7.09.2010

ALBERTO HERNÁNDEZ-CHIROLDES: UN VERDADERO AMOR


Toda esta historia es absolutamente cierta (excepto algunos detalles periféricos). Conocí al protagonista cuando era uno de mis estudiantes menos aventajados. El joven poseía un verdadero orgullo de su ignorancia; una especie de arrogancia primitiva. Se llamaba Robert Williams (not his real name) y estudió descalabradamente Ciencias Políticas; por ello sabía todo lo necesario para comprender los problemas sociopolíticos más complejos de todos los países del mundo. Entre sus sentimientos, que no eran muy abundantes, sobresalía el deseo imperioso de ayudar a las personas de los países menos aventajados. Por eso estudió español, ya que, como todos sabemos, las naciones en que se habla ese idioma tienen una tendencia genética a padecer gravísimos problemas de todo tipo. Un día Robert (Bobby) Williams vino a verme consternado y en busca de consejo (¿consuelo?). Ésta parece ser su historia:
Después de graduarse con altas dificultades, Bobby se fue a México para perfeccionar su español. Estando en Cuernavaca (la ciudad de la eterna primavera y de periódicos asaltos), Bobby tomó la repentina decisión de viajar a Cuba. Al llegar a esa isla (la “Llave del Golfo”), encontró a los nativos unbelievably nice. Ni siquiera en su pueblo de Georgia -718 habitantes, dos policías, un semáforo y sin cine- era la gente tan amistosa como en Cuba.
Bobby era predeciblemente rubio pero, para general confusión de los cubanos, era bajito y diminuto, todo lo contrario a lo que se sabe en Cuba de los “americanos.” Esta singularidad lo hacía más gracioso para los nativos, quienes tenían una general tendencia a dejarse invitar por Bobby a toda clase de ingestión de alimentos y bebidas alcohólicas.
Al día siguiente de llegar a La Habana, Bobby conoció, en la plaza en frente de la Catedral, a Yufardi Gastambide, un nativo “mucho simpático,” con una sonrisa generosa y un conocimiento insondable de los lugares más divertidos (fun places) de la ciudad capital. Yufardi hablaba pocas palabras en inglés, pero descubrió que eran inútiles porque los “americanos” que había conocido dominaban ya todo el caudal de su conocimiento lingüístico de ese idioma. Yufardi creía que los turistas ya venían “de fábrica” con un grupo de vocablos del castellano: palabras como cerveza, fiesta, siesta, señorita, dinero y simpático parecían ser innatas a los yumas. Por ello, se dedicó a enseñarle a Bobby vocablos del lenguaje cubano: jeva, lea, asere, jeta, puro y pureta, gao, jama, mundele, barín, chévere, jicotea, fiana, bollo, papaya, galúa, subuso, ocambo; y, sobre todo, dos palabras esenciales para el buen entendimiento con los nativos de la Cuba contemporánea: fulas (dólares) y Yuma (Los Estados Unidos de América o los habitantes de ese país).. Yufardi creía que estas palabras habían sido inventadas por su generación pero, en realidad, casi todas eran términos antiguos del habla cubana que procedían de muchas fuentes, tales como las lenguas nativas del Nuevo Mundo, de idiomas africanos, del lenguaje de germanía castellano y del lunfardo aprendido de los tangos porteños. Bobby Williams, al parecer, había asimilado con bastante precisión estas palabras y las usaba con orgullo y soltura. Me parece que solamente tuvo dificultades con la palabra “ecobio,” de origen africano. En Cuba este vocablo significa “amigo entrañable” o “persona de toda confianza.” Cuando Yufardi le presentó a Bobbby uno de sus mejores amigos, Yosimiro Valle, le dijo,”éste es el ecobio Yosimiro Valle.” Desde ese instante, Bobby pensó que su nuevo amigo era un biólogo dedicado a la ecología. Yo no tuve el valor de desengañarlo de su error.
