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Tocada por el astro de Rita Martín se encuentra disponible en su segunda edición en los sitios: Amazon Ediciones Universal.


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Breve selección poética de Tocada por el astro (2da edición) y Poemas de nadie (inédito)
* Senderos
* Sin nombre
* Cumpleaños
* Tocada por el astro
* Las manos de mi madre
* La soledad no es cosa tan terrible
* Quería decir
* Todo está escrito
* Desmemorias
* Motivos personales
* Vitrales
* Vacantes
* Entre la epilepsia y las palabras
* II Invocación a Joyce
* Último poema del ser y de lo otro
* En el círculo de fuego
* Letters to the Word
* Mujeres de Tara
* Herméticas transparencias
* Escenarios

Senderos
Hacia adentro es el camino de nosotros mismos:
Es un porvenir tramado por el sueño:
neblina del ser del canto amparo.
Brújula en el viento nos observa:
el tiempo, rara oferta,
duración del aliento, sentir
que apenas muere
el ave nacida de la sustancia
del verbo que batalla
hacia un desdoblamiento
de la imagen:
las olas secan el cuerpo:
deshallado uniforme: abandono del ser,
nupcial instante. La vista fija:
éxtasis. Toque de luz,
ascenso. Te hundes, te hundes,
ya te hundes. Quieta, quieta,
ya te salvas. Hacia dónde,
hacia dónde. Alguien llama.


Sin nombre
He padecido la certidumbre
de no tener un nombre.
Como un acabamiento
he intentado esa búsqueda
si la noche y lo oscuro
se confunden.
Una sola estación
para la ida
conforma el laberinto
trazado por los otros.
Destino de este ser
ajeno. Intimo
gravitando
si el día y lo claro
se trastocan.
Un sólo paisaje:
profecía de sucesivos círculos
Que habitan en el puerto.
Reflejo del instante
entorpecido por la palabra.
Un nombre
pudiera revelar
a quien pertenece
o pertenezco.
Un nombre pudiera ser
también la Nada
donde me aferro
con violencia
escupiendo inmemorial
hastío. La presencia del nombre,
que es su ausencia:
la costumbre de la muerte
Confundida.


Cumpleaños
Ah, vida de este ser
cuyo nombre, hasta el cansancio
escuchado, no expresa
o no se manifiesta en su totalidad.
Ah, la muerte de ese ser
preso en sus propias palabras
que un día poblaron su imaginación
y su impotencia. Ah, la vida y la muerte,
resumidas, del ser alentando
o adelantando un tiempo y un silencio
y un vacío, donde nadie
alcanza a oír la voz
que tampoco ella recibe
al encender las velas de su nacimiento.

Tocada por el astro
Y tu vida, sin más, a la intemperie.
Nada escuches, nada te importe.
Inicia la partida:
como al músico que a tu lado añoras
anda ciega, pero anda.
Como al cantor
que a tu paso reclamas, anda sorda,
pero anda. Como al caminante
que a tu paso exiges, anda muda,
pero anda. Traza la marcha
en un sólo sentido.
Sujeta con la mente el recobrado sueño:
los ojos son amargo cactus
y hacia el infinito sientes,
tocada por el astro, traslúcidas las manos.


Las manos de mi madre
Para mi madre, Gabriela,
nombre de generala y de poeta
Los dedos de mi madre miran las joyas,
las sopesan. Luego las vende, sonriente.
dice que así fue su juventud,
su pasado. Un intercambio de magnífica pedrería.
Algunos, al reconocerla, exclaman:
"Claro, era usted
nuestra vendedora. No ha cambiado".
La madre, entonces, extiende
su sonrisa
y acaso esa queja
que no traducen sus labios,
como una mano,
una fina mano acostumbrada
al valor preciso de la mercancía.
El crucifijo en las manos de mi madre
como su inacabable oro.


