1.31.2014

JOSE LORENZO FUENTES: ELADIO GONZALEZ, LA FORMA Y EL COLOR DE CUBA

Cada una de las obras  de Eladio González (1937-) parece ser un universo cerrado, que se rige  por sus propias leyes intransferibles. Y sin embargo,  al mismo tiempo todas responden  a la dinámica de un denominador común que las convierte en parte de un sistema unificador. Por suerte, este artista,  uno de los creadores latinoamericanos que ha alcanzado justificado renombre en los Estados Unidos y en Europa, nunca se repite porque su pródiga imaginación se lo impide, pero existe una constante en su obra que podría derivar de una obsesión que se reitera, de una necesidad de comunicar por vías diferentes una pasión o un a idea que prevalece por encima de todas las demás.
    ¿Cuál es esa obsesión dominante? ¿El mundo de su niñez? ¿La nostalgia de la patria lejana y perdida? Pudiera ser. Ya señaló George Lukács, refiriéndose específicamente a la novela, que toda obra de arte es un “exilio trascendental”. En efecto, toda la prosa latinoamericana es una literatura del exilio. ¿Y no está ocurriendo así, en gran medida, con los artistas plásticos de nuestro continente? Nadie escoge voluntariamente el destierro como forma de vida. Se le impone. Una fuerza superior, ciega, incontrolable, lo lanza a la otra orilla de esa tierