5.24.2011

JOSÉ LORENZO FUENTES: LA SOMBRILLA DE GUINGA

Cuento publicado íntegro y por primera vez en la Red.
Monet
Una vez me puse a coleccionar sombrillas como un filatelista colecciona sellos postales o cualquiera otro colecciona sonrisas de azafrán. Llegué a tener ochenta y cuatro sombrillas. Como no era posible tenerlas a todas desplegadas en la sala, conservaba muchas de ellas envueltas en el mismo papel celofán de la tienda, pero cada cierto tiempo yo las desempaquetaba, hacía saltar el broche y las abría sobre mi cabeza. Observaba minuciosamente las varillas, con el temor de que hubiera aparecido la herrumbre, y después las regresaba al papel celofán.
La suerte era que mi casa no la visitaba casi nadie y yo podía, sin muchos tropiezos, atravesar la sala llena de sombrillas y entrar a mi habitación. Pero a veces algún visitante inoportuno se quedaba desconcertado frente a la profusión de colores de mis sombrillas.
--¿Las vende?--llegó a preguntar alguno.
--No. Las sombrillas son mi entretenimiento.
El visitante entonces se encogía de hombros.
Hay sombrillas que silban y sombrillas que se quejan y otras que seguramente piensan y desean cosas, pero de todos modos me aburrí de mirarlas y en cuatro meses me deshice de mi colección.
Algunos años después conocí a Raimundo. Vivía a dos puertas de mi casa pero yo estoy convencido de que no tenía noticias de mis sombrillas pues comenzó a vivir allí mucho después de que me desprendiera de la última y además nunca me hizo una sola pregunta sobre el asunto.
Una noche, paseándonos por el Parque Central, Raimundo me preguntó si deseaba conocer a Rebeca.
--¿Quién es Rebeca?
--Una médium -me respondió--. Es fantástica.
--¿Podemos ir ahora mismo?
--Claro, hombre.
La médium me extendió su mano, apresó la mía y lanzando un quejumbroso resoplido me dijo:
--Lléveme a su casa.
--¿Cómo ... ?
--Mentalmente, quiero decir.
--Ah.
Entonces pensé en la puerta de mi casa.
--Tan rápido no -me dijo la médium-o Hágalo como usted acostumbra, por las calles que siempre transita.
Cuando hube efectuado el recorrido que me solicitó y me encontraba frente a la puerta, la escuché decir:
--Ahora, entre.
Entré.
--En la sala hay muchas sombrillas--dijo la médium.
--No. No hay ninguna.
--Usted no entiende. Es un espíritu que así se manifiesta porque ésa era la actividad en su vida.
--Perdón, usted se ha equivocado.
--Es su padre.
De golpe recordé que efectivamente mi padre se había ido de Cuba dos meses antes de yo nacer y que en Costa Rica abrió un negocio de sombrillas. Como eso nadie lo sabía en La Habana -yo mismo no me acordaba en ese momento- la piel se me llenó de supersticiosos erizamientos. Me desprendí de su mano, negado a escuchar otra palabra, y regresé a la casa de lo más preocupado.
A partir de ese momento empecé a ver sombrillas en la sala de mi casa, forradas con telas de los más diversos colores. Para escapar a la alucinación volví a comprar sombrillas reales, también forradas de los colores más diversos. Logré una colección increíble, donde la preferida, pese a las nuevas adquisiciones, era siempre una sombrilla de guinga, cuyos cuadritos en rosa y negro destacaban ingenuamente entre todos los demás colores.
Una noche mi madre se me apareció y me dijo que eso no estaba bien; que era como decir que yo había tenido muchos padres y que debía, por lo mismo, quedarme con una sola sombrilla. Rechacé su mandato y pensé que todo aquello sucedía a causa de mis nervios estropeados, pero mi madre continuó apareciéndoseme todas las noches y quejándose de lo mismo.
Poco a poco fui deshaciéndome de las sombrillas hasta que, aterrado, me llegó la idea de que hacerlo al azar era la peor de las torpezas y que, sin darme cuenta, podía echar de mi casa a mi padre. Ni siquiera estaba convencido de que él fuera la sombrilla de guinga que tanto me llamaba la atención.

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