7.09.2010

María ZAMBRANO: FRANZ KAFKA, MÁRTIR DE LA MISERIA HUMANA

Es raro que alguien se sorprenda ante los hechos cuando ya desde tiempo antes, está ahí su profecía. Profecía que al igual que tantas otras, resulta mucho más clara que los acontecimientos. Pues éstas a que nos referimos, no tienen aquel carácter enigmático de las antiguas, sino que por una parte, más modestas, no se presentan como tales, y por otra son una visión profunda, bajo los tejidos, una radiografía de la realidad social. Y a fuer de ser esto, radiografía verídica, visión de lo que esté oculto aun, resulta profecía, porque eso oculto es Io que más tarde va a salir a luz sin recato alguno.
A esta especie de obras pertenece, como uno de sus más terriblemente afortunadas realizaciones, El Proceso de Kafka. Escritor de extraña vocación, pues que en vida recató sus manuscritos y ante la muerte confió a un amigo el deber de seguir manteniéndoles en el silencio. Para vocación, si Ia de quien dedica las contadas horas de su vida con avaricia, con apasionada disciplina a una labor literaria que es por esencia comunicativa, con el deliberado propósito de que a nadie le sea comunicadas. ¿No existirá una conexión profunda entre el género, el especial cariz de las obras que escribiera con tan genial lucidez, y este afán de mantenerlas bajo el más absoluto silencio? ¿Para qué y para quién escribiría Franz Kafka?
Sin duda no escribió para comunicar nada a nadie, más bien parece haber escrito un género de cosas que cualquier conciencia limpia prefiere no ver jamás dichas. Escribió pues, contrariando alguna fibra de su corazón, alguna exigencia de su moral. Diríamos que esta clase de escritores lo son contra sí mismos, que son gentes nacidas a destiempo a quienes el dios terrible del tiempo, de la época histórica que sus ojos han tenido que ver, han condenado a ser testigo, de algo horrible. Son los mártires, los llamados a dar testimonio, que en otro tiempos hubieran parecido con celeste gozo en las arenas del circo y que en el tiempo obscuro en que les ha tocado vivir, tuvieron que aceptar otro martirio menos cruento y mis amargo, puesto que no sirve para dar testimonio de luz, sino de terrible obscuridad; no de una revelación, sino de una destrucción siniestra. Kafka poseía sin duda, una de esas naturalezas infinitamente leales, cuyo uso es manifestar lo que a su alrededor sucede de más importante, dejar paso transparentemente a la verdad. Y tan sometidas a esta función están que ocultan su tortura; nunca la dejan filtrarse entre las líneas geométricas de su testimonio. La repugnancia que tenía de que sus obras se hicieran públicas no era sino la última resistencia ante el destino que le tocó sobrellevar. De haber sido su martirio testimonio de luz, no hubiera vacilado en su cumplimiento, pero siendo tales los acontecimientos que le tocó testimoniar hubo de apurar todas amarguras, toda la disciplinada fatiga, sin que le cupiera un destello de gloria. Pues, lo que le tocó descubrir era la sordidez humana, la miseria más extremada, el desamparo, la humillación. Si hay alguien digno de nuestra devoción, hasta de nuestra ternura, de una infinita misericordia, son estos seres condenados en virtud de sus propias virtudes; mártires sin gloria, ni resplandor, víctimas de su propia inocencia. Porque solamente una inocencia extremada, un candor sin límites puede penetrar tan siniestros misterios sin perecer en ellos. Y de que no pereció, de que no fue destruido por tan helado fuego, tenemos la prueba en sus obras, en las que reina la perfecta objetividad de un clásico tratado de geometría.
Merced a estos mártires hoy podemos ver el cáncer que corroe a Europa no en la inmediatez cruelísima de los bélicos hechos, sino con la calma y precisión del que trabaja en un laboratorio. Una vista al microscopio de algo que es a su vez una radiografía se nos ofrece en lugar de las azarantes noticias de la prensa, del vaivén contradictorio de los cables. Resulte lo que resulte de los bélicos acontecimientos, el testimonio de Kafka es cierto, más cierto que suceso alguno, puesto que lo que nos muestra son sus causas, sus entrañas mismas.
