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Sin perro y sin Penélope de Rita Martín se encuentra disponible en los siguientes sitios: Amazon, Ediciones Universal, Alibris, El Ateje
y Portal Latino
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La Habana Elegante (1999), La Habana Elegante (2004), Estudio del Sur y Revista Surco (2016)


Breve selección de Sin perro y sin Penélope


CIUDAD ALBINA
Las luces se revuelven dentro de la mente. Nada más que un paso por los elevados (comúnmente llamados expressways) y zás, las luces de nuevo. La lluvia también. No puedo recordar el patio central sin el agua cayendo en rodajas y el vino casero en mis labios. Un vino casero sería lo mejor, pero me bajo del auto y compro en el Liquor Store una botella de whiskey y algún queso. Cuando llego a la casa le digo a mi madre que tenemos que hacer vino. Como siempre, mira extrañada todo lo que sale de esta boca: ¿Ahora.vinos caseros?- Pero, lo más importante, el tiempo. Lo haces tú, ¿sabes? Lo haces tú. Claro que lo hago yo, como también hago los asados y quemo el incienso y pongo música prohibida. Ah, ¿no sabía que algunos prohíben cierta música? Claro, hombre, de otro modo, cuanto detalle, ¿no? El asunto es el de siempre. No dejarse hacer. Cuando era adolescente escuchaba a los Beatles, en silencio y a escondidas. A escondidas leía El doctor Zhivago y Rebelión en la granja. Puede usted decirlo. No sé vivir sin lo prohibido y por supuesto que tiene razón, siempre estoy del otro lado. ¿O se creía que había muerto? Casi, señor, pero recordé que un día marchaba con rosarios en el pecho y aplaudía en público a los pintores que dejaban caer la bota, llena de sangre, en una exposición. Tan sólo era una acción plástica, ¿sabe? Y recordé que he besado a un niño en la noche y, sin importarme el riesgo, hice, varias veces, el amor con un desconocido. Quería enfermarme, señor, y ahora no hay nada diferente en mi deseo. Escribí una historia y luego otra y luego. Pero dice mi madre que debemos marchamos. La historia se repite. Me voy cantando Yellow Submarine, a falta de saberme la letra de Lucy en el cielo. Entonces no sabía si irme o quedarme para siempre, entre cuatro paredes que nada dicen y que siempre han escuchado el grito. Las paredes están llenas de mis gritos y mis llantos, también de mi sexo. Son los testigos más fieles, las paredes. Son la soledad y el calor que entra por la ventana y provoca un orgasmo. Claro que me miras de nuevo y niegas y mascullas y dices que no está bien seguir diciendo cosas que no gustan por nada. Por levantar un poco la voz se han muerto algunos miembros de la familia. Podridos en el calabozo, como aclara el teniente, para que no nos equivoquemos. Pero, prisionera de mí misma, entiendo la cárcel como una extensión de lo mismo. Lo mismo y lo idéntico. Yo y el Otro. El otro y lo que soy y la que mira las luces de la ciudad y apenas sueña y si lo hace es con aquellas luces que en verdad es creerse que sueña y que escribe algo porque siempre le ha parecido que la hoja era la forma idónea de, mejor ignorémoslo. Entonces es que llega el payaso y ofrece la flor que tiró la amada y se ríe. Posiblemente llore. Deambula las calles. Sólo ve las luces del Park Plaza Hotel que bañan el McDonald's y el Burger King más próximos y hasta el Latin American que cierra a punto de la madrugada, como ilusoria opción de un pueblecito de campo, rodeado de lagos. Las luces de la ciudad entorpecen la nueva mirada (o la misma) sobre las cosas, sobre esta playa blanquecina, alguien dijo que albina, donde todo es de dos colores: blanco y verde, rojo y blanco, azul y blanco. Siempre lo blanco y otro color pastel. Es una obsesión la uniformidad de lo diverso en estas aguas. Ah, aquellas luces de la ciudad sobre complicada arquitectura. Raras construcciones que usted siente suyas como los fragmentos de Pompeya. Entonces es que fumo el cigarro y tomo algo de la caneca y creo que el vino casero es mejor opción que el de California y que hubiese sido mejor morir de aquella manera y no vivir más de ésta y, en Sigifreda que aún duerme y vuelvo a la cocina y pienso en el último