5.24.2011

JOSE LORENZO FUENTES: ¿TE DAS CUENTA?, SEÑOR GARCIA, EN LA PAGINA SIETE, PATAS DE CONEJO

¿TE DAS CUENTA?
(Fragmento)
Dali: Paranoia
Cuando me dieron la noticia sólo alcancé a pensar en Manirroto: en las cosas que él me había dicho. No le di tantas vueltas al asunto de ella, de su mujer. El caso era que alguna vez se tenía que morir: podía ser que explotara un fogón de brillantina, como ahora, o que la cogiera una enfermedad y la doblara y se la llevara. Qué le vamos a hacer: eso es lo de todo el mundo.
--Salió a la puerta de la calle gritando--me dijeron--, parecía una bola de candela que caminaba. Vinieron los vecinos y le echaron un montón de colchas y trapos encima, pero igual que nada. Se murió en seguida.
--¿Y Manirroto?--pregunté.
--Está como loco.
Entonces fue cuando pensé en el hombre y en lo que me había dicho. Primero en el hombre y después en lo que me había dicho. Resulta que por el año pasado me dio por ir a Guanabo donde no todo eran mujeres en short por la calle o en trusa sobre la arena y música en el bar y humo de cigarrillos americanos comprados como era debido. Por debajo de ese cascarón había un mundo que nadie se ponía a mirar a menos que la vida nos golpeara duramente como un boxeador puchindrún, en el pecho, en el estómago, dondequiera.
Yo entré a Guanabo con el cuerpo amoratado y me fui donde Manirroto, que ya tenía su historia bien asentadita y una linda lancha para el negocio, y fama de que no iba a andarse con arrepentimientos a última hora. Cuando le dije que venía de socio con él, me echó los ojos a los pies y me los subió sobándome el cuerpo con la mirada como para achicarme los humos y demostrarme lo poca cosa que yo era. Luego, con un aire que le restaba importancia a la pregunta, quiso saber quién me había mandado a su lado. Yo le dije que nadie y que si su fama no bastaba

SEÑOR GARCÍA
(Fragmento)
Dali: Perfil del tiempo
Elpidio me llamó por teléfono. "A las siete quiero verte", me dijo. Le contesté afirmativamente yeso que no debía hacerlo. Si no me interesaban los placeres de que él me hablaba ni estaba a gusto en compañía de la gente que él frecuentaba, no sé por qué se me ocurrió responder que sí.
De todos modos durante un buen rato me olvidé de la cita que había concertado. En la oficina el trabajo no era mayor que otras veces pero me entretuve observando a Dinorah, con sus párpados azules y su motera y ese modo tan suyo de untarse el polvo en las mejillas. Por debajo del buró mostraba unas piernas largas (siempre asocio las piernas largas con la despreocupación en la mujer) que se cruzaban alternativamente una sobre la otra mientras hablaba por teléfono. Cuando ella terminaba de trabajar, exactamente a las seis de la tarde (a las seis menos cuarto ya comenzaba a mirar con impaciencia el reloj, vigilando los saltos del minutero) me acercaba al auricular y olfateaba su perfume durante un buen rato. Ganaba lo mismo que yo pero una mujer puede privarse de muchas cosas excepto de un frasco de perfume. Son los detalles que uno va aprendiendo con los años a costa de una profunda observación.
Antes de las seis de la tarde volvió a llamarme Elpidio. "Hoy no podemos vemos", me dijo. "Está bien", dije sin poner entusiasmo en las palabras. "¿Te molesta?", me preguntó. "No, de ningún modo". "Entonces la semana entrante nos veremos. Volveré a llamarte". A las seis se levantó Dinorah de la butaca, echó un capuchón de nylon sobre la máquina de escribir, se retocó las mejillas y dijo adiós a los que quedábamos en el salón con un guiño de ojos. Yo me acerqué a su auricular, a olfatearlo como siempre, y Demetrio me miró con ojos de sorpresa y yo levanté los hombros como si dijera qué le vamos a hacer. Luego me acerqué a Demetrio, afectando un aire de indiferencia...

