Claritze: ¿no has escuchado en las noches
como gimen los corderos?
Hannibal Lecter, The Silence of the Lambs
Hermanos humanos, que viven
después de nosotros,
no tengan contra nosotros
endurecidos corazones…
François Villon, Balada de los ahorcados.
En el mundo en que yo vivo
Siempre hay cuatro esquinas
Pero entre esquina y esquina
Siempre habrá lo mismo
Para mí no existe el cielo
Ni luna ni estrellas
Para mí no alumbra el sol
Para mí todo es tiniebla…
Fruko y sus Tesos, «El preso».
Un preso y mierda es lo mismo.
Carlos Montenegro, Hombres sin mujer.
1.
Cárcel. f. Edificio destinado a la custodia y reclusión de los presos: lo condenaron a dos años de cárcel por su delito. Por sinonimia ergástula. m. Lugar en que vivían hacinados los esclavos o en que se encerraba a los sujetos a condena. Preso. adj y s. Que está en prisión o privado de libertad: el preso denunció malos tratos. m y f. persona dominada por un sentimiento, o que padece lo que se expresa: vive preso de su pasado. Hacer presa loc. Asir una cosa y asegurarla para que no escape. Recluso. adj y s. que está encarcelado: la población reclusa; los reclusos se amotinaron. Formas lingüísticas del soterramiento social que expresan o simbolizan cárcel en la contemporaneidad cubana: «el tanque», «la beca», «la escuelita al campo», «se me perdió la llave», «estar en la cana», «guárdame la cuchara que pronto regreso», et al. Número 41 en la charada cubana: lagartija, lagartijo, prisión, pato chiquito, jubo, capuchino, clarín. Número 65: cárcel, comida, bruja, ventana, conejo, trueno.
2.
La cárcel (sus connotaciones humanas, sociales, culturales y políticas) es uno de los constructos de mayor tránsito en casi todas las formas de expresión artística, y pudiéramos decir que como referente ideotemático roza el encanto, se erige la ferocidad implícita en la interacción preso-preso y el posicionamiento en la picaresca de guardias y carceleros, en visión cercana a lo poemático, y acaso lo elegíaco, lo rocambolesco, y en igual medida en retórica de lo que supura, lo que no existe más que en discursos otros, radicados en las afueras de los discursos de la compostura y el engalanamiento pacato de la moral, funcionado ésta más como símil y doblez que como término de uso literal. Así la cárcel y lo que corroe y horroriza en sus intramuros, centrará sus posibilidades de legitimación en la oralidad del clandestinaje, suerte de te digo sin que nadie sepa que te dije, anecdótica de difícil infiltración y doblemente reacia a la documentación.
Existen focalizaciones que elevan la cárcel a la categoría de paradigma. Están estas latentes en la poesía, el ensayo, la novela, el cine, la pintura y otras manifestaciones menos afortunadas como el epistolario. Al respecto quiero citar una misiva digna de figurar en los mejores certámenes de la infamia; la remite Rogelio Zayas-Bazán, ministro de gobernación en época de Gerardo Machado: «No solo se inspiró usted en la excelente situación de aquellas tierras sino en el deseo de darle color a ese rincón del territorio cubano... fue un acierto suyo esa elección de los terrenos de Isla de Pinos y de esta manera se contribuye al florecimiento de aquella isla». En el cuerpo del mensaje se alude, de modo tan evidente como grosero, a la construcción del llamado «Presidio Modelo», ominosa referencia de confinamiento insular, adlátere de su homóloga, la prisión Federal de Alcatraz, levantada en la isla nombrada La Roca, en la bahía de San Francisco, E.E. U.U. Se dice que «muchos de los reclusos confinados en Alcatraz arrastraban sentencias de por vida. Por tanto, era necesario matar el tiempo de alguna manera: tocando la guitarra (sin silbar o cantar, que estaba terminantemente prohibido), escribiendo cartas (que posteriormente serian revisadas y censuradas) y, sobre todo, leyendo. Las obras de filósofos como Kant, Schopenhauer o Hegel y los libros de matemáticas avanzada y física tenían mucho tirón entre los prisioneros. Curiosamente, durante el tiempo que [el capo mafioso] Al Capone estuvo recluido en Alcatraz, cumplió con la tarea de repartir libros entre los otros internos, empujando un carrito por los pasillos...». Advierto: los sistemas penitenciarios aquí referidos, en su momento prototipos de severidad y/o crueldad, no sobrepasarían lo mítico o lo pintoresco, si se les equipara con cualquiera de sus análogos de hoy en día, esparcidos por Latinoamérica, Asia o África.
