12.19.2013

ODETTE ALONSO: QUE SE VAYA LA GUSANERA

Extraído de Hotel Pánico
el más reciente libro de cuentos de Odette Alonso.
Compra disponible en línea en Profética
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Ilustración: Patricia Toledo
Allí, en el balconcito de los actos revolucionarios, están Marlene y Yamila. Me pregunto qué hacen ahí, tan derechitas, con las manos agarradas a la espalda, entre la directora y la secretaria del Partido, si debieran estar aquí, con nosotros, en la fila. Qué hacen allí, si ellas no son de las mejores alumnas y tampoco de las malas... Pero ya la directora está mandando a callar y empieza a decir que en estos tiempos en que la patria está poniendo a prueba a los verdaderos revolucionarios, cuando es la hora de estar de su lado, apoyando al comandante en jefe, esas alumnas, Yamila y Marlene Sánchez Heredia, se han sumado a las filas de los traidores y han decidido abandonar el país, pasarse del lado del enemigo... ¿Irse del país? Pero cómo va a irse del país Marlene... Eso no es posible, pero la directora sigue diciendo que es una vergüenza para la escuela, una ofensa a cada uno de nosotros y que la revolución nos exige una posición militante, incondicional e irrestricta ante estos elementos desafectos, lumpens, escorias y yo me pregunto por qué Marlene no me lo dijo ayer, ayer que jugamos toda la tarde a que le robaba un beso escondidos detrás del cantero de la abuela... Por qué no me lo dijo, por qué, pero ya la secretaria del Partido ha levantado el brazo con el puño cerrado y todo el patio va sumándose al coro: “¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!... ¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!”... Y ellas asustadas, creo que hasta se les escapa alguna lágrima mientras la directora acaba su discurso. “¡Viva la Revolución! ¡Viva nuestro comandante en jefe! ¡Fuera los traidores, en este país no hay lugar para ustedes! ¡Patria o muerte! ¡Venceremos!” Y el patio entero grita y los puños vuelven a alzarse aguerridos “¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!”... y la secretaria del Partido las empuja hacia la escalera, adonde ya las espera media escuela con los brazos en alto, gritando las consignas. Y en vez de correr a protegerlas, me voy replegando hasta caer sentado en un rincón. Desde allí veo cómo las van arrastrando, halándoles el pelo, tocándoles las nalgas, abofeteándolas, pegándoles con los cuadernos en la cabeza, en la cara, empujándolas hacia la puerta. “¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!... ¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!”...
“¿Y usted, Armando, qué hace ahí escondido?” Es la directora, erguida a toda su estatura, que por primera vez me trata de usted y me dice Armando y no Mandy como me llaman todos. “¿También es un traidor a la patria? A ver, muchachos, lleven a Armando a que exprese su repudio”... Un grupo de varones me agarran de los brazos y me arrastran hacia la puerta y me gritan al oído: “Tu jeva es una puta, compadre, una gusana... ¿no te da rabia que se vaya a abrir de patas con los yanquis y tú aquí de comemierda y tarrú?” Y en vez de romperles la cara de un piñazo, me pregunto por qué vinieron ellas a la escuela si saben que las van a humillar, que por su culpa nos van a humillar a todos sus amigos... ¿Será que acaban de enterarse? ¿Será por eso que en la puerta está su padre esperándolas? Su padre que las arranca de los brazos de la multitud y caminan rápido, casi corriendo calle arriba, mientras detrás va toda la escuela en una conga que pega, que empuja, que grita: “¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!... ¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!”... Es un carnaval: “Arriba, abajo, los Sánchez pal carajo”... Van arrollando, riéndose a carcajadas, gozando: “Derecha, izquierda, los Sánchez pa la mierda”... Y quién sabe de dónde aparece un cartón de huevos que todos empiezan a tirarles y revientan sobre sus espaldas, en las cabezas, les chorrean por la ropa... “¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!... ¡Pin pon fuera...”
Así llegamos a su casa. Ellos entran apresurados, muertos de miedo, y sale un oficial en el mismo momento en que un huevo vuela por los aires, se rompe en su pecho y le salpica la cara al tipo, que hace una mueca de asco, a duras penas contiene la rabia y mientras se limpia con la manga del uniforme, nos explica que están haciendo el inventario de la casa “para que estos gusanos de mierda no puedan sacar nada de nuestro país, ni un centavo, ni un mueble, ni siquiera su ropa, porque todo lo que hay en este país nos pertenece a nosotros, los revolucionarios” y la multitud grita emocionada, levanta los puños: “¡Fuera, fuera, fuera!”... El tipo vuelve a perderse dentro de la casa y se tardan mucho rato, muchísimo, hasta que por fin las vemos salir, ellas y su abuelita rodeadas de guardias, y detrás sus papás y más guardias, avanzando temerosos por el espacio que ha dejado en el medio el grupo de gente que vuelve a gritar a todo pecho: “¡Pin pon fuera, que se vaya la gusanera!... ¡Pin pon fuera...” y les halan el pelo y les pegan y los empujan a uno y otro lado de la multitud como si fueran muñecos de trapo, ante la sonrisa de complacencia de los oficiales. Cuando estamos a dos pasos de distancia, Marlene levanta la vista y me mira a los ojos, empieza a abrir la boca como si fuera a decirme algo y entonces suena detrás de mí la voz del tipo de 12 grado: “Qué clase de maricón eres, mi socio, la jeva se te va mansita y tú con esa cara de pasmao”. Y en vez de decirle “no te vayas Marlene, quédate conmigo”, le lanzo un escupitajo gordo que se le cuelga de la ceja, le chorrea hasta la mejilla y le toca la comisura de los labios, los mismos labios que ayer jugaba a besar.
Como obedeciendo a una invitación muda, una lluvia de escupitajos los baña desde todas direcciones. Arrastrado por esa furia incontrolable, soy yo quien empuja a su abuelita sobre los rosales. La vieja cae de rodillas, se pega en la cara con los ladrillos del cantero, le empieza a salir sangre. Y gracias a eso se detienen las patadas que ya estaban en el aire y da tiempo a que el padre la levante casi en peso y corran hasta el jeep militar que los espera junto a la acera. Y soy yo el primero que se llena las manos con la tierra y las piedras del cantero y las empieza a tirar contra ellos, contra el jeep que ya ha arrancado, y corremos y seguimos tirando piedras hasta que dobla en la esquina y se pierde de vista.