La soledad no es cosa tan terrible
No, la soledad no es cosa tan terrible.
Sucede que, lentamente
suplicas un número comunicante
y nadie, nadie te responde.
Pero no es cosa tan terrible la soledad:
en ella has escuchado la música más límpida,
la propia serenidad de la tristeza.
Quién sabe si has sentido, incluso,
la felicidad por aquel verso que señala
el pasaje aún no revelado
o, más simple, la palabra
haya alcanzado a expresar la idea
que te hace permanecer
callada, ausente,
a punto de la huída o el escape.
Tan terrible cosa no es la soledad.
No puede ser, por su través
has vislumbrado la paz
de una vida, la tuya,
en perfecta tensión, casi estallando.
La soledad te salva.
La soledad no es cosa tan terrible.
Sólo que exiges el retorno a lo concreto.
Sólo que no puedes añorar
el carrusel del poeta loco, loco.
Sólo que deseas
La risa y la acción.
Sólo que únicamente preguntas
cómo has llegado hasta aquí
y escuchas las frases
de un día lejano.
Sólo que murmuras
dentro de la muerte:
y sonríes.


QUERÍA decir,
Quise decir alguna verdad no repetida:
Revelar un misterio
O develarlo. Conocerlo.
Amarlo.
Era muy joven
Y guardaba la esperanza
Dentro de unos esbozos de recuerdos,
Contornos desfigurados,
Equívocos trazos ante los que me inclino
Como el mendigo
Que sacia su sed en la miseria.


TODO ESTÁ escrito.
Pero todo transcurre
De otro modo.
Y siempre ha sido
De modo donde la Escritura
Es del Todo Inexistente.
Si al menos creyera en el desastre
De la escritura. Si al menos
En la escritura.
Si al menos en el desastre,
Hijo mío, si al menos
En el hijo
Yo, la madre.


Desmemorias
Todo está en su sitio
En el justo medio de las cosas.
Todo lo que ha de ocurrir
Es el olvido, oh, hijo mío
Que no vas a nacer.
La estupidez del sueño
O el alarido de las manos.
Como Cristo en el vientre de María
Entre paisajes que no recordaré.
Sólo a la hora de la Magdalena
O de Job. Sólo a esa hora podré decirte algo.
Sólo a esa hora demasiado tarde
Definitivamente.


Motivos personales
Para que no se pudrieran los versos
Como se pudre el ser
Escribí sobre el amor. Sobre el amor
De nuevo. Esa palabra, extraña
A los sentidos de lo humano, esa palabra
Ceniza, escarcha, mito.
Pero el poeta nunca es previsible:
Los versos se pudren sin remedio.

VITRALES. Plazas. La bahía.
El mar, siempre el mar
Y el horizonte.
Las horas casalianas.
En el Parque Central, la música.
La mugre, las ruinas de la paz.
El toque sordo del tambor.
El toque sordo. El toque.
El deseo de volver a pisar
Tierra cubana.


Vacantes
En otras palabras, el mes próximo
Será invierno en Atlanta, Miami,
North Carolina, Washington,
Chicago, California,
Santander, Berlín, Australia.
Todo es lo de siempre.
Ningún sitio puede nombrar
La sustancia de otra tierra.
País alguno puede hacer que recobremos
Ese fondo sin el que estamos tan vacíos.

Entre la epilepsia y las palabras
Karamazov, Karamazov
Cómo recordar, Kolia, que aquella vez
Todos estábamos unidos. Ante qué paisaje
Que no puedo nombrar sin que la mano tiemble:
Ante qué o quiénes dentro del círculo
arrojaba a la tierra al más débil, al más pequeño,
Al muerto que nos hacía bien.
Los hermanos, Kolia, el alcohol
Del padre y la pedrada. Luego el llanto.
Pero las manos, Kolia, las manos
Unidas en ese instante. Cómo recordar
Que no existió el instante
En que estábamos unidos: Sólo el sueño,
El deseo de que sucediera algo noble y hermoso
Ante la tumba hizo que él escribiera tal final.
Sólo su anhelo de resurrección. Sólo el anhelo
Rompiéndose en una habitación
Entre la muerte, la epilepsia y las palabras.