viaje en auto. Toda la noche manejando y nada. Toda la tarde manejando y nada. Toda la mañana manejando y nada. Toda la semana. Todos los meses. Todos los años. Los años pasan y recuerdo esa canción también prohibida de este lado (aceptada en el otro) de que nos vamos poniendo viejos y no quiero que pase lo de siempre. Lo que ha acontecido durante más de tres décadas de estar y no estar aquí, de empezar para terminar y ser nuevamente la sombra de lo otro. Lo otro que no se encuentra y sueña la ciudad en sus más precisas formas y ser esto y soñar lo nuevo y recrearlo y hablar del padre suizo que ahogó a sus propios hijos y luego se tiró al pozo y comprenderlo desde una noche estrellada en el valor del asesinato y del suicidio. Las trampas de la fe que me impiden dar el golpe definitivo en el preciso momento y nos conducen a Dios. Dios y yo éramos la misma persona y mi padre me mira como si fuera un hereje, aunque sé que le gusta, porque la blasfemia es lo único sano en una ciudad impensada e impensante. No sé quién la piensa. De todos modos ha de tener muy poca imaginación. Imagine, ni un soportal con tanto sol, ni un camino central para que la gente tropiece y se huela a sí misma en el acabamiento del día y el comienzo de la noche. Una ciudad en que el metro no funciona después de las 10:00 p.m., la hora en que una ciudad nace. Entre botellas de ron y apagones vislumbraba la luz de la farola contra el muelle. Precisa imaginación que nos hacía levantarnos y decir esto es una porquería. Lo sigue siendo aunque me muera de nostalgia por las luces que sólo caían de las estrellas. Y es que llega un momento en que usted sabe que uno no es de ninguna parte. Uno siempre está abocado a hacer el equipaje. Uno siempre está muriendo, preparándose para ello; pero eso no guarda relación alguna con el recuerdo de una ciudad. Lo que sucede, le decía, es esta ansia de unir los fragmentos que irremediables se pierden y son otros. Lo otro, le decía, se encontraba allá, entre aquellas luces que usted puede observar tan sólo a unas millas. Ve, me desmiento. Lo otro está aquí y entonces el ser se encuentra allá y claro que es de locos y digo que es mejor tomarnos un poco de vino casero para ver si la memoria puede devolvernos a parte alguna o acaso el olvido nos lance a otro sitio, donde volvamos a decir, que bien, éstas son las luces y la ciudad, dónde.
LA IDIOTA EN PRIMAVERA
La primavera ha llegado - dice la idiota del pueblo que todas las noches ahoga entre sus manos a sus propios hijos. Monstruos de mi creación, agrega. He de continuar el desnudo más largo de la historia - dice mientras se alisa el pelo. - Hace falta un verdadero Dios - dijo, preparándose ante el espejo. - Pregúntale a ella - dice al carnicero que pica la carne en trozos precisos. Ella es ahora él y él no existe sino en ella - en tanto se retoca la pintura de los labios. ¿No le ha picado a usted una abeja muerta? Tengo el cuerpo lleno - dice y se rasca. Las ballenas se suicidan en masa. Los hombres también. Unos no llegan a nacer. Otros mueren de su amor o de su odio. Amar es aún más monstruoso que cometer un homicidio. Para amar hay que creer. Maldito el hombre que cree en otro hombre. ¿No le parece? ¿Quién mató a Cristo? ¿No le asestaba el golpe definitivo al César su propio hijo, Bruto? Las entrañas cortan sus propias entrañas. ¿No le parece? Esto es a lo que algunos, aún hoy, no se acostumbran y por lo cual cometen una sarta de estupideces. Mientras mato a mis hijos, el placer es enorme. Muere todo a través de mis manos y, nuevamente, soy Dios. Inefable es sentirse Dios sobre la tierra. Inefable saber que lo eres. Yo era Dios y creé al hombre y a la mujer. Me creé a mí misma y creé el lugar que debía habitar, arrasado para siempre, por la gracia de otro monstruo divino. Era mi hermana, mi amante, mi propia sustancia. Dos carnicero, dos trozos de carne - dice -, pártelos así, en cuatro, en seis, en ocho, en más. Esta noche celebramos con carne asada y papas. La perfecta sobredosis que precipita el fin y nos pone fuera del mundo, para siempre. - Carnicero, más, que sean más despojos a la hora del banquete.