Bobby me hizo saber su admiración por la Revolución cubana por haber ampliado los horizontes de los ciudadanos del país. Me explicó, orondo por su descubrimiento, que en Cuba muchos profesionales tienen la oportunidad de explorar otras esferas de trabajo. Por ejemplo, Yosimiro Valle, además de ecologista y biólogo (un ecobio), era especialista en relaciones públicas y se dedicaba a facilitar las vinculaciones de los extranjeros con las señoritas (las jevitas) cubanas. Esto había convertido a Yosimiro Valle, según creía Bobby, en un hombre mucho más preparado (“rounded,” me dijo) porque estaba no sólo en contacto con la naturaleza y el medio ambiente sino también con las relaciones humanas. Yosimiro era, según Bobby, “un hombre renacentista” Y todo esto gracias a la Revolución. Bobby Williams redondeó sus argumentos citándome casos de señoritas licenciadas en idiomas extranjeros que servían de magníficas damas de compañía a turistas interesados en conocer profunda e íntimamente a la sociedad cubana. También encontró a médicos que trabajaban de taxistas “por el placer de hacerlo,” y a empleados de hoteles que además eran policías, y a lingüistas muy competentes que se dedicaban a escuchar las grabaciones que se hacían en los taxis para turistas, y a abogados que cambiaban, escondidos discretamente detrás de una columna, moneda nacional por dólares o euros. También conoció a historiadores que trabajaban de “coleros,” (un nuevo oficio que consiste en guardarle a otra persona, por una humilde remuneración, el puesto en una cola para comprar pan, sal, azúcar u otros productos deseables y escasos.) En fin, Bobby admiraba la elasticidad profesional y técnica del “hombre nuevo” cubano.
Después de tres semanas de estar en Cuba, Bobby ya era íntimo amigo de Yufardi Gastambide y de Yosimiro Valle. Éste último le hizo el honor de invitarlo a su casa. Allí se organizó una fiesta muy animada (Bobby corrió gustosamente con todos los gastos) y Yosimiro le presentó a su esposa, Yametira, a su hijo de 9 años, Oriundo, y a su sobrina Milady Mata de 17 años (aunque parecía, por su madurez, mucho mayor). Después de tomarse varios tragos de una bebida llamada Cagatrín (invento ingenioso de los cubanos), Bobby Williams estaba contentísimo. Bailó muchas piezas con la joven Milady (very voluptouos for her age) y se rió de todos los chistes que no entendía. Mientras bailaban muy apretados, Milady le decía bajito al oído, “Ay, Bobito, usted es tremendo.” A Bobby le gustaba que Milady usara su nombre en diminutivo porque había aprendido que esto era una forma cariñosa de tratarlo (a term of endearment). Pasada la medianoche, Yosimiro le confesó que tenía un gran peso en su alma porque no había bautizado a su hijo Oriundo. Bobby, quien no era particularmente religioso, pero pertenecía a la iglesia Presbiteriana y, por ello, se sentía un cristiano admirable y caritativo. Yosimiro le pidió a Bobby que fuera el padrino de su hijo. El joven americano, confuso, le respondió que él no era católico; pero según Yosimiro, eso no constituía ninguna dificultad, porque la iglesia católica cubana tenía manga ancha para estas cuestiones. Además, Milady Mata, su sobrinita, sería la madrina, y ella era una católica muy fervorosa. Bobby Williams aceptó el honor recibido de su amigo Yosimiro Valle.
La ceremonia del bautizo se celebró tres días después en la residencia de Yosimiro Valle y de su esposa Yametira Gato. Cuando llegó el sacerdote, Sungo Chispa, todos los invitados (que eran muchísimos) irrumpieron en risas y aplausos. El padre Sungo, como lo llamaban, era un cubano negro, alto, delgado y un poco jorobado. Después de saludar a todos los invitados y de abrazar calurosamente (con tanta gente, el calor era insoportable) a Bobby, el Padre Chispa ofreció un brindis por la salud de todos los presentes. Bobby había comprado dos cajas de güisqui J & B en una tienda del gobierno que sólo vendía sus productos a cambio de dólares u otras monedas “convertibles.” Pero Bobby no probó el güisqui porque su amigo Yufardi Gastambide le trajo, como un obsequio muy especial, una botella de Cagatrín. Yufardi le hizo saber que era costumbre cubana que, en los bautizos, el padrino tomara un licor más fino y exquisito que el resto de los invitados. El padre Sungo ofreció dos brindis más a la salud de todos los santos y para que Dios protegiera a los navegantes en embarcaciones pequeñas. Inmediatamente comenzaron a sonar los tambores. Bobby les había pagado a los tres músicos. Cuando empezó la ceremonia del bautizo, el padre Sungo Chispaetrén tomó un libro amarillento en la mano y arrancó a leer un lenguaje que Bobby no reconoció. Latín no era (Bobby había estudiado tres años de esa lengua muerta en la secundaria) y tampoco le parecía español (luego le explicaron que era