EN LA PÁGINA SIETE
(Fragmento)
Dali: El puente roto y el sueño
Pudo haber tenido la idea desde 
mucho antes pero fue una tarde cuando mi amigo me dijo que lo mejor del mundo era dedicarse a alquilar presumibles suicidas. Yo le contesté que había demasiados, que leyera las estadísticas, que el dinero no le iba a alcanzar y, después de todo, para qué. Mi amigo no hizo caso de mis argumentos, movió la cabeza de un lado a otro como siempre que un pensamiento no lo satisface del todo y salió dando un portazo. Entonces yo salí también y eché a andar por la calle apresuradamente, en la mano mi sombrero de paño azul. Tropezaba con la gente y la saludaba con alegría idiota, balbuceando "muchas gracias" cada vez que alguien me daba un empellón pero el caso era llegar cuanto antes. En el mayor puente de la ciudad estuve esperando cerca de dos horas, después de haber recorrido infructuosamente otros puentes menores.
Encendía los cigarrillos con una frecuencia malsana y luego los tiraba al río cuando aún era posible fumarlos un poco más. Pensé que los cigarrillos navegarían corriente abajo, destripados, las picaduras y el papel cada cual por su lado, y que podía acabar con diez cajas sin que apareciera una sola persona dispuesta a suicidarse. Entonces vi que se acercaba un hombre, vestido todo de gris. Primero avanzaba sigilosamente, más tarde dio un salto y empezó a caminar no sin cierta premura hacia donde yo estaba, a tiempo que me hacía señas con la mano para que me le acercara. Mi desilusión fue total cuando comprendí que era mi amigo.
--¿Qué haces?--me preguntó.
--He recorrido todos los puentes de la ciudad inútilmente.
--Ése no es el modo, Emérito.
--¿Qué crees que debo hacer?
--Poner un aviso en los periódicos. Es lo que hace todo el mundo.

PATAS DE CONEJO
(Fragmento)
Albert Dürer (1471-1528): Liebre
Artemio Pereda hubiera querido quedarse en la cama hasta las diez. Como todas las mañanas se sentía cansado. Estiró los brazos, sin embargo, desperezándose, trató de incorporarse lentamente, apoyó un codo en la almohada y extendió el otro brazo hasta el velador para hacerse de fósforos y cigarros. Dio tres golpes pequeños, imperceptibles, con la punta de un cigarrillo en la sábana, se lo puso en la boca y lo encendió dificultosamente sin dejar de seguir acodado en la almo
hada. Desde hacía algunos años lamañana lo sorprendía con un raro cansancio como si durante el sueño se hubiera dedicado a múltiples andanzas, a un incesante recorrido por la ciudad que extenuaba sus músculos y dejaba adoloridos sus huesos. Tampoco despertaba del todo con facilidad y era necesario encender varios cigarrillos antes de darse cuenta con exactitud del mundo que lo rodeaba y se entregara a pensar con la lucidez acostumbrada. Al cabo, sintió que el brazo en que estaba apoyado se le entumecía y se incorporó con mal humor, sentándose en el borde de la cama donde se dedicó a frotárselo de arriba abajo y de abajo arriba hasta que el molesto cosquilleo desapareció. Entonces, sin soltar el cigarrillo de la boca, encorvó el cuerpo hacia delante para ponerse los calcetines y anudarse los zapatos, torciendo el rostro a medida que el humo se le metía en los ojos obstaculizándole la labor.
En la pared, un almanaque colgaba de un enorme clavo destinado originalmente, con toda seguridad, a un esfuerzo mayor que sostener la lámina de colores vivos y las hojas menudas donde aparecían marcados con tinta negra los días laborables y con roja los domingos. Artemio miró despaciosamente la litografía: un niño rollizo, su pecho cruzado por una banda de seda china donde estaba inscripto el año, sonreía enigmáticamente como si se viera obligado a revelar.
Después de la gaviota © José Lorenzo Fuentes

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