3.11.2014

JOSÉ LORENZO FUENTES: GARCÍA MÁRQUEZ Y YO, OTRO CUMPLEAÑOS (CRÓNICA)

Foto: Lida Rodríguez
Durante las numerosas ocasiones en que pude conversar en La Habana con Gabriel García Márquez, siempre se dio por hecho que él y yo habíamos nacido el mismo día, mes y año. Confieso que  no consigo recordar a cuál de los dos se le ocurrió mencionar por primera vez la providencial coincidencia, pero desde ese momento, sin el menor reparo, aceptamos como un hecho irrebatible que ambos conseguimos abandonar el claustro materno, horas más u horas menos, el 31 de marzo de 1928. Pero ahora, el sólido edificio de esa versión se vino abajo, pulverizado por la cobertura de prensa que a nivel internacional rastreaba, como un perro agradecido, cada instante que mereciera ser reseñado —y cuál no lo sería— en la vida de quien había logrado, gracias al esplendor de su escritura, calzarse el Premio Nobel de Literatura. En efecto, en todos los medios, recién acaba de aparecer una foto de García Márquez, quien después de un largo tiempo sin dejarse ver por el público, reapareció fuera de su residencia mexicana en la Colonia El Pedregal, una zona exclusiva en la que habitan numerosos intelectuales y artistas. En la foto, Gabo aparece —traje negro, camisa azul y una flor amarilla en la solapa— con el brazo en alto saludando a un grupo de amigos, periodistas y admiradores, quienes acudieron a agasajarlo el pasado 6 de marzo, con motivo del 87 aniversario de su nacimiento. «Así que ahora Gabo es Piscis», fue lo primero que alcancé a pensar. Piscis y no Aries, como él me dijo, justo en el momento en que concluía una entrevista que me concedió en 1982 [1], en el Hotel Riviera, un par de meses antes de alcanzar el Nobel: «Yo tengo más suerte que tú porque me cambié para Tauro. Aries es el signo de la soledad». ¿En aquel momento estaba bromeando Gabo? Sin duda, pues en ningún texto de alquimia se dice que alguien puede realizar el prodigio de transmutar su signo zodiacal en otro. Para exacerbar aún más las imprecisiones, los medios de prensa que reseñaban el acontecimiento subrayaron que el agasajo lo motivaba el 87 cumpleaños del eximio escritor, un traspié aritmético de periódicos y noticieros de televisión, pensé enseguida, pues si Gabo, en efecto, había nacido en marzo de 1928 ahora solo cumplía, como yo, ochenta y seis años de edad.
Nos habíamos visto frente a frente por primera vez  en La Habana,  posiblemente a finales de 1959, cobijados por el fervor de la utopía revolucionaria, cuando él —que entonces era feliz e indocumentado[2], trabajaba en la agencia de noticias Prensa Latina y yo me desempeñaba como jefe del Departamento de Prensa del Instituto Nacional de Reforma Agraria. De entonces acá han llovido muchos acontecimientos, pero ahora que amainan los aguaceros y ambos estamos asediados por el espectro de una muerte cercana, es decir: si en lo que nos queda a los dos en el planeta no alcanzamos la inmortalidad de nuestros cuerpos físicos —y todo es posible ¿por qué no?— me apresuro a recordar nuestro último encuentro en La Habana.
Tras la notoriedad internacional que le llegó con la publicación de Cien años de soledad y ya a punto de alcanzar el Nobel, por supuesto sin perder la condición de «hombre pobre con plata» que él se adjudicaba, García Márquez no podía ser el mismo de siempre. De modo que esta vez, cuando arregló las maletas para una nueva visita a la Isla no ignoraba que al descender del avión en el aeropuerto José Martí de La Habana dejaría de ser huésped habitual del Riviera, un hotel – tal vez el más famoso del mapamundi habanero— que yo tenía casi al alcance de la mano, es decir: apenas a dos cuadras de mi residencia provisional de Línea y A, en El Vedado. Imagino  que mirando desde la ventanilla del avión la larga costa cubana, casi siempre verde, que a rachas el mar azuleaba, con simétricas parcelas de frutales, Gabo alcanzó a vislumbrar —y en ocasiones me lo dejó entrever— que la nostalgia de la habitación del Riviera nunca lo abandonaría, no solo porque allí disfrutó momentos de intensa felicidad junto a Mercedes, su mujer, sino porque también en esa habitación  tuvo la oportunidad de entablar interminables conversaciones, entre tazas de café, con los amigos cubanos que más había llegado a querer.
Recuerdo vagamente que durante aquellos tiempos, si pretendía visitarlo, me veía obligado a abordar un ómnibus, al que trepaba —no existe un vocablo más preciso— con los codos por delante, a guisa de escudos, casi atropellado, sobado, manoseado, por la voracidad de una nutrida oleada de personas que viajaban en busca de las zonas playeras de Marianao, pues García Márquez residía entonces en una de las Casas de Protocolo, la número 6, que Fidel le había asignado/regalado, «con la única condición —me explicó Gabo— de que yo me ocupara de amueblarla».
