10.15.2016

JORGE LUIS SANTOS: ANTI-INTELECTUALISMO CON GUANTE DE SEDA


Pocos como Jorge Mañach advirtieron, tempranamente, con mirada de cuestionamiento y anticipación sociológica, sobre las dimensiones perceptibles y no perceptibles (así como también del alcance devenido tentacular) del llamado fenómeno anti-intelectual. En la primera mitad del pasado siglo, el estudioso cubano (minimizado actualmente a citas y rescates oportunistas, por cierta hermenéutica anclada en añejos reservorios de la empresa cultural socialista) apuntaba: “No sólo entre el pueblo bajo, sino hasta en la burguesía, el ser o parecer intelectual es una tacha”.[1]
    Pensado desde esferas analíticas de poder, el anti-intelectualismo focaliza imaginarios e inconscientes de personas aplastadas por diversos factores, relacionados en su mayoría con la vulnerabilidad social (ingresos económicos tenidos por parámetros de la ONU como índices de pobreza, hostiles niveles de subsistencia, falta de oportunidades, o simplemente, de tiempo, para acceder a internet o a bibliotecas de la comunidad) para luego interactuar sobre estas, articulando inimaginables sistemas de vasallaje sociocultural.
   No es el objetivo de mi atisbo profundizar en temáticas y referentes, cuyos núcleos han sido desmontados (desenmascarados, me atrevería a decir) por miradas sagaces, provenientes de las más diversas latitudes. Voy a detenerme sólo en los mass media, o mensajes mediáticos, espacios donde el destinatario suele ser agredido con la mayor sutileza e impunidad.
Sabido es que producto del aún deficiente (y en ocasiones nulo) acceso a los servicios online, así como también de la pérdida de los hábitos de lectura, generados por la escasa motivación para realizar visitas a librerías y ferias del libro, la sociedad cubana tiene un espectador acrítico que todavía consume productos emitidos por las teleemisoras nacionales. Es preciso acotar que, pese a la invasión al identitario, y a los hogares (que no son entes abstractos) de audiovisuales informales nombrados en el argot popular, no sé si de modo peyorativo o sarcástico, como El Paquete, se continúa en Cuba tragando televisión.
   Y es precisamente en dicho soporte donde refinados mecanismos anti-intelectuales, difíciles de descodificar aun por un espectador inteligente, se manifiestan mediante la estructura de un breve comentario, conocido en la hermenéutica televisiva como spot. Se trata de una trama mensajística en pro de la salud, la cual tiene como basamento el influjo de hábitos nocivos como el tabaquismo o el consumo de alcohol. Aunque en apariencia inocente, y científicamente bien fundamentado, este decir tiende a concentrarse en figuras de renombre del panorama artístico-literario, tanto insulares como foráneas, vinculando sus decesos, y por añadidura sus respectivas praxis y comportamientos a título de individuos al abuso de lo que en términos toxicológicos nombran como drogas blandas (cigarro, café, bebidas elaboradas a partir de procesos químicos realizados a las mieles que se obtienen de la industria azucarera, entre otras). Resaltan, víctimas de estos enunciados de varios filos, figuras imprescindibles de las letras insulares como José Lezama Lima, o el ex-Beatle George Harrison, dueño de toda una impronta junto al legendario cuarteto de Liverpool.
   Harto conocido es la carga de malditismo, restricciones, silenciamientos de corte ideológico y “mallas de suspicacia” que pesan sobre ambos generadores de presupuestos estéticos, validados por los más diversos públicos. Se trata, a mi juicio, del empleo solapado de lo que Desiderio Navarro define como “tamizdad”: neologismo ruso que “Designa, las ediciones norteamericanas, euroccidentales (…) de textos de autores soviéticos y de otros países del bloque socialista que, por decisiones gubernamentales, no podían ser publicados en sus países de origen”.[2]
