11.29.2010

Lezama Lima novelado: Amir Valle

Los desnudos de Dios o La piel y los desnudos 
(novela, fragmento)

A modo de explicación de este capítulo
La novela a la que pertenece este fragmento, que de muchos modos puede catalogarse de “erótica”, gira en torno a la búsqueda de un manuscrito antiguo, supuestamente de origen maya. Lo único que queda claro es que se trata de una especie de manual “casi feminista”, de consejos eróticos para la mujer, que se trasmitía de modo oral entre un grupo de sacerdotisas mayas y que fue llevado a la escritura por un sacerdote jesuita en México. También se sabe que Henry Miller, gracias a un monje amigo, lo encontró en un monasterio en las montañas cercanas al pueblo de Orcera, en Jaén, España.
Aún cuando los capítulos de esta novela, obviamente, han tenido que ficcionarse para conformar el cuerpo de la historia, es necesario aclarar lo siguiente: que existen menciones a ese manuscrito en conversaciones, cartas y entrevistas a Henry Miller, Anäis Nin y Julio Cortázar, que Henry Miller, conociendo el vicio de Anäis Nin de coleccionar textos eróticos, le regaló el manuscrito, que el manuscrito fue robado por una sirvienta de casa de Anäis Nin en París, que Anäis Nin, según lo dicho por ella misma, ayudada por Julio Cortázar, logró recuperarlo y lo envío a Cuba como regalo a una amante de su padre, que Julio Cortázar le hizo saber de su existencia, en presencia de Alejo Carpentier, a José Lezama Lima, asegurándole que podía estar aún en Cuba,  y que Lezama dedicó un tiempo a buscar esos papeles.
Esa es la historia que cuenta esta novela, que obtuvo el Premio de Novela Erótica La Llama Doble 2002, en Cuba y fue publicada en el año 2004, por Letras Cubanas y en el 2006 por Edition Köln, en Alemania.
¿Dónde quedó finalmente el manuscrito? Es una incógnita. Yo he llegado a pensar que, tal vez, fue uno de esos cientos de documentos que fueron robados de la casa de Lezama Lima en La Habana luego de su muerte.
He seleccionado para este homenaje que ha propuesto Rita Martín uno de los capítulos protagonizados por Lezama.

El Edén, un jardín, las voces y los ecos...