Esa última oportunidad en que nos miramos directo a los ojos, sin percatarnos de que escenificábamos una despedida, yo visité a García Márquez en compañía de mi hija, la pintora Gloria Lorenzo, que le había prometido un óleo o una acuarela con la efigie de Santa Bárbara, deidad venerada por igual entre los cristianos y los devotos del panteón lucumí, una pintura que, recalcaba Gabo, él deseaba atesorar. En una visita anterior, Gabo le contó a Gloria que él había intentado adquirir a cualquier precio  un cuadro de Santa Bárbara, de René Portocarrero, que colgaba en la pared en la residencia del eximio pintor. La escena pertenece a un momento del pasado que Gabo, dice, no consigue olvidar. Portocarrero, el gran maestro de la pintura cubana, se le encimó, lo miró a los ojos con fijeza, sin pestañear, y al final casi tartamudeó: «Lo siento, pero para sacar ese cuadro de mi casa hay que pasar sobre mi cadáver». 
—Por esodijo Gabo—, cada vez que me encuentro con un pintor, me acuerdo de la pintura de Portocarrero. ¿Tú me podrías hacer una Santa Bárbara? ¿Te animas?
Ahora, desafiando las frías ráfagas de principios de diciembre, Gloria viste un largo abrigo hasta las rodillas que le ha permitido ocultar la cartulina plegada  en la que está estampada una figura de  Santa Bárbara, a su modo, que no recuerda a la de Portocarrero, pero que además, gracias a la liviandad del pincel, es al mismo tiempo la efigie de un transculturado Changó.  Gabo se ha dado cuenta que mi hija ha cumplido la promesa y, vencido por la impaciencia, alarga su brazo hasta la cartulina plegada que, pese a la tímida turbación de Gloria, de todos modos se insinúa como si culebreara bajo las ondulaciones del abrigo.
—En cuanto llegue a México—dijo García Márquez con una sonrisa—lo colgaré en una pared privilegiada de mi casa. Lo prometo.
En la Casa de Protocolo número 6, él dedicaba la mañana a su escritura y a partir del mediodía recibía a sus amigos, a los que le concedía solo una hora de charla. Era lo estipulado. De modo que Gloria y habíamos estado acaparando su atención solo una hora: de dos a tres de la tarde. Durante las anteriores visitas, a veces yo coincidía  con algún personaje del mundo oficial, que sin poder olvidar mi condición de ex-preso político, iniciaba de inmediato maniobras de distracción que le permitía rehuir la incómoda obligación de estrechar mi mano o de verse obligado a un saludo de cortesía que, en otro instante coyuntural, sin Gabo actuando de testigo, nunca me hubiera dispensado. Pero ahora el escenario resultaba aún más embarazoso. El turno de tres a cuatro de la tarde le correspondía a un general de muchas estrellas en el uniforme, que había combatido en la Sierra Maestra junto a Fidel. El general, de cuyo nombre no quiero acordarme, permanecía de pie frente a mí, petrificado, acaso sin saber si debía avanzar o retroceder. García Márquez se sintió en la imperiosa obligación de tomar la iniciativa:
—Lorenzo no tiene carro, de modo que si tú no lo llevas a su casa de regreso, tendría que hacerlo yo y nuestra entrevista quedaría cancelada.
—No faltaba más—bramó el general— con mucho gusto mi chófer se encargará de hacerlo.
Apenas terminé de escribir esta crónica solicité la opinión de mi hija Gloria. Es frecuente que alguno de mis textos yo lo confíe a su escrutinio antes de darlo a la publicación. Gloria estuvo un largo rato, que para mí duró siglos, leyendo y releyendo no solo mi texto sino también los relatos de los reporteros que habían cubierto los festejos mexicanos en la Colonia El Pedregal.
—Cuando la prensa escrita y los noticieros de la televisión lo dicen, tiene que ser verdad—dijo Gloria con resignación—. Hasta ahora, en cada cumpleaños, hemos venido agasajándote sin haber sacado bien las cuentas. Es cierto: García Márquez y tú cumplen este año 87 y no 86.
Así que el equivocado, el del traspié aritmético era yo. ¿O tal vez yo no era culpable de nada, de ningún acto de soberbia, de ningún desbordamiento del ego, de ningún ardid de viejo verde, pues si me afanaba en busca de la triste verdad debía reconocer que desde mucho tiempo atrás estaba siendo  víctima de una treta del subconsciente, que acaso me obligaba a auto-engañarme, aferrado a la idea de ser, en cada nuevo cumpleaños, doce meses menos viejo. Era la posibilidad más aceptable. Ustedes no saben bien lo que representa un año a nuestra edad. Aunque no he hablado con él por teléfono, para confirmarlo, no se me sale de la cabeza la idea de que a estas horas García Márquez debe estar pensando lo mismo.




[1] José Lorenzo Fuentes. Entrevista a Gabriel García Márquez bajo el título de Yo tengo un  concepto obrero de la inspiración, publicada por primera vez en Periódico de Mediodía, Ecuador, l982.  
[2] Gabriel García Márquez. Cuando yo era feliz e indocumentado. Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1982.

1 comment:

dovalpage said...

¡Me encantan las memorias!! Gracias por publicar todas estas crónicas interesantes y un saludo al señor Lorenzo.

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