La obra de Kafka se ha impuesto por sí misma; en la época de la propaganda, ninguna propaganda, anuncio o reclamo, sino es para los españoles e hispánicos, su exótico nombre. Pero no es el único que suena así. Sin comentario apenas, sin leyenda, la primera obra de Kafka traducida al español, La metamorfosis, por la Revista de Occidente (a quien de esto como de tantas cosas habrá que dar las gracias algún día), quedó fija en nuestra memoria, fija como una obsesión. Su persistencia es como la de ciertos sueños. Cuando están presentes parecen materia deleznable, sin contextura apenas. Están y no están, de tal manera que nos parecen con estar presentes, que una distancia insalvable nos separa de ellos. En verdad, sentimos, que nada tienen que ver con nosotros. ¿Por qué están ahí? ¡qué extraños son! Y mientras están no creemos en su solidez, creemos que desaparecerán sin dejar rastro, que nada más pasen nos veremos libres de su influjo. Y luego, cuando ya han pasado, los sentimos incrustados en nuestra conciencia, casi formando parte de ella; sentimos que jamás podrán ser olvidados, que su suceso estarán siempre pasando y volviendo e pasar y que en cada vuelta, lejos de desgastarse su fuerza, se veri acrecentada. Cada vez tienen más fuerza, porque cada vez son más claros. Es algo muy sutil que solamente conoce el verdadero arte, el más sabio. Hay verdades de tal índole que en un primer encuentro no podríamos soportar. Por eso tal vez, se nos presentan como sueños sin trascendencia, como fantasmas sin peso, nubes de nuestra alma que bien pronto serán borradas sin dejar huella.
Esta sabiduría es la que acerca el arte de Kafka ya plenamente revelado en La metamorfosis a las antiguas profecías como las que se daba en los sueños. Los sueños mientras transcurren son siempre sueños, por mucho que impresionen siempre hay un rincón en la conciencia que sabe que se trata de un sueño nada más. Por eso pueden soportarse. Luego, los sueños, cierta especie de sueños cobran realidad a medida que se alejan. En su presencia no tendríamos serenidad para afrontarlos sintiéndoles con la dura contextura de la realidad; necesitamos un largo entrenamiento para aceptarlos como parte de lo real, y todavía más como médula de nuestro destino.  El arte antiguo lo sabe; lo sabe también el alma misma que nos advierte de ciertas realidades bajo la capa sutil fantasmagórica del sueño, para darnos así primero a conocer su imagen sin trascendencia, y que luego lentamente vayamos aceptando la trascendencia propia de lo real que de un golpe nos hubiera sumergido en la locura. Artimañas, astucias del alma, de la sabiduría de viejas culturas y religiones del alma cuyas últimas tradiciones sólo algunos raros artistas nos transmiten. Así Kafka.
Por lo demás, el tema de La metamorfosis es igualmente de una antigüedad venerable. Lo nuevo es el tono, el tono de sombría amenaza. Lo nuevo es el tono, el tono de sombría amenaza. No es la fábula alegre, de los tiempos mágicos en que los seres carecían de límites fijos, el mito de las edades dichosas en que el hombre no había aún roto con las demás criaturas, en que no era todavía el ser separado en que vino a quedar más tarde. Es un regreso. Las fábulas lo son siempre, nos conducen aprovechando el ser indiferenciado que aún somos en la infancia, hacia aquella dichosa edad, lejana su aire es festivo, burlón y aunque tengan su moraleja, todas ellas tienen el tono casi de una promesa, o de un recuerdo feliz. “Cuentan que un día, allá cuando el hombre no estaba solo"... Pero La metamorfosis nos conduce a un tiempo catastrófico, en que la conversión del hombre en el extraño animal, no es síntoma de paz, ni de restablecimiento de la perdida unidad, sino al contrario, la desgraciada posibilidad abierta de nuevo, al final del largo camino, como muestra de su fatal equivocación. Como abismo que espera al fondo de la larga carrera equivocada. Es la burla de la meta trastocada, sustituida; la anhelada cima resplandeciente es sólo la hendidura mis terrible. El avance ha resultado un retroceso y nos encontramos en el mismo lugar de donde habíamos partido, mas ya en la miseria más atroz. Pues a, tanto ha llegado el retroceso, que el animal inmundo en que ha venido a transformarse el pobre muchacho de la clase media de una ciudad centro Europa de principios del siglo veinte, no tiene ni siquiera forma, no es ni tan siquiera orgánico, admite en su masa blanda, en sus tejidos corrompidos cualquier objeto. Es solamente materia bestial, limo de la más baja animalidad, barro sin soplo creador alguno. El camino de la creación del hombre, a partir del momento en que se irguiera a "imagen y semejanza" de quien lo criara por amor, ha sido deshecho completamente. Ya es de nuevo, el vil gusano de la tierra la amorfa materia inorgánica, mas sin esperanza. Desposeído de todo en su vil materia.