3.
Reclusos devenidos en epítomes de tragicidad y ensalzados por las diferentes visiones artísticas, teológicas (u otras): 1-Barrabás, sea quizás su nombre el que origine la tradición imprecatoria del reo como figura de soslayo, sucio relleno y escamoteo en las escenas del orden y/o el bien; en el Evangelio de Mateo, se le implica como torcida piedra de canje en el proceso contra Jesús de Nazaré: «Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar un preso, el que quisiesen./ Y tenían un preso famoso llamado Barrabás./ Reunidos pues ellos, les dijo Pilato: ¿A quién querréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?/ […] Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto». 2-Francois Villon, su existencia es el aguafuerte de quien vive entre la estancia carcelaria, el indulto y el exilio para evitar hallarse en situación de penado; su obra, erigida desde la autorreferencialidad, y con una de las mayores concentraciones de malditismo de la poesía francesa, es la apologética de toda clase de sujetos acampados en la insubordinación y la displicencia respecto de los modelos de comportamiento, de hecho su obra más transcendental: «La Ballada des pendus» o «Balada de los ahorcados», se dice fue escrita a la espera de ser ejecutado en la horca. 3-Jean Valjean, tránsfuga en el atisbo romántico de Víctor Hugo, ingenua suerte de poética del (o los) oprimido, voz de los sin voz, o voz que desde abajo interpela las voces que desde arriba han devenido comandantes; desde el punto de vista fictivo constituye una introspección sin parangones en la conciencia, sus recovecos de luz y oscuridad. 4-Edmundo Dantés, sea quizás su leyenda de encierro arbitrario, fuga y consecutivo desquite, la que pondrá a girar los motivos carcelarios, alrededor de la vieja dualidad atracción/ repulsión. 5-Oscar Wilde, condenado en la Inglaterra de la cerrazón decimonónica a dos años de prisión y trabajos forzados por entablar sodomía con un aristócrata (Lord Alfred Douglas); se erige él mismo en personaje poemático, al tiempo que re-crea y potencia mediante construcciones de tipo elegíaco, su agreste estancia en la cárcel de Reading: «sólo sabemos que hay un muro/ alto alrededor de los presos,/ donde cada día es un año:/ Un año de días eternos./ Pero sí sé que toda ley/ que traza el hombre a sus hermanos/ desde que empezó la aflicción/ con el primer asesinato,/ toda ley cuela el grano bueno/ con el peor de los cedazos./ Y también sé –si lo supieran...-/ que cada prisión se edifica/ con bloques de ira e infamia/ y con barreras de sevicia,/ por temor de que Cristo vea/ cómo los hombres se mutilan». 6-Rodion Raskólnikov, arquetipo del encierro brutal en sí mismo, la auto-culpabilidad degradante, las elucidaciones filosóficas devenidas en percances morales, las contraposiciones de sí mismo respecto a la víctima (la anciana usurera), harán la certera simbología del confinamiento sin barrotes. 7-Juan Clemente Zenea, lo mismo que Wilde y que Martí, viene a representar el ethos en la tradición y el lampo de los poetas presidiarios, clisé de los incomprendidos, y acaso un Otro de las parcelaciones políticas que claman por el guerrero con menoscabo de quien pulsa la lira, su texto «Infelicia» no me sugiere el hombre encarcelado que se intuye en pos de la hora última. 8-José Julián Martí Pérez, deificado y literaturizado por su propia leyenda de martirologio juvenil; chapado tras la ficha de preso número 113, Primera Brigada de Blancos, canteras de San Lázaro, inaugura en la Isla el canon de la narrativa carcelaria, más como invectiva con valor de uso político que como referencia de las interioridades otras y el deslinde selvático de los penados entre sí: «Meses hacía que había yo cumplido diecisiete años. Mi patria me había arrancado de los brazos de mi madre, y señalado un lugar en su banquete. Yo besé sus manos y las mojé con el llanto de mi orgullo, y ella partió, y me dejó abandonado a mí mismo. Volvió […] severa, rodeó con una cadena mi pie, me vistió con ropa extraña, cortó mis cabellos, y me alargó en la mano un corazón». 