12.24.2013

JOSÉ LUIS SANTOS: SANTA CLARA ES MI LUGAR EN EL MUNDO. ENTREVISTA AL POETA Y NARRADOR ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ

No he oficiado nunca en los altares del odio. 
Creo que Dios, lo bello y el amanecer pueden unir a los hombres.
José Lezama Lima


 
Paisaje de Tomás Sánchez

Conversar con Arístides Vega Chapú (Santa Clara 1962), en estos tiempos en que los valores se tornan insostenibles y su ausencia corroe lo mismo a personas que a instituciones, es de por sí un placer indescriptible. Y si la apabullante cotidianidad permite incluir algún tópico cultural en el diálogo con este hombre de melena a lo R. Tagore y bolso de tela hilvanado por él mismo, entonces podemos decir que el placer es doble.
La memoria me remite al año 1991, yo era desertor del SMG o algo así. Soñaba con ser poeta y hasta con publicar (vaya ingenuidad la mía). Llego a Camajuaní en calidad de nómada, y un puñado de amigos, miembros del taller literario municipal (sabrá Dios por cuál rincón del mundo andarán hoy) me asegura que se puede ser escriba aunque se tenga un solo par de zapatos averiados, y dos o tres pesos insulares en el bolsillo (el dólar se estrenaba en el país, lo mismo que una película de gánsteres en la pantalla de un cine cualquiera). Sobre mí, al igual que sobre la mayoría, pesaban cargos de homosexual, de paranoico o algo mucho peor: de informante. Entonces Octavio A. Pardo (el imprescindible Toni, que miraba de cerca el abismo y a su vez el abismo lo miraba a él) me recomienda leer tres autores cubanos; quiero decir autores jóvenes, con inquietudes y presupuestos estéticos que no centraban su atención ideotemática en la zafra u otros ambientes referenciales de los años heroicos. Se trataba de Emilio G. Montiel, Reina María Rodríguez y Arístides Vega Chapú. Recuerdo que nos sentamos en los sillones de metal del parque pueblerino (no sé si aún existirán), y Pardo, con su legítima voz de poeta del siglo XIX, me lee «Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas», publicado en la ya desaparecida Revista Letras Cubanas. El desgarramiento implícito en aquellos versos me dejó hondamente conmovido; por primera vez supe lo que era el sentido de pertenencia a un oficio tan complicado, y lleno de ingratitudes por demás.
Hoy, cuando me encuentro con Arístides en el Café Literario o escucho sus valerosas intervenciones en la filial villaclareña de la UNEAC sobre este u otro asunto, no dejo de recordar que sus poemas fueron como una especia de meridiano en el distante y convulso 1991.
¿Eres partidario de la tesis aristotélica de que las obras o los referentes ideotemáticos escogen al autor?, ¿O piensas, por el contrario, que alguna subjetividad específica del escriba, o el deseo de agradar a determinado(a) destinatario, condiciona el proceso escritural?
A.V.C.: Creo que el proceso de escritura, como todo acto personal, depende de los presupuestos vivenciales y características de quien lo realice. En mi caso, hay temas recurrentes que son mis obsesiones personales. Escribo para que se me responda, no para dar respuesta de nada.  Hay temas que me interesan más que otros, pero no creo haber escrito nada pensando en complacer o agradar a un destinatario específico. Escribo con la esperanza de ser leído, sino fuera así no publicara, pero sin necesidad de concesiones. Siempre que escribo tengo la ilusión de encontrar a los lectores que estén haciéndose las mismas preguntas que yo, esperando las mismas respuestas que yo.


