3.04.2011

RAFAEL CARRALERO: Morando al corazón del Rey

Cortesía de Otro Lunes

Recientemente ha sido publicada por Innovación Editorial Lagares, la novela El corazón del Rey del escritor cubano Félix Luis Viera. Hablo de una novela de más de quinientas páginas, en las que el autor, para empezar, registra toda una época del acontecer cubano y le rinde homenaje, sensible y sincero homenaje, a su ciudad natal: Santa Clara.
Vale iniciar este acercamiento al texto justamente por lo que acabamos de referir; una obra que registra excepcionalmente toda una época, casi cincuenta años. Esto me obliga a discrepar parcialmente de los que han dicho que se trata de la Novela de la Revolución. Creo que las revoluciones propician una novelística, ha ocurrido en todos los procesos sociales de este tipo que hayamos conocido; la tuvo la Revolución Francesa, la de Octubre y la Méxicana, por mencionar las más significativas. Pero eso de la Novela de la Revolución, me parece no sólo arriesgado, también innecesario y poco probable.
El Corazón del Rey es parte de la novelística de la Revolución cubana y más que una novela de la Revolución, yo diría que es la Novela de la Época, así con mayúscula, porque no recuerdo ningún texto literario cubano de este último medio siglo que recoja con tal vastedad y profusión de elementos, el acontecer cotidiano de la Isla. Tampoco creo necesario calificarla a partir de visiones ideológicas, la novela es en sí misma lo que es, con independencia de la posición e intenciones de quienes la juzguen. No es una novela de la Revolución desde la óptica de quienes cuestionan el proceso cubano, ni es un texto que puedan ignorar quienes le defienden. Vuelvo a afirmar que es la novela de la época, del período revolucionario, posrevolucionario, ambos incluidos, o como se le quiera llamar a estos cincuenta años. No hay que olvidar que el tiempo real de esta obra va de 1963 a 1968, pero su aliento histórico, su referencia alude a un proceso que se extiende desde 1959 a la fecha.
Tampoco creo posible analizar esta novela desde un punto de vista convencional, sería absurdo, o cuando menos forzado, intentar, por ejemplo, hablar de un tema. Tiene esta obra un gran asunto, digamos que las peripecias, contradicciones y enfrentamientos de la sociedad en una ciudad de provincia en el período posterior al triunfo de la revolución de mil novecientos cincuenta y nueve. En ese gran asunto pueden verse acercamientos más o menos a ciertos temas conocidos como temas universales, en el entendido de que se mueven valores universales o eternamente humanos, como el amor, la amistad, la muerte, etc. Sin embargo, en el caso de que busquemos un tema por su presencia a lo largo de la novela, observado en casi todas las circunstancias humanas abordadas por el autor, tendríamos que decir que el tema fundamental de esta novela es la frustración, que conlleva, como casi siempre, nostalgia, desgarramiento y decadencia.
Sin pretender entrar al terreno de la filosofía, creo que las situaciones humanas son a veces más complejas y trascendentes que el propio humano en su individualidad. Félix Luis ha sabido crear o recrear en esta novela situaciones humanas de tal complejidad y riqueza que trascienden las particularidades. Esa frustración que desborda el plano de lo concreto individual se extiende, se universaliza, se torna desgaste del individuo y, en consecuencia de una sociedad que parece estancada, como hundida en un absurdo que la va devorando. Esta realidad, este panorama sombrío va propiciando la peor de las enajenaciones, porque siempre será más llevadero, menos frustrante, caer de tus propios pies que descender de las alturas. Quiero decir con esto, que ese plano de la frustración que narra y describe el autor con peculiar maestría, es más doloroso, porque fue el resultado de una revolución que levantó las expectativas de todo un pueblo, porque tuvo un origen grandioso, de esperanzas y sueños.
El Corazón del Rey no es una novela política como algunos preferirán encasillarla. La política es trasfondo, está ineludiblemente vinculada con las historias colectivas e individuales, porque en Cuba, por diversas razones; digamos que por la naturaleza ideológica del sistema, por el enfrentamiento a un injusto embargo económico, que significó también enfrentamiento político y hasta militar con la vecina potencia imperial y porque se impuso como mecanismo de inclusión social, la política, el discurso político más bien, se estableció como imperativo. Sin embargo, no es ésta una obra esencialmente política, no subordina jamás el autor el discurso o la intención política al hecho estético, al literario propiamente dicho. Ocurre que Viera atrapa exquisitamente el lenguaje y la sicología popular, como ya había demostrado en obras anteriores. Atrapa también y recrea con