9.20.2014

JOSE LUIS SANTOS: UN LIBRO COMO ESTE. RENGLONES POR LA SENCILLEZ SANGRANTE

Alexis Castañeda Pérez de Alejo era la única persona 
en el universo que podía escribir un libro como este.
Yamil  Díaz Gomes. Con la trova en el centro.

[P]arecería como si Augusto Monterroso, tan ocupado con sus construcciones satíricas sobre literatos y pintorescos dictadores, hiciera, digamos, un impasse, tomara un buen café, repito, un buen café, y todavía con las comisuras de los labios húmedos por el néctar N. de los dioses B., reparara en un sospechoso libro que, valga la redundancia, acababa de hospedarse, redoblando la sospecha, en su escritorio. Entre paréntesis: escritorio como Dios manda, y no como el de la mayoría de mis colegas, carentes del suficiente linaje  como para llamar ante las puertas de los feudos habanocéntricos, o excretores  de acuerdo a un virulento entramado narratológico de Amir Valle.
   Tal vez Monterroso confundiese la ilustración de cubierta, pintada en su vida subterránea por Nivia de Paz con algún Chagall. Tal vez carente él mismo de la sencillez que proclama el título, en complicidad con términos que por sinonimia nos conducen, nos empujan casi a encarar el dolor y subsiguientes tópicos del desgarramiento, pues los modos de sangrar son siempre disímiles (o polisémicos si se quiere), comenzó a manosear, en el más estricto sentido erótico de la palabra, la edición. Y acaso ganado por la curiosidad primero, por el entusiasmo luego, escribió: “Y es verdad que la literatura está más hecha (…) de lo adverso y, sobre todo, de lo triste. El bienestar, y específicamente la alegría, carecen de prestigio literario, como si el regocijo y los momentos de felicidad fueran espacios vacíos y por tanto intransferibles, de los que el verso y la prosa serían malos portadores (…) Si declaro que me encuentro bien y feliz a nadie le importa; aparte de que la declaración misma de la felicidad tiene algo de insultante; debo decir que estoy mal, o triste, para que mi posible lector tenga a quien compadecer y se alegre y acaso hasta me perdone que sea yo el que escribe y él que lee. Los románticos salvaron a Cervantes del olvido cuando descubrieron que su libro es un libro triste” (Monterroso “De la tristeza”) (1).
   Pues sí, Alexis Castañeda se halla a salvo del olvido porque nos percatamos que su libro, además de triste, contiene, lezamianamente opinando, esencias porveniristas en su rico anecdotario. Algo que en el proverbial atisbo Sioux equivaldría a un: “Pueblos sin historia, pasto en el viento del búfalo”.
Partidario también el autor de que la felicidad, o su tesis, contienen siempre algo de insultante (insultantes alfileres como para crear con ellos la barca, el par de remos y hasta la versión del viaje, agregaría mi insaciable yo poético), decide con La sencillez, echar su suerte, sino con los pobres de la tierra con hacedores de improntas que sin otro ropaje (y del sujeto otro se habla) que la más absoluta modestia, desafían los cotos de invisibilidad, impuestos, cual edicto, por los centros de legitimación capitalinos para conformar ese, aunque transitado, hermoso episteme que aún nos dignamos en llamar cubanía.
   Documento sociológico sobre la identidad soterrada, este libro, conmovedor al tiempo que revelador, deviene bitácora, mapa que desbroza anonimatos y zancadillas, ora ambivalentes, ora evidentes, con las que debe lidiar a diario cualquier asomo de talento. Máxime cuando no hablamos de Tristán Tzará, Habermas,  Camile Claudel o Edmundo Desnoes, sino de quienes con gran esfuerzo y apegados a la región, buscan desde sus raíces la luz – aun sangrando- para exhibir algunos de sus frutos, aceptados o no, pero siempre auténticos.
   Cronista de su tiempo, y de las múltiples heridas infligidas al cuerpo cultural de la nación, el autor decidió no pastar tranquilamente, cual rebaño impugnado por la savia martiana, ni mucho menos esperar que los periódicos y telenoticiarios (los de aquí, no los de esa réplica del archipiélago cubano erigida sobre topografía miamense), reciban el clásico “autorizo” para balbucear, en  volátiles espacios que de acuerdo al mediático clisé, afianzan su existir en terrenos donde la cultura libró insurrecciones al estilo mambí, unos pocos y desabridos caracteres que excarcelen, en lo que a praxis atañe, la imagen, poco menos que confiscada o en literal acto de equilibrismo sobre cuerdas de olvido, de Ricardo Rojas, hacedor de vocalizaciones, pródigas en el reconocimiento que mana del aplauso, no así en la posibilidad de un existir fonográfico que memorice su huella escénico-discursiva, su (re)creación de mundos fictivos en el traslado a la lengua materna de antológicos temas, canonizados por Neil Diamont o Frank Sinatra, por aquel entonces, y aún hoy, adalides de la música popular contemporánea. Rojas cultivó su arte en una nación donde “la música (…) nutrió la poesía cubana por doscientos años e inspiró, entre otros, a Plácido, Ballagas y Guillén, con un modo rítmico que hizo que el dominicano Pedro Henríquez Ureña los llamara versos danzantes” (2). Nación, valga la redundancia, en la que la mayoría de las personas, parafraseando a  Camus, son más sentimentales que inteligentes, lo que observado de un modo apriorístico  pudiera hacernos pensar, dadas “sus excepcionales facultades interpretativas”, en una carrera sin tropiezos. El mainstream insular se encargaría de demostrar lo contrario, sumiéndolo en la itinerancia ocupacional, y hasta en el desempleo. Tocaría  al altruismo de  Ramón Silverio su rescate de los imaginarios racistas y homofóbicos, imperantes en su insilio matense, para hacerle  trasmutar en el mismísimo William Warfield, mientras colocaba en el éter del ya hipnótico Mejunje santaclareño la letra de Ol Man River, o mientras tarareaba para sí mismo, abovedado en el  último cigarro de una cajetilla sin alcurnia, y acaso con carácter profético: “solo me queda el consuelo de llorar por dentro” (3).