9-Vince Everett, personaje central del filme de 1957: Jailhouse Rock o Rock de la cárcel, interpretado por Elvis Presley, quien canta, aun tímidamente y esquinando el puritanismo epocal, las llamadas sexualidades disidentes: «El número cuarenta y siete dijo al número tres/ Eres el preso más lindo que he visto/ Estaría encantado de tener tu compañía/ Ven y haz el rock de la cárcel conmigo». 10-Henri Charrière, convertida en 1973 su autobiografía penitenciaria en el Papillón de Steve McQueen. 11-Olga Benario, ficcionalizada y rescatada de la pacata historiografía y las omisiones de la praxis marxista por la impronta de Fernando Moráis. 12-Hannibal Lecter, preso de culto de la posmodernidad literaria, antagónico y a la vez copartícipe de la ley; con vida en la saga de Thomas Harris, representa el galanteo del hombre-convicto-cínico con su captores; con anquilosamiento de todo resorte moral no esbozará reparos en adherirse, cual marioneta o cachivache mercenario, a los designios, nunca claros, del poder. 13-Luis Molina, personaje que tras el empaque de penado pederasta, instaura en El beso de la mujer araña, la problémica de las alteridades sexuales, el deseo en los atisbos de la insinuación y el ocultamiento, la autorepresión del cuerpo en la espacialidad de una cárcel latinoamericana. 14-«La puerca mordaz» constructo de Ángel Santiesteban, se advierte la vecindad casi quemante con la escuela bukowskiana y su pauta de virulencia. Otros presos anclados en el universo real, allende lo literario serán: Juan Ruperto Limendoux, Pablo de la Torriente Brau y Carlos Montenegro, éste último, sin dudas, adalid de los cincelados narrativos de la violencia y el humus de descomposición humana intra-carcelaria. Como letra de canción alusiva al drama del confinamiento es digna de mención: «Catorce pelos y un día» de Pablo Milanés, contestatario repaso trovadoresco de su estancia en las UMAP: «Catorce pelos y un día/ me separan de mi amada. / Catorce pelos y un día/ me separan de mi madre./ Y ahora sé a quién voy a querer/ cuando los pelos y el día/ los logre dejar». Con adeudo en el imaginario popular, perviven, aún en cuotas de hipérbole, nombres signados por la tara del encierro: Humberto La grulla (Ingenio Santa Lutgarda), Sergio Guevisucio (Poblado de Mata), René Veliz Toropinto (Calabazar de Sagua), y también los rocambolescos Jesús Rivero Prendes (el chino Prendes) y Enrique Dobarganes Jorrín (Guarina), cautivos en el otrora Presidio Modelo de Isla de Pinos por el asalto ─émulo de la mejor película de gánsteres─ el día 11 de agosto de 1948, de la Sucursal de The Royal Bank of Canadá, cita en paseo de Martí N.º 807, La Habana. No obviar en las construcciones de universos fictivos, a imagen y semejanza del soporte referencial de la cárcel, la novela Alguien voló sobre el nido del cuco, su Pabellón psiquiátrico con el trazo espinoso de las escenas de penal; su Señorita Ratched, Gran Enfermera, villana, cancerbera; su póker disidente; su Bitácora de las delaciones; su segregación peyorativa de los internos en crónicos, agudos y vegetales; su cuarto de máquinas, forma de disimulo retórico para referir sesiones brutales de electroshock, et al.
4.
Mordida. f. Véase mordido, da. Mordido. adj. Escaso, desfalcado: esta mesa tiene los bordes mordidos. f. Mordedura, mordisco. amer. Provecho o dinero obtenido de un particular por un funcionario o empleado, con abuso de las atribuciones de su cargo: la mordida del ministro apareció en todos los periódicos. Dios. m. y f. Cualquiera de las deidades de las religiones politeístas: Zeus es el padre de los dioses griegos. Persona destacada y muy admirada por alguna cualidad: es una diosa de la belleza. m. Nombre del ser supremo, creador del universo, según las religiones monoteístas. Andar o ir con Dios. loc. Fórmula de despedida: ¡adiós, maja, anda con Dios!