castellano antiguo). El Padre Sungo tomó un mazo de hierbas que había dentro de un recipiente con agua (¿una palangana?) y procedió a pasarle a Oriundo las hierbas mojadas por todo el cuerpo y rociaba al joven con güisqui. También salpicó a los invitados, quienes ya bailaban rítmicamente. El Padre tomó un tabaco (a cigar), lo encendió y luego le trajeron una gallina negra (prieta) sin plumas en el cuello (¿gallina jamaiquina?) y se la pasó por el cuerpo a Oriundo, mientras les echaba humo del tabaco a la gallina y al niño. Los gritos crecían. Bobby no entendía. Al principio creía que estaba en una ceremonia de la religión Pentecostal, pero no vio a nadie tocando panderetas; por lo cual llegó a la conclusión de que no estaba entre pentecostales. Su amigo Yufardi Gastambide le aclaró que era un culto típico del Rito Católico Cubano. De repente, Oriundo cayó al suelo y comenzó a temblar y a saltar como si alguien le hubiera puesto un nido de hormigas bravas en el culo. Oriundo estaba en un éxtasis (“trance” lo llaman los nativos) y empezó a hablar con una voz ronca (¿voz de un hombre viejo que ha fumado mucho?) y gritaba “LA YUMA, LA YUMA, LA YUMA.” Ante esta palabra, hubo como un éxtasis colectivo y, cada vez que el Padre Sungo le pasaba la gallina a uno de los invitados, éste caía “yerto” al suelo aquejado de una especie de horror y júbilo simultáneos… “El sacerdote se acercó a mí. Primero me pasó las hierbas (¿mastuerzo, mejorana, ojo de ratón, palo del diablo, reseda, rompe saragüey, hierba buena, pendejera, escoba amarga, galán de noche, albahaca, siguaraya?) y luego continuó con la gallina prieta y con el humo del tabaco… No sé si me caí o me dejé caer (I let myself go), pero terminé en el piso, temblando y hablando con una voz de niño lloroso que gritaba HELP, HELP. HELP.” Cuando Bobby salió del trance, le preguntó a su amigo Yufardi Gastambide, “¿Qué me pasó?” Yufardi le dijo: “Se te ha subido el Santo,” “también te han hecho un despojo.” Bobby Williams no sabía el significado de la palabra “despojo,” pero en ese momento el Padre Sungo lo invitó a pasar a un cuarto aparte y, ambos se sentaron en la cama, el Padre le habló de esta manera: “Tengo que explicarle las obligaciones que usted ha adquirido con su ahijado. De aquí en adelante, usted es el Padrino y, como tal, debe hacerse cargo del ahijado en caso de que los padres falten. Además el Santo del niño ha pedido que lo lleven a los Estados Unidos. Ahora me debe doscientos fulas por la ceremonia“. Bobby no entendió muy bien las instrucciones del Padre, pero trató de buscar en sus bolsillos todo el dinero que le quedaba. Sólo tenía $38.23 USD. El padre tomó los treinta y ocho dólares y le dijo solemnemente: “El menudo no me sirve, me debe ciento sesenta y dos dólares.” Entre los músicos, el güisqui, la comida, las hierbas, la palangana, la gallina jamaiquina, el Padre Sungo y los regalo que le tuvo que hacer a su nuevo ahijado (un microondas y un refrigerador nuevos, comprados con dólares en una tienda especial del gobierno), Bobby Williams había gastado más de dos mil setecientos dólares, y le quedaba rondando en la cabeza la palabra “despojo” que le había dicho Yufardi. Al día siguiente, buscó “despojar” en un diccionario Inglés-Español y encontró la definición “to dispossess.” Bobby se encolerizó y empezó a gritar “I have been robbed.” Y en ese estado de desasosiego lo encontró Yufardi cuando vino a recogerlo a las puertas de su hotel. Bobby le exigió que le devolvieran todo el dinero del bautizo inmediatamente. “Ustedes me robaron, me despojaron de mi dinero” decía Bobby enardecido. Entonces, después de investigar por qué su amigo estaba tan “obstinado” (pissed off), le explicó: “En el despojo solamente te quitan los malos espíritus que has adquirido en tu vida. Es una especie de limpieza general.” Inmediatamente Bobby comprendió todo: Le habían hecho un exorcismo. En el Rito Católico Cubano (RCC), le dijo Yufardi, se celebra el bautizo y el despojo (exorcism) a la vez, lo que hace a la ceremonia una verdadera ganga (bargain). “Dos por uno. Es algo que la iglesia del Rito Católico Cubano ha instituido durante el “periodo especial,” debido al embargo imperialista, para aliviar la situación económica de los ciudadanos” Bobby entendió la explicación de su buen amigo Yufardi Gastambide y quedó satisfecho, y hasta muy contento, de haber recibido los beneficios de un “despojo.”
Pero no le quedaba dinero y por eso le pidió a su padre que le mandara urgentemente más fondos (more fulas). El padre de Bobby trabajaba catorce horas diarias, excepto los domingos (The Lord´s day) y poco a poco había adquirido una pequeña plantación de melocotones. Bobby era su hijo mayor y el único varón. Mr. Williams le mandó el dinero que su hijo le pedía con tanta angustia.