¿Cuáles autores nacionales y/o foráneos, marcaron tu obra, y en que zona de la misma es más visible el legado?
A.V.C.: Cuando descubrí la generación de Orígenes, Gaztelu, Lezama, Eliseo Diego, Fina y Cintio me sentí muy identificado con sus poéticas. Eran los años que el conversacionalismo estaba validado por casi todos los premios de entonces. Descubrir a esta generación sin dudas me fue muy importante. Antes ya había leído con mucha devoción a Lorca y Vallejo. Por esa época también descubrí a Roque Dalton y Lina de Feria. Cuando leí Casa que no existía, supe que ese era el camino que quería tomar, al menos para comenzar. Estuve seguro de querer hacer una apuesta por la escritura cuando conocí la obra de Lina.  Pero en esos primeros años leí mucha poesía francesa y norteamericana. Verdaderamente leía todo lo que llegaba a mis manos. A esa edad, diecinueve o veinte años uno tiene mucha necesidad de experiencias, y yo traté de vivir a plenitud esa etapa a través de la lectura. Pero si reconozco autores que me han marcado, tendría también que mencionar a María Teresa Vera, que era la música más recurrente en mi casa, por mi abuelo y años más tarde a Marta Valdés y toda la trova tradicional que aún hoy me conmueve. Todos ellos dejaron una huella, algunas más visibles que otras. En cuanto a esas zonas en que se visibilizan mejor todos estos legados, prefiero sean los estudiosos quienes la descubran. En verdad cuando yo escribo estoy escuchando todas estas voces, juntas, como si algo hubiese sido capaz de integrarlas en una sola voz y quizás no sea esa voz de nadie más que de mí mismo.

A tu juicio, ¿por qué autores tan controversiales y fecundos como Manuel Díaz Martínez, Calos Galindo Lena y Frank Abel Dopico, navegan actualmente por las aguas del olvido?
A.V.C.: Estoy de acuerdo contigo, esos tres autores «navegan por las aguas del olvido», pero no me los imagino en las mismas aguas. A Carlos Galindo le tocó vivir en un tiempo muy convulso. Apenas triunfó la Revolución se incorporó, como cualquier otro ciudadano en esos años épicos, a las tareas propias de los inicios de una Revolución popular que intentaba revolucionar todo, como por ejemplo la alfabetización. Entonces no había en provincia editorial alguna, y mucho menos comprensión de lo que significaba ser escritor. No solo para las estructuras institucionales sino también para los propios creadores. Evidentemente Galindo quiso aportar y no creyó que era suficiente con su escritura. Él fue mi profesor de literatura y todos lo sabíamos el mejor, pero ninguno sabía que además era escritor. Cuando se crea la Filial Provincial de la UNEAC, es cuando los que éramos sus estudiantes descubrimos que teníamos por profesor a un escritor. Te cuento todo esto, porque creo que él por mucho tiempo no priorizó la escritura y cuando lo hizo creyó que era suficiente escribir, sin necesidad de insertarse en los primitivos mecanismos promocionales de entonces. Sus compañeros de generación no hicieron nada por él en ese sentido, y la editorial Capiro, que publicó una parte importante de su obra, desgraciadamente se fundó muy tarde para él. De todas maneras está su obra y puede que tarde una valoración justa de ella, pero estoy seguro que llegará ese momento, como le ha llegado a otros su momento. No olvides que cuando Lezama murió, bastaron dos líneas en Granma para ofrecer la noticia de quien es hoy el poeta cubano contemporáneo que más trascendencia ha alcanzado.
En cuanto a Díaz Martínez, se marchó del país. No me consta que alguna editorial le haya pedido publicar algo de su obra más reciente y mucho menos sé si él estaría dispuesto a publicar en alguna de las editoriales nuestras. Lo cierto es que por mucho tiempo se ha considerado que marcharse de Cuba es traicionar. Tengo otro concepto de la traición. En todas las épocas las personas, y sobre todo los artistas y escritores, han viajado hacía otros países con la esperanza de mejoras económicas. En su momento lo hicieron Guillén y Carpentier, Fayad y muchos más, por mencionar solo a tres de nuestros más importantes autores.
Ahora, Dopico es un caso diferente en el sentido que sí le publicaron, en la editorial Capiro, un libro después de haber decidido radicarse en España. Él, no sé por qué razones, es el que se ha alejado de la vida cultural de su ciudad y del país. No sé si es que ya no escribe, como le ha pasado a otros que lejos de su tierra se les extravía ese don.
Es cierto que los poetas Damaris Calderón, Agustín Labrada, Manuel Sosa, Aramís Quintero, por citar algunos ejemplos, a pesar de no vivir en Cuba, siguen siendo considerados y publicados por diferentes editoriales del país. Algo, que la verdad, no sucedía años atrás. Quizás algunos se han quedado con ese trauma y no se atreven a proponer sus libros, o la vida que escogieron no les permite publicar aquí. Quién sabe.