notable altura la sabiduría del hombre común. No le interesan a Viera los héroes excepcionales, por el contrario, busca al personaje sencillo, a ese que vive hundido a veces en la más rigurosa y hostil cotidianidad. En este caso los personajes principales son en cierta manera antihéroes, se mueven prácticamente en la marginación, que no es lo mismo que marginalidad: lumpen, prostitutas, vagos, jugadores, borrachos, homosexuales; todos ellos son figuras insertas de cierta manera en una sociedad que emprende un rumbo que le es adverso por su naturaleza misma, no son los marginales que podemos ver en otras sociedades, su marginación se da en la diferencia, una diferencia que le búsqueda de uniformidad ideológica y social no podía tolerar. Dicho de otra manera, no son precisamente marginales porque se muevan en el submundo, se trata de marginados, porque no responden al patrón de revolucionario que el sistema propone y de alguna manera impone. Nada tienen que ver con el hombre nuevo que enarboló la consigna de la época; son el “hombre viejo”, el que opera con paradigmas anteriores o al menos, distantes del socialista que esa consigna pretende universalizar dentro de esa sociedad uniforme. Incluso los revolucionarios, los que están incorporados al proceso resultan imperfectos, porque dudan, porque se quejan o admiten la duda y la queja.
Robertón Pérez y la Samaritana y el propio narrador son la más alta expresión de esos seres desfasados, incongruentes con el entorno político, pero grandes, acertados, convincentes personajes que se alejan de toda concepción maniquea. Profundamente humanos, dramáticos en sus luchas internas y sus enfrentamientos con una sociedad donde no caben, pero literariamente enormes, dramáticos sin melodrama, duros en su cosmovisión, en su ubicación personal. Ni siquiera la Samaritana con su naturaleza ambivalente; masculina y femenina, al mismo tiempo, ni siquiera él, cae en plano del melodrama. “De tranca”, diría el propio autor usando una de sus expresiones admirativas más socorridas, porque no es fácil para un escritor concebir a un personaje tan distante de sus preferencias y su sicología, y dotarlo de cualidades y detalles humanos que lo hacen querible y respetable.
Félix creó un narrador espectacular, capaz de ser juez y parte, testigo y protagonista de una historia que se extiende a lo largo de quinientas quince páginas. Un solo punto de vista, aparentemente, un solo narrador en primera persona, pero aparente he dicho, en realidad este personaje narrador que no tiene nombre o que tiene cualquier apelativo: Es Campeón u otra cosa si el interlocutor es Robertón Pérez; Machi, Michi, mi Chichi si es la Samaritana quien le nombra. Narrador y personaje que se desdobla, que es testigo y actuante en cada caso, que lo ve y lo sabe todo, por lo que adquiere rasgo de omnisciente sin serlo. De hecho se convierte en una especie de conciencia crítica, un eje conductor que en ese desdoblamiento señalado consigue narrarse a sí mismo, como si se mirara en el espejo; logra focalizar determinadas situaciones como si se tratara de una tercera persona. Una voz narrativa conducida como sólo puede hacerlo un escritor que ha alcanzado la maestría y agudeza que caracterizan a Félix Luis Viera, quien además de contar con un talento probado, ha dedicado su vida a perfeccionar el lenguaje y las técnicas de la narración.
Sólo estas cualidades permitieron concebir un personaje- narrador que cuenta una historia en más de quinientas páginas sin agobiar al lector. El hecho de que ese narrador lograse autocaracterizarse de la manera que se da en esta novela, es un fenómeno que merece un estudio particular.
Probablemente uno de los retos más complejos y significativos para un escritor es el diseño de los personajes. No es cosa simple dotarlos de sicología y comportamiento, evadir los antagonismos que no sean propios de su caracterización. Visto de otro modo, el personaje tiene que ser convincente y tener la autonomía suficiente. Sólo es un buen personaje aquel que es capaz de ser una referencia más allá de la obra misma donde se le da vida. Hablamos, desde luego, de esa autonomía que propicia una relación comunicativa con el lector al punto de quedarse en el recuerdo como referente permanente. Félix Luis Viera nos ha dejado en su obra una serie de personajes memorables, presentes en el recuerdo por lo que hacen y dicen, por su ubicación en determinados contextos y por lo cercano a nuestras propia expectativas. Robertón Pérez es uno de ellos, lo es la Samaritana. Vale este ejemplo de lo que estamos afirmando, porque podemos estar en la acera opuesta a las características del personaje, que pueden ser cualquiera de los antes mencionados, pero llegamos a quererlo, respetarlo y solidarizarnos con él frecuentemente. En cierto momento el personaje-narrador reprende a la Samaritana, lo califica (yegua, le dice), y uno llega a sentir no sólo compasión, sufre la agresión como propia, a pesar de que ya contamos con la información necesaria para saber que la reprimenda se debe a los excesos melosos de la Samarita, porque hay una amistad profunda entre ellos.