Nadie espere hallar en las páginas de La mordida de Dios, de Amador Hernández Hernández, Editorial Capiro, 2019, el regreso complaciente a los ambientes montenegrianos, su intríngulis por excelencia ─sin resolver en la literatura y aun en la vida misma─: el dilema atroz del hombre convertido en la mujer de otro hombre, para evadir, si ello es posible, las circunstancias del animal acorralado ─y deglutido─, por la bruma carcelaria. Todos tributamos, acaso sin saberlo, a la estética montenegriana, su revelación mediante metáfora de balanza: ¿quién el más fuerte?, ¿quién el más débil?; su leitmotiv adivinatorio: ¿quién muere?, ¿quién vive?, ¿quién manda?, ¿quién sin reparos obedece? Todas nuestras narrativas del caos, nuestras exegéticas sobre los privados de libertad, acaso sin saberlo también, tributan a Pascasio Speek y su épica de la degradación humana: «Cuando ingresó en el presidio, su conciencia de hombre primitivo se asombró de que existiera tanto fango. No podía creer lo que veían sus ojos y que lo que veía sucediera precisamente allí, bajo la vigilancia de los carceleros y a pesar de todos los castigos. La primera sensación fue de asco, después, dentro le fue creciendo la indignación y, al fin, acabó por habituarse, pero escapando de todo trato» (1).
Y si lo empático y lo cancelatorio de una empresa literaria, está dado, según Barthes, por el título de la misma, el libro hernandiano, sin proponerse lo uno ni lo otro, inicia sus elucubraciones con un título brutal, de manifiesto cinismo, desalineado de las conjeturas teológicas que hacen de Dios una entidad amatoria incuestionable. Dios devendrá aquí en laceración, anuncio de mordedura, ergo: antípoda de cualquier vestigio protector, como si el presidio no hallara espacio bajo el mito de su manto de piedad, y los seres en él situados fueran cualquier cosa, un aparte, entramado fuera de los entramados correctos y con acomodo únicamente en el clamor villoniano: «Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,/ guarda que el Infierno no tenga sobre nosotros dominio:/ nada tenemos que hacer con él ni que pagarle./ Hombres, en esto no hay ninguna burla:/ pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver». Acaso un clamor semejante no estará implícito cuando el yo protagónico, testimonie con la prédica de los vapuleados perennes, pormenores de su defenestración sexual en los baños del penal (sitio por antonomasia de la permisividad más absoluta): «Sentí que me atravesaban el culo como si fuera con un cuchillo. El dolor era inaguantable. No podía creerlo. No, no era verdad, aquello debía ser una pesadilla. Tenía que despertarme, ver el cielo. Pero no, continuaba viendo borroso, pero viéndolos. Yo, el más temerario mataperros de mi pueblo, el que daba las órdenes, el que se pisaba a la mulata en el almacén, el que se reía de Moñigüeso porque, a pesar de lo feo y anormal, siempre encontraba un bugarrón. No, no podía ser a mí al que los negros le estaban haciendo eso. La vista se me nubló y vi sangre corriendo por mi boca […] por el piso de la celda, por el pasillo de la prisión, por la carretera central... Sangre, sangre, luego todo fue oscuro. Como desde muy lejos, los sentí hablando: ―¡Fooo, sangre y mierda! Este era virgen. Es un ángel, que no sabe todavía ni limpiarse el culito» (28).
Vemos como el narrador se sitúa, en una especie de analogía de indefensión/ repulsión/ degradación, a la par de «Moñigüeso», alteridad sexual, suerte de Quasimodo de la pintoresca pueblerina, personaje real montado al soporte de la caricatura y estigmatizado por Onelio Jorge Cardoso en el cuento «El idiota», cuya caracterización ficcional, a todas luces desfavorecida, contaminaría cualquier posicionamiento de éste en una lógica de actos humanos creíbles. Como en un aforístico: boca no habló que Dios no castigó, la escena del acto violatorio es la continuidad discursiva de otra en la sincopada existencia del protagonista, de su accionar díscolo en la parte del mundo que no pertenece al confinamiento: «Todavía recuerdo aquella larga noche: había dejado la bebedera de cerveza en la barra del bar Moscú Rojo y aprovechando mis mañas para arrancar tractores, saqué uno del patio de un socio para encaminar a los amigos hasta el poblado de Mata. De regreso me colé en la fiesta de una nena que cumplía quince años, y luego, con una borrachera que no me dejaba pensar, le lancé un montón de piedras a la casa de Moñigüeso ―el maricón más feo y famoso de mi pueblo―, que a esa hora se lo estaba gozando el bugarrón de turno» (18).