¿No podría ser esta fábula, este sueño con que nos invade Kafka la advertencia terrible de lo que es el hombre cuando se hunde en sí mismo? En sí mismo en su infinita sordidez, materia amorfa, movida espasmódicamente por energía eléctrica, mezquina criatura, turbio espejo que no es imagen ni semejanza de nada ni con nada. El hombre, sólo el hombre, en la almendra de su ser separado de su principio. "Acuérdate de que polvo eres"... Pero ya, ni polvo que al fin es ligero y puede reflejar la luz, sino materia opaca, corrupta, fétida, pantano de su propio ser, cieno de su entendimiento enceguecido. Es lo que ha quedado de esa búsqueda soberbia del hombre por sí mismo, lo que le es dado cuando infinitamente pobre, se ha negado a aceptar toda dádiva. Es el gusano, la larva. Lo que es peor que el no ser y ni tan siquiera puede morir porque no es.
Peor que el no ser, porque ya es, ya tiene el conato de ser de nada. Conato de ser necesitado del libre albedrío. Pero éste al ser desatendido, que al ser impíamente desdeñado por la soberbia, lo abandonó. Y quedó eso: el conato de ser, abandonado a su propia sordidez sin esperanza sin posibilidad. Porque la única posibilidad de que tal conato se desarrolle es el libre albedrío, la recta voluntad guiada por el conocimiento, nacida en el amor. Y si el libre albedrío define y sostiene el ser propio del hombre, le realiza su conexión esencial con la fuente de todo amor le encadena, le enlaza, le salva. Porque el amor pide conocimiento y el conocimiento a su vez alimenta al amor y guía, endereza la voluntad. Así era alguna vez, durante los siglos de la mejor Europa. Al menos así se creía.
Esta sabiduría fué desdeñada, y la rebelión cada vez más extensa en su inconsciencia, en su animal inconsciencia, liego por fin al término de Ia destrucción. El camino que baja desde el más alto origen fué deshecho. Estamos la Metamorfosis nos lo dice, antes de la Creación. Mas ya, habiéndola rechazado. ¿Que hará, qué hará el gusano? ¿Qué hará la larva?... sólo una cosa, durar mientras llega Ia muerte; una muerte en la desintegración total que no engendra unidad alguna. Muerte que le arrastra junto con los viejos utensilios sin belleza, que arroja a diario al vertedero las grandes ciudades. Muerte de los cepillos sin cerdas, de las cajas de cartón sucias, de las suelas rotas, de los desperdicios, de los residuos de aquello que sólo vivió para ser útil; deshechos de lo que solamente era práctico, necesario, odiosa y feamente necesario. Residuos de los que se avergüenza quien los redujo a tal condición, porque ni ellos Ilevan ninguna belleza propia, ni quien los usó supo impregnarlos de nobleza alguna. Uso sin nobleza, desgaste sin tradición; tijeras rotas, monedas falsas, cabellos postizos, mugre. Toda la mugre que colma los vertederos, los escombreros de las grandes ciudades, donde el hombre se hizo fuerte en su ciega soledad.