Piensas, como sujeto actoral de la poesía cubana generada en los «ochenta», que el basamento estético de dicha promoción, al decir del crítico Arturo Arango, se halla fuertemente signado por «el discurso del desequilibrio, de la duda, del desconcierto y de la búsqueda de una afirmación individual (…) frente a otros discursos predominantes»?
A.V.C.: Lo primero que creo es que Arturo Arango es un crítico muy serio, correcto y valiente. Por tanto algo de razón debe tener. Mi generación, en cuanto al contexto histórico en que se generó, vivió la crisis de la embajada del Perú y luego el éxodo del Mariel, lo que quiere decir que descubrió que no éramos la sociedad homogénea que nuestros padres nos aseguraban. Vivió todo el proceso del caso Ochoa. Se supo parte de una sociedad imperfecta. Quizás por eso, y a diferencia de la generación anterior que disfrutó a plenitud de la epopeya generada por el triunfo de la Revolución, sintió necesidad de individualizar los problemas, los sueños, las aspiraciones, las frustraciones, reafirmando hasta la saciedad el yo poético.

¿A que factor atribuyes la tardía comprensión, o la conducta mojigata de los centros de poder cultural respecto a las poéticas literarias antes mencionadas?
A.V.C.: Los asesores literarios de entonces, que tenían una participación real y directa en la promoción y el desarrollo de los escritores a través de los talleres literarios, único espacio institucional para un escritor, no tenían otro referente para su trabajo que el que entonces ofrecían las universidades, sobre todo la Universidad Central de Las Villas, que estaba muy enquistada y alejada de la vida cultural de la ciudad y de lo que ocurría en esos momentos en la creación literaria más reciente. Fíjate que la poetisa Bertha Caluff, para poder hacer su tesis de graduación sobre la poesía joven cubana tuvo que trasladarse para la Universidad de La Habana, pues aquí no le aceptaron ese tema. Todo lo nuevo tarda en imponerse y mucho más en comprenderse. Es ley de la vida y la poesía, la creación literaria es parte de esa dialéctica.

Versos como «No me alejes del camino que lleva hasta el pozo colocado al final de la casa», «estas paredes que sostuvieron el péndulo de las horas pasadas», «ayúdame a no dejar que el viento frío entre en mi casa», «Aquí dejé una ciruela en las manos de mi mujer», «Dónde ha ido mi madre a colocar su velo de novia», o «esos hijos que me atrevo a nombrar si me acerco al vientre de mi mujer», convierten el entorno familiar del sujeto lírico en una suerte de leitmotiv doloroso, ¿Por qué?
A.V.C.: Te soy sincero, nunca antes había pensado en tu observación, pero ahora que me lo dices creo que mi familia, que fue muy unida y decisiva para mí primera formación, se desintegró, al menos para mí, cuando mis abuelos, por su avanzada edad perdieron el control familiar hasta que murieron. Luego yo he fracasado varias veces en el intento de hacer mi propia familia y repetir todo aquel ambiente de respeto, tolerancia, solidaridad y unión en el que me crié y eso ha sido frustrante para mí. Levantar una casa y fundar una familia ha sido mi obsesión.