Narrador-personaje que no se nos presenta modélico, niño prefabricado para labrarse una historia en la marginalidad, o una historia diferente a la de aquellos niños edulcorados por el estereotipo oficial de la felicidad, no aceptará tranquila y pacientemente un estatus de traumado; una vez arruinados los resortes del honor, léase honor hetero, afincado en inflexibles normas patriarcales, sólo es posible recuperarlo mediante el ejercicio del crimen, y el crimen bajo circunstancias de encierro produce jerarquía, nebulosas de respeto efímero a menos que se afiance en el ciclo interminable de otros crímenes. Debemos suponer que, en la lucha por los pequeños tronos, representados en una cajetilla de cigarros sin escalafón libatorio, una manoseada hoja de revista porno, un acompañante sexual, una visita de pabellón, un cuida espaldas, o el respeto de «Mandantes» y carceleros, el crimen es partitura y su ejecutante como un maestro al piano. Un muerto en la siniestra trama carcelaria es condecoración de guerra, derecho a imaginarse nombrado por los altavoces de un acto político, con el himno de Perucho de fondo. «Matar o morir», trillada divergencia lingüística en el contexto de los espacios abiertos alcanzará valor casi axiomático hacia el adentro feroz de la cárcel. La venganza representará la culminación de un estudio universitario, un maquiavélico soneto de rimas perfectas, la garantía intermitente de seguir con vida, un leve no estar entre la espada y la pared. La venganza será el gran leitmotiv en la epopeya del encierro: «¿Cómo carajo limpiaba mi honra, mi orgullo de macho si no era descojonando al menos a uno de los hijos de puta que me violaron? Si dios Jehová permite la justicia de ojo por ojo y diente por diente hasta la cuarta generación, ¿quién puede juzgarme como asesino por tomarme la justicia por mis manos? Ya lo había decidido. […] A partir de este momento los demás que se prepararan, porque ese era el principio de lo que estaría por venir. Varios días con sus respectivas noches me mantuve en vigilia. He cargado toda mi vida con esa circunstancia. Si violar a una mujer es un acto infame, dígame usted, ver que te lo están haciendo a ti y no poder evitarlo. Debieron haberme matado esa noche. Sé que no me alcanzará la vida para vengarme de todos los que me jodieron la existencia. Pero hasta en el Infierno los perseguiré» (30).
Sin embargo, por entre la textura de dureza implacable en que se escuda, deja filtrar pequeños elementos de fisura, rasgos de credibilidad humanizante que vienen a trazar una línea de cruce o semejanza accidental con el Armando Salas (Mandy) de Guillermo Vidal en Las manzanas del paraíso, el cual, como se sabe, sostiene desde lo epistolar una relación de tipo edípica con la madre, nombrada Zoelia. Ello es observable aquí, cuando en medio de los ámbitos brutales de la celda de castigo para incorregibles (llamada El Hueco en la retórica del subsuelo carcelario) el personaje, en un giro de maceración y resquebrajadura psicológica, nos manifieste: «En esas noches de bajas temperaturas, recordaba el calor de la cama de mi madre. Yo acostumbraba a dormir debajo de su colcha y me le pegaba bien para calentar mi cuerpo. Mi hermano también se cambiaba de cuarto. ¡Cuánto extrañaba a mamá en esas noches en que el frío jodía más!» (40).
La mordida…, además de documento sociológico sobre la violencia que solo es dable en lo subterráneo de los espacios domeñados por el encierro, deviene en resemantización del poder institucional ejercido a la manera de los «Gulag»: «Piedradura ―un recluso de Manicaragua― tuvo una fuerte discusión con uno de los guardias. Le soltó en su propia cara que ellos eran unos cabrones. «¡Mira que poner dos mallas entre el preso y la familia! ¡Coño, ni si distinguen con ese sol en medio de la cara! Y continuó chillando bajo los efectos de la desesperación o la impotencia: Para ustedes, no somos más que bestias. También tenemos derecho a darle besos, abrazos, tocarle el culo a la mujer. […] Por último, le soltó en la misma careta un salivazo al agente del orden. […] El guardia […] perdió los estribos y lo sonó durísimo. Piedradura se fue de cabeza al piso, la gente estuvo a punto de hacer un motín. Pero se llevaron el tipo a rastras y lo metieron en la celda de los sacrificios, y calabaza, calabaza… Se acabaron las protestas» (66-67).