Durante varios años ha ido recopilando recortes, ha copiado fragmentos de libros antiquísimos, traducido incluso textos provenientes de culturas ancestrales, donde encontraba otras aristas, desconocidas en su mayoría, de esa erótica universal de la que hablaban algunos viejos códices arameos, a los cuales llegó gracias a la traducción hecha por los colonizadores, ingleses o franceses, daba igual, pues en cualquiera de los dos casos, tenía que entresacar la esencia real del hallazgo entre la hojarasca de un texto donde predominaba la visión del vencedor, mirando al vencido como se mira a un salvaje: con el menosprecio de la superioridad. “¡Cuánta historia se ha perdido en tu nombre, poder!”, se dijo, casi masticando las palabras. 
Y ahora el buenazo de Julio, el Gran Cronopio, se aparecía con aquella historia: un manuscrito que no podía estar en ningún otro sitio, sino allí, entre aquellos recortes, en un espacio privilegiado de su biblioteca en la calle Trocadero, ocupando el trono que le correspondía, brillando con la luz propia de los escritos antiguos, puros, originales, gracias al respeto que sintieron los sacerdotes jesuitas cuando lo encontraron y decidieron conservarlo por alguna ignota razón, si es que verdaderamente recogía toda esa locura épica que Cortázar le había contado.
Tenía que hallarlo. Un texto de tal naturaleza sólo podía encontrarse en manos de gente experta, so pena de que el sadismo sexista, el individualismo lésbico y la liberalidad feminista que guardaban aquellas historias (esos habían sido los calificativos exactos dados al manuscrito por el Gran Julio), desencadenara cosas horrendas similares a las encontradas por el inventor de los cronopios en las tinieblas marginales de ese París otro que nada tenía que ver con las postales, ni la encandilada prestancia histórica de la Ciudad Luz. ¿O es que Cortázar exageraba, o lanzaba algunas de las cronopiadas suyas, o se había vuelto conservador y temeroso bajo el asedio de la edad y de ese bicho que, según él mismo decía, le iba comiendo las fuerzas con sus garritas de animal rabioso prendido a su sangre?
Si Anäis Nin no había soltado otra más de sus acostumbradas mentiras para tapar algunas de las locuras escandalosas a las que ya la gente se había acostumbrado de tanto conocerla, y el manuscrito había entrado a Cuba, podía estar solamente en cuatro lugares, bien ubicados por cierto, pues él dudaba que aquellos coleccionistas de nombres ilustres: Gastón, Feijóo, Florentino y Segundo, no se hubieran enterado de que tal joyita podría conseguirse, seguro que a un precio muy barato, en la casa de la tal Tulita, una cantante de cabaret quizás bien conocida por ellos, aunque él ni siquiera recordaba un nombre parecido.
Podía descartar al primero, sin pensarlo mucho. Apasionado coleccionista de manuscritos, Gastón Baquero, además de ser un poeta “de pluma alta y encumbrada inventiva”, pues así solía llamarle antes de que decidiera irse a España poco después del triunfo de Fidel, se había granjeado la fama de poseer un envidiable y muy secreto catálogo de rarezas bibliográficas, firmadas por sus autores, cartas entre escritores que no vacilaba en comprar gastando sus dineros bien ganados como periodista en el Diario de la Marina, y hasta folios sueltos, o pedazos de ellos, robados de los archivos de algunas estrellas de las letras en Cuba. Allí mismo, en aquel cuarto de estudio donde Lezama había comenzado su colección de joyas eróticas, recuerda que lo vio jactarse de que poseía una página del manuscrito original del poema Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa, el primer monumento literario conocido de las letras cubanas, escrito entre el 1606 y el 1608, y que había rescatado de la destrucción total en la Sociedad Económica de Amigos del País, “donde lo tenían escondido, José, diciéndole a la gente que se había destruido a finales del siglo pasado. Quién sabe qué han hecho con el resto de las páginas”.
Tal vez podía echar a un lado también a Feijóo, pues Samuel seguía concentrado en recoger las tradiciones de los campesinos en la zona central del país y ello, de algún modo, ponía un coto a sus búsquedas. Y de Florentino Morales, ni hablar, siempre concentrado en la europea ciudad de Cienfuegos, donde se pavoneaba de una suerte de mito en la tarea de localizar manuscritos de autores cubanos de los siglos pasados, tirando en cara de otros coleccionistas menores la posesión de dos diarios imprescindibles para las letras cubanas y la historia, de los cuales no había querido desprenderse temiendo que “el pésimo cuidado de conservación de nuestros museos me joda la conquista y se lleve a la mierda tantos años de trabajo”, decía, y mostraba con mucha cautela y un celo exquisito al pasar las páginas, uno de los diarios íntimos de Julián del Casal y el libro de apuntes perteneciente al escribano del Capitán General Valeriano Weyler, muerto de fiebre amarilla en un viaje a Cienfuegos y enterrado en la necrópolis de Reina, en esa ciudad, suceso que permitió que un pariente lejano de Florentino, amante también de las letras, se apoderara de aquella libreta sin decir nada a ninguno de sus colegas de armas.
Si Segundo Curti Messina no sabía nada del manuscrito, tendría que convertirse en un Arsenio Lupin habanero para encontrarlo. Odiaba a Holmes, harto de su estupidez y su banalidad autosuficiente, y creía un crimen de lesa literatura haberle dado el papel protagónico a un excéntrico de tal calaña, alguien a quien consideraba un minusválido del pensamiento, salvado por el simple hecho de que Doyle colocó a su lado a un ser absolutamente más idiotizado, cuasi mongoloide: el gordo Watson, a quien, por cierto, se parecía mucho uno de los sirvientes que deambulaban por la casona del senador Curti Messina, cuando todavía Fidel andaba en la Sierra enredándole la papeleta a ese grupo de cabroncitos que habían convertido a Cuba en un burdel de la peor alcurnia.