Dos días más tardes, Milady Mata lo invitó a una fiesta en el barrio de la Víbora, en casa de unas amistades de Yufardi Gastambide. Milady llevaba a Bobby de la mano y se lo presentaba a todos diciendo, “éste es Bobito, mi compadre.” Y allí hubo baile y sudor y apretadera y besitos y manos que se deslizan hasta donde las dejaban ir y música muy alta y susurros y mucha gente en poco espacio y mucha gente y poco aire y el deseo que se estiraba como una iguana al sol y poca luz, muy poca. Bobby (Bobito) bebió varias copas de cagatrín, pero una mano (¿Yufardi? ¿Milady? ¿El Padre Sungo?) le dio un vaso con una bebida diferente. Bobby bebió.
En un cuarto con una luz pisoteada, se despertó Bobby. Estaba en una cama encharcada de sudor. A su lado oyó llorar a una mujer. Lloraba hondamente. Estaba casi desnuda. Con el vestido verde estrujado y descolocado. Era Milady Mata, su comadre. “Me has violado. Has abusado de mí. Has mancillado mi honor. Mis padres nos matarán a los dos.” Gritaba bajito Milady. Bobby no entendía casi nada porque le rompía el cráneo un abultado dolor de cabeza. Trató de calmarla, pero Milady lloraba más y más, y más. Bobby no recordaba nada, absolutamente nada. Le ofreció llevarla a casa, pero la muchacha, su comadre, le dijo que no podía volver mancillada al hogar de sus tíos. Bobby no sabía qué hacer. Pensó dejar a Milady allí mismo y correr hasta el aeropuerto y tomar un avión a cualquiera parte y no parar de correr hasta llegar a la cocina de su casa en Georgia, en donde su madre, Mrs. Williams, estaría fregando los platos del desayuno. Pero Milady le dijo, “vamos a ver a Yufardi para que nos ayude.” Bobby, por el dolor de cabeza, creyó apropiada esa solución y después de vestirse (alguien le había robado los zapatos y el cinturón) dejó que Milady le pagara por el cuarto a un hombre de apariencia débil y amarillenta (a Bobby también le habían robado el poco dinero que tenía) y se fueron a buscar a Yufardi que, ya a esa hora, estaba en su esquina favorita (cerca de la catedral) esperando a los primeros turistas que se arriesgaban por esa zona. Yufardi oyó la explicación atropellada de los dos amantes y con ecuanimidad les ofreció una solución sencilla: “Tienen que casarse inmediatamente.” Bobby sintió un terror sin tregua y gritó, “No way, man.” Pero Yufardi habló un poco más alto y Milady lloraba tenazmente. “Esta niña,” dijo Yufardi “es de una de las familias más honorables y religiosas de Sagua la Grande. Si se enteran que te has burlado inicuamente de ella, van a lavar con sangre el ultraje.” Bobby comenzó a preparar inmediatamente su método de fuga. Aceptaría, pensó, el plan de matrimonio, pero escaparía secretamente en el primer avión que saliera de la isla. Sin embargo, su maquinación se desintegró cuando Yufardi Gastambide le dijo… “Y no intentes escapar porque un tío de Milady es un oficial de seguridad del aeropuerto y tendrá conocimiento de tus designios. Francamente Bobby, corres el peligro de ser encarcelado por violación de menores. Recuerda que esta niña sólo tiene diez y siete años.” La desesperación cayó sobre Bobby. Pensó por un instante en escaparse de la isla en una balsa. Pero Milady dejó de llorar y le dijo sin mirarlo, con la cabeza baja y con una vergüenza muy perceptible en su voz: “Bobby, mi Bobito, yo te quiero mucho. A pesar de lo que me hiciste, yo te amo con toda mi alma. Si tú no te casas conmigo y me dejas mancillada, me quitaré la vida. Me lanzaré al mar para que me coman los tiburones.” Y comenzó a llorar entrañablemente. Bobby la abrazó y le dio un beso en la frente. Yufardi los separó con celeridad y les dijo. “No deben tocarse hasta que se celebre el matrimonio. Ésa es la costumbre de Sagua la Grande.”
