Recuerdo la oscuridad antes de saber pensarla. No la recuerdo como metáfora, sino como interrupción. Como una casa que de pronto dejaba de ser casa y entraba en el gris de la noche cubana, con el ventilador detenido en mitad del calor y el refrigerador convertido en amenaza de alimentos echados a perder. Como la conversación de los adultos bajando de tono, no porque hubiera algo sagrado en la noche, sino porque la noche, en Cuba, nunca fue del todo inocente. Como el canto de zarzuelas, tangos y boleros para dormir a los niños, todas de un gusto pasado de moda, algo antiguo y persistente en la memoria de los viejos. Uno aprendía muy rápido que “se fue la luz” no era solo una avería de unas horas o de un día: era una forma de desordenar la vida, de alterar el sueño, de echar a perder la comida, de encoger un mundo sobre el que no podíamos decidir nada.
Nací en 1963. Era chica en los sesenta. No tenía todavía las palabras para nombrar las cosas. No podía hablar de precariedad estructural, ni de control social, ni de la sistemática degradación de la vida común. Pero sabía del cuerpo transpirado por el calor, de la casa en penumbra, del miedo silencioso a que todo faltara a la vez, de la urgencia de comer cuando se reponía el servicio eléctrico para conservar la comida al menos en nuestras barrigas. Conocía, sobre todo, esa sensación difícil de explicar: que la vida cotidiana podía ser tomada por una fuerza anónima que no pedía permiso y que, sin necesidad de golpear a nadie, humillaba.
No fue, además, una experiencia aislada de la infancia, una anécdota que luego quedó atrás con los años. Fue y es una continuidad. Los apagones masivos de los últimos tiempos no aparecieron como una novedad absoluta, sino como el regreso agravado de aquella misma intemperie. Hubo luego un intervalo distinto a inicios de los años ochenta, en los que los apagones duraban menos horas y, a veces, podía mantenerse el servicio eléctrico durante una semana entera. Aquello casi bastaba para producir una alegría absurda, casi tierna, como si la normalidad fuese un premio y no un derecho. Pero, incluso entonces, la estabilidad era frágil, intermitente, incierta. Por eso el colapso energético reciente no se siente del todo como ruptura, sino como la confirmación de un país donde lo elemental nunca llegó a pertenecer plenamente a quienes lo habitaban.
Mucho después comprendí que aquella experiencia no pertenecía solo a mi casa ni únicamente a Cuba. Nos llegaban noticias de los países que seguíamos como modelo socioeconómico. Algunos, aun en medio de su estrechez, parecían, comparados con nosotros, sociedades de consumo. Otros, en cambio, mostraban hasta qué punto la escasez podía convertirse en método. En la Rumanía de Nicolae Ceauçescu (1918-1989), por ejemplo, durante los años ochenta, la austeridad extrema impuesta para pagar la deuda externa convirtió el hambre, el frío y los apagones en instrumentos de control social, parálisis y sumisión ciudadana. La electricidad, la calefacción y hasta los alimentos fueron severamente racionados, no como episodio pasajero, sino como forma cotidiana de disciplina sobre la población. Allí la precariedad dejó de ser solo fracaso económico y se volvió experiencia política: una sociedad obligada a sobrevivir con menos, a esperar menos, a soportar más. Cuba conocía ya esa pedagogía de la carencia. En cierto sentido, Fidel Castro (1926-2016) fue primero que Ceauçescu; y, en otro, Ceauçescu antecede a Díaz-Canel (1960). Cambian los contextos, cambian los lenguajes, pero persiste una misma lección sombría: un poder puede servirse de la escasez no solo para administrar una crisis, sino para acostumbrar a la población a la dependencia, al desgaste y a la obediencia. Todavía hoy circula en las redes sociales una nostalgia deformada por aquella canasta básica de las décadas del sesenta al ochenta, insuficiente ya entonces para sostener una vida digna, pero que contrasta con su casi desaparición actual y con la hambruna extendida de una población obligada a comprar en dólares que no obtiene ni de su salario ni de sus pensiones.
