12.01.2010

LEZAMA LIMA EN POESÍA: COLOQUIO DE SOMBRAS POR JOSÉ TRIANA


A José Lezama Lima 
in memoriam

Cuando un poeta abandona su cuerpo
se suceden de pronto los más claros
signos del cataclismo: algunas llaves
desaparecen de los monederos
y se quedan exangües las calandrias;
uno presiente en el segundo cuarto
una forma inconclusa que se oculta
detrás de los armarios y los espejos;
uno ve que el amigo indiferente,
el que besaba el marco de la puerta,
trae los candelabros del delirio;
y aquel viejo poeta, el preferido,

lo asiste y lo acompaña, vete, déjalo,
quédate con el júbilo de tu
guadaña, no es el tiempo todavía;
y el que nadie conoce, con qué furia
lo invita a los deleites del paseo;
y la tarde se llena de tinieblas
y la mañana de altas risotadas,
y la amable criada reconoce
que el llavín de casa se hace polvo
como un símbolo de azogue irradiante,
y su casa, la casa del poeta,
que ensombrece el oficio del bufón,
es el jardín del mundo, eternamente.

Uno quisiera ser entonces nadie,
despojarse de todos los anillos,
tocar la espuma sucia de los barcos
y encontrarse unos espejuelos, unos
labios enamorados que rehúsen
los dardos del pensamiento del miedo.

Uno quisiera ser, uno quisiera
correr por las azoteas, arrasando
los hospitales negros, los hoteles
extraviados en un mapa seráfico,
ir por los claustros de cal cegadora,
atormentado, críptico, sin rostro,
casi energúmeno, casi entre nubes.

Uno quisiera ser entonces río
levísimo, muñeco de azafrán,
un alguien que se cubre de ceniza
y luego se transforma en un canguro,
un obsequio de luz, una butaca
que entra en las candilejas destrozadas,
como el preludio fatal, la pesadilla,
el inefable zarpazo del amor,
los baúles perdidos en el circo,
la serenidad de la primavera
y el pavoroso grito de un fantasma,
rememorando a golpes la liturgia.

Cuando un poeta abandona su cuerpo
vemos la casa fiel de la amistad
en el vacío, unas piernas solemnes
batuqueadas a la intemperie, rachas,
el brillo de algún chiste o el perfume
nostálgico del té, y el ruiseñor
está cantando, qué no dice, Dios
mío, la jarra de aluminio sola
y esta uña raspando y este frío,
adentro, como un peso, una guitarra
allá, la enorme lejanía abruma
y después del horror la claridad.

Ahora nos queda sólo el fresco bosque
de su amor por la música,
su elocuencia integrando contrapuntos,
contrapuntos de voces favoritas
o favoritos círculos de asombro
que borran los trajines de la nada.

Ahora nos queda sólo como un bálsamo
de yerbas olorosas, su ternura
a flor de piel; su sencilla elegancia
cuando entraba a la mesa y recreaba
las finas porcelanas japonesas
del guerrero iracundo y el dragón,
pues la reina decía un silogismo
y el silogismo infería en sordina
la llegada de las tropas austriacas
a un puente inexplicable, a un puente raro
en que la vida y la muerte entrelazadas
planeaban misteriosas jugarretas;
o la historia del ojo de la niebla
rebozando de arena los palacios
y las tumbas remotas del egipcio,
si el príncipe de turno demolía
las torres bizantinas y en las ruinas
Teodosio proclamaba una sentencia,
raptando a aquella esclava taciturna
que leía el oráculo de Delfos.

La oscuridad pasaba por su cuarto,
le hablaba y repetía su destino
de pirámide azteca y puntal gótico,
en un acto de gloria irrepetible,
por Cauthémoc y Vasco de Porcayo,
hermanando los días vegetales,
mientras Casal recita graves arias
junto al ahorcado y al cangrejo sordo
y amenaza una muerte que no es muerte.

Ahora nos queda sólo su belleza,
sus venturas criollas, el encuentro
de la anchurosa imagen develada
a tardos manotazos. Los alegres
pasillos del poema testifican
las torturas del asma y el gran caos.

Y nadie se aproxima al repetirse
en una fatigosa sinfonía
el ataque nocturno, Dios, qué pena,
sostente firme, el agua se derrama
por las sábanas grises del insomnio,
yo estoy en vela, siempre en vela,
cuidando el ritmo de su respiración,
y la noche se vuelve un areito
de latosos silbidos y silencios,
una fauna abisal, una cadena
de ronquidos, de cuerdas monocordes;
y a los cuadros de Amelia y de Mariano
le tributa programas exaltados,
Portocarrero aviva sus visiones,
no te vayas tan pronto, tan temprano,
por las calles del Cerro las cucañas
percibe divertidas y cordiales,
un torrente creciente de blancura
otoñal, de blancura intransferible,
ascendiendo y bañando la cintura
de la ciudad rodeada por el sueño,
en sazón y dulce como una piña
o la suave tajada del melón
que suponen locuras de grandeza
y el regocijo de la eternidad.

Ahora nos queda sólo su nostalgia
de viajes coloquiales por Florencia
bajo el sol terracota y exultante,
y adivina la lírica presencia
del David que se mueve, o del divino
frailuco los angelotes con alas
-alas tal vez pesadas para el cielo,
jamás inmateriales, demasiado
las mismas, demasiado extravagantes-,
que destruyen la clásica destreza,
la hermosura del reino de Leonardo;
o el diálogo descrito como a punta
de espadas, porque Oppiano Licario anda
estremecido, elucubrando una cláusula
nefasta; Nápoles, París, Toledo,
en unos ayes caen, peregrinas
como evaporaciones de recuerdos
o recuerdos que enturbian los recuerdos.

Yo volveré algún día, y nunca estuvo
o estuvo en el temblor de lo invisible,
que es un estar presente más audaz,
mucho más peligroso y verdadero
que recorrer la plaza en el tumulto,
desconociendo el dédalo del sueño.

No estamos solos, no; intacto vive
en el verbo como un niño maldito,
como el sonido agudo de una flauta
que reparte el fervor del caracol.
La perfección acuna los jazmines,
el enigma furioso de sus sueños
rozando una incendiada mascarilla.
Agosto, 1976


2 comments:

Anonymous said...

Cuando era muy jovencito, y hacia de monaguillo del Padre Gaztelu, conocí a Pepe Trina y a su esposa Chantal en una misa dedicada a Lezama, donde estaban entre otras personas, mi amiga de Holguín, Maria Luisa Bautista, a quienes sus más íntimos llamamos Cachita. Pepe y Chantal siempre han sido fieles a ese trato con tan incomnesurable intelectual. Felicidades, Rita. Alberto Lauro

Teresa Dovalpage said...

No hay como los poetas para hablar de otros poetas y de la poesía. Qué belleza.

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