Las emociones de ese día fueron muy intensas para Bobby. Se fue a su hotel y se tiró llorando en la cama. Los sollozos eran cada vez más agudos. Tuvo el impulso de llamar a su padre pero le dio vergüenza contarle su situación. Mr. Williams le había insistido tantas veces que no le trajera deshonor a su casa. Poco a poco, Bobby se fue sosegando y pensó en las lágrimas de Milady, tan desvalida. La verdad es que la muchacha estaba muy bien (un poco joven e inmadura, pero muy bien). Sobre todo le encantaban su mirada inocente y sus nalgas sobresalientes. Pero su familia nunca le perdonaría que se casara sin avisarle. A la boda tendrían que venir sus padres, sus dos hermanas, sus dos abuelas, sus amigos de la universidad, especialmente su compañero de cuarto, Gregory Bartlomiejczuk, quien sería el “mejor hombre” de su boda.
Sin embargo, Bobby cambiaba de ánimo repentinamente. Unas veces preparaba su boda con lujos de detalles en la imaginación pero, al minuto siguiente, entraba en cólera y se decía, “yo soy ciudadano americano y tengo el derecho de acostarme con quien quiera. Mañana mismo me voy tranquilamente de esta isla de todos los demonios (damned island).” No obstante, el momento decisivo llegó, creo yo, cuando Bobby recordó el problema “racial.” Sus padres estarían escandalizados de que él se casara con una latin woman. Su madre no podría asistir a su garden club por la vergüenza de este escándalo tan grave. Su abuela, Mrs. Roberts, diría “this is preposterous.” Entonces la decisión de Bobby se hizo más firme. “Él le haría el favor a esta muchacha de casarse con ella. Nadie podría jamás acusarlo de racista.” Desde ese momento, se sintió bueno y liberal. La opinión que tenía de sí mismo se elevó notablemente.
Desde su llegada a La Habana, Bobby había visto a un personaje estrafalario, todo vestido de negro en el violento verano, y que vendía, por un dólar (nunca decía “fula”), unas cuartillas escritas a mano y con lápiz. El pordiosero decía que dispensaba algunos de sus poemas manuscritos. Una tarde Bobby le compró al hombre tres poemas por un dólar. Nunca los leyó, por supuesto, pero se estableció una relación de ligera amistad entre el turista y el poeta. Éste último hablaba inglés correctamente y le dijo de secreto que había estudiado en una universidad en Carolina del Norte. Cada vez que veía a un policía, el menesteroso desaparecía lo más rápidamente posible. Un día le confesó a Bobby que la policía, uniformada o secreta, le quitaba el dinero de sus ventas. Bobby quiso regalarle un dólar en una ocasión, pero el hombre no lo aceptó si Bobby no se quedaba con uno de sus manuscritos. Estaba orgulloso de ser uno de los pocos poetas del mundo que todavía viven de sus poesías. Bobby le contó al hombre de sus amores hacia Milady Mata. Después de oír todos los detalles del romance entre el norteamericano y la cubana, el hombre extraño (¿loco?) le susurró a Bobby: “le voy a decir tres secretos importantes: Número uno… No se case con nadie. Váyase inmediatamente de Cuba. Número dos… el posmodernismo es una farsa, pero tenga mucho cuidado con los simulacros y, número tres… yo soy Narciso Sosa.
Bobby se convenció entonces de que su amigo el poeta estaba completamente loco, y continuó con sus planes de matrimonio. Yufardi le aconsejó que la boda fuera primero por lo civil y luego, después que Milady viajara a los Estados Unidos (la Yuma, dijo Yufardi), celebrarían la boda religiosa y así podría asistir toda la familia del novio. Bobby, sin pensarlo mucho, aceptó ese plan. Cuando se anunció el compromiso entre Milady y Bobby, hubo gran regocijo entre los amigos y familiares de la novia. Bobby pagó doscientos dólares (fulas) por el viaje de los padres (los puretos) de Milady desde Sagua la Grande hasta La Habana. Hubo una fiesta en el hogar de Yosimiro Valle. Los señores Raúl Mata y Vilma Gato, los padres de Milady, fueron muy corteses con Bobby y lo andaban abrazando y besando a menudo. Todos bebieron un güisqui que Bobby compró (con fulas, por supuesto). El novio tomó cagatrín que era un obsequio de Yufardi. La boda civil quedó señalada para tres días después. Bobby preguntó si no necesitaba su certificado de nacimiento, pero Yosimiro le respondió que con el pasaporte era suficiente.