Y antes de Fidel Castro, Nicolae Ceauçescu y Díaz-Canel hay, por supuesto, una historia de siglos sobre la luz. La Biblia dio a la luz y a la oscuridad un peso moral que sigue acompañando a la civilización occidental. En el Génesis, la creación tiene un orden casi primigenio con el “Hágase la luz”, mientras que en el Evangelio de Juan 3:19 la oscuridad aparece como extravío de aquellos seres humanos aferrados al mal: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. La luz no significa solo claridad material, sino rumbo, posibilidad, certeza y vida. También significa trabajo, fecundidad y producción: solo con luz el ser humano prolonga el día, ordena el mundo y arranca de la materia sustento y riqueza. La oscuridad, en cambio, no es únicamente ausencia, sino pérdida, desorden moral, separación y condena.
Esa carga simbólica no desapareció con la secularización del poder. La oscuridad siguió siendo, durante siglos, una práctica apta para castigar, quebrar y humillar. En la Edad Media, la oscuridad fue usada de manera deliberada como forma de castigo. Las prisiones subterráneas, los calabozos y las llamadas oubliettes muestran que el encierro no se pensaba solo como privación de movimiento, sino también como degradación sensible: falta de luz, humedad, aislamiento, cercanía de roedores, plagas y terror de lo invisible. La historiografía reciente sobre el dungeon medieval insiste en la relación entre prisión, subsuelo, olvido y penumbra, aunque también advierte que conviene no romantizar ni simplificar cada caso. Aun así, el punto permanece: la oscuridad servía para quebrar. No tenía la espectacularidad de los métodos clásicos de tortura física —el potro, la garrucha, la toca—, pero comportaba silencio, desorientación y descomposición del ánimo. La efectividad de esta tortura no residía en el dolor inmediato, sino en el desgaste sistemático que empujaba a la desorientación, al derrumbe del ánimo y, en el límite, a la pérdida de sí.
En el siglo XIX, el escritor inglés Charles Dickens (1812-1870) percibió algo decisivo. Tras visitar Eastern State Penitentiary en la Filadelfia de 1842, observó los efectos del confinamiento solitario y los convirtió en el núcleo del séptimo capítulo de Notas de América para circulación general (American Notes for General Circulation). Aquel sistema que pretendía reformar criminales por medio del aislamiento absoluto le pareció un “confinamiento solitario rígido, estricto y desesperanzador”, además de “cruel e injusto”. La importancia de la observación de Dickens no radica solo en la denuncia de una institución, sino en su comprensión de una lógica: hay formas de castigo que no necesitan sangre porque hieren la mente y el espíritu mediante la interrupción del mundo sensible y la administración lenta de la penumbra.
Una vez fuera de Cuba, muchos cubanos sienten que la isla misma es una gran cárcel, aunque no cumplan sentencias. Se refieren a una experiencia que los extranjeros no siempre logran entender: la crueldad de la falta de luz y el racionamiento de los alimentos. Y es que lo que antes se aplicaba al preso individual reaparece, bajo determinadas condiciones políticas y materiales propias de ciertas formas totalitarias del siglo XX, como experiencia de una población entera. Porque no conviene olvidar que, en ciertos extremos del siglo XX, fascismo y comunismo coincidieron por igual en técnicas de degradación del cuerpo y del espíritu: en los campos de concentración nazis no solo la privación de alimentos fue una condición estructural de destrucción física, sino que la privación de luz apareció también, en ciertos espacios de castigo como las celdas oscuras, como instrumento de quebranto, aislamiento y terror.
La privación energética y el hambre no son nunca fenómenos puramente técnicos. Hay consecuencias psíquicas y morales en ellas. Por eso, en Cuba, la oscuridad y su compañera de siempre, el hambre, no pueden leerse solo como accidente técnico o económico. Han llegado a ser, juntas, una forma de coerción social. No porque cada apagón responda necesariamente a una voluntad deliberada y puntual de castigar, sino porque la combinación de ruina estructural, ausencia de solución, continuidad del deterioro y exigencia de obediencia acaba produciendo algo muy cercano a una pedagogía del desgaste. Se acostumbra a la población a perder. Y, una vez acostumbrada a perder, se elogia su capacidad de soportar la pérdida como si fuese una virtud histórica. A esa lógica de la crueldad se suma también la de sus cómplices. En fecha relativamente reciente, hacia 2021, el teólogo de la liberación brasileño Frei Betto (1944) fue capaz de decir que en Cuba “no hay hambre” y que los cubanos “tienen mucho apetito”. Más aún, sugirió cambiar hábitos alimentarios proponiendo para el cubano el consumo de alternativas como cáscaras de papa y de melón. No sabemos aún cómo olvidó mencionar los latones de basura como bodega ideal para los cubanos. Los cómplices de la dictadura vienen en todas las formas y tamaños.