   La extrapolación de un tamizdad de nuevo tipo se despliega sobre atribulados ratos de ocio, en los que participa la psiquis de un indefenso espectador. Como si no resultaran suficientes las dosis de escarnio y ostracismo a que fueron sometidos en el pasado estos creadores, circunstanciales poderes exegéticos demonizan hoy sus legados ideo-estéticos, parapetados en sanitarias campañas audiovisuales. Me parece oportuno señalar que no desdeño el alcance (ni la necesidad) de modelos  identificadores de elementos de riesgo en cuanto a la formación de tumores, por lo general irreversibles para toda clase de terapias. Se trata de no socavar la imagen de aquellos que, desde una u otra manifestación vinculada al quehacer creativo, han generado narrativas de inclusión y visiones antropocéntricas, llegando a sobrepasar lo que los formalismos semánticos tienen por fronteras.
   Pienso, como lezamiano y beatlemaniaco que, tanto decisores como orquestadores de cuanta mediocridad y proceder arbitrario se origina en nuestros medios (supeditados, como se conoce, a los centros de dominación políticos) deben pulsar, con respecto a sanitarios llamados de alerta, estrategias que no incidan en el menoscabo de quienes han enriquecido (y enriquecen) nuestro potencial humano y cultura de respeto al Otro, con obras de la magnitud de Paradiso y de While my Guitar Gently Weeps. Los receptores de semejante displicencia mediática, jóvenes y no tan jóvenes, que desconocen al hombre de letras de la Calle Trocadero, o al virtuoso incorporador de elementos de la música hindú en el rock, elaborado por la mítica banda británica (y cuyo desconocimiento parte de las actitudes de recelo ideológico de los mismos medios que no los han tenido en cuenta más allá del abstracto y desfasado concepto de Las masas), no saldrían bien parados al tratar de establecer nexos entre hacedores de cultura y nefastas adicciones, pasadas antes por desconcertantes tramas de nulidad. Métodos de divulgación para promover salud y calidad de vida, pueden llevarse a cabo de manera un poco más racional y objetiva y, sobre todo, sin infligir heridas, muchas de ellas no restañadas a pesar del tiempo transcurrido.
 El anti-intelectualismo adecua su operatividad a las demandas socio-políticas de quienes espuriamente lo urden, en nombre de un supuesto dragado de bahías morales. Pierre Bourdieu nos advierte sobre “el anti-intelectualismo viril” y “la tendencia de las fracciones dirigentes (…) a concebir la oposición entre el hombre de acción y el intelectual como una variante de la oposición entre lo femenino y lo masculino”.[3] Bajo el tutelaje de este ominoso proceder se halla, también en el soporte mediático que nos ocupa, el espacio de La novela cubana, cotizado por el insular que a esa hora escapa de la dura cotidianidad mediante opiáceas propuestas. En el sistema argumental de dicho producto, se observa, con frecuencia, imágenes de artistas y escritores con vestimentas y comportamientos estrafalarios, encapsulados en soluciones diaspóricas a sus ámbitos conflictuales, holgazanes, con preferencias sexuales supliciadas por el imaginario colectivo, carentes de actitudes cívicas, etc. Estas focalizaciones, a todas luces mal intencionadas, y por demás rayanas en el tributo a estereotipos, incubados en severos periodos inmovilistas,  denigran a poderosas fuerzas actorales, llamadas a revertir situaciones de crisis que a nivel de país, y en lo que a valores atañe, revelan indicativos alarmantes.
   Tarea harto difícil es erigir líneas de contén a toda una logística y un pensar, puestos en función del atrincheramiento del antiintelectualismo. Una Castalia como respuesta sería impensable, tardío acto del mejor bufo, donde hasta lo rotulado como La Patria, liba, muy a nuestro pesar, de la planta del choteo. Ergo: que el emplazamiento, la oportuna embestida y el olfato para tan negativo fenómeno, no se nos conviertan, remedando al trovador, en perdidos unicornios azules. Y que la seda de estos guantes no nos reduzca hasta hacernos caber en el tokonoma.