II Invocación a Joyce
James Joyce y yo compartíamos
El mismo cuarto de La Habana.
Cada noche,
Antes de apagar la luz,
Él me miraba.
Toda su estatura
Sobre sus largas piernas
Y sus dos manos
Mostrando al revés
Los bolsillos.
Ambos tuvimos padres
Que fueron casi todos los oficios,
Nacidos en el centro
De ciudades antiguas y olvidadas,
Queridas por nadie y por todos,
E idéntico miedo
De beber la sangre de Jesús.
Abandonamos patria,
Hogar y religión.
Por la noche bebíamos vino,
Hablábamos de las sirenas,
Amamos el latín y las imágenes.
Siempre vamos juntos.
Como a Borges, soy de los que salva
Y a los que no conoce.


Último poema del ser y de lo otro
para Lola, mi bisabuela cuyo gesto no cesa desde su muerte
Lo sé. Esta que soy
La inventé antes. En aquellos tiempos
Su cabeza era la ofrenda
A algún Dios desconocido. Un Dios
Es otro invento y hasta un alivio
Para la pregunta eterna.
Cómo responder
A dónde vamos o quién es (somos)
Yo y este mujer/hombre minúscula/o
Que no sabe ser cosmos,
Fragmentada/o en partículas dúctiles
Con las que comparte un sorbo
De cerveza y dice: Soy el terrible,
Billy the Kid, el asesino. El que ahoga
A su madre y espera el instante
De sepultar a sus hijos
Para reírse de lastimar (se)
La vida dentro de la muerte
De todos. Billy the Kid, ante el espejo
Besa al hacedor de bombas. Van unidos.
Son la misma persona divididos
En despojos donde la sombra
Juega a ser el día y la luz muere
Al cerrar los ojos. La sombra tapa
Los espejos. Nadie recuerda
El sabor del pan recién horneado
Que daba la vecina del pueblo
Para que la boca se nos hiciera agua.
Pura agua cayendo
En la casa por la que generaciones anteriores
Dieron su amor y su sangre: mis abuelos.
La abuela de mis abuelos lo decía
Mientras rajaba la primera tabla
Y hacía los hijos. Siempre oí esta historia
De una familia cuya verdad es esta huída
Del lugar donde se mezclan las figuras:
El retrato del amigo muerto y un aire de tan raro
Que danza con los espíritus al ritmo
Del tambor, un gesto de cintura.
Un golpe más en la cadera y otro más
Para que la negra ría como nunca porque sabe.
Ser negro es saber de los oráculos,
Decía también la abuela, es saber tanto o más
Que aquellos griegos. Y un sabio, claro está,
Debe ser puesto al margen, como los poetas.
Como esos artistas que no son más que gitanos
De circo esperando tirar las cartas o dar la vuelta
Hasta caer en el círculo de fuego.
No hay salvación, concluía mi abuela
De la que no tuve más que una imagen.
Muerte desde la que gritaba: Y no se salva el hombre
Sino de sí mismo. Y el otro es lo idéntico
Que lo aprieta y extermina las ansias de vivir
Y dice sí, que lo haga, que sea lo que todos esperan:
Un buen matador en la plaza.
El toro se ciega contra el sol. Es el momento.
Un golpe ahora será definitivo.
Uno más. Uno más y otro. Billy the Kid lo explica
De la misma forma y con las mismas palabras:
El placer recobrado de la muerte.
El placer de ser Dios por propia mano.

La carne de R.M.
La veo caminar entre paredes
Blanquecinas, grises y marmóreas.
No es la subterránea tumba todavía.
Son los sanatorios del cuerpo
Son las píldoras de efecto rápido
Los métodos de respiración más eficaces
Inyecciones contra las alergias
Las curas de la carne sin reposo
La carne de Rita Martín
su libro cotidiano
su palabra no dicha
enrevesada entre las luces de los pasillos
estériles desandados por estériles gentes
y voces y ojos huecos
que no saldrán a la calle
sin poder ver el día.