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ODETTE ALONSO. (Santiago de Cuba, Cuba). Poeta, narradora y promotora cultural. Licenciada en Filología por la Universidad de Oriente, Cuba, es fundadora y organizadora del ciclo Escritoras latinoamericanas cada año en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en la ciudad de México y conduce la bitácora Parque del Ajedrez. Entre sus poemarios publicados sobresalen: Enigma de la sed (1989), Historias para el desayuno (Premio de poesía Adelaida del Mármol, Holguín, 1989), Palabra del que vuelve (Premio de poesía Pinos Nuevos, La Habana, Editora Abril, 1996), Linternas (Nueva York, La Candelaria, 1997), Insomnios en la noche del espejo (Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén en 1999), Visiones (prosa poética, 2000), Antología cósmica de Odette Alonso (2001), Cuando la lluvia cesa (2003), Diario del caminante (2003), El levísimo ruido de sus pasos (2006), Escombros del alma (ebook, 2011), Víspera del fuego (poesía, 2011), Manuscrito hallado en alta mar. Veinte años de poesía reunida, 1989-2009 (2011), Bajo esa luna extraña, antología personal (2011). Su labor como narradora ha producido los siguientes títulos: Con la boca abierta, cuentos (2006), "Animal nocturno", cuento (Premio del XII Concurso de Cuento Mujeres en Vida, convocado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla 2007), Espejo de tres cuerpos (novela, 2009) y Hotel Pánico, cuentos (2013). Radica en México desde 1992.
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2 comments:

Odette Alonso said...

Muchas gracias, mi querida Rita.

grafoscopio said...

Gracias a ti, Odette. Que sigas cosechando maravillas para todos nosotros.

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