8.11.2014

PADRE JORGE BEZ CHABEBE: DIOS ME HIZO CURA (MEMORIAS)

Un libro de la EDITORIAL SILUETA.
Presentación a cargo de Rodolfo Martínez Sotomayor.
Viernes, 22 de agosto de 2014. 7:30 p. m.
Salón Félix Varela de la Ermita de La Caridad. 3609 South Miami Avenue, 
Miami, FL 33133/305-854-2404.
Entrada gratis.Se ofrecerá un cóctel después del evento


7.29.2014

JOSÉ LUIS SANTOS: LA FELICIDAD, ESA GRAN USURERA

Pero existe un poder que bloquea, prohíbe e invalida (...) un poder (...) que penetra, profunda, sutilmente todo el tejido social (…) el papel del intelectual ya no es más el de colocarse delante o a un lado para expresar la verdad suprimida de la colectividad; más bien es el de luchar contra las formas de poder que lo convierten a él mismo en su objeto e instrumento...


[D]ebo enarbolar, a modo de prefacio, mi descreimiento respecto a los premios (literario o de cualquier otra índole) como mecanismos productores de legitimación y demás tópicos de prestigio. Ya se sabe, todo premio es más o menos el reflejo del conciliábulo que decide otorgarlo dese el afán de salvaguardar (léase, vigilar) pronunciamientos estéticos, o desde el respiro otorgado a la autoexpresión y la libertad del ejercicio escritural. Cómo develar sino, cierto efecto de intríngulis, ciertas falacias con las que ha convivido el libro Nuestros años felices en su tránsito de inédito a publicación consumada. O frente al escamoteo casi constante de jurados evaluadores, que negánronle pervivencia en los dominios de la letra impresa. Nótese que he expresado intríngulis y falacia, en lugar de los habituales improperios con los que vivo conciliado.

¿Cómo explicar la desestimación del texto antes referido, a su paso por el premio “Fundación de la Ciudad”, atravesada de punta a punta por la iniquidades del río Bélico, y luego el certero desagravio en el certamen “Luis Rogelio Nogueras”, 2007, convocado por otra ciudad de igual o mayores iniquidades? ¿Provincianismo vs metrópolis cultural?, la verdad nunca lograré entender tanta decisión mal aderezada, o tanta mojigatería  para ser más explícito. Y ni hablar de esos personajillos inscritos en las redes de poder, que objetarónle al libro la, digamos, estrechez ideológica de usurparle a Santa Clara el manido concepto de propiedad que supuestamente se disputan Marta Abreu y el guerrillero de la foto de Korda. Pobres consignatarios del englobamiento político, “legisladores del gusto, de los compartimientos y signos culturales modelados por la tradición y la retórica para alimentar los grandes fantasmas de la Historia, el Poder y la Razón”[1]. Las ciudades, como los países, solo generan sentido de pertenencia, lo que equivale a decir que no pertenece a nadie en particular.

Pero como la abundancia de ladridos no puede ser sino la inequívoca señal de que se cabalga, Nuestros años felices, Ediciones Extramuros mediante, llega por fin al lector, ese destinatario ávido de contradiscursos, de un Otro indemnizado por el lenguaje, más allá de lo que denota o connota aún a nivel extraliterario. Y Amador Hernández Hernándezvoz indiscutiblemente canónica del testimonio insular (y de seguro eso de canónico le sonará a reglamentaciones de la praxis artístico-literaria), revisita el tópico de los estudios con internamiento, léase “becas”, referente ideotématico que con aciertos y desaciertos conquistó un pasado narrativo, todavía fresco en la memoria. Recordemos La larga noche de un día difícil de Sergio Cevedo y Nosotros vivimos en un submarino amarillo de José Ramón Fajardo, por solo citar dos ejemplos. Regresa al llamado espacio fabular, el personaje del adolescente como arquetipo del no acatamiento, de lo irreductible, del disenso más tímido a otro un mayores vestigios de acritud: “algunos sabían que prestaba mis orejas para escuchar en un radiecito de baterías, las canciones del ciego Feliciano o la música de Rafael o los últimos discos de los Beatles, considerados desviación ideológica”, ya F. J. Hinkelammert vaticinaba un posible retorno del sujeto reprimido, dueño de una autonomía frente a la ley, ya sea natural o la de las instituciones de creación humana”[2].

Más allá del relicario biográfico del “cuarteto”, pequeña estructura de corte fraternal, conformada por “el Barberito, un saguero que se proclamó jefe (…) por Patecabra, un  mulato del reparto América Latina (…) que se había ganado el apodo por ser dueño de un rabo que muy bien pudiera ser un tercera extremidad; por el Bola, de frente pecosa y redonda; y yo, el cuarto vértice, sin nombrete todavía, pero muy próximo a tenerlo”, Nuestros años… parece urdir el remedo irónico o la voz en falsete del estribillo: esta es la nueva casa, casa y escuela nueva.  

Texto desjerarquizante, dispuesto a catalizar mediante el choteo y el atisbo de claras resonancias carnavalescas, las situaciones más solemnes o más angustiosas, la envoltura lúdica de los hechos y la tragicidad, el despertar del Eros y la presencia imperativa del factor ideología: “la mención de Lenin trajo a mi memoria dos momentos desagradables: la noche en que el loco profesor de Historia nos tuvo tres horas en posición de firmes viendo la película Lagran guerra patria y la clase de política en que por poco me atoro con las palabras imperialismo y empirocriticismo”. Y como en todo centro educacional, devenido sociedad de vigilancia y de control, al decir de Foucault, no podría faltar el clásico ente autoritario, esa figura omnipresente, signada tan solo por alguna construcción peyorativa o hegemónica, como el Big Brothers de G. Orwell o La gran enfermera de K. Kesey.  En este caso “el Supremo”, definido por el narrador como “el hombre que no reía”, que “arrastraba su pata renga como si llevara todas las cruces del mundo sus espaldas”, y cuya voz -alcanzará a decir en otro momento- tronaba “como si hubiera salido de algunos generales alemanes que vi en una película soviética”.