Lo ocurrido al poeta Heberto Padilla a raíz de la aparición de su libro Fuera del juego, se suele mencionar como el único caso de sectarismo, suspicacia y políticas dogmáticas, sin embargo existieron otros que no por menos conocidos, dejan de ser igualmente ominosos. ¿Pudieras relatarme lo acontecido en una importante librería de la ciudad de Matanzas, en el lejano 1988?
A.V.C.: De esto se ha hablado poco pero se ha hablado. Carilda Oliver Labra, en su biografía, escrita por Urbano Martínez, lo menciona y Teresa Melo en Siglo pasado, esas crónicas, que primero publicó La Gaceta de Cuba y luego la editorial Capiro, también ofrece su versión. La verdad que yo siempre he preferido no hablar de algo que me ocasionó un daño para siempre.
Organizaba actividades literarias en la Librería El pensamiento, de Matanzas. Se quería probar que las librerías debían y podían ser algo más que sitios donde se comercializara libros. Lo que años después se le llamó Proyecto Ateneo. Había logrado una programación estable y sistemática, por esos espacios pasó lo mejor de la literatura e intelectualidad cubana. Cintio y Fina, Dulce María Loynaz, la propia Carilda Oliver, Pablo Armando Fernández, César López, Eliseo Diego, junto a escritores y trovadores muy jóvenes entonces como Nelson Simón, Teresa Melo y Raulito Torres, entre otros muchos.
Digamos que quien se encargaba de vigilar los asuntos culturales organizó un operativo en el que utilizando un escritor muy mediocre, como creador y como persona, se diera la apariencia de que en una actividad literaria organizada por mí se estaba haciendo contrarrevolución. Intervino la policía que golpeó a muchos de los escritores que estaban participando  en la actividad, como público o como parte de la misma. En la calle, frente a la librería, se agrupó una gran cantidad de personas convocadas para responder a esta supuesta provocación contrarrevolucionaria a la que se le unieron los curiosos que casualmente pasaban por el lugar. En horas perdí trabajo y casa, pues vivía alquilado y la dueña de la casa fue advertida de lo que se exponía al mantenerme bajo su techo.
Mi hija estaba por nacer y fue muy difícil recuperarme de todo lo sucedido, a pesar de que tuve siempre la solidaridad de muchos amigos, no solo de Matanzas sino de muchas partes del país, que no solo me enviaron mensajes de apoyo sino además dinero para que pudiera sostener a mi familia en todo esos meses.
Por suerte fue algo que se aclaró, y se tomaron las medidas correspondientes a un hecho tan vandálico. La UNEAC, de la que yo aún no era miembro, y el Ministerio de Cultura fueron muy valientes a la hora de exigir responsabilidades.
Todavía hoy, cuando organizo una actividad literaria, y sabes que ese aún es mi trabajo, siento inseguridad si en el público hay alguien desconocido para mí, y hasta que no logro saber de quién se trata no comienzo.

Desde Retrato de familia a Las sagradas pasiones ¿Qué ha cambiado en Arístides Vega Chapú?
A.V.C.: Creo que mucho. Cuento con lo que se llama oficio y ya no solo con la inspiración que sostuvo, como única herramienta, mis primeras creaciones Desgraciadamente ya no soy tan inocente, ni puedo trabajar de madrugada, como entonces lo podía hacer. Pero sigo preguntándome cosas, ahora muchas más,  y sigo creído de que la poesía puede y debe transformarnos en mejores personas.

En una entrevista, el polémico escritor ruso A. Solzhenitsin sostenía que «los libros le quitan la autosuficiencia y la sensación de tener una existencia asegurada a quienes basan su vida en la mentira y las prohibiciones». ¿Eres partidario de esta tesis?
A.V.C.: Yo solo agregaría a lo sostenido por el escritor ruso: los buenos libros. La literatura propicia un espacio de libertad, que nos permite una reflexión a fondo de quiénes somos y quiénes queremos ser. 

Como escritor para niños y jóvenes, qué piensas de la interminable saga de Harry Potter, y de la pérdida de protagonismo de la letra impresa con relación al desarrollo creciente de la informática y la virtualidad evasiva.
A.V.C.: J.K. Rowling, con la saga de Harry Potter, supo a partir de los códigos ya establecidos en la literatura infanto-juvenil, fiel a las normas clásicas de los cuentos populares, tratar muchos de los problemas más acuciantes de la contemporaneidad, desde el género fantástico. Es decir, el horror, la crueldad, la injusticia, tienen su lugar al lado de lo hermoso y lo justo, la belleza y el bien, a través de la recreación de un mundo paralelo al cotidiano.
Sé que hay sitios en los que los niños ya no creen que un buen regalo pueda ser un libro. Sin embargo, y a pesar de sus versiones cinematográficas, los niños y los adultos han preferido leer la saga de Harry Potter. Es el aviso de que todo no está perdido. El aviso para todos los que intervenimos en el largo proceso de crear y dar a conocer una historia para los niños y jóvenes.
Hoy muchos conocen historias, personajes, clásicos de la literatura universal, por versiones en películas, ya sean en animados o con actores, pero su referente está más cerca del audiovisual que del libro mismo. Nuestros hijos conocen la Ilíada, por la versión animada y no por su lectura. Pero yo creo que todo tiempo futuro debe ser mejor, y algo, para bien de los niños y jóvenes, que es como decir para el bien de ese futuro, sucederá a favor de los valores que todavía la literatura puede y deberá ofrecer.

