5.24.2011

ELENA TAMARGO: JOSÉ LORENZO FUENTES: EN LA GRANDEZA

Cortesía del bitácora de Emilio Ichikawa
Nota sobre el libro Cinco grandes,
de José Lorenzo Fuentes, 
presentado en el Centro Cultural Español.
La libertad del escritor que entrevista en cuanto a la elección del tema puede compararse sólo con la del artista, y al igual que éste, se guía por la inspiración, que los románticos llamaron también, entusiasmo. Un libro de entrevistas es un riesgo para un novelista, acostumbrado a jugar con la ficción, la metáfora, el giro aforístico, la autenticidad. En este género, más que en ningún otro texto literario el estilo es el hombre, y será más meritoria la labor, cuanto con más exactitud represente al hombre de carne y hueso que palpita en sus páginas.
   El efecto y el mérito de una entrevista son más completos, cuanto más cercanas a nosotros son las imágenes que se emplean en la aproximación de ese diálogo; es la transformación en una estructura lo que debe producirse para que la palabra pueda ser garante de la cosa; en el equilibrio en que todo hablar se mueve busca y encuentra la conversación artística el grado máximo de presencia. Eso ocurre entre los escritores y pintores que dialogan en estas páginas con José Lorenzo Fuentes, porque el lenguaje logra la total proximidad.
   Aunque las breves líneas de estas entrevistas no estuvieran acompañadas de otras, tampoco estarían solas, porque juntas las voces forman una constelación de sentido que tiene, casi, algo así como un único tema. Se trata de una constelación de espíritus artísticos, gravitando unos con otros, como si surgieran unos de otros. En realidad gravitan unos con otros y constituyen el campo de la experiencia, con que José Lorenzo Fuentes parece decirnos que no se puede vivir sin aquella decisiva familiaridad entre uno mismo con sus contemporáneos, que es como decir, no se puede vivir sin confianza, sin los seres conocidos de nuestro alrededor.
   Wifredo Lam, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Cundo Bermúdez y Alfonso Grosso, qué tienen en común para la pregunta certera del narrador que emprende el riesgo de juntarlos? Tal vez que especialmente el arte sea capaz de mostrarnos realmente lo que permanece y lo que nos involucra con esa permanencia, y que la relación de todos con esa actualidad esté marcada por encontrarnos todos, bajo el potente eco de nuestro origen histórico.
   “Tanto el periodismo como la literatura--cuando hablo de literatura hablo de novela, por supuesto--se alimentan de las mismas fuentes. Los métodos de elaboración no son los mismos pero debían ser los mismos. Su destino es el mismo: transmitir, contar, convencer”, le dice Gabriel G. Márquez, a Lorenzo, cuando trata el tema de la convergencia de los oficios, experiencia que ambos comparten, como la amistad, que también comparte el autor de Después de la gaviota con el Premio Nobel, que le confiesa al primero que, “después que los ojos del lector se acostumbran a la oscuridad empieza a verse con mucha claridad”.
   “Una especie de gran terror agazapado determinó durante mucho tiempo la doble equivocación de nuestras novelas”, son las palabras con que despega el diálogo de Cortázar, y “habría que mirar largamente el ritmo vital, la morfología de una planta o de un animal, como una lección de novela o de cuento. Habría que mirarse largamente las manos antes de apoyarlas en el teclado de la máquina de escribir”, con las que termina, advirtiendo la responsabilidad del creador de cuerpos vivos y cuerpos literarios. El tema de la novela en Latinoamérica, la manipulación de la realidad por el escritor, la defensa del “realismo en libertad”, es la tesis de Alfonso Grosso. Estos son los escritores de este diálogo.
   Mientras, los pintores Wifredo Lam y Cundo Bermúdez, se mueven en el lenguaje de la memoria, de la fundación de todo texto; los mosaicos que recogía desde niño, Cundo, los libros que leyó, “entregado al ejercicio de recordar que tanto lo fascina”, confiesa este hombre de más de noventa años, que no ha hecho otra cosa que pintar. Lam, a quien Lorenzo nunca entrevistó, le narra su salida de Cuba, sus bolsillos vacíos en París, su buhardilla y su amor a primera vista con Picasso; le habla del misterio, de su madrina santera y de "La Jungla".
   Cada amigo con su tema, todos hilados por la filigrana del alma, es esta reunión que confirma que con los ojos del arte de todos los tiempos vemos siempre a aquellos que ya conocemos. En estos diálogos el lenguaje vive realmente como tal y en él transcurre toda la historia, el texto que designa en un sentido propio un tejido, un todo inseparable compuesto de hebras sueltas, cuya propiedad es el carácter irrepetible de la pregunta que se formula, desde una voz también irrepetible, y la respuesta que se da hacia el entendimiento mutuo. El proceso de este diálogo de grandes es un acontecer, que parece no haber quedado registrado más que en la memoria, y apenas desde ella es esta donación. Sabemos que nada es tan difícil como escribir diálogos, lo que se debe, según la filosofía, a la naturaleza del movimiento del espíritu, pues sólo eso garantiza que pensemos en palabras y réplicas; por eso pudo Platón designar justamente al pensamiento como el diálogo del alma consigo misma. Dice Hans-Georg Gadamer que el diálogo vive del favor del instante, y estos instantes que Lorenzo transcribe para nosotros, quiebran el silencio en que se mantiene el oído y se expone a que caiga, como una respuesta, otra palabra.
   Tal vez estas letras deban advertir, además, que los grandes son seis, donde yace el ahí, el lugar del cual el que se ha ido tanto como el que está aún, está total y definitivamente separado como por la primera hoja de la primavera, la hoja entre nosotros; está en el ahí repartido, en esa afinidad íntima que une el perfume y el rastro; el aroma y la memoria.


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ELENA TAMARGO (Cabañas, Cuba, 1957). Poeta y escritora. Recibió el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de La Habana en 1984 por su libro Lluvia de rocío, y el Premio Nacional de Poesía "Julián de Casal" de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1987 por Sobre un papel mis trenos.  Estudió Germanística y Filología en la Universidad de La Habana y realizó estudios de posgrado en la Universidad Lomonosov de Moscú y la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Su preocupación por la memoria, sobre todo en el drama del exilio, la ha llevado a investigar el tema en poetas como F. Hölderlin (del cual es traductora), Marina Tsvietáieva, Anna Ajmátova y Juan Gelman. Ha publicado el poemario Habana tú (México, 2000) y el libro de texto y crítica Juan Gelman: poesía de la sombra de la memoria (México, 2000).

2 comments:

Felix Anesio said...

setinuhermoso y certero, como siempre! gracias, elena!

Carmen Karin Aldrey said...

Elena, excelente! Y magnífico libro. Gracias a Grafoscopio por publicarlo!

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