12.30.2015

JOSE LUIS SANTOS: CON PALABRAS QUE EL HENO AMORTIGUA

Nosotros reunimos nuestras soledades desautorizadamente,
Pero sabemos que Dios tiene una respuesta para todo.
G. Baquero

Madre ella es Mariú Caseiro y ha venido de lejos.
Qué es lejos inquiere madre
con la sonrisa aún depositada en el daguerrotipo,
sin malicia como casi toda la especie humana
no rumiante allá por los sesenta
en medio de un espectacular asunto de cohetes,
apuntando a Virgilio en su sillón.
No sé, le digo, supongo que lejos
sea alguna forma de entendimiento esquimal
para ahorrarnos el costo de verbos
de lenta digestión.

Madre y Mariú, mejilla con mejilla
en esa clase de besos que exterminó
el exceso de atención a ciclones
y otros deslices climatológicos que habrán de ocurrir
cualquiera sabe en que fecha o paraje cheroke.
Se besan ante el tocadiscos de cuando los rusos,
seres abstractos empeñados en descubrir
los transistores primero que la nostalgia.
Se besan ante el cuadro de Jesús,
crucificado para salvarnos del espectacular
asunto de cohetes apuntando a Virgilio
en su sillón.
Se besan, céltica costumbre que machetearon
los mambises para abrirse paso por entre matorrales
y trochas necesarios únicamente
al arte postmoderno.
Los alimentos se cocen con leña de bosques
que nos pertenecen menos que a Keats su ruiseñor,
lo dice el edicto con ríspido courier new.
No preguntes,
que las parejas del amor quinceañero,
las parejas del "Arráncame la vida" dicho
en extraño idiolecto solo en equinoccio entendible  
hagan su efímera jornada
imitando estructuras de apareamiento bonsái.
Que todos sigan de largo con su rock de paso
y sus monedas juntadas para lo que algún día
consentirán en llamar prosperidad.

Mariú es amiga de Félix Luis Viera, madre,
alguien que sostiene que un muro puede
agujerearse con gotas de polen.
Ah, dice como si entendiera.

Llegan mis hermanos menores oliendo
a cerveza transferida desde el subsuelo
hasta sus bocas de hombres guillotinados
por la revolución francesa,
si Francia no quedase terriblemente lejos.
Mis hermanos y Mariú, mejilla con mejilla,
queden con Lecuona y su piano mandado
a serruchar para mejor uso público.
Mariú, dice madre con palabras que el heno
amortigua desde alcurnia de yerba
en trance shakesperiano,
si te llevas a mi hijo al lugar que llaman lejos
debes saber que anda algo loco.
Se cree Plácido, se cree Zenea
y no es posible convivir con tales rangos,
tales esencias fallidas sin antes sopesar
el desaliño de una casa que para los mapas
no respira, ni aporta salutaciones al cascajo
público.

Que Dios los acompañe, dice en medio
de un invierno que dispersó acumuladas
nociones de meteorología y otros servicios patrios
empujados a subasta por costumbre aún neandertal.

Que Dios los acompañe,
repite con la certeza de que Dios tomará
en serio el ruego de una mujer fantasmagórica.
Pobre Dios que vino por ese trillo a saludarla
y embadurnó sus pies con la bosta
del peregrino semental.

Mariú y yo, cuerpo con cuerpo,
dentro de cien años parecerá espejismo
sin apenas traducción al proletario
castellano que se habla en fábricas a punto
de cerrar por no se sabe que motivo
en ríspido Braille formulado.
Y puede Octavio que en unos años menos no habrá
chopo de agua ni alto surtidor que el viento

arquea para las ganas de besar.

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