SED
Había dejado caer todo el peso del cuerpo sobre la mesa de gruesos tablones, aterida. Con los dedos palpó el bolsillo del pantalón hasta encontrar el último cigarrillo deformado, como picadura dispuesta para alimentar una pipa en lugar de ser aspirada a través del blanco papel, hecha casi cenizas entre sus dedos. Se llevó la mitad del cigarro que aún quedaba intacto a la boca. Lo saboreó. Luego buscó con cierta y reconcentrada emoción los fósforos que reaparecieron húmedos de lluvia. La palabra se le hizo extraña, sobre todo porque ahora todo estaba seco. Hacía ya un año y medio que no se veía caer agua en el poblado y las restricciones del preciado líquido abundaban, pero sus fósforos estaban húmedos, aun más, totalmente mojados y no exactamente del sudor de la mano. En principio, la mano había estado húmeda, pero la escasez había llegado al punto de convocar una asamblea en la que, a uno, todos los ciudadanos votaron por la incorporación de un filtro automático que extrajera el agua del cuerpo lentamente, ubicado, claro está, en el mismo centro de la palma de la mano derecha. El propósito era claro: los habitantes de la ciudad se auto-proveerían meticulosamente, midiendo con rigor la proporción de líquido que iba quedando en sus cuerpos. El consenso fue general. Una algarabía inundó el escenario victorioso de tan sagaz hallazgo. Todos vitoreaban, se daban las manos, al tiempo que las iban entregando, convencidos, al señor rígido del municipio, el cual apretaba la mano y, con giro preciso, insertaba el dispositivo en la vena. No era raro ver a mujeres y hombres levantando una mano gigante de casi diez dedos. Para contrarrestar el efecto visual se vendieron todo tipo de para-abanicos y para-guantes de todas las medidas que la municipalidad regocijada seleccionaba combinando la ropa del día, el cumpleaños de la abuela o el entierro del vecino.

Al principio, los cuerpos eran casi como el mar, repletos de sustancias líquidas y viscosas. Los colores se alternaban entre el rojo y el rosado que denota la buena salud. No fue hasta que pasaron unos tres meses que la gente comenzó a percatarse del achicamiento de los músculos, el súbito cambio de color de rosa a amarillo sin pasar por el naranja y, claro, sobrevino un mirar más profundamente las alturas de las que no caía ni un copo de nieve. Unos meses mes y el chico del vecino comenzó a notar que tras el achicamiento muscular la piel se le transformaba en un pellejo rugoso entre morado y verde del que cortado no salía ni una gota de sudor o sangre. Los ojos casi huecos recordaban las pasas que se echan en los pudines, lo cual daba a todos mucha nostalgia (Un buen pudín a esta hora! ¡Qué maravilla!) Quedaban ya muy pocas esperanzas en esta vida retro alimenticia y, los más arriesgados, salían en busca de fortuna como en el antaño aquellos buscadores de oro (a fin de cuentas, ¿no estaban en las Américas?) Las bocas, resecas, ansiaban fuentes y soñaban con los lejanísimos tiempos en que la lluvia se dejaba ver, mojándolas, invitándolos a estar casi desnudos a media cuadra y saltar y gritar. Un espectáculo realmente grosero si nos detenemos a pensar en él, esa antigua costumbre de desnudos y que había sido prohibida por la provincia. La sequía se había apoderando de todo. Poseía ya el todo. Sin embargo, un reportero muy objetivo señalaba el beneficio que este suceso había traído en la eliminación de ranas y serpientes que otrora molestaban a altas horas de la noche en el vecindario. Los insectos, además, en lugar de estacionarse habían desaparecido como por arte de magia. Y por arte de magia había sido el viaje de aquella a otras regiones innombradas. Algunos dicen que delirio. Lo cierto es que traía las manos repletas del líquido de oro inmortal y lenta, muy lentamente comenzó a absorberlo de su mano, aliviando la resequedad de su boca, eliminando los fuertes olores y el excremento pegado a su cuerpo. Un olor fino y claro, como a madera antigua, llegó a su nariz. Fue entonces que cayó en la mesa, brusca y pesadamente, tropezando con otros que ya no se quejaban de la cuota de racionamiento. Claro que estos últimos ya no respiraban. La sed es así. Suele ser insaciable.