Recuerdo haber enviado un ejemplar a María Eugenia Caseiro, poeta y amiga residente en EE.UU., una semana después recibía este e-mail: “Dile a tu colega que afro-intérpretes como Ricardo ya no existen ni siquiera en Nueva Orleans, quedaba Fast Domino y su cadáver fue visto flotar en las aguas del Missisipi cuando lo del huracán Katrina (…) su crónica me ha conmovido, se lo diría personalmente, pero ya sabes, noventa millas náuticas son noventa millas náuticas”.
   A la artista plástica Nivia de Paz, sacada de los infames mecanismos de omisión de los centros de poder pictóricos por el empeño/desempeño del libro, debo un disco de acetato, un legítimo 33 rpm con “El Concierto de Aranjuez”. Lo pedí en calidad de préstamo, y por alguna circunstancia propia del período especial, esa forma de lenguaje figurado empleada para disimular (o embellecer) el caos, no regresó a su propietaria. Esto, sin duda, pudiera engrosar el fabulario sobre la pintora, quebrar mitologías pueblerinas afincadas en el criterio de una mujer ríspida y poco sociable, pero prefiero seguir contemplándola en su discurso de resistencia tras el pincel, en sus acotaciones contra la locura y los maltrechos enfoques de género al estilo de la Ayón o la Kahlo, pero desde constructos. sometidos por línea demarcatoria de aldea. Así la infiere el texto que nos ocupa desde la implicitud: una mujer adormilada en los rumores de cierto romance con un guerrillero de renombre. Una tarja en la fachada de su casa dando acuse de alteridad y devaneos escriturales del poder local.
   Ojos prestos al disenso con respecto a manquedades  musicológicas, voluntarias o involuntarias posturas no incluyentes que todavía hoy (y dispense el Sr. Leonardo Acosta mi áspera acotación) signan el papel de la historiografía musical convencional, haciendo de la misma un vano cúmulo de estudios, infiltrados por extemporáneos dictámenes de corte ideologizantes, se perciben en el artículo dedicado a la intérprete Doris de la Torre, oriunda de Santa Clara, y quien tuvo el mérito de penetrar con su “afinación perfecta” las cláusulas de las sonoridades epocales del país, penetradas a su vez por un discurso masculino devenido hegemónico, mientras que paralelo a ello, ritmos y postulados nortocéntricos como el swing, el rock and roll o la estética impulsada por el accionar eólico de la mejor línea expresiva del jazz, moldeaban el gusto y sentaban cátedra fuera de las latitudes anglófonas, al tiempo que tenía lugar el actualmente estrujado concepto de la “transculturación”, preferible siempre al de “penetración”, apenas un reducto semántico de la vieja exegética marxista.
Así las cosas, la artista fijó su registro vocal en la memoria auditiva de quienes batieron palmas por ella en escenarios, cuyos nombres  habrían de fatigar la naciente empresa cultural socialista, abocada a los propósitos trituradores del “realismo”, planta siberiana que no hallando (afortunadamente) clima apropiado en el trópico, terminó por fenecer (4).              
   Destáquese además que en abierto desafió a los reductos del boom de la música bailable cubana de finales de los cincuenta (El Benny, La Sonora Matancera, Pérez Prado y el omnipresente Chano Pozo, entre otros), de la Torre, con el claro acento que solo es dable en (y desde) la subalternidad, se las ingenió para doblegar los gustos más exigentes con temas como “Envenéname los labios” o “Don't Blame me”,  versionados luego, pero sin perder jamás  la frescura original nacida en los aposentos del “filin” (5).                                
   Un libro que, como proclama el exergo, solo pudo ser escrito por Alexis Castañeda Pérez de Alejo, la pone a salvo de manidos folklores, tejidos y alimentados alrededor del éxodo posrevolucionario cubano, y tal vez indague, como cierto hermeneuta foráneo de la música popular, “por el lugar activo que tienen las canciones en la vida de la gente”.  A Doris, lo mismo que a Ricardo, a Nivia y quizás a algún otro de los reseñados, faltáronle oportunidades y desprejuiciados atisbos hacia sus respectivos presupuestos estéticos. Desfavorecidos por contornos socio-históricos no habituados a coexistir con el menor asomo de malditismo, construyeron su particular relato de la insularidad en canciones y oleos que legitiman una elemental embriaguez por causa de un amor perdido, suceso que aporta una, digamos, estructura emotiva, cuyas connotaciones filosóficas vapulean con igual saña a eruditos e iletrados, desde Homero hasta Vattimo, pasando por Almodóvar porque la sencillez sangra, incluso, mas allá de los recursos tropológicos.
 