[1] Jorge Mañach. Ensayos. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1999. 33.

[2] Desiderio Navarro. Las causas de las cosas. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2006. 30.

9.14.2016

MADELINE CAMARA: EN TODOS LOS PAÍSES DEL MUNDO LOS POETAS SE SUICIDAN...

En todos los países del mundo los poetas se suicidan... Pero en Cuba, parece más sórdida la noticia. Juan Carlos Flores apareció ahorcado, el cuerpo pendiente en el balcón de un apartamento en Alamar. Pero quizás este efecto es solo para los que tenemos memoria del sol que castiga esa zona costera, de su rústica y uniforme arquitectura, los que imaginamos las calles polvorientas que recorrió justo una horas antes, para “ir a buscar el pan”.  Y es inevitable pensar en Vallejo, sin forzar intertextualidad alguna, solo que al peruano la vida le ahorró el suicidio, muy por el contrario, le permitió cumplir su vaticinio en aquel poema donde anunció que iría a morir a París, con aguacero. También Flores dejó recado de lo que iba a hacer con su vida, un comentario a sus vecinos, los que le vieron partir a la panadería esa mañana. Esa mezcla de lo cotidiano con lo fatal es parte de ese efecto que, por economía de palabras, llamo sórdido, pero es solo tragedia a secas, esa substancia de la que está hecha la obra de Virgilio Piñera o las balsas que aún se tiran  al mar. El cubano es un ser empecinado tanto en sus ilusiones como en sus desesperanzas.
    Esto no es un obituario porque no lo conozco. Pero ha querido el azar, ese Dios al que obedezco ciega, que llegue  a mí la noticia de su muerte por una colega y una estudiante. Entonces, al escribir esta nota, me pliego a esa confluencia. Sentí en mi memoria el eco del nombre del poeta, y su rostro desde la foto que acompaña a la noticia en internet se me antojó próximo. Pudimos conocernos en Cuba, allá en los 80’, cuando yo andaba de crítica literaria, o de jurado de concursos de literatura, trotando por las provincias de la Isla, pero él sería muy joven. O a lo mejor nos vimos alguna vez en Miami donde todavía juego a ejercer el criterio en alguna tertulia, con muchísimo placer, además, de ver a mis amigos, de conversar, en la única ciudad de Estados Unidos donde el mar me devuelve un olor que reconozco o invento. No lo sé y da igual.
   Pero me comunica algo familiar esa mirada visionaria y dura del hombre que acaba de morir en su apartamento de Alamar, un cubano que había decidido dedicarse a la poesía -ampliamente premiado nacionalmente, según leo en la noticia-. El escritor nos habló de su muerte en “Franja”, el único poema de Juan Carlos Flores que he leído antes de escribir estas líneas. Y lo degusté y lo encontré amargo y me reconozco en ese sabor. Hablaba de un Mal que lo condenaría y del que quería escapar adelantando el ritual de la despedida por cuenta propia, controlando todos los detalles, como un personaje de Camus, obsesión que transportan la sintaxis de sus versos:

Soy un hombre obstinado, la idea era viajar para disminuir el
mal que padezco, gran mal o pequeño mal y sus daños

colaterales, sé que he de vivir mi vida entera soportando el
mal que padezco, y sus daños colaterales, sé que la causa

verdadera de mi muerte será el mal que padezco, gran mal o
pequeño mal y sus daños colaterales, no la presentación
pública del mal que padezco, grandes o pequeñas
representaciones, ni lo que daño colateralmente. Llevo diente
de ajo y otros atributos todo el tiempo, en el bolsillo trasero
del pantalón, pero esta táctica familiar tiene sus fallas. Necesito
pisar mierda, si fuera posible pisar mierda de vaca. Solo
encuentro terrones, la fauna está contraída.

Extraño sitio y extrañas las palabras que lo nombran

Quizás era un mal del cuerpo, o peor aún, uno de aquellos que Dostoievski llamaría sagrados, los de la mente. Que son los que producen el terror infinito, que es la única fuerza que pudiera explicar que Flores pusiera una cuerda alrededor del cuello, y en medio del calor sofocante, le cortara el aire a sus pulmones, le negara a su cuerpo el divino soplo.
Cruzó ya la Zona el poeta. Unos amortajarán su cuerpo en alguna funeraria habanera; otros, invisibles ayudantes, preparan ya su entrada a otros reinos. No sé porque necesitaba despedirlo y lo he hecho. Que se cumpla su viaje. Le agradezco por sus otros poemas que leeré otro día, cuando necesite la compañía de palabras valientes y desnudas.

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MADELINE CAMARA. Teórica, crítica literaria y periodista. Se desempeña como profesora de literatura latinoamericana en la Universidad del Sur de la Florida. Con un doctorado del SUNY en Stony Brook, Madeline Cámara ha recibido las importantes becas Rockefeller y Fullbright. Entre sus libros publicados: Cuban Women Writers: Imagining a Matria, La memoria hechizada, La letra rebelde, Cuba: the Elusive Nation. Vocación de Casandra y Cuentos cubanos contemporáneos.


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