Con terrible concreción se nos ha dado este suceso, sin tener que acudir a nada grandioso ni mítico; hasta con color de época. Porque el verdadero arte siempre concreta, y puede darnos lo más universal, el más genérico drama, aquel que se refiere al origen del hombre y a su fin, a su ser más esencial, ateniéndose al ambiente peculiar de una época, a su atmósfera particularísima, captando al mismo tiempo que este suceso más allá todo tiempo y espacio reales, la realidad de un momento histórico y hasta doméstico.
Pero, si La metamorfosis nos ha mostrado tan hondo suceso, sólo igual a los de la Divina Comedia, su otra obra publicada no ha mucho en castellano, El Proceso nos sumerge en otro abismo, en otro terrible paisaje de nuestra Europa actual. ¿Podrá darse algo de más actualidad que esta obra escrita en 1924? No llegan a su terrible actualidad los sucesos de los periódicos, los partes de guerra, las cotizaciones de bolsa. Es sencillamente, la pura actualidad.
Lo que sucede en El Proceso tiene también ese aspecto del sueño, parece una pesadilla a una lectura de un autor policiaco que de pronto se ha vuelto loco. Parece como el extremo de algo que se da todos los días en piano normal, sin que a nadie le extrañe. Es más que sueño, una novela policiaca abstracta, esquematizada, la culpabilidad pura, la persecución pura. Y recuerda en esto a ciertas novelas de Dostoyeski, el genial novelista del pecado y de la redención. Nos presenta crímenes que jamás producen la impresión de realidad real diríamos; pero en cambio, tienen la virtud de poner al descubierto todos los misterios de una conciencia culpable. El criminal tal vez no haya cometido su crimen, más que en el pensamiento, pero es igual, exactamente igual. Es culpable, ha caído, vive en pecado que es lo único cierto. Después en no se sabe qué momento, se ha operado el prodigio de la redención y el miserable asesino se ha separado de sus culpas, es libre, se ha redimido, le han redimido.
En estas novelas de Dostoyeski nadie para mientes en la víctima. Por muy concretos y reales que sean los detalles del suceso, no pesan; lo único real es el drama, el suceso pecado-redención. Lo demás no cuenta, no existe en verdad.
Franz Kafka ha ido más allá. El Proceso, es un proceso sin más, sin delito, sin suceso alguno. También diríamos, sin delincuente, puesto que tampoco existe la conciencia de culpabilidad. El protagonista ha sido misteriosamente elegido, inesperadamente señalado por el dedo de la justicia. Después esta elección siniestra perderá toda su distinción, pues nos enteramos de que muchos hombres son así llamados, casi todos los que andan por la calle, se sientan en las oficinas y suben a los automóviles, tienen un proceso en marcha.
¿Por qué? ¿por quién? ¡Ah!, esto es lo que no puede saberse. Ni delito, ni conciencia de culpabilidad, únicamente la máquina infernal de la justicia funcionando, burocráticamente. El terror, el implacable terror de la burocracia... ¿Qué quiere decirnos Kafka con esta singularísima novela? ¿Qué espantosa nueva nos insinúa con el diseño minucioso de este monstruo? Antes había código, leyes, más o menos injustas que guardar si se quería vivir sin persecuciones. La injusta justicia de la tierra tenía al menos un perfil, mas ahora ninguna ley, ningún delito señalado. El procesado no sabe jamás de qué se le acusa. La maquinaria infernal se mueve con la infinita complejidad burocrática de un pulpo de mil tentáculos. ¿Por qué? ¿Contra quién? ¿Quién la mueve? Nadie, nada. Sobre todo esto: nadie. Del universo burocrático ha desaparecido todo destello de vida personal, no hay quien responda de nada, ni hay nadie a quien dirigirse. Todos los seres que aparecen con apariencia humana se desvanecen no más se apela a ellos. Son máscaras, máscaras de personajes, de profesiones. No hay persona alguna, solamente personajes. Nada más que personajes, es decir, la hinchazón desmesurada de los rasgos funcionales de un ser de humana forma, y dentro nada, ningún corazón, ningún entendimiento tampoco, ni en conato siquiera. Si el héroe de La metamorfosis era una larva, los personajes que pueblan este vacío universo ni siquiera están vivos, son de cartón rígido, son simples muecas funcionales, caricaturas animadas, gestos, ademanes funciones que antes han sido humanas y que ya sólo subsisten como en un molde de yeso... Nada más. Dentro, detrás nada; en el interior… no hay interior. Sólo fuera, sólo mueca sin sujeto, sin sostén, sin substancia.