Como en Yo también maldije a Dios (Ediciones Capiro 2003), vuelve a manera casi de leitmotiv el endeudamiento generacional: padres o abuelos que exigen, previa advertencia expiatoria, algún trofeo de naturaleza purista, como premio a sus desvelos ideoligizantes: una medalla, un carné de la UJC, esa clase de rituales por todos conocidos[3]. En el orden narratológico, pudiéramos hablar de lo que Dean L. Reyes define como “una zona de relatos donde la dicotomía verdad-ficción pierde sentido, pues ahora se trata de construir una historia alternativa a la historia oficial, que en cierto modo la desmiente, pero también la completa[4]. Algo que I. Lotman plantearía como “el papel de los espacios periféricos en la canalización de la conciencia lingüística y de los procesos de intensas formaciones semánticas que posibilitan el reciclaje de todo el desecho que la historia arrojó al basurero de la memoria” [5]. Nada, que Amador Hernández Hernández y su galería de personajes que pueblan la historia mayor con el fabulario de sus vidas apenas perceptibles, demarcadas por el gris, el anonimato más desconcertante o el estigma sartreano del individuo como sujeto social acrítico, prefijado al contexto en aras de un supuesto compromiso redentor, parece decirnos, a sotto voce, que la felicidad es una especie de préstamo, establecido con carácter de usura[6].




[1] Alberto Abreu, Virgilio Piñera: Un hombre, una isla. Ediciones Unión, 2002.
[2] Henry Mora Jiménez, Prólogo a la edición cubana de El sujeto y la ley. Editorial Caminos, 2006.
[3] Unión de Jóvenes Comunistas por sus siglas, remedo de los extintos konsomoles soviéticos que en la Isla optó por obviar las prácticas dogmáticas de su análoga y tener así vida propia.
[4] Ver: “Ansias de contar”. La Gaceta de Cuba, No. 4, 2004.
[5] La semiosfera. Traducción de Desiderio Navarro. Ediciones Cátedra, S. A., Colección Fronesis, 1998.
[6] Albert Camus en El hombre rebelde, Buenos Aires, Editorial Losada, 1998, se ubica en las antípodas de esta tesis; su alternativa a la misma consiste en proclamar “el ideal del escritor rebelde”, ya que para él “la rebelión, a diferencia de la revolución, no es percibida como un trance destructivo o estático, sino como un movimiento moral inspirado en la generosidad y la templanza, en la erótica y la fecundidad”. Consúltese “El intelectual y la revolución”, ensayo perteneciente al dossier de Latin American Studies Association, 2000. Consúltese también Sartre visita Cuba, Ediciones R., 1961.

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6.21.2014

JOSE LUIS SANTOS: PALABRAS MODOS Y RUTINAS. LOS AMBITOS DEL SUJETO FRAGMENTADO

Publicado con anterioridad en Sentado en el aire


Llevaba una blusa negra donde había escrito con plumones la liberal traducción 
del verso de Rimbaud: «Yo no soy yo, soy otra» (…) 
Por la esquina dobló un borracho cantando a todo pulmón: 
En el tronco de un árbol una niña grabó su nombre henchida de placer…
Z. Valdés. Sangre azul