LA IMAGEN RESTAURADA
Para Virgilio Piñera, in memoriam
El hombre se había situado en el medio de la pequeña sala del apartamento. Verlo era como recordar una pesadilla constante, no porque Miss Dollway lo supiera muerto sino por sus frecuentes huidas -exilios-- disparates cometidos contra su único hijo con el pretexto de salvarle y otros detalles más del frío gabinete de dentista transformado por su imaginación voraz en la magnificente oficina de un carnicero. Hacía ya varios meses que el hombre se encontraba en la misma posición. No se había sentado, ni tan siquiera se había dormido sobre sus pies. Todo esto, claro, reclamaba la lógica de Miss Dollway quien ansiaba despertar un día y no verle. No verle nunca más. Pero el padre de René  permanecía, como una sombra, pidiendo su retrato. Lo peor era que en realidad no podía verle. Cómo trazar entonces unas cuantas líneas detalladas, para poder devolverle el boceto y acabar con todo esto cuanto antes. Pensó entonces que bien podría ofrecerle la imagen de San Sebastián asaeteado, tan cara a René. Con tal idea bajó las escaleras a ver si, al menos, difuminando la imagen del rostro contra la luz y manteniendo el cuerpo, podría devolverle al hombre uno de sus amados dobletes. Pero el pueblo era de sobria religión y aunque algunas iglesias ya habían sido asentadas para el servicio de alegres y sensuales feligreses, no había, empero, llegado las extensas muestras de hermosos santos que otrora hicieran suspirar a jóvenes de ambos sexos y variadas edades. Sólo dos imágenes, sin color, la de Cristo y su madre, María, eran dadas para el rezo. A pesar de los intentos de los padres por traer otras sacramentales reliquias, el control había sido eficaz y se lograba al nivel de guerras subterráneas por hombrecillos grises y regordetes que invertían diariamente grandes sumas de dinero en la bolsa, obteniendo, casi siempre, el doble y hasta el triple de lo invertido. Ellos y no otros eran los que se apoderaban de las imágenes coloridas, falsificándolas al inscribir en ellas las marcas sexuadas que más que inspirar al rezo inspiraban al sexo. De imposible hallazgo en las iglesias, las imágenes podían ser adquiridas -y hasta alquiladas- en tiendas destinadas a su consumo y mezcladas, claro está, con otros objetos de placer sexual. En uno de sus recorridos por la ciudad, Miss Dollway logró al fin un tierno San Sebastián violado, cuyo rostro había sido alterado demasiadas veces. Lo compró, no obstante, y hasta se dio por satisfecha al haber logrado negociar una rebaja. Al menos con la imagen del cuerpo -ya que no con la cara- podría dar inicio a su fotografía y dar fin al asunto del padre de René, el eterno gozador de la carne. Durante varias semanas Miss Dollway se afanó en lograr un efecto alado. En otras, intentó trazos apolíneos. No dejó de pensar en ciertas líneas que podrían conducirla a una recreación barroca del cuerpo de San Sebastián ya que, a fin de cuentas, ¿no había sido este estilo el mejor que expresaba el continente que habitaba? Sus dedos pasaron una y otra vez por el cuerpo limpio, sin manchas. Fue entonces que tuvo una revelación. Sólo a través del sufrimiento podría darle al santo su verdadera carne terrenal y celestial. Las flechas las descubrió una a una, detrás de una gruesa pintura blanca que las ocultaba. Por cada flecha limpiada, el rostro de San Sebastián adquiría otra fisonomía, iba cerrando lentamente la boca, poniendo en su lugar las mandíbulas y, finalmente, proyectando la imagen del que sufre y vive a un mismo tiempo. El cuerpo, otrora límpido y desnudo, casi incoloro e inodoro, comenzaba también a tonificarse y mostrar algunas de sus heridas que lo hacían ver más humano y femenino. Terminada la obra, se dirigió a la sala para darle, triunfal, al padre de René, su propia versión del hijo, copia y reproducción de sí misma. El padre estaba allí, mirándola. Tomó a René en sus manos por un momento y le pidió a Miss Dollway, que colgara en un cuadro la restauración de la pintura. Después de este corto y preciso diálogo, el hombre volvió a huir, como siempre. Sólo quedaban el cuadro colgado en una pared de la sala y las largas sesiones de trabajo sin ninguna retribución monetaria. Cansada se durmió y esperó a la mañana siguiente para hacer algunas compras en el supermercado. Manejaba su viejo y desvencijado coche cuando detuvo su mirada en un sufriente y alegre joven, melena al aire, retrato vívido de su San Sebastián, a quien seguían otros jóvenes casi copia del primero, pero nunca idénticos. En el mercado, otra copia de su San Sebastián fue quien la atendió. Al anochecer, la inundación de San Sebastianes fue absoluta. Las gentes del pueblo no sabían explicar cómo habían llegado tantos extranjeros, al tiempo que reportaban niños y adolescentes desaparecidos por todas las emisoras radiales y televisivas. Fue necesario traer expresamente una representación religiosa de un país vecino encargada de restablecer la paz mundial y la del oscuro pueblo. El mayor representante alzó la mano en gesto autoritario y pronunció las salomónicas palabras: “Mis fieles, dad albergue a sus hijos que merodean en sus calles. ¿Por qué os sorprendéis tanto de cuánto han crecido dentro de la sangre y el cuerpo de nuestro señor, Jesucristo?” 

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