Ni tan siquiera el procesado parece tener vida, como en embrión se desliza par los pasillos de su proceso. No tiene sangre que grite, ni corazón que estalle en cólera, ni centro moral que requiera... Se sorprende, pero así que le explican lo que es su proceso, es como si automáticamente hubiera ingresado en el universo de la burocrática justicia; es como si se convirtiera inerme, en un tornillo más de la infernal maquinaria. Nada vivo que no se resigne, ninguna necesidad tampoco de resignarse, puesto que no anhela, ni siente, ni quiere. ¿Qué le ha pasado? Antes este señor sin nombre, era un hombre sin embargo, un hombre normal, disponía de su albedrío. Ahora para no llamar la atención sigue andando por las calles y asiste a su oficina a cumplir con sus diarios deberes, puede ir y venir por las calles, flirtear con mujeres, tener amigos.. Mas, resulta que todo ello, todo lo que toca, todo lo que se encuentra tiene alguna relación con la justicia, todo forma parte de la espantosa maquinaria. Es como si de pronto hubiera ingresado en un universo distinto, al que enseguida acomoda, pues para acomodarse sólo precisa en rigor, vaciarse de sus vísceras, despojarse de su humana condición y convertirse en un número, en un sin nombre, en una mueca. La mueca de la docilidad.
Docilidad, absoluta sumisión, ¿a quién? Ya lo hemos dicho, no hay quién, a nada, a nada. Absoluta y ciega, sorda sumisión nihilista; sumisión y humillación humana que vacía al hombre de su entereza, que sólo ha podido ser posible después de la extirpación completa de su libre albedrio.
Y por una parte Kafka nos legó el testimonio de la repugnante concreción del animal hombre cuando se separa de su principio, su pútrida materia, por otro nos deja este testimonio de lo que pasa en idéntica situación mas en otro polo. No en el polo de la concreción de la materia, sino de la objetividad. Si Ia concreción se disuelve en la podredumbre, la objetividad representada en la justicia se vacía en una espantosa abstracción. Es la abstracción, no de la culpa del pecado original que espera y obtiene la gracia de la redención. Es simplemente la abstracción de la persecución, el que todos seréis perseguidos, perseguidos implacablemente, por la feroz maquinaria sin entrañas, por el nadie, por la nada. ¿Y por qué? Por el mero hecho de haber nacido y haber luego desnacido. Al no ser nadie, la maquina persecutoria se pone en marcha porque sí. Diríase que su vacía abstracción necesita algo vivo con que alimentarse. Y no lo encuentra, porque todo lo que toca lo mata.
¿Sería comprensible sino, este afán insaciable de persecución, esta furia que en nombre de una justicia nihilista arrasa el mundo? Sólo el vacío absoluto no se satisface jamás, sólo él no se calma, no se apacigua. Sólo la abstracción de lo que no es, del nadie que queda después de que el hombre olvidó que la justicia no es cosa de la tierra, después de que rompió el lazo de la redención, de la gracia tras de haber roto también el de la creación.
Rompimiento del lazo de la reacción, rompimiento del vínculo de la redención. Y en medio, el hombre destruido. Estos dos vínculos le sostenían, le hacían ser porque le daban su albedrío, su libre albedrío, ahora derrotado por los suelos. ¡Terrible lucidez la del testigo Franz Kafka, pero terrible, más terrible la de verla comprobada, realizada! Terrible destino el de irnos sintiendo supervivientes del mundo anterior a La metamorfosis. El fué profeta. Nosotros supervivientes, testigos y testimonio de lo que fué y no se resigna a diferencia del héroe de El Proceso, a entregarse. Testigos, hemos de ser testigos de que la criatura humana fue alguna vez algo más que gusano algo más que pasto de una insaciable, infernal abstracción.

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