«Te mato, puta, yo sí te mato», con esta sobrecogedora vertebración textual, anticipo para nada fortuito de una introspección de género, cimentada con ojo sagaz (y yo diría que radical) sobre las «estrategias del llamado sistema de poder falocentrista» (1) que domina, posterga y petrifica un imaginario social históricamente enquistado, el tríptico narrativo Palabras modos y rutinas de Marvelys Marrero Fleites, Ediciones La Luz, Holguín 2008, deja en cierne toda una estética de lo urticante-transgresor. En Tres palabras, pieza inaugural, se comienza a urdir la respuesta a la ya antológica interrogante de G. Spivak (2): ¿Puede el subalterno hablar?, ¿mujeres, negros, homosexuales o seres que sencillamente encarnan alguna diferencia, alguna desemejanza actoral en sus respectivos asideros socio-históricos pueden acaso proporcionar los elementos que coadyuvarían a signar el contradiscurso apropiado, capaz de vulnerar los encantos de la lógica metropolitana en la era de la aldea global?
Ascético en el diseño narratológico, y de mirar esquivo en lo que a artilugios estilísticos o circunloquios se refiere, el libro si bien no a manera de ritornello, por lo menos de un modo evidentemente abarcador y enfático actúa como una suerte de indagación que se apresta a somatizar las aristas no tangibles u observables de los conocidos (y casi siempre atisbados por el travelling de la morosidad crítica) sucesos de sicariato doméstico: zonas episódicas de un gris cotidiano insular al que, no está de más decirlo, muchas veces no accede el dictamen de lo punible, y donde el monitoreo de las Ciencias Sociales se advierte como efecto puramente epidérmico, viciado por los síntomas de un soslayamiento secular. Téngase en cuenta que la sustitución de término sexo por el de género es, como apunta la estudiosa K. Fasting, un aporte teórico de reciente localización sociológica. Y no pretendo inferir que la violencia de género en lo que al canon o la tradición literaria del país incumbe, no haya recibido los beneficios de una explicitud estéticamente presupuestada. Lo que sucede es que el solo hecho de articular aquí un discurso, encaminado a la apropiación de semejantes territorios ideotemáticos, además de conformar el muestrario de un temprano agotamiento morfológico, debió encarar, previamente, infaustos mecanismos de legitimación (mainstream, panóptico, marketing, teoría de los roles, etc.) dados por el arbitrio de una hegemonía supeditada a la instrumentalización de lo masculino como pirámide referencial, expresada también como lo «macho» en determinadas simbologías expresivas de carácter jerárquico. De ahí que tales desempeños, lejos de posicionarse en el alegato no llegaran a sobrepasar el murmullo o la balbucencia.
Como en algunas de las otredades asumidas (y relativizadas) por la praxis femenina (estoy pensando en creadoras de la talla de Belkis Ayón, Ena Lucía Portela, María Luisa Bemberg o Lydia Cabrera), hay en Las palabras… una especie de replanteo o viraje conceptual de los ámbitos maritales glosados comúnmente desde el usufructo patriarcal, un tránsito como de marejada que proclama la subversión de ese constructo, el mismo que, tras pequeñas pinceladas de un dirty realism que no delata filiaciones autorales ni pugna por enrarecer el desarrollo intradiegético, deviene en (re)creación de un microcosmos agónico, lucha emocional sexualizada, catarsizada en una suerte de diseño exílico de dolorosos matices interiores, y asechanza de lo expiatorio simbólico o incluso literal en el caso de tipificación Ella. «Síndrome de la omnipotencia» y espacio idóneo para la entronización de determinados resortes vinculados a la idea de lo falogocéntrico (léase crueldad, reduccionismo en la lectura del opuesto, entropía de los poderes instaurados por la tradición, y enunciados de evidentes caracteres tanáticos) en lo que concierne a la tipificación contraria, o sea, El.
Nueve narraciones ancladas en una hermenéutica de lo incisivo, o lo inasible más allá de lo que se presume underground, término que continúa bosquejando temor aún en las posturas aprehensivas más recientes. Quizás un repaso a priori de estas páginas, pudiera conducir al engañoso himnario de un feminismo expresado mediante hipérbole o desconstrucción del otro masculino en la dicotomía discurso/decurso, cuando en verdad lo que se postula casi a nivel de leitmotiv es el tratamiento desacralizante de realidades próximas al escalpelo y patrimonios exegéticos confiscados por el imaginario colectivo dada su condición de alteridad. El lector asiste a un trastrocamiento de significados que le permite repensar uniones sexuales radicadas en las afueras del consensus omniun, punibles en su tránsito por el Eros cotidiano, empujadas al grado cero de autoexpresión por «la familia, el Estado y la Iglesia, la gran tríada del poder» (3). Es el caso de Los jardines colgantes de Lenia… donde lo homo-erótico, aun sin establecerse fuera de los tópicos marginales, alcanza registros lingüísticos de una sutileza, y/o belleza, a mi entender sui géneris: «Miro al cielo, está oscuro, para esta ocasión necesitaba al menos unas estrellas. Así señalaría algún punto, y con una frase cursi te haría seguir la dirección de mi índice. Surgiría un comentario de tu parte y yo diría algo estúpido que te hiciera reír, entonces estaríamos conversando. Pero el cielo está oscuro (…) y ni siquiera una estrella se atreve a salir».
El «sexo débil», ese antiguo soporte peyorativo, es compulsado a arrostrar las artimañas de una modernidad a la que en términos foucaultianos pudiéramos llamar: obediente, es decir, asordinada, infiltrada por los sistemas de prevalencia sígnica de un sinnúmero de mitos femeninos, cuyo engranaje paradigmático descansa en la carencia de opugnación, en lo sinflictivo de sus heroínas: ninfas, sirenas, valquirias, amazonas, hechiceras, personajes nacidos del aserto griego pero con anclaje innegable en la producción de subjetividades o visiones ideo-estéticas de la cultura decimonónica cubana. Es de subrayar en este punto los diseños de personajes femeninos, generados en la novela por los referentes de C. Villaverde, o en la plástica por V. Landaluce, copias al calco de aquellos estereotipos, por lo que podemos deducir una temprana incapacidad nacional a la hora de contestar las normativas eurocéntricas.
Amén de la digresión, Palabras modos y rutinas no es un retablo de presencias otras en los canales discursivos de la narrativa femenina más actual. Ni siquiera una forma de disenso o pronunciamiento Casus belli respecto a la criba falócrata y sus anexos establecidos por la cultura y la ideología misma. Es, entre muchos aspectos, socavamiento de los espacios identificados como masculinos por los mecanismos de representación idiosincrásica, histórica o política. En tal sentido, la autora nos implica en una poética del traspaso de poder, del allanamiento por resignificación de ciertas funciones y normas conductuales asignadas a los hombres por medio de una pragmática de los roles. Nótese como desde el soliloquio que textualiza por igual, los ámbitos del encierro y el refugio, la parábola y el ejercicio lúdico, la protagonista de En tres y dos aligera, por decirlo de algún modo, la pretina de su drama existencial y tal como lo estipula el título, el sujeto pierde o recupera los niveles de autonomía partiendo de las tipificaciones propias de un partido de béisbol: «Es la última cucharada, ya presumo base por bola. Saboreo la dicha de irme a primera sin tener que batear, riendo de su descontrol y la imprecisión de sus lances. La tiene en la boca, mastica con el deseo triunfal que suele acompañar las últimas migajas. Cierra los ojos de improviso, algo anda mal. El chasquido estremece su cara y suspira. Una piedra. Ahora sí me embarqué, esto podría ser out por regla».
Y si en la otra orilla, la ya menguada otredad del éxodo clandestino y «la mitología del exilio como éxito», parecen reafirmar la tesis de H. Bhabha de que «situar la problemática de la cultura en la esfera de la lejanía es el tropismo de nuestros tiempos» (4); en Fumando espero, el acto de cercenar el órgano que estructura las referencias de virilidad en Occidente, más que revanchismo sexista o atascamiento clínico de la personalidad, es algo que por derecho propio se inserta en una dinámica de lo subversivo-atípico dada la verticalidad de su propuesta ficcional. Subversión, valga la redundancia, de la carga de significados que gravitan alrededor de dicho órgano, y de todo lo que conlleve a suscribir jerarquizaciones, incluidas las que atañen a los modelos literarios propugnados por el canon masculino, llámesele «microcosmos fabulosos al estilo de Comala y Macondo» (5), empoderamiento origenista, cuentística de los llamados años heroicos, etc.
Narrativa del no-escape o anti utopía, de los ambientes emocionales imantados al riesgo casi omnipresente del estallido. Maremágnum de seres expuestos al límite de las defensas psicosociales, victimizados aún por el parcelamiento de las etnografías, como le ocurre a la China en Tras el lente. El personaje es solo el prontuario de una perspectiva masculina, rayana en el escamoteo de las pulsiones que animan la identidad del sujeto. No hay el menor esbozo de singularidades, nada que añadir a las connotaciones eróticas nacidas del viejo estigma de las razas. Lo que I. Schulman llamaría: «apropiación consciente (…) de estos grupos étnicos, rechazados o abusados por el centro» (6).
No dejo de pensar en la audacia descontextualizadora de La última nota, donde el mito de Humbert Humbert y Dolores Haze reaparece dispuesto a hibridar, a mimetizarse según la escala de respuestas suscitadas por el morbo contemporáneo. Solo que la clásica frase «dementes conatos que me dejaban exhausto y transido de azul», barroquismo que aquilata la máscara del comportamiento sexual en la obra de Nabokov, es desarticulada por el peso de una expansión semántica diferente: « ¿La edad? Acaso importa. Bueno no sé si ya había cumplido los nueve. Estaba en tercer grado. Y ahora, ¿me puede dar el cigarro?»
Si usted no es capaz de vislumbrar los límites entre el optimismo abaratado por los ítems del discurso oficial y el orbe de quienes no disponen de un making off que les permita rehacer vidas en perpetuo estropicio. O si no coincide con T. Adorno en la paradoja de si es posible o no estetizar el horror (aún el que se genera en el intercambio periferia/lenguaje cultural), entonces Palabra modos y rutinas pueda quizás expeditarle el camino hacia el hallazgo. Y quien sabe si en la acrimonia de estos personajes, hartos de pedir disculpas a los remanentes de una hegemonía machista y patriarcal, más que un rictus no despierte el reconocimiento in extenso de ese Otro, extirpado tantas veces de las experiencias estéticas. O cuando menos cercano al status de lo moldeable, cual un cualquier objeto de barro.