El lenguaje de la “resistencia” ha terminado por volverse ambiguo. El régimen cubano usa la palabra para apelar a la dignidad de todo un pueblo, pero además encubre una crueldad. El aparato político pretende ennoblecer la resignación de quienes no han sido consultados sobre el precio de su sufrimiento e intenta convertir el sinvivir cotidiano en épica. Lo vivido desde dentro, sin embargo, es desorden del sueño, angustia, humillación doméstica, fatiga, miedo y vida disminuida. La noche cubana se ha llenado de cacerolazos, protestas e incendios. Un pueblo espiritualmente fragmentado y sin armas protesta con utensilios de cocina.
La población que aprendió el difícil oficio de perder es vista por el régimen como enemiga. Su hambre, cuando golpea una cazuela, se vuelve para el poder sonido enemigo. Y, aun así, acusándola de enemiga, el régimen insiste en ver esa capacidad de soportar la pérdida como si fuera una virtud. Por eso la falta prolongada de electricidad no debe pensarse solo en términos de infraestructura fallida. Debe pensarse como una experiencia histórica y moral: la de una población obligada a vivir en condiciones que degradan su autonomía, reducen su horizonte vital y la acostumbran a una forma cotidiana de oscuridad. La antigua lógica carcelaria no reaparece aquí con muros y barrotes, sino a escala social. Y quizá esa sea la verdad más dura: que, a veces, para quebrar una vida no hace falta encerrar a una persona en una celda; basta con convertir la vida ordinaria de todo un pueblo en un régimen de penuria, incertidumbre y sombra.
La presión energética de Donald Trump desde enero de 2026 puede agravar la crisis cubana, pero no la explica ni la funda. El declive cubano no nació con Trump, ni con una sanción puntual, ni con un episodio reciente de confrontación. Es más viejo, más hondo y más estructural. Viene de una larga historia de deterioro económico, dependencia, destrucción de la capacidad productiva y administración política de la escasez. Confundir el agravamiento con el origen sería un error. En el caso cubano, sería además una comodidad ideológica que favorece a la dictadura.
Pero hay algo todavía más importante. La precariedad no debilita necesariamente al régimen, porque ese régimen ha debilitado primero al ser humano. Durante 67 años, el cubano ha sido fatigado, humillado y obligado a reorganizar su vida alrededor de la supervivencia inmediata. Se le ha robado el descanso, la previsión y la confianza en el día siguiente. Esa degradación prolongada no produce automáticamente rebeldía; produce también agotamiento, retraimiento, fragmentación e incapacidad de asociación. Antes de hacer caer al poder, la penuria ha ido erosionando al sujeto que tendría que enfrentarlo. Obligado a sobrevivir, el individuo ve estrecharse incluso sus formas de pensar la realidad que padece.
Ese es uno de los puntos más crueles de la experiencia cubana. Desde fuera se supone a veces que el empeoramiento material conduce por sí solo al colapso del régimen. La historia, sin embargo, enseña otra cosa: una población sometida durante demasiado tiempo a la incertidumbre, a la oscuridad y al hambre puede quedar quebrada por ello. La noche insular cubana no debe leerse únicamente como fracaso económico ni como simple resultado de una presión exterior reciente. Debe leerse, en lo principal, como una de las formas más crueles y eficaces de tortura social sostenida de la dictadura cubana: una forma de producir impotencia, de rebajar el horizonte vital, de acostumbrar a la población a vivir con menos de lo mínimo y a soportarlo como si fuera destino histórico épico. La presión de Trump endurece esa noche; no la inventa. Y el régimen, lejos de quedar destruido automáticamente por ella, puede seguir administrándola mientras los más debilitados sean los cuerpos, los nervios y las esperanzas de quienes la padecen, nunca sus estructuras ni la élite militar y política que lo sostiene. Quizá esa sea la verdad más dura: el colapso energético y alimentario no solo apaga bombillos y vacía estómagos; apaga también la voluntad y la confianza del individuo en su capacidad de rehacer el mundo junto a sus vecinos. Más aún, instala la idea de que el enemigo puede ser ese vecino: el delator preparado para entregarlo al régimen.

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