Nombres como Bertha, Salma y Lidia Ana qué representan en el cada vez más reducido, espacio de vida privada.
A.V.C.: Son personajes muy recurrentes en mi poesía pues yo no tengo capacidad de inventar nada, la ficción en mi obra tiene que ver con mi realidad más cercana. He dicho otras veces que yo soy más bien un cronista. Pero estos nombres, en la poesía o la narrativa, adquieren un estatus de personajes ficcionados. Me he encontrado a personas que me han confesado que le pusieron a su hija el nombre de Salma,  porque lo tomaron de mis libros. Pero es la Salma de la literatura, no mi hija, que ni siquiera conocen. Cuando publiqué en Sed de belleza, el largo poema "Retorno de Selím", también me encontré con personas que me aseguraron haber tomado ese nombre para sus hijos. No sé separar literatura y vida, ficción y realidad. En mi obra todo eso está mezclado, porque en realidad yo he querido ir escribiendo mi historia y con ella la historia de los que me rodean.

¿Te consideras, parafraseando al Apóstol, un hombre sincero de donde crece la palma?
A.V.C.:Creo que si alguna virtud tengo es la sinceridad, por ella he pagado un precio y estoy dispuesto a cualquier otro. La verdad es mi única posibilidad de mirarle a los ojos a mis seres queridos y de mirarme a mi mismo sin arrepentimientos. A veces los amigos, con buenas intenciones, tratan de explicarme lo que me conviene o no y me aseguran que hay veces que es de sabio bajar la cabeza, y yo les digo que estoy dispuesto a morir de cara al sol, para seguir parafraseando al Apóstol.
Nací en Santa Clara por casualidad. Mis abuelos maternos eran emigrantes árabes y los paternos españoles. Mis padres cuando se casaron vivían en La Habana, en lo que se conocía entonces por el Ensanche del Vedado, muy cerca del viejo zoológico, a donde se habían radicado, desde Rancho Veloz, la familia de mi padre, cuando él era apenas un muchacho.
Soy de un sitio donde también crece la palma, pero no porque nací en él sino porque decidí permanecer en esta ciudad. Santa Clara es mi lugar en el mundo y me gustaría poder permanecer aquí hasta mis últimos días, algo que no solo depende de mi decisión personal, pero es mi deseo. Cuando tengo que viajar extraño mucho mi hogar y no me lo imagino en otra geografía que no sea en esta ciudad. 
Para mí el país es este paisaje de provincia con el cual vivo conciliado. Podrán existir paisajes muchos más hermosos, pero yo necesito ver a alguna hora del día el parque Vidal, o la loma del Capiro, o ese leve tráfico, pero ruidoso, de la calle Cuba.  Nunca me he podido explicar ese apego. Es para mí como la fe en Dios, que no precisa explicación alguna.

ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ. 
Ha publicado los siguientes libros de poesía: Últimas revelaciones en las postales del viajero (1994), Finales de los años (1994), La casa del Monte de los Olivos (1996), Retorno de Selím (1998), El riesgo de la sabiduría (2000),  De lo que se supone (2001), El signo del azar (2002), Días a la deriva (2003), Mensajes del pan (2003), Sagradas pasiones (2005), Dibujo de Salma (2006), Que el gesto de mis manos no alcance, antología personal (2007), Después del puente, sobre las aguas (2007). Entre sus libros de narrativa se encuentran: Soñar el mar, novela para jóvenes (2004), Te regalo el cielo, novela para jóvenes (2006) y Un día más allá, novela (2008).
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