Notas
(1) Montalván, Helga. “El sujeto femenino y la anarquía en el arte cubano contemporáneo”. La Gaceta de Cuba 2006 (Número 2).
(2) Ver: “Ausencia no quiere decir olvido” de Adelaida de Juan. (Temas No.14, 1998).
(3) Santos Moray, Mercedes. La inteligencia no tiene sexo. Santiago de Cuba, Cuba: Editorial Oriente, 2002.
(4) Para la ensayista Lourdes Gil, la lejanización del mundo percibido desde la Isla, la seducción por lo que existe más allá del horizonte, antecede a la Revolución, como un desasosiego alojado en el centro vital de la cubanía.
(5) La extirpación de estos modelos es para Jorge Fornet «una de las marcas de nuestra actual narrativa». Ver: Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo XXI. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2007.
(6) “Exorcismos sociales contradiscursos (pos)coloniales cubanos”. La Gaceta de Cuba 2008 (Número 6).


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JOSÉ LUIS SANTOS. José Luis Santos Muñoz (Santa Lutgarda, 1968). Poeta, narrador y ensayista. Miembro de la UNEAC. Ha publicado los siguientes títulos, en narrativa: Escaleras al cielo (Ediciones Sed de belleza, 2004) y Prometeo ya no vive aquí (Editorial Capiro 2011); en poesía: Monólogo de Jean Basquiat (Editorial Capiro, 2005) y Los apagados muchachos del verano (Editorial Capiro 2007). Ha obtenido los premios y reconocimientos siguientes: en 2001 mención y primera mención en los concursos David y Eliseo Diego, de narrativa, en dos ocasiones los premios de cuento: Onelio Jorge Cardoso y Enrique Labrador Ruiz. Obras suyas han sido finalistas de los premios: Ser en el tiempo y la Gaceta de Cuba. En 2007 obtuvo 2 becas de creación al mejor proyecto de novela y en 2010 el premio Nacional de Entrevista Orlando Castellanos. Sus textos aparecen en las antologías: Tercer Libro de Celestino (Ediciones Holguín 2003), Noche cálida en Santa Clara (Editorial Capiro 2009) y Faz de tierra conocida, (Editorial Letras Cubanas, 2010). Colaboraciones suyas aparecen en revistas impresas y digitales: Cartacuba, Guamo, Umbral, Videncia, Extramuros, Hilos de araña, La Peregrina Magazine, entre otras. En Grafoscopio, conduce la columna Signos y grafías.