He dicho que El Corazón del Rey no es una novela política, pero sí es una obra de profundo aliento social. Cuestiona, denuncia, critica y sobre todo hace interrogaciones constantes, que probablemente sean los más agudos cuestionamientos. No podía ser de otro modo, porque parte de la vivencia de un pueblo durante una época donde justamente abundan los cuestionamientos, las interrogantes y los desafíos. Hay en todo eso un sabor amargo, un tono de frustración y nostalgia, no de agresividad ni de crítica panfletaria.
En un pasaje memorable donde un personaje intenta defender lo indefendible, como perseguir y agredir a quienes escuchan a Los Bealtles, cosa que efectivamente ocurrió en la sociedad cubana de los años sesenta, uno puede encontrar cuestionamientos como el que veremos aquí:
            ¿Qué daño podrían hacerle Los Beatles a las fibras patrióticas de alguien? ¿Cómo será posible que algunos hombres estén dispuestos a golpear a otros por semejante razón? ,que, además de no ser razón, no ha picado en sus sentimientos individuales ¿ Cómo será posible que en nombre del poder y amparado por éste, unos hombres goleen a otros? ¿No es éste el caldo de cultivo para fabricar cobardes? ¿No son éstas las primicias de donde han salido los grandes movimientos de esbirros? (El C. del R. Pag. 228)
Sería una desgracia, una falta de valentía y decoro que la literatura de esta época no hablara de estas cosas, no recogiera esa experiencia amarga, que a muchos puede parecerle anécdota, pero que marcó generaciones y sigue presente en el recuerdo de quienes vivieron esa y otras experiencia parecidas.
Estoy entre los que creemos que las revoluciones son necesarias, pero admitir, a tono con el discurso político interesado, que estas cosas, es decir, que la violencia es insoslayable y que toda acción que provenga de las mayorías contra las minorías se justifica, me parece la más innoble manera de ir contra ellas. Una revolución no puede defenderse atropellando lo que habría de ser esencial a su naturaleza, es decir, la defensa del hombre y sus derechos. El criterio de masa contra individualidad ha sido el defecto más común de las revoluciones conocidas hasta ahora. La Revolución Cubana no es ajena a este” pecado original”, el episodio de los Beatles no fue el único ni el más costoso. El caso Mariel en 1980 fue uno de ellos, aunque cándidamente muchos narradores se desentendieron, por el equivocado criterio de que con eso eran leales.
En El Corazón del Rey Viera aborda estos episodios con tristeza, a veces con rabia, pero siempre con la mesura que requiere el hecho estético. No hay panfleto, no desmesura ni crítica por la crítica. La denuncia o el reclamo se dan sin hacer concesiones literarias, sin subordinar lo estético a lo político. El enjuiciamiento es resultado del contexto histórico, nunca de una intención ideológica dominante. No hay descuidos en el lenguaje, aunque los personajes se muevan en un medio a veces de bajo nivel intelectual. Quiere esto decir que Félix caracteriza con rigor, no mimetiza, no intenta hacer dejaciones estética en función de determinados giros o expresiones que puedan verse coherentes con el medio.
Es esta una novela de magnitudes, consagratoria desde mi punto de vista. Una novela que honraría a cualquier casa editorial, a las más grandes del planeta, aunque ya sabemos que muchas de ellas no la publicarían por dos razones fundamentales, equivocadas e injustas las dos. Por una lado porque el criterio mercantil se ha impuesto y una novela de quinientas quince cuartillas es “un riesgo demasiado grande”; por otra parte, porque ahora de pronto, el tema cubano se ha vuelto tabú.
Sin embargo, El Corazón del Rey es una novela memorable, de las que tienen un lugar asegurado en la historia, con independencia al modo en que comercialmente se asuma. Más allá de posibles silencio de la crítica y de los intencionados cuestionamientos que surgirán ineludiblemente por la contundencia de sus verdades.

2 comments:

Raúl Ortega Alfonso said...

El corazón del Rey, pésele a quien le pese, se convertirá en un novela de culto, como lo es también Con tu vestido Blanco. Yo tuve el privilegio de escuchar los elogios del escritor Carlos Victoria cuando leyó esta monumental novela. Las aguas tomarán su nivel. Féliz Luis Viera nos ha entregado una vez más, un obra maestra, y su personaje principal, Robertón Pérez, quedará en la historia de la literatura. Raúl Ortega.

Rita Martin said...
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