5.07.2013

RITA MARTIN: ESCENARIOS


Poema mientras Arturo Sandoval improvisa
en un escenario de Radford, Virginia

Instantáneas. Frialdades.
Los cristales hablan de las veces
Que caíste y empinaste
A pesar de los otros y la muerte.
Ahora un sonido X se sincroniza con el del tren Y
Y enceguece tanto como la locura
Del que conversa con los muertos.
Son innumerables las razones
Sobre las fronteras y los límites.
Un infante roza el sueño
Y hace un gesto ante el vacío.

La palabra nace falsa
Como la mercancía que se vende y no se usa.
Prada vende el modelo retro de unos lentes
Y Amazon.com lo hace con los libros
Que aun llegan a ciertos sitios con demora
Y a otros con las páginas mordidas.

Hay hoteles y plazas, académicos,
Diletantes y aprendices de poeta
Que no dan con el sentido de la colosal broma
Escrita para ciudades inventadas.

Todo tiene un precio oscuro
Y los caminos se cruzan
Y al final es sólo uno
El que nos lleva a parte alguna.

Nunca pensaron que no se verían
Nuevamente en este tiempo.
El amigo es ahora un ser extraño.
Oficio duro el del exiliado.

Ya no recuerda ni le apelan los momentos.

No hay certeza de las vivencias.
No hay más certeza que unas teclas con letras.
No hay más certeza que un mercado vacío.
No hay más certeza que el humo de un tabaco.
No hay más certeza que el sabor del café en la saliva.

El infante abre la boca
Y traga aire y aire y aire
De la teta y el chupete.

Lo fértil es una descripción imaginaria en esta tierra.
Esta tierra es la mía.
Esta tierra no es mía.
No hay más tierra.

Sólo el aire es una transitoria posesión.
El náufrago lo sabe.

“No sé nada,” dijo “pero me gusta
Escuchar viejas historias.
Los durmientes escuchan cuentos extraños e imposibles.
La lejanía no es la muerte ni es la vida.
"Bueno,” dijo el otro “deshilvana el nudo
Y enredémoslo de nuevo.

No hay salidas.
No hay entradas.

Las ventanas son cuadros ilusorios:
Pinturas que muestran calles intransitables.

Las lentillas pesan rotas en los bolsillos
Y el sombrero tapa el vino descorchado
Dentro de un invierno parisino.

Y se murió en París en aguacero.
Y el último tango fue en París.
Y había un bar. Aun cantaba Gardel.

Una pareja sacude las pisadas.
Pero no hay ritmo.

En un lugar remoto tuvo la conciencia:
La música viene de lugares innombrables.
La música extremada del trombón y los tambores.
Sólo los santos suenan en la noche
Tras la garganta sudada del trompeta.
Se cierra el escenario.
Una hora y media de catarsis
De libre esplendor ante la nada.

Hace su visita la locura.
No hay actores.
Sólo en el espacio nuestras ansias y deseos.

La mano extendida busca otra entre almohadones.
La noche busca el otro cuerpo que le huye.
Los ojos tropiezan.
Cómo puede el mundo organizarse por unos ojos ciegos.
Cómo puede la casa ser hogar si no le llega la luz de una mirada.
Pero es mundo organizado, casa, hogar desde lo oscuro.
Algunos gestos disponen una infancia.
Y las historias corren paralelas:
Un aroma, una tierra, una cocina,
Una extraviada manera de ser.
Y nos sentamos a la mesa y saboreamos el aire añejo.
Y brindamos por algo que nunca será.
No beberá más este licor azul y frío como el vino.

Una sola gota de más desborda la medida.
Todos sabrán el gran secreto:
Ocurre un suceso innombrable.
La frialdad, la instantánea, el desarraigo
Tanto dolor en los costados
Pueden anularse cuando giran las inmensas y azules ruedas de unos ojos.
Sólo sus ojos se abren para ver los suyos.
Suyos son los ojos que un día vieron el mundo o no lo vieron nunca.
Los amantes se perdieron pero sus ojos estuvieron
y alguna vez el mundo supo bueno.

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