rita martin: Cuba, el país hechizado



En otros países los tanques anuncian guerra; en Cuba, memoria.

Aparecen lentos, oxidados y casi litúrgicos, cargados de una épica que ya no pertenece del todo al mundo real. No parecen máquinas listas para un choque moderno, sino objetos rituales que el poder extrae de un museo ideológico cada vez que necesita recordar —o recordarles— que la nación vive bajo amenaza.

Durante los años ochenta esa amenaza moldeó el cuerpo mismo de la Isla. Con el pretexto de una invasión que nunca llegó, el régimen desfiguró La Habana: abrió trincheras en las calles del Vedado, excavó túneles en la avenida Línea y horadó la Loma de la Cotorra. A la par, replicó zanjas y refugios en Santiago, Holguín, Camagüey y prácticamente cada municipio del país, siguiendo la estrategia de Guerra de Todo el Pueblo que obligaba a la población a cavar y camuflar sus propias posiciones defensivas. Décadas más tarde, entre 2006 y 2007, movilizó a cientos de miles de reservistas en la llamada Operación Caguairán: otro ensayo masivo de defensa ante un enemigo imaginado.

Entonces ocurre el fenómeno más extraño: parte del país vuelve a mirar esos símbolos con una mezcla de temor, costumbre y obediencia sentimental. Como si la Guerra Fría siguiera suspendida sobre el Malecón. Escasez, apagones y silencio se convierten en daños colaterales de una guerra eterna contra un enemigo exterior y no en la evidencia de un modelo agotado.

Tal vez por eso el problema cubano no sea únicamente político ni económico. Tal vez Cuba sea, ante todo, un país hechizado, un embrujo que recuerda al Macondo de Gabriel García Márquez, donde realidad y leyenda conviven, pero administrado aquí por la maquinaria del Estado.


Habitar la imaginación con el terror

Hay dictaduras sostenidas por la fuerza, otras por la prosperidad o el terror abierto. La cubana descubrió un soporte más sofisticado: la capacidad de habitar la imaginación de sus ciudadanos. No solo gobierna instituciones y policía; gobierna símbolos, reflejos morales, lenguajes heredados y emociones colectivas.

El hechizo comienza cuando una sociedad deja de distinguir entre sobrevivir y resistir. Desde muy temprano, el poder entendió que las autocracias modernas necesitan convertir el miedo en sentido histórico. «Resistir es vencer» se volvió consigna y consagración.

Toda crisis encontró siempre a un enemigo externo: Estados Unidos y, genéricamente, las democracias liberales. Toda escasez fue reinterpretada como prueba de dignidad patriótica. Toda crítica pudo mostrarse como traición. Así, el conflicto permanente dejó de ser un episodio histórico y se convirtió en forma de existencia nacional.

No se trata solo de propaganda; la propaganda se desgasta. Los hechizos sobreviven de otra manera: penetran la memoria, alteran la percepción y confunden sufrimiento con virtud. Como insiste Octavio Paz, la culpa puede funcionar como forma de control: obliga a autoinculparse para pertenecer –véase El laberinto de la soledad, 1950 y Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, 1982. Con ese material de construcción, generaciones completas aprendieron a leer la precariedad como resistencia moral y la obediencia como responsabilidad histórica.

Por eso la pobreza cubana posee una dimensión distinta: no solo fue administrada como instrumento de control social, fue moralizada y entendida como destino identitario defendido por Cintio Vitier en Ese sol del mundo moral (1975). Se enseñó a desconfiar de la prosperidad individual, de la normalidad democrática y de la pertenencia de Cuba al hemisferio occidental. Prosperidad, democracia y cultura occidental fueron convertidas en formas inferiores de existencia. El ciudadano no alcanzó la soberanía que buscaba; de hecho, se convirtió en mera pieza sentimental de una épica entendida por el régimen como perdurable.


Las grietas del hechizo

Ningún encantamiento es eterno. Comienza a resquebrajarse cuando la realidad ya no sostiene la narrativa. Algo de eso ocurre hoy. Los tanques aún desfilan y las consignas sobreviven, pero la densidad emocional ha cambiado. Quien creció con apagones y colas interminables, pero sobre todo con internet —la generación que salió a las calles el 11 de julio de 2021— ha visto demasiado deterioro para confundir sacrificio con grandeza.

Escenas recientes lo revelan. En una entrevista concedida en 2026, Miguel Díaz‑Canel reconoció sin ambages que «en caso de invasión, el que morirá es el pueblo», palabras que evidencian la crudeza de los funcionarios cubanos y la insalvable fractura entre la élite dirigente y el pueblo. Cuando Mariela Castro declaró que esperaban a Estados Unidos mientras los viejos tanques reaparecían en La Habana, la imagen buscaba reactivar la vieja plaza sitiada. Logró lo contrario: mostró la defensa desesperada de un linaje político que intenta perpetuarse bajo símbolos envejecidos. La liturgia revolucionaria ya no invoca al colectivo sino a la dinastía. El problema cubano contemporáneo es, también, el agotamiento de una imaginación histórica.

Incluso algunos intelectuales que todavía se presentan como marxistas han comenzado a lanzar encuestas en Facebook promovidas desde la propia Isla sobre si en el futuro Cuba debería permitir o no la existencia del Partido Comunista. Como creyentes leales y radicales minimizan el historial represivo del PCC. Las respuestas desde Cuba, sin embargo, muestran una fractura creciente; fuera de Cuba la respuesta es prácticamente unánime: no se quiere al PCC, aunque no se excluye la izquierda. El solo hecho de que la pregunta circule en la esfera pública —impensable hace diez años— revela la pérdida de consenso simbólico que el partido consideraba indiscutible.


Despertar del hechizo

Superar esta crisis exige algo más difícil que un cambio de gobierno: exige educar y construir la ciudadanía. Significa abandonar la lógica de la plaza sitiada y entrar, quizá por primera vez en muchas generaciones, en la normalidad de la soberanía ciudadana: instituciones reales, pluralidad política, límites al poder, descentralización de este, responsabilidad civil, derechos individuales y un futuro sin épica militar permanente.

El final del hechizo comienza cuando el ciudadano deja de verse como soldado histórico y comienza a saberse ciudadano soberano. Entonces, tal vez, los tanques oxidados quedarán definitivamente en los museos y una farola —por pequeña que sea— iluminará un barrio que ya imagina otro amanecer.


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