EN EL CÍRCULO de fuego.
Estás en el círculo de fuego.
Todo gira nuevamente
Y ahí, sin más ni menos
O menos sin más
Escuchas el aleteo
De las llamas
Las oscuras figuraciones
Los muertos y el sueño
Acechante del mañana.
El círculo del fuego
Siempre ha sido
Algo más que un círculo
Que un crepitar
Y que el abismo
Y vuelves al lugar
Al punto muerto
Del horizonte
Para tocar el azul con propia
Mano. Una mano, tus manos
Dicen la palabra
O un gesto escapado
De las nubes y los cuerpos
Mientras el jabón
Limpia, corre el agua
Sucia y no hay más sangre
Ni muertes, ni himnos.
En un lugar apacible,
Casi bueno,
Escuchas las sordas
Crepitaciones y el delirio
Y avanzas, y sonríes
Dentro de sucesivas resurrecciones.

Letters to the World
Para mi sobrino
Una lluvia incesante
Caminatas y un café rústico

Alivian el cansancio.
El aire helado
Corre por las venas.
Pero en cualquier lugar

Hay pecados

Para el poeta:

Emily Dickinson

Violenta la noche

Y sonríe
De haber escrito
Palabras desde la soledad
Y el silencio. Whitman,
Junto a su negra etíope
Acaricia al muchacho de Manhattan.
Faulkner argumenta
La incapacidad de Benyi
Para trabajar en un mercado.
Dos Passos culpa a los acreedores.
Hemingway termina con su cráneo.
Djuna Barnes convulsiona.
Ana Mendieta cae
Desde un sexto piso.
Arenas toma barbitúricos.
Piri Tomas muta religiones.
Lennon muere
A manos de un obseso.
Dentro de la lluvia
Un desconocido
Alienta.

Mujeres de Tara
Ashley Wilkes “Hay algo que amas más que a mí,
aunque no lo sepas: es la tierra roja de Tara”
Nana apretaba mi cintura
En ese punto exacto
Requerido para tomar el aliento
Y seguir este camino
Siendo la bendita semidiosa
Deseada al pasar por estas bestias
De whisky amargo y cañones
En el frente.
De apretar tan recio
Nana partía en dos mitades
Mi cintura que se doblaba
Como el país hasta la tierra.
Dividida y despojada
De todos los bienes
Juré levantarme de la nada.
Y fue exactamente lo que hice.
Disolví los colores más brillantes
Para aplicarlos al hambriento rostro.
Ya estaba yo contaminada
De tierra, colores, hombres y miradas.
La pólvora nació conmigo
Y fui yo quien le dio otro sentido
Al amor y al pecado.
Pero el hogar lo mantuve intacto
Y llené los estómagos y las bancas
De todos los que me esperaban.
Supe transformarme
Desde la tierra de Tara
Hasta ser yo misma el viento.
El Sur es ahora un lugar tranquilo
Donde escasean
Los hombres morenos
Las pasiones
Y las mujeres del tipo
Scarlet O’Hara.
No se confundan
No estoy en el museo
De una casa de Atlanta
Ni soy una muerta rediviva
Sepan que aliento en el polen.

Herméticas transparencias
Para Leonel
Ante los ojos se amontonan los paisajes
Algunos solitarios, otros de tumultos, golpes y cegueras.
En todos hay una mujer sola en su camino

A veces cae doblada y en otras se levanta.

Una mujer a veces parca

Y en otras de palabra demasiada.
Sus razones son herméticas transparencias.
Hoy sabe que envejece.
Se lo ha dicho el niño que la busca,
el beso recordado, el llanto de una amiga,
El olvido, los recuerdos
Los músculos que la levantan mitigando nudos del estrés.
Y esa imagen en sus ojos que siempre tocan fondo.
Esa mujer sigue su camino
Nadie le conoce. Tampoco ella conoce a nadie.
Sabe empero algo más que otros
y a veces sabe mucho menos.
Sólo el aire la conoce, le acaricia,
y en él a veces cree que vuela.
Vivencia la muerte de las ilusiones.

