DOS GRANDES LUCES ROJAS
Han llamado a la puerta.
Es inútil. Sabemos
que una mano invisible
de amedrentarnos trata…
Pasos lentos se escuchan
en el salón, y vemos
temblar las rosas rojas
del búcaro de plata.
Algo quiere anunciarse a
nuestros corazones….
Hay en los ojos turbio
fulgor de pesadilla.
Y en el silencio, pleno
de agudas emociones,
fracaso el heredado
Sevres de la vajilla.
Rechinan en la puerta
los frágiles cerrojos;
sufrimos el atisbo de
ultravitales ojos…
Invaden nuestro cuerpo medrosas
crispaturas…
Y atónito se queda
nuestro temor reacio,
al ver que lentamente,
desde el jardín a oscuras,
dos grandes luces rojas
ascienden al espacio…!
SOBRE LA CATEDRAL
Oro de sol poniente,
sobre la catedral
vetusta, deja suaves
recuerdos vespertinos…
Un aroma distinto vive
en cada rosal;
muere en las enramadas
la orquesta de los trinos…
Un sacerdote observa,
desde la sacristía,
cómo en el parque
histórico los niños juguetean….
Tarde de la ciudad, tan
acara al alma mía…!
Cómo no han de quererte
los ojos que te vean….!
Un insulto de luz rompe
la sombra quieta.
El flaco sacerdote
esquiva su silueta
negra, al iluminarse la
sombra vesperal!...
Y, como un luminoso fantasma
de lo eterno,
enormemente blanca,
ancha luna de invierno
vuelca su cornucopia
sobre la catedral…
DE PASEO
Bajo el alón plumado de
amplísimo sombrero,
inquieres la presencia
de una altiva figura
que ha de cruzar contigo
las dudas del sendero
lleno de regocijo o
lleno de amargura…
Acércome a tu lado… Tu
frente pensativa
del anterior instante
las ansiedades pierde.
Tu cuerpo agita un raro
temblor de sensitiva
bajo el redondo palio de
tu sonrisa verde.
Tienes algo de Londres,
pero mucho de Francia:
una suma realeza y una
noble elegancia
palpitan en la seda de
tu vestido gris.
Yo te contemplo absorto,
y en mi entusiasmo creo
que eres una duquesa que
sale de paseo
hacia las pintorescas
afueras de París.
REVISIÓN
Yo solo. Enfrente la
enramada. Veo
lo que está junto a mí.,
cual si estuviera
dentro de mí. Pero esta
primavera
dentro de mí no es ansia
ni deseo.
Creo creer en lo que
nunca creo;
pero mi corazón, que
nada espera
como un mago oriental
tiene su esfera,
y así en mi corazón
descubro y leo…
Leo y descubro el
porvenir… ¿qué dice?
Dice mi corazón que el
bien que hice
esta sujeto a revisión.
Y nada
podrá alterar e curso a
esa injusticia.
Yo sigo solo, frente a
la enramada
y una mano invisible me
acaricia.
AGUSTÍN ACOSTA. (Matanzas, 1886-Miami, 1979). Obra poética: Ala (1915); Hermanita (1923), La zafra (1926), Los camellos distantes (1936); Últimos instantes (1941); Las islas desoladas (1943); Poesías escogidas de Agustín Acosta (1950); Poema del Centenario (1953); Agustín Acosta sus mejores poesías (1955); Jesús (1957); Caminos de hierro (1963).
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