6.14.2010

ALBERTO LAURO: EL SUEÑO DE SISIFO

En los inolvidables años ochenta conocí a Alberto Lauro.  Ya por esa época Fina García Marruz le había dedicado unas palabras a su poesía, lo cual no era poco para su pasaporte poético.  A esto, el título Con la misma furia de la primavera lo marcaba, para unos, como un poeta de contenido homo-erótico, y para otros, como uno de palabra que se goza en lo antagónico.  Ahora, con una establecida (y estable) producción poética y narrativa, no queda la menor duda de que Alberto Lauro es uno de los poetas esenciales.  Su verso es limpio y claro; pero fogueado por esta época nuestra de exilios y crisis.  Se levanta su palabra transgresoramente plena de belleza (transgresión bíblica, transgresión histórica, transgresión homosexual). Alberto Lauro se ha buscado persistentemente en la palabra, a través de ella, dentro de ella, y se ha reconocido en un diálogo ininterrumpido y múltiple de invenciones y mitologías.  Los dejo con uno de sus escritos:

EL SUEÑO DE SISIFO
 
Con la mano sobre el sexo erecto, el pelo rabiosamente despeinado, vuelto hacia la pared, Sísifo duerme. La oscuridad es una mortaja que prefigura su condena y ni la noche puede ocultar su terrible palidez. En el sueño despierta bajo un sol verde y purulento. Cansado asciende la pendiente con el cuerpo cubierto de un emplasto de polvo, hastío y sudor. Cae. Escupe sangre. Retrocede. Vuelve a andar el camino perdido. Avanza. Va por un sendero de arrecifes como cuchillos o arenas de brasas encendidas que debe pisar. Sobre sus hombros, la piedra. Descomunal. Invisible. Cada vez más enorme. Un solitario azor vuela sobre una cumbre cercana. Al borde de los desfiladeros fija su mirada en la ternura de un cielo sin milagros. El páramo se llena de brumas cuando aparece esa delicada mano que la hace rodar desde la cima, casi alcanzada, al fondo del abismo. Maldice. Se resigna. Ni los dioses ni los jueces conocen el perdón. Vuelve a caer. Se pone de pie. Retrocede unos pasos. Ahora tiene los labios llenos de tierra. Salvo él nadie puede verlas pero la piedra y la montaña están. Lo sabe cuando se queda otra vez dormido entre las rejas  de este largo insomnio.
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Alberto Lauro (Holguín, Cuba, 1959). Poeta, escritor y periodista. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid. Autor del poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y de los libros para niños Los tesoros del duende (1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además de los poemarios Parábolas y otros poemas (Ed. Rondas, 1977), El errante (Ed. Jábega, 1994), Cuaderno de Antinoo (Ed. Betania, 1994) y de varias plaquettes y libros de arte, aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM, México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995) y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). En el año 2004 fue galardonado en España con el VI Premio Odisea de Literatura por su novela En brazos de Caín. Vive exiliado en España desde 1993. Es articulista del diario La Razón.

1 comment:

Anonymous said...

En mi humilde opinión, hermosamente arrasador este poema, que tiene por cierto varias lecturas. Muchas gracias a Lauro y a ti, Rita.
Marco dos versos fenomenales.

"ni la noche puede ocultar su terrible palidez".

"Ni los dioses ni los jueces conocen el perdó"

Gracias de nuevo.

Félix Luis Viera