La boda tuvo efecto a las doce de la noche en un edificio que se llamaba el MININT (Yufardi le explicó a Bobby que las siglas significaban MATRIMONIOS INMEDIATOS INTERNACIONALES). Había varias personas cuidando el lugar. El acto no pudo celebrarse a otra hora porque, según Yosimiro Valle, el MININT es un lugar extremadamente ocupado. El séquito nupcial fue reducido: los novios, los padres de la novia, Yufardi Gastambide, Yosimiro Valle y su esposa, Yametira Gato. Entraron en una oficina con poca pintura y muchas cintas de grabaciones. Sentado detrás de un escritorio había un hombre joven que se levantó y con un estilo marcial les dijo: “Soy el juez Yiacomo de la Fuente.” Luego habló en inglés algunas palabras acerca del matrimonio y su relación con la moral revolucionaria. Yufardi, impaciente, le dijo: “Asere, dale agua al asunto.” El juez, Yiacomo de la Fuente, terminó hablando en un castellano solemne:”Señor Robert Pendelton Williams, ¿acepta usted por esposa a Milady Mata Gato?” “Sí, la acepto” dijo valiente y firme, Bobby Williams. “Señorita Milady Mata Gato ¿acepta usted por esposo a Robert Pendelton Williams?” Milady, irritada, le dijo al juez, “sí, chico, apúrate.” “Los declaro marido y mujer,” concretó Yiacomo de la Fuente. Hubo besos (en las mejillas) y abrazos. Hubo palmadas y sonrisas. De pronto un hombre metió la cabeza y el torso por la puerta y gritó muy bajito “compañeros, terminen esto ya. Me van a buscar una salación.” Yufardi le dijo a Bobby, “los honorarios del juez son mil doscientos dólares.” Bobby, alarmado, confesó no tener más de doscientos fulas. Hubo una pequeña discusión entre el Señor Juez y los presentes. Yametira Gato estaba indignada. Vilma Gato dijo que terminaran el rollo porque los zapatos la estaban matando. Yosimiro apuntó que todos iban a caer presos si no terminaban la cuestión inmediatamente. Raúl miraba y parecía atónito. Yufardi le dijo al juez, “después arreglamos” El juez respondió, “a mí hay que resolverme.” Y todos salieron aceleradamente, casi corriendo, del MININT.
Bobby ya estaba mentalmente preparado para la noche de boda., el primer encuentro íntimo con su esposa. Yufardi, sin embargo, especificó indignado que, hasta que la ceremonia religiosa no se llevara a cabo, no podría haber ningún contacto físico entre los cónyuges. Raúl Mata y Vilma Gato, padres de Milady, apoyaron las palabras de Yufardi. En la esquina de las calles M y 12 el grupo se separó: Bobby se encaminó a su hotel, mientras que los otros miembros del séquito matrimonial andaban trabajosamente en dirección contraria. Bobby se detuvo y se volvió a mirarlos. Ya el grupo se alejaba. No pudo ver a su amada esposa, pero notó que su suegra, Vilma Gato, caminaba trabajosamente y llevaba los zapatos en las manos.
Bobby preparaba su viaje de regreso a la Yuma y, cada vez que pensaba en su esposa, un ardor casi irrefrenable lo atormentaba. Iba diariamente a ver a su mujer en la casa de sus tíos, Yosimiro y Yametira, pero las visitas siempre lo dejaban frustrado porque unas veces sus suegros, Raúl Mata y Vilma Gato, no se movían del lado de su amada y otras veces encontraba, esperándolo a la puerta de la casa, al Padre Sungo Chispa y al juez Yiacomo de la Fuente, quienes venían a reclamarle el dinero que les debía. Lo único que lo confortaba eran las miradas de amor intenso y profundo que su amantísima esposa, Milady Mata, le lanzaba furtivamente cuando sus padres se descuidaban.
Después de llorosas despedidas, Bobby salió de Cuba un cuatro de septiembre. Al llegar a Georgia, le anunció a su familia su reciente matrimonio. Sus padres mostraron una consternación silenciosa y parecían más viejos y tristes. Las dos hermanas menores de Bobby lo apoyaron con entusiasmo y una de ellas, Thelma Lou, le mandó una tarjeta de felicitación a Milady Mata. Mr. William le dijo a su hijo que se buscara un trabajo (You must get a job) para mantener a su nueva mujer. Bobby tomó medidas drásticas: vendió su flamante Volvo S80 (regalo de graduación) por un KIA Spectra de segunda mano. Se mudó a Atlanta y consiguió un trabajo en la National Cash Register (NCR) y, lo peor para él, tuvo que compartir un apartamento (para ahorrar) con un antiguo condiscípulo e íntimo amigo de la universidad a quien había decidido no tratar más después de la graduación (because he was not fun anyway).