Era un viejo amigo de su madre y gracias a su especialidad: coleccionista de libros viejos, básicamente en sus ediciones príncipes, y cazador de manuscritos históricos que dieran una visión de la Historia distinta a la de los vencedores, Lezama había logrado llegar hasta pistas impensadas, pues el viejo Segundo, perteneciente a la alta aristocracia cubana, fundador del detestado Partido Auténtico, pudo gastarse sus buenos dineros en comprar un rosario de verdaderas piedras preciosas en el mundo de la literatura y la historia, vanagloriándose de poseer, entre otros, una edición de las Obras de Garcilazo de la Vega con anotaciones, editada en 1580, en Sevilla; y los daguerrotipos originales tomados a José Martí cuando lo sacaron del sitio donde lo enterraron en Dos Ríos, cerca del lugar donde cayó, antes de trasladarlo a la Necrópolis de Santiago de Cuba, que mostraban ya a un Martí con la cuenca de los ojos vacías y sin labios. Él mismo había visto aquellas fotografías, publicadas en la época en algunos de los diarios que anunciaron su caída en combate, y recuerda la molesta sensación de ver a uno de sus ídolos podrido como una bestia cualquiera que Segundo, evidentemente, descubrió, porque escuchó su voz recordándole que “ante la muerte todos somos iguales, José, incluso genios como Martí llegan a lo mismo. La carne al polvo y el polvo al polvo, no lo olvides”.
— Alguien vino a venderme hace unos años ese manuscrito — dijo Segundo, las piernas cruzadas, fumando de su pipa, sentado en una enorme butaca de forro estampado en flores.
No se lo había comprado, “aunque sentí deseos, no creas”, porque la mujer no supo explicar de dónde lo había sacado.
— No tuve que preguntar por qué lo vendía — siguió diciendo —. Era obvio. Sólo de mirar sus vestidos y el hambre que se le salía por los ojos, adivinabas la razón de aquella venta.
Pero se había deshecho en un mar de incoherencias, en una historia que ni siquiera recuerda de tan absurda, donde parientes de México le enviaban el manuscrito, o algo parecido, totalmente descabellado. Llegó a pensar que ella había robado aquel legajo y sintió temor de verse enredado en algún escándalo.
— Odio los escándalos — explicó —. Además, los tiempos que corrían no eran buenos, había que pensar bien los pasos.
Y aunque había podido hojear el manuscrito, y tuvo “esa sensación de cuando te enfrentas a una obra humana inmensa, de valor incalculable”, decidió ayudar a la mujer con un poco de dinero, pidiéndole de favor que no insistiera con la venta: no le interesaban aquellos papeles.
— Claro... — dijo, arrugando la frente y levantando inconscientemente la nariz en un gesto típico suyo cuando estaba pensando —, ahora que mencionas ese nombre... sí, puede ser. Su cara me resultó familiar.
Por el protocolo de su cargo, y también por sus preferencias hacia el mundo de la zarzuela y la ópera, frecuentaba mucho algunos teatros de La Habana donde se ofrecían aquellos espectáculos, pero la cara de la mujer no tenía nada que ver con esos lugares. Creía recordarla de algún lugar más bajo, pero no podía precisar dónde.
— Si te acuerdas, me avisas — pidió Lezama y se puso de pie para marcharse —. Hasta pesadillas tengo con ese manuscrito. Es lo único que me falta para completar una colección. Va a ser un escándalo.
Cuando salió a la calle, La Habana ardía bajo el tórrido sol de un verano seco, polvoriento, que parecía evaporar la vida hasta en los ojos de quienes se cruzaban en su camino, convirtiéndolos en un remedo triste de apagados zombies caribeños. “Recto hasta casita”, pensó, y enfiló sus pasos hacia el apartamento de Padrón, a un par de cuadras, cazando la sombra de los escasos árboles en aquella parte de la ciudad. A esa hora, el gallego estaría preparando su máquina de alquiler para ir a trabajar a la piquera del hotel Inglaterra, desde donde podría ir caminando hasta Trocadero, sin padecer demasiado aquellos calores, aún más molestos para él y su gordura.
Sí, sería un escándalo. Si alguna vez decidía publicar las cosas que había ido recolectando año tras año, la pacatería de una sociedad como la cubana se viraría en su contra, acusándolo de pornógrafo, de pervertido, pues muy pocos en aquella isla estaban preparados, al menos eso creía, para soportar en letra impresa, por ejemplo, un pequeño fragmento del Cacicazgo del ojo burlón, perfecta pieza de la picaresca española escrita en Perú por algún conquistador amante del fisgoneo erótico. La primera noticia de aquel manuscrito le llegó de la misma fuente que años después le enviaría una reproducción mecanuscrita de las páginas salvadas de ese librillo: unas cuarenta hojas, copiadas por ambas caras, a un solo espacio, donde el soldado español contaba las peripecias y los engaños que debió hacer ante sus superiores para que le cambiaran el rudo servicio en el ejército por la custodia de unas bellas princesas indígenas y su servidumbre, jóvenes capturadas en tribus cercanas y hasta en asaltos a barcos que recalaban en la costa, obligadas todas a mantener en forma a los jefes de la expedición de conquista a las tierras de los incas. El pillo, destinado a evitar que escaparan, las fisgoneaba desde la floresta, escondido (“y seguro masturbándose”, piensa), mientras se bañaban durante las tardes calurosas en alguno de los ríos que formaban lagunas tranquilas, cercanas a la edificación que les servía de encierro, empecinados sus ojos en la belleza distinta de una muchacha no morena como el resto, pues las había indias y muy negras la mayoría, quizás una de esas niñas raptadas de algún barco europeo atracado en busca de provisiones. El mismísimo José María Arguedas logró localizar el manuscrito gracias a un amigo en las costas de Perú, le escribió acerca de aquel hallazgo, ordenó mecacopiarlo, y aprovechó la visita a La Habana de ese amigo, un profesor de la Universidad de San Marcos, para enviarle la copia. 

2 comments:

dovalpage said...

Super bueno!! ¡¡Ya quiero leer la novela completa!!

Rita Martin said...

No dejes de preguntarle a él cómo cobtener la novela. Fue publicada por Letras Cubanas hace años, de seguro Amir te puede dar un norte. Abrazos.

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