y cumpla lo pactado. Veinticinco años después me acorralan unos versos: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡yo no sé!”Y para ser honesto, no encuentro conformidad en ellos.




[1] Departamento de orden público, nombrado actualmente Policía Nacional Revolucionaria o PNR por sus siglas.    

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