Bobby ahorraba todo lo que podía para traer de Cuba a su esposa, pero los trámites se dilataban más de lo que sus hormonas podían soportar. Milady le escribió que existía otro medio más rápido: el BOMBO. Un tipo de lotería a través de la cual ciertos cubanos recibían visa para salir del país, previo el pago de varios miles de dólares de soborno a algún empleado de la representación de Estados Unidos en Cuba. Era un tipo de lotería que sólo ganaban los que tenían un mínimo de siete mil dólares por cabeza. Bobby le envió las siete mil fulas a su jeva y la lea pudo salir del país. Fue algo como por arte de magia. Pero, GRAN SORPRESA, Milady, al llegar a Miami le dijo que no podían reunirse hasta que no llegaran de Cuba sus padres, Raúl Mata y Vilma Gato. Por otros catorce mil dólares (toldos, cocos, telas, guayacanes, barros, mameyes), podría traer a sus queridos padres, Raúl Mata y Vilma Gato, y así podrían celebrar la ceremonia religiosa.
Milady y Bobby hablaban todas las noches por teléfono. La joven se hospedaba en Hialeah en casa de su tía política Adela Lamelas (Lámelas, decía Bobby) quien, según Milady, era sumamente estricta y chapada a la antigua (very old fashion). Bobby le mandaba a su esposa quinientos dólares mensuales religiosamente. Y, hablando de religión, es bueno saber que el joven norteamericano había comenzado el proceso de convertirse al catolicismo para estar más en consonancia con su esposa y con el fervor religioso de ella y de toda su familia.
Tres meses después de la llegada de Milady a Hialeah, Bobby recibió la noticia de una gran tragedia: los padres de su ahijado Oriundo, sus recordados compadres, Yosimiro Valle y Yametira Gato, habían muerto en un terrible accidente de tránsito. El camión (the truck) en que viajaban se viró en una curva cerca de El Perico (The Parrot), provincia de Matanzas (Killings). Oriundo se salvó milagrosamente al quedar colgado de un árbol de guayaba. La carta firmada por el Padre Chispa le recordaba a Bobby sus responsabilidades como padrino de Oriundo, ahora que los padres del niño faltaban. Bobby empezó a mandarle a su ahijado una mensualidad de $100.00 US dollars.
Un día el teléfono móvil de Milady emitió un mensaje que decía “this number is no longer in service”… Bobby repitió la llamada decenas, cientos de veces, y siempre el mismo mensaje. Entonces, alarmado y preocupado (“concernido,” me dijo), decidió ir a Miami, a la dirección a la que le había mandado muchos cheques y ardientes cartas de amor a su esposa.
Era una casa anaranjada, estrecha y larga, con un número infinito de ampliaciones (adiciones, en Miami) laberínticas. Tocó. Esperó un rato. Abrió la puerta una señora tristemente gruesa que le dijo irritada:
-Ya pagué la cuenta.
-¿Qué cuenta?
-¿Quién es usted?
-¿Me llamo Robert Williams?
-¿Es de la policía?
-No. Soy el esposo de Milady Mata.
-¿El esposo de quién?
-De Milady Mata
-Niño, ¿pero tú estás loco? ¡El esposo de Milady!
-Sí. Nos casamos en Cuba ante el juez Yiacomo de la Fuente, en las oficinas del MININT.
-¿En el MININT? ¿En el Ministerio del Interior donde vigilan, apresan, torturan y le joden la vida a la gente?
-No en el MININT, en la oficina de Matrimonios Inmediatos Internacionales.
-Muchacho, perdóname, pero tú eres el comemierda más grande que he conocido en mi vida.
-Señora, ¿por qué me dice “comemierda”?
- Porque lo eres, sin intención de ofenderte. Te han dado gato por liebre.
-A mí no me gustan los gatos…
-¡Lo que quiero decir es que te han engañado. A ese Yiacomo de la Fuente, lo conozco del barrio, también conocí a su padre, a su madre y a toda su parentela. Eran gente buena, pero este Yiacomo es de la Seguridad del Estado, es un “seguroso.” No es juez ni abogado ni nada. Es un mierda seca que se dedica a oír las grabaciones que el gobierno hace en los taxis para los turistas. El MININT, donde te casaste, es el Ministerio del Interior. Todo fue una farsa, un parapeto, una coña, para sacarte dinero, para exprimirte como a un limón. ¿Cuánto te sacaron?
-Señora, me está poniendo mal…
-Siéntate muchacho. ¿Quieres tomar algo?
-Si tiene usted Cagatrín, deme un trago por favor.
-¡Cagatrín! ¿Tú tomaste Cagatrín en Cuba?
-Sí, muchas veces, mi amigo Yufardi me lo dio muchas veces.
-Mi niño, ¿tú sabes de qué se hace el Cagatrín?
-Yufardi me dijo que era destilado de una fruta tropical que sólo se encuentra en las montañas de Cuba.
¡Coño! Ese Yufardi es un jodedor… El Cagatrín es alcohol fermentado con caca de niños lactantes.
-¿Caca? ¿Lactantes?