6.16.2014

UNA NOCHE CON ALEJANDRO FONSECA


UNA NOCHE CON AGUSTÍN LABRADA


5.14.2014

ÁNGEL RODRÍGUEZ ABAD: DEVOCIONARIO EN PROSA DE UN POETA



[H]ubo un mago, retirado del tráfago y del ruido veleidoso, en su cueva cervantina de las maravillas, prendado de la palabra poética en su libertad y en su resplandor por sobre todas las cosas, encadenado perpetuo a la literatura y a la sabiduría, que se llamó Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1914 – Madrid, 1997). La primera parte de su vida la pasó en su Isla natal. Perteneció al grupo de la revista Orígenes (que tutelaba su siempre idolatrado Lezama Lima) y ejerció el periodismo, aunque como él mismo señalase “fue de la poesía al periodismo y, en lo posible, llevó a éste los temas, las personas y los problemas de la poesía”. María Zambrano lo conoció en La Habana mítica de la década de los años cuarenta y quedó deslumbrada ya por sus primeros poemas. Cintio Vitier testimonió de ellos: “Llegaban y se establecían en la luz como si siempre hubieran estado ahí, familiares en su secreto y en su grave magnitud”. A partir de 1959 Baquero residiría en su destierro español, donde moriría sin haber podido regresar a su país. Su libro Memorial de un testigo (Adonais, 1966) se convertiría en gema casi secreta de alabanzas, defendido con pertinacia por poetas como Gerardo Diego, Francisco Brines, Luis Alberto de Cuenca o Mario Míguez y críticos como José Olivio Jiménez y Guillermo Díaz-Plaja. Tuvo la buena fortuna de disfrutar de postreras ediciones de su obra en verso, que vieron la luz antes de su fallecimiento; así, Poemas invisibles (Verbum, 1991) y Autoantología comentada (Signos, 1992). En su labor de ensayista literario recordaremos Darío, Cernuda y otros temas poéticos (Editora Nacional, 1969) y La fuente inagotable (Pre-Textos, 1995).
     La minuciosa e inexcusable resonancia de Baquero sigue, felizmente, cumpliendo su curso. Gracias a la dedicación consecuente y apasionada de sus conocedores devotos. El también poeta y editor Ángel Luis Vigaray inició la andadura de la colección “Signos/Versión Celeste” (bajo el auspicio de Huerga y Fierro Editores) con un opúsculo del cubano, recuperado homenaje a Juan Ramón Jiménez, escrito tras el fallecimiento de éste en 1958. Ahora, en esa misma colección, se publica una amplia –más de 40 piezas– recopilación de crónicas y ensayos aparecidos, en su día, en prensa aquí y acullá, y reunidos en casi detectivesca indagación por el estudioso cubano Alberto Díaz-Díaz, transterrado residente en Edimburgo que asimismo culminó una tesis en la Complutense madrileña (Perfil íntegro de Gastón Baquero) sobre nuestro autor. Como encargado de esta edición subraya la sabia y generosa virtud baqueriana para pensar con fe o sentimiento siempre en la Poesía, y nos indica cómo Baquero superó las rejas del artículo periodístico para lograr incluir en su luminosidad el ensayo literario de venero hondo y palpitante. Pues lo primero que demuestra este libro, en su desplegado muestrario, es que la prosa de Gastón Baquero no es inferior a su poesía lírica.
     Escojamos un par de ejemplos relevantes. Diario de la Marina, periódico habanero. Año 1946. “Memorial por el poeta John Keats”. Se repasa ahí la existencia de creación, de contemplación y de reverencia a la Belleza por parte del romántico inglés enterrado en Roma, y se nos ofrece lo impalpable y sutil de su quehacer, en compañía y frente a sus compañeros Shelley y Byron. La divisa del Endymion (“A thing of beauty is a joy forever”) brilla como hechizo cautivador, y el excurso del comentarista aún rutila seis décadas después: “Que la vida se vive con idéntica intensidad y potencia, tanto por el que está llamado a combatir en medio de la arena, como por el que está llamado a contemplar las estrellas”. Mismo periódico y mismo año: “Emily Dickinson o de las maravillas pequeñas”. La aparición de una traducción al español de la señora rara y fantasmal de la casona de Amherst llevada a cabo por Ernestina de Champourcin y Juan José Domenchina nos conduce de bruces ante la misteriosa, mágica y exquisita Emily. La consecuencia explícita deviene lema plausible, válido para la obra del propio creador cubano: “Aun en el más humilde hondón de una aldea, o en la más apagada vida de un ser cualquiera, puede arder, y arde con frecuencia, la llama transfiguradora e inmortal de la Poesía”. Les invito a leer un par de poemas del mencionado Memorial de un testigo (“Primavera en el Metro” o “Discurso de la rosa en Villalba”) y podrán hallar las correspondencias pertinentes entre el verso y la prosa de tan sabio hacedor.
     Otoño de 1945; Baquero se refiere a su dilecto compatriota Julián del Casal. “Se sabe que el otoño ha llegado porque la luz comienza a hacerse más oscura (...) Se pronuncia despaciosamente la palabra O-to-ño, y el color gris, gris de humo, hace su aparición”. Allí donde el otoño echa sus lienzos de humo, sus meditaciones tristes y sus sentidos rebeldes queda anclado el modernista cubano. Durante otro adiós al estío –“reinar deleitoso de la luz”– en noviembre de 1951, llega a La Habana LuisCernuda. La nota de recibimiento de Baquero –siempre en el Diario de la Marina– describe al sevillano reflexivo, tocado por lo inglés, en su madurez; y nos acentúa su poesía trágica sin desmelenamiento, dolorida sin alarido, elegíaca: “En Luis Cernuda se reencuentra lo griego, se comprende que el punto final del romanticismo apuntaba más hacia el retorno a Grecia que el Renacimiento”. La inserción de lo griego gira y abre una aguda interpretación en su artículo de bienvenida. La poesía de Cernuda, en su desnudez limpia de aditamentos y estorbos, resplandece como un templo escueto, como una estatua griega. La concatenación de otoños se nos revela, como un íntimo trallazo confesional aunque sobrio, más adelante ya en Madrid, en el exilio de Gastón. Diario Arriba, 1965. El confeso otoñófilo de nacimiento, discípulo de Spengler y de Schumann, habla de su estación amiga, intuida, soñada: “El otoño es así, no defrauda, no miente, no simula. El otoño es”. La poesía, que ha de enriquecer y de perfeccionar la vida, se hace entonces explícita poética baqueriana; al ser el otoño una estación revés del perpetuo verano antillano, posibilita vivir en ella “sin precipitaciones, hablar reposadamente, contemplar sin prisas las maravillas del mundo”. Tal es su estética de compositor.
     Una fiesta de la literatura universal resulta ser este libro. En las páginas escritas antaño en La Habana podemos recrearnos con Lautréamont y Valéry, celebrar el Premio Nobel de T. S. Eliot o complacernos con excéntricos como Jorge Santayana y O. W. de Milosz. Instalado ya en Madrid, destaca un agudo ensayo sobre Borges, aparecido en el diario ABC, ¡en mayo de 1962! ¿Cúantos conocían aquí entonces al políglota, sabelotodo y memorión memorable (sic) calificado como “la primera figura intelectual de la América Española”? Se celebran con precisión las fabulaciones del argentino universal: “Gracias a Borges, América es más rica, más profunda, más inteligente...”. Un corolario de este libro es también constatar la indisolubilidad eterna del vínculo creado por la lengua española en sus dos vertientes: España y América. Gozosas de paladear ambas una lengua común que se ha imantado en maneras tan diversas: Bécquer, Martí, Valle-Inclán, Baroja, Ballagas, Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz, Eliseo Diego. Relámpagos que recorren el devocionario de quien impelido por su
límpida obsesión sabe, y mucho, de la palabra vivificadora de la Poesía. En fin, esta Geografía literaria acoge una cultura universal unitaria (también a Novalis, Rilke, Huidobro, Ramón Gómez de la Serna y tantos más) que se hace simultánea en sus diversidades. “Un niño con una candelita encendida en medio de la noche es lo que siempre he sido” nos dejó dicho ese inmenso cubano de plural resonancia que es Gastón Baquero. Acompañémosle en este viaje por el mapa de sus predilecciones.



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Más de Gastón Baquero en Grafoscopio:
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ÁNGEL RODRÍGUEZ ABAD. (1961). 
Poeta y crítico literario español. 
Su último poemario se titula 
El centinela perpetuo 
(Madrid: Editorial Polibea, 2011). 
Es colaborador habitual de la revista cultural Turia 
y de la emisora de radio RNE.



GASTÓN BAQUERO: PALABRAS ESCRITAS EN LA ARENA POR UN INOCENTE (1941)

I
Yo no sé escribir y soy un inocente.
Nunca he sabido para qué sirve la escritura y soy un inocente.
No sé escribir, mi alma no sabe otra cosa que estar viva.
Va y viene entre los hombres respirando y existiendo.
Voy y vengo entre los hombres y represento seriamente el papel que ellos quieren:
Ignorante, orador, astrónomo, jardinero.

E ignoran que en verdad soy solamente un niño.
Un fragmento de polvo llevado y traído hacia la tierra por el peso de su corazón.
El niño olvidado por su padre en el parque.
De quien ignoran que ríe con todo su corazón, pero jamás con los ojos.
Mis ojos piensan y hablan y andan por su cuenta.
Pero yo represento seriamente mi papel y digo:
Buenos días, doctor, el mundo está a sus órdenes, la medida exacta de la tierra
es hoy de seis pies y una pulgada, ¿no es ésta la medida exacta de su cuerpo?
Pero el doctor me dice:
Yo no me llamo Protágoras, pero me llamo Anselmo.
Y usted es un inocente, un idiota inofensivo y útil.
Un niño que ignora totalmente el arte de escribir.
Vuelva a dormirse.