Escenarios
Poema mientras Arturo Sandoval improvisa
en un escenario de Radford, Virginia
Instantáneas. Frialdades.

Los cristales hablan de las veces
Que caíste y empinaste
A pesar de los otros y la muerte.
Ahora un sonido X se sincroniza con el del tren Y
Y enceguece tanto como la locura
Del que conversa con los muertos.
Son innumerables las razones
Sobre las fronteras y los límites.
Un infante roza el sueño
Y hace un gesto ante el vacío.

La palabra nace falsa
Como la mercancía que se vende y no se usa.
Prada vende el modelo retro de unos lentes
Y Amazon.com lo hace con los libros
Que aun llegan a ciertos sitios con demora
Y a otros con las páginas mordidas.

Hay hoteles y plazas, académicos,
Diletantes y aprendices de poeta
Que no dan con el sentido de la colosal broma
Escrita para ciudades inventadas.

Todo tiene un precio oscuro
Y los caminos se cruzan
Y al final es sólo uno
El que nos lleva a parte alguna.

Nunca pensaron que no se verían
Nuevamente en este tiempo.
El amigo es ahora un ser extraño.
Oficio duro el del exiliado.

Ya no recuerda ni le apelan los momentos.

No hay certeza de las vivencias.
No hay más certeza que unas teclas con letras.
No hay más certeza que un mercado vacío.
No hay más certeza que el humo de un tabaco.
No hay más certeza que el sabor del café en la saliva.

El infante abre la boca
Y traga aire y aire y aire
De la teta y el chupete.

Lo fértil es una descripción imaginaria en esta tierra.
Esta tierra es la mía.
Esta tierra no es mía.
No hay más tierra.

Sólo el aire es una transitoria posesión.
El náufrago lo sabe.

“No sé nada,” dijo “pero me gusta
Escuchar viejas historias.
Los durmientes escuchan cuentos extraños e imposibles.
La lejanía no es la muerte ni es la vida.
"Bueno,” dijo el otro “deshilvana el nudo
Y enredémoslo de nuevo.

No hay salidas.
No hay entradas.

Las ventanas son cuadros ilusorios:
Pinturas que muestran calles intransitables.

Las lentillas pesan rotas en los bolsillos
Y el sombrero tapa el vino descorchado
Dentro de un invierno parisino.

Y se murió en París en aguacero.
Y el último tango fue en París.
Y había un bar. Aun cantaba Gardel.

Una pareja sacude las pisadas.
Pero no hay ritmo.

En un lugar remoto tuvo la conciencia:
La música viene de lugares innombrables.
La música extremada del trombón y los tambores.
Sólo los santos suenan en la noche
Tras la garganta sudada del trompeta.
Se cierra el escenario.
Una hora y media de catarsis
De libre esplendor ante la nada.

Hace su visita la locura.
No hay actores.
Sólo en el espacio nuestras ansias y deseos.

La mano extendida busca otra entre almohadones.
La noche busca el otro cuerpo que le huye.
Los ojos tropiezan.
Cómo puede el mundo organizarse por unos ojos ciegos.
Cómo puede la casa ser hogar si no le llega la luz de una mirada.
Pero es mundo organizado, casa, hogar desde lo oscuro.
Algunos gestos disponen una infancia.
Y las historias corren paralelas:
Un aroma, una tierra, una cocina,
Una extraviada manera de ser.
Y nos sentamos a la mesa y saboreamos el aire añejo.
Y brindamos por algo que nunca será.
No beberá más este licor azul y frío como el vino.

Una sola gota de más desborda la medida.
Todos sabrán el gran secreto:
Ocurre un suceso innombrable.
La frialdad, la instantánea, el desarraigo
Tanto dolor en los costados
Pueden anularse cuando giran las inmensas y azules ruedas de unos ojos.
Sólo sus ojos se abren para ver los suyos.
Suyos son los ojos que un día vieron el mundo o no lo vieron nunca.
Los amantes se perdieron pero sus ojos estuvieron
y alguna vez el mundo supo bueno.

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