-Sí, mierda de niños que están mamando todavía. La mierda de esos fiñes no apesta, por eso la usan para fermentar el alcohol,
-Pero Yufardi, mi amigo, iba a ser el mejor hombre en mi boda.
- ¿Mejor hombre?” Tú quieres decir, el ¡padrino de tu boda!
-¡No era un bautizo, es una boda.
-Las bodas también tienen un padrino. Mi niño, ¿cuánto dinero te ha costado toda esta función?
-¿Qué función?
-La boda, Yufardi, Milady, Yiacomo, el Cagatrín y el MININT.
-Mucho dinero.
-A mí me ha costado dinero también, porque esos cabrones de Yufardi y Milady han vivido cuatro meses en un cuarto aquí en mi casa y no me han pagado un centavo y, para colmo, se fueron con la cama, el colchón y la mesita de noche. Aprovecharon que yo estaba en el doctor para llevarse todo lo que pudieron.-
-Pero, ¿mi amigo Yufardi estaba aquí con Milady?
-Y, ¿por qué no debía estar si son marido y mujer?
-Pero yo estoy casado con Milady ante un juez.
-Ya te dije que el tal Yiacomo no es juez ni nada. Es un típico chivato cubano.
-Yo no entiendo ninguna cosa (I´m lost now)
-No tienes nada que entender. Te han engañado para sacarte dinero. Yufardi y Milady han estado casados por más de diez años.
-Pero, ¡si ella es una niña de diez y siete años!
-¡Diez y siete mis chancletas! Ésa tiene más horas de vuelo que la Delta Airlines.
-Me han jodido, coño.
-Te jodieron y a mí también. Yo los recibí en mi casa porque Yufardi es el sobrino de mi cuñada Magdalena, pero toda esa familia son unos maleantes y unos cagatintas, empezando por la hijadeputa de mi cuñada, quien siempre fue una chivata del gobierno y, mientras yo estaba en Cuba, me hizo la vida un yogurt, pero ahora me anda pidiendo continuamente que le mande dinero porque la cosa allá está muy dura.
-Yo también le mando dinero a mi ahijado Oriundo,
-Oriundo ¿qué?
-¿Oriundo Valle, hijo de los difuntos Yosimiro Valle y Yametira Gato, que ¡En Paz Descansen!
-¿Difuntos? Si Yosimiro y Yufardi hablaban por teléfono dos o tres veces a la semana. Ése es otro dinero que me tumbaron: Las llamadas a Cuba mientras yo dormía.
-Pero, si el Padre Sungo Chispa me escribió y me dijo que se habían matado cerca de El Perico.
-¡El Padre Sungo Chispa!
-Sí, Padre del Rito Católico Cubano.
-¡Ay, muchacho, quítate el babero. Segundo (Sungo) Pozo no es cura de ningún rito. Lo llaman Chispa porque es un bebedor desorbitado de un alcohol, un tipo de aguardiente, que hacen ilegalmente en Cuba. Sungo era un hombre respetable en el barrio hasta que lo mandaron a pelear a Angola y vino de allá alcoholizado. No es cura, ni santero, ni Padre. Tú no eres padrino de nadie en ningún rito.
-Y Milady, me quería tanto y siempre me decía Bobito, Bobito.
-Sí que lo eres. Pero hay que reconocer que, a pesar de lo hijodeputas que son, entre Yufardi y Milady hay un verdadero amor.
-¡Ay señora. ¿Usted está segura de que no me puede dar un trago de Cagatrín?
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Alberto Hernández-Chiroldes. Nace en 1943 y padece Pinar del Río hasta los 18 años en que ve por última vez las aguas del río Guamá.  Ha vivido en Puerto Rico, Canadá, España y varias ciudades de los Estados Unidos.  Obtuvo el grado de doctor en Filosofía en la Universidad de Texas y se ha desempeñado principalmente en Davidson College como profesor de lengua española y literatura y cultura hispanoamericanas. La recepción de sus libros ha sido impactante en las ciudades de París y Hialeah y entre los más robados de la librería la Universal se encuentran: un estudio sobre los Versos sencillos de José Martí, la traducción de los cuentos de Lydia Cabrera (Afro-Cuban Tales) y A diez pasos del paraíso (1996).

1 comment:

Anonymous said...

Hola, Rita, acabo de encontrarme con tu blog y me da mucho gusto. Quería invitarte a que visites mi revista, Aeda y que nos envíes trabajos para publicar.

Por si no me asocias, soy Yamilet, compañera tuya de la facultad y fanática de Lezama.

La dirección: revistaaeda.com

Me puedes escribir por el correo de Aeda que se utiliza para enviar trabajos y así reanudamos el contacto.
Chao

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