II
Yo soy un inocente y he venido a la orilla del mar,
del sueño, al sueño, a la verdad, vacío, navegando el sueño.
Un inocente, apenas, inocente de ser inocente, despertando inocente.
Yo no sé escribir, no tengo nociones de lengua persa.
¿Y quién que no sepa el persa puede saber nada?
Sí, señor, flor, amor, puede acaso que sepa historia de la antigüedad.             
En la antigüedad está erguido Julio César con Cleopatra en los brazos.             
Y César está en los brazos de Alejandro.
Y Alejandro está en los brazos de Aristóteles.             
Y Aristóteles está en los brazos de Filipo.
Y Filipo está en los brazos de Ciro.             
Y Ciro está en los brazos de Darío.
Y Darío está en los brazos del Helesponto.
Y el Helesponto está en los brazos del Nilo.
Y el Nilo está en la cuna del inocente David.
Y David sonríe y canta en los brazos de las hijas del Rey.
Yo soy un inocente, ciego, de nube en nube, de sombra a sombra levantado.
Veo debajo del cabello a una mujer y debajo de la mujer a una rosa y debajo             
      de la rosa a un insecto.
Voy de alucinación en alucinación como llevado por los pies del tiempo.             
Asomado a un espejo está Absalom desnudo y me adelanto a estrecharle la mano.             
Estoy muerto en este balcón desde hace cinco minutos lleno de dardos.             
Estoy cercado de piedras colgado de un árbol oyendo a David.
Hijo mío Absalom, hijo mío, hijo mío Absalom!             
Nunca comprendo nada y ahora comprendo menos que nunca.
Pero tengo la arena del mar, sueño, para escribir el sueño de los dedos.             
Y soy tan sólo el niño olvidado inocente durmiéndose en la arena.             

III
«Yo soy el más feliz de los infelices».
El que lleva puesto sombrero y nadie lo ve.             
El que pronuncia el nombre de Dios y la gente oye:
Vamos al campo a comer golosinas con las aves del campo.             
Y vamos al campo aves afuera a burlarnos del tiempo con la más bella bufonada.             
Pintando en la arena del campo orillas de un mar dentro del bosque.             
Incorporando las biografías de hombres submarinos renacidos en árboles.             
Atahlía interrumpe todo esfuerzo gritando hacia los cielos traición, traición!             
Nos encogemos de hombros y hablamos con los delfines sobre este grave asunto.             
Contestan que se limitan a ser navíos inesperados y tálamos de ruiseñores.             
Que lo dejen vivir en todo el mar y en todo el bosque.
Escalando los delfines los árboles y las anémonas.             
Comprendo y sigo garabateando en la arena.
Como un niño inocente que hace lo que le dictan desde el cielo.             

IV
Bajo la costa atlántica.
A todo lo largo de la costa atlántica escribo con el sueño índice:             
Yo no sé.

Llega el sueño del mar, el niño duerme garabateando en la arena,             
escucha, tú velarás, tu estarás, tú serás!
«Sí, es Agamenón, es tu rey quien te despierta,             
Reconoces la voz que golpea en tus oídos».
¿Por qué vas a despertarle rey de las medusas?             
¿Qué vigilas cuando todos duermen y no estás oyendo?
Las cúpulas despiertas. Las interminables escaleras de la memoria.             
Oye lo que canta la profunda medianoche:
Reflexiona y tírate en el río.             
De la mano del rey tírate en el río.
Nada como un amigo para ser destruido.             
Prepárate a morir. Invoca al mar. Mírame partir.
Yo soy tu amigo.             
No! Si yo soy tan sólo un niño inocente.
Uno a quien han disfrazado de persona impura.             
Uno que ha crecido de súbito a espaldas de su madre.
Pero nada comprendo ni sé, me muevo y hablo             
Porque los otros vienen a buscarme, sólo quisiera
Saber con certidumbre lo que pasó en Egipto             
Cuando surgió la Esfinge de la arena.
De esta arena en que escribo como un niño             
Epitafios, responsos, los nombres más prohibidos.
Escribiendo su nombre y borrándolo luego,             
Para que nadie lea, y los peces prosigan inocentes.
Y los niños corran por las playas sin conocer el nombre que me muere.             

V
«Qué soy después de todo sino un niño,
complacido con el sonido de mi propio nombre,             
repitiéndolo sin cesar,
apartándome de los otros para oírlo,
sin que me canse nunca?».             

Escribo en la arena la palabra horizonte
y unas mujeres altas vienen a reposar en ella.             
Dialogan sonrientes y se esfuman tranquilas.
Yo no puedo seguirlas, el sueño me detiene, ellas van por mis brazos             
buscando el camino tormentoso de mi corazón.
El horizonte guarda los amigos perdidos, las naves naufragadas,             
las puertas de ciudades que existieron cuando existió David.
            
Yo no comprendo nada, yo soy un inocente.
Pero los dejo irse temblando por el camino de los brazos,             
sangre adentro, centellas silenciosas,
ahora los escucho platicar por las venas,             
fieles, suntuosamente humildes, vencidos de antemano.
Hablan de las antiguas ciudades, hablan de mujeres esfumadas, gritan             
      y corren apresurados.

Esta mano de un rey me pertenece.
Esta Iglesia es mi casa. Son mis ojos             
quienes la hacen alta y luminosa. Aquel torso
que sirve de refugio a un bienamado pueblo de palomas             
Escapado ha de mí. Han escrito una letra de mi nombre
en las tibias espaldas de aquel árbol. ¿Quién es esta mujer?             
La oigo mis verdades. Ella conoce el preciado alimento.
Va inscribiendo mi nombre sobre sepulcros olvidados.             
Ella conoce la destreza de amor con que se yergue
Dentro de mí un cuerpo esplendoroso. Ella vive por mí.             
¿Cómo responde cuando soy llamado? ¿Cómo alcanza
a su terrible boca el alimento que deparado fuera a mis entrañas?             
Ahora comprendo que su cuerpo es el mío.
Yo no termino en mí, en mí comienzo.             
También ella soy yo, también se extiende,
Oh muerte, oh muerte, mujer, alma encontrada,             
¿Qué vigilas cuando todos duermen?
Oh muerte, feliz inicio, campo de batalla,             
donde las almas solas, puras almas, ya no se mueren nunca,
también se extiende hacia su extraña playa de deseos             
esta frente que en mí es destruida por ardientes deseos de otra frente.             

Bajo este murmullo de guerreros por dentro de las venas
pienso en los tristes rostros de los niños.             
Pienso en sus conversaciones infantiles y en que van a morirse.
Y pienso en la injusticia de que no sean niños eternamente.             