Si para aprehender la estética del intramuros carcelario insular, urdido en el comienzo, medianía y finales del pasado siglo XX, se nos hace necesario el repaso de piezas tan emblemáticas como Hombres sin mujer (Montenegro); La isla de los quinientos asesinatos (de la Torriente Brau); y Las manzanas del paraíso (Vidal), sin obviar en lo foráneo Un día en la vida de Iván Denisovich (Solzhenitsyn) para el vislumbre de la nueva hornada de cultivadores de narraciones abocadas al referente ideotemático que nos ocupa, resultará indispensable hacer parada en La mordida de Dios, sus conflictos representativos del cisma con respecto a las obras antes mencionadas. Si bien aquellas praxis apuntan hacia la lógica de la desventura grupal o individual, a la renuncia del menor atisbo regenerativo, las tragedias catarzisadas en las sexualidades comprimidas por la norma, el sexo como piedra de lucro y represión, la violencia como pauta inapelable, las individualidades soterradas y la discursividad elocuente de los márgenes, en La mordida… es también posible el asomo a estas prédicas, pero desde la más expeditiva subversión y la sacudida casi telúrica de dichos tópicos, adquiriendo valor de parteaguas términos como: «presos letrados», «presos económicos», «presos de conciencia», «presos pasilleros». Sobresaliendo las historias de brutales vendettas con el empleo de agujas hipodérmicas infestadas de VIH, incluso, su comercialización subrepticia y sus altas cotizaciones en dichos lares. Me atrevo a inferir que, en otras narraciones afines, difícilmente se construya, como aquí, anecdóticas de motines desactivados con perros de la raza pastor alemán y sonatinas de estacas de marabú, calzadas además con alegorías sardónicas del castigo, estilo: «quince días en la celda conocida como la Guagua, donde, como dicen en mi pueblo, siempre cabe uno más». O las evocaciones del mundo exterior, ese en que se fue libre alguna vez: «los juguetes, el primer uniforme escolar, los primeros libros, los primeros castigos de mi madre porque no memorizaba rápido las tablas de multiplicar, las meriendas dentro de la cartera de libretas, la primera compañerita de aula a la que le vi el blúmer, la primera vez que bateé un jonrón. La primera bestia que me templé, los cigarros que me fumé escondido en los baños siendo un alumno de secundaria, los días de parrandas en los que el pueblo se llenaba de carrozas y fuegos artificiales, de changüí, de comparsas, de bebedera hasta el amanecer, de chicharrones de vientos y matracas, de música y empates con puticas, de recorrer el pueblo en busca de bombitas y voladores que no habían explotado para darles nueva vida (en esa época mi familia vivía en el barrio de los Sapos). El primer trago de ron, la primera cerveza, el calor de mi madre cuando había mucho frío, el día que mi padre nos abandonó, los camaradas de juegos y maldades […]. La primera chupada de teta, el primer culo de mujer que vi en una película y la noche entera soñando con aquellas hermosas nalgas, la primera vez que llevé a la mulata al almacén en ruinas… Tirado en el piso como un trasto en un basurero, terminaba llorando como un pendejo con cada recuerdo». Referente estos que, cual vaso comunicante, se propugnarán en obras precedentes como La medianoche del cordero (Hernández Hernández) (2)
No logro imaginar (nadie acaso pudiese) el bemol de la confesión, extraída en la agonía de quien se sabe ya en el umbral de la morada de Hades, confesión o memorias de quien, aun con un certifico de libertad, acuñado por la enfermedad más que por fallo de tribunal, se sabe ─o se presiente─ preso perenne, «esperando la barca de la vela negra con un vaso de alcohol y vestido de blanco como los auténticos príncipes». Como Borges en Ulrica, suponemos que su relato será fiel a la realidad, o en todo caso, a su recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. En cualquier caso, La mordida… lo mismo que todas las anecdóticas del encierro, tributarán al filosofar de aquellos exordios, originarios de la añeja y sabia cancionística concerniente al Presidio como paradigma: «Padre no me arrepiento, ni me da miedo la eternidad/ Yo sé que allá en el cielo el ser supremo nos juzgará/ Voy a seguir sus pasos, voy a buscarlos al más allá». (3) Y porque además, en los también añejos y sabios sistemas de adivinación, el número 43 significa: alacrán, amigo, vaca, puerta, presidiario, jorobado, tísico, y sin tales referencias es impensable la peliaguda praxis del intramuros carcelario.
Notas
(1) Carlos Montenegro. Hombres sin mujer. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2013. Página 87.
(2) Amador Hernández Hernández. La medianoche del cordero. La Habana: Ediciones Unión, 2005.
(3) «El preso número 9», tema de Roberto Cantoral, junto a «La cárcel de sing sing» de Bienvenido Brens, «El preso» de Álvaro Velázquez, y «El presidiario» de Pedro González, se erige en la lograda ambientación del contexto carcelario y del reo como sujeto actoral por excelencia.
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