  NOTAS
Juventud  Rebelde, miércoles 21 de marzo de 2012.
(1) Monterroso, Augusto. La letra e: fragmentos de un diario.
(2) Fernández, Raúl A. “El curso de la música cubana en los Estados Unidos: la orilla y la corriente”. Temas. 10 (1997): 40.
(3) Ricardo Rojas devino en sintaxis de obituario en agosto de 2012. Convertido prácticamente en un guiñapo humano por causa de una profunda crisis existencial que lo empujara de modo irreversible al alcoholismo, es sepultado en su natal Mata, especie de Finisterre o geografía socialmente inhóspita, en la que redactó su propio “Himno del desterrado”. Las instituciones políticas del área, si bien –que se tenga noticia- no lo marginaron, tampoco contribuyeron a visibilizarlo. Imantados a sus inexpugnables buroes serán sempiternos desconocedores de que “No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio”. Toca ahora lo suyo a los hacedores de diccionarios, esos morosos exégetas, domeñados todavía por visiones extraestéticas. 
(4) No creo que quienes tenían a su cargo  los manuales de procedimiento soviético, recién llegados al Caribe de “las huestes barbiluengas” al decir de Fernando Ortiz, sintieranse a gusto con la anglofilia que matizaba nombres de clubes y demás espacios destinados al espectáculo musical.
(5) Consúltese el texto poético Doris la cantante. Sigfredo Ariel. La luz, brother, la luz. La Habana: Ediciones Unión 2009. 155.      
 

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