Y una voz me contesta:
Eres el más inocente de los inocentes.             
Apresúrate a morir. Apresúrate a existir. Mañana sabrás todo.
A su oído infantil, a su inercia, a su ensueño,             
bufón, rojo anciano, sabio dominante, le dirás la verdad
diciendo tus verdades, bufón, anciano dominante, sabio de Dios, alerta.             
Mañana sabrás todo. Mañana. Duerme, niño inocente, duerme hasta mañana.             
Le mostrarás el polvoriento camino de la muerte, anciano dominante,             
bufón de Dios, poeta.

To-morrow, and to-morrow, and to-morrow,             
creeps in this petty pace from day to day,
to the lasta syllable of recorded time;             
and all our yesterdays have lighted fools
the way to dusty death: Out, out, brief candle!             

Bufón de Dios, arrójate a las llamas, que el tiempo es el maestro de la muerte.             
Y tú no estás, ya nadie te recuerda el cuerpo ni la sombra.
Hoy eres el bufón, que se levanta y ríe, padre de sus ficciones, sabio dominado.             
Levántate sobre la última sílaba del tiempo que recordamos, levántate, terrible             
y seguro, imponiendo tu sombra a la luz de la vida.

Life's but a walking shadow, a poor player             
that struts and frets his hour upon the stage,
and then is heard no more; it is a tale             
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing.             

Mañana sabrás todo.
Vuelve a dormirte.

La vida no es sino una sombra errante,             
un pobre actor que se pavonea y malgasta su hora sobre la escena,             
y al que luego no se le escucha más, la vida es
un cuento narrado por un idiota, un cuento lleno de sonido y de furia,             
Significando nada.

Vuelve a dormirte.

VI
Estoy soñando en la arena las palabras que garabateo en la arena con el             
      sueño índice:
Amplísimo-amor-de-inencontrable-ninfa-caritativo-muslo-de-sirena.             
Éstas son las playas de Burma, con los minaretes de Burma, y las selvas             
      de Burma.
El marabú, la flor, el heliógrafo del corazón. Los dragones andando de puntillas
      porque duerme San Jorge.
Soñar y dormir en el sueño de muerte los sueños de la muerte.             
Danos tiempo para eso. Danos tiempo. Tú eres quien sueña solamente.             
«No. Yo no sueño la vida,
es la vida la que sueña a mí,
y si el sueño me olvida,             
he de olvidarme al cabo que viví».

VII
Andan caminando por las seis de la mañana.             
¿Querría usted hacer un poco de silencio?
La tierra se encuentra cansada de existir.             
Día tras día moliendo estérilmente con su eje.
Día tras día oyendo a los dioses burlarse de los hombres.             
Usted no sabe escucharla, ella rueda y gime.
Usted cree que escucha las campanas y es la tierra quien gime.             
Recoja sus manos de inocente sobre la playa.
No escriba. No exista. No piense.             
Ame usted si lo desea, ¿a quién le importa nada?
No es a usted a quien aman, compréndalo, renuncie gentilmente.             
Piense en las estrellas e invéntese algunas constelaciones.
Hable de todo cuanto quiera pero no diga su nombre verdadero.             
No se palpe usted el fantasma que lleva debajo de la piel.
No responda ante el nombre de un sepulcro. Niéguese a morir. Desista.             
      Reconcilie.
No hable de la muerte, no hable del cuerpo, no hable de la belleza.             
Para que los barcos anden,
«Para que las piedras puedan moverse y hablar los árboles».             
Para corroborar la costumbre un poco antigua de morirse,
remonten suavemente las amazonas el blanco río de sus cabellos.             

VIII
«Yo soy el mentiroso que siempre dice su verdad».
Quien no puede desmentirse ni ser otra cosa que inocente.             
Yo soy un niño que recibe por sus ojos la verdad de su inocencia.             
Un navegante ciego en busca de su morada, que tropieza en las rocas vivientes             
      del cuerpo
humano, que va y viene hacia la tierra bajo el peso agobiante de su pequeño
      corazón,
quien padece su cuerpo como una herejía, y sabe que lo ignora.             
Quien suplica un poco más de tiempo para olvidarse.
La mano de su Padre recogiéndolo piadosa en medio del parque.             
Sonriendo, sollozando, mintiendo, proclamando su nombre sordamente.             
Bufón de Dios, vestido de pecado, sonriendo, gritando bajo la piel, por su             
      fantasma venidero.
Amor hacia las más bellas torres de la tierra.
Amor hacia los cuerpos que son como resplandecientes afirmaciones.             
Amor, ciegamente, amor, y la muerte velando y sonriendo en el balcón             
      de los cuerpos más hermosos.
Las manos afirmando y el corazón negando.             

Vuelve, vuelve a soñar, inventa las precisas realidades.
Aduéñate del corazón que te desdeña bajo los cielos de Burma.             
Sueña donde desees lo que desees. No aceptes. No renuncies. Reconcilia.             
Navega majestuoso el corazón que te desdeña.
Sueña e inventa tus dulces imprecisas realidades, escribe su nombre en las
arenas, entrégalo al mar, viaja con él, silente navío desterrado.             
Inventa tus precisas realidades y borra su nombre en las arenas.
Mintiendo por mis ojos la dura verdad de mi inocencia.             

IX
Estamos en Ceylán a la sombra crujiente de los arrozales.             
Hablamos invisiblemente la Emperatriz Faustina,
Juliano el Apóstata y yo.             
Niño, dijeron, qué haces tan temprano en Ceylán,
Qué haces en Ceylán si no has muerto todavía.             
Y aquí estamos para discutir las palabras del Patriarca Cirilo,
Y hablaremos hebreo, y tú no sabes hebreo?             

El emperador Constantino sorbe ensimismado sus refrescos de fresa.             
Y oye los vagidos victoriosos del niño occidente.
Desde Alejandría le llegan sueños y entrañas de aves tenebrosas como la herejía.             
Pasan Paulino de Tiro y Petrófilo de Shitópolis.
Pasan Narciso de Neronias, Teodoto de Laodicea, el Patriarca Atanasio.             
Y el Emperador Constantino acaricia los hombros de un faisán.
Escucha embelesado la ascensión de Occidente.             
Y monta un caballo blanquísimo buscando a Arlés.
El primero de Agosto del año trescientos catorce de Cristo.             
Sale el Emperador Constantino en busca de Arlés.
Lleva las bendiciones imperiales debajo de su toga,             
y el incienso y el agua en el filo de su espada.
Faustina me prestaba su copa de papel             
y yo bebía del vino que toman los muertos a la hora de dormir.
Pero no conseguían embriagarme             
y de cada palabra que decían sacaba una enseñanza.
El pez vencerá al Arquitecto,             
los hijos son consubstanciales con el padre.
Si descubren un nuevo planeta, habrá conflagraciones, y renunciará a existir el Sínodonde Antioquía.

Y de todo salía una enseñanza.

Estamos en Ceylán a la sombra de los crujientes arrozales.             
Mujeres doradas danzan al compás de sus amatistas.
Niños grabados en la flor de amapola danzan briznas de opio.             
Y en todo el paraninfo de Ceylán las figuras del sueño testifican:             
¿Quién es ese niño que nos escribe en palabra en la arena?
¿Qué sabe él quién lo desata y lanza?             

Me prestaba su copa de papel.
El patriarca hablaba desde su estatua de mármol, con su barba natural y             
      voz de adolescente:
Preparáos a morir. La hora está aquí. Vengan.
Continuaba bebiendo el vino de los muertos y fingía dormir.             
El patriarca me ponía su manto para cuidarme del sueño.
Y oía su diálogo por debajo del vuelo, la voz enjoyada de Faustina, la voz             
      de la estatua,
el vino de Ceylán, la canción de los pequeños sacrificados en la misa de Ceylán.             

¿Quién es ese niño que nos escribe en palabras en la arena?
¿Qué sabe él quien lo desata y lanza?             

Una voz contesta desde su garganta de mármol:
Dejadlo dormir, es inocente de todo cuanto hace,             
Y sufre su sangre como el martirio de una herejía.
Dormir en la voz helena de Cirilo.             
Con las soterradas manos de Faustina.
Dialogando interminablemente Juliano el Apóstata.             

X
Echemos algunas gotas de horror sobre la dulzura del mundo.             
Mira tu corazón frente a frente, piensa en la terrible belleza y renuncia.             
Los ancianos ya tiemblan al soplo de la muerte.
Los ancianos que fueron también la belleza terrible,             
Los que turbaron un día las débiles manos de un niño en la arena.             
Ellos son los que tiemblan ya ahora al soplo de la muerte.
Piensa en su belleza y piensa en su fealdad.             
Aún los seres más bellos conducen un fantasma.
Ellos son los que tiemblan ya ahora al soplo de la muerte.             
Escapa, débil niño, a la verdad de tu inocencia.
Y a todos los que se imaginan que no son inocentes             
Y adelantándose al proscenio dicen:
Yo sé.

Dejemos vivo para siempre a ese inocente niño.             
Porque garabatea insensatamente palabras en la arena.
Y no sabe si sabe o si no sabe.             
Y asiste al espectáculo de la belleza como al vivo cuerpo de Dios.             
Y dice las palabras que lee sobre los cielos, las palabras que se le ocurren,
a sabiendas de que en Dios tienen sentido.             
Y porque asiste al espectáculo de su vida afligidamente.
Porque está en las manos de Dios y no conoce sino el pecado.             
Y porque sabe que Dios vendrá a recogerle un día detrás del laberinto.             
Buscando al más pequeño de sus hijos perdido olvidado en el parque.             
Y porque sabe que Dios es también el horror y el vacío del mundo.             
Y la plenitud cristalina del mundo.
Y porque Dios está erguido en el cuerpo luminoso de la verdad como en el cuerpo sombrío      de la mentira.
Dejadlo vivo
para siempre.

Y el niño de la arena contesta: ¡Gracias!             
Y una voz le responde:

Sea Pablo,
sea Cefas,
sea el mundo,             
sea la vida,
sea la muerte,
sea lo presente,
sea lo por venir,             
todo es vuestro:
y vosotros de Cristo,
y Cristo de Dios.
            
Vuelve a dormirte.


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GASTÓN BAQUERO.
 (Banes, Cuba 1914-Madrid, España, 1997). 
Poeta, ensayista y periodista cubano de resonancia universal.
Obra publicada:
Poemas (La Habana, 1942); Saúl sobre su espada (La Habana, 1942); Ensayos (La Habana, 1948); Poemas escritos en España (Madrid, 1960); Escritores hispanoamericanos de hoy' (Madrid, 1961); Memorial de un testigo (Madrid, 1966); La evolución del marxismo en Hispanoamérica (Madrid, 1966); Cartas a Gerardo Diego, 1968; DaríoCernuda y otros temas poéticos (Madrid, 1969); Magias e invenciones (Madrid, 1984), poesías completas hasta la fecha, a cargo del poeta boliviano Pedro Shimose; De San Salvador a Ayacucho, 1974, ensayos; Carta a Simone Lerch, 1990, ensayos; Poemas invisibles (Madrid, 1991); Indios, blancos y negros en el caldero de América (Madrid, 1991); Acercamiento a Dulce María Loynaz (Madrid, 1993); La fuente inagotable (Valencia, 1995); Poesía (Salamanca, 1995); Ensayo (Salamanca, 1995); Poesía completa (Editorial Verbum, 1998), recogida por el poeta y editor cubano Pío Serrano; The Angel of Rain. Poems by Gastón Baquero (Eastern Washington University Press, 2006), translated by Greg Simon and Steven F. White; Geografía literaria. 1945-1996: crónicas y ensayos (Madrid, 2007), edición del escritor y periodista cubano-británico Alberto Díaz-Díaz; Fabulaciones en prosa, 2014.

5.08.2014

ROGER SANTIVÁÑEZ: MAR-NAN-OTHA

Del libro inédito Bordado

1

Sol dorado sobre el frío invierno
Tibieza de la persiana cerrada
Perfume recóndito aumenta sola

Mi soledad suaviza simétrica
La cándida ciencia de tu gracia
Nimbo oculto se ilumina rosa

Cordial memoria de un candor
Que en el insomnio fue fulgor &
Sortija con tu pubis un obsequio

Espumante frecuencia de la playa
Adonde fuimos para verte en tu bikini
Evasión fílmica renace o iris

2

Celeste cielo solitario del mar
Crestas azules advienen al poema
Afinan mi angustia antigua

Prístino subir de las olas vagas
Sobre la playa feliz del pasado
Sosiego cifrado en arena infinita

Gaviotas previas al morir a solas
Pasan de súbito de cúbito se
Tiende la mañana estreno del sol

En la fresca liquidez desliza
Dora la marea alzada al
Vacío del próximo mediodía

Nace Amor en la forma de mujer
& se cubre con el myrtho del deseo
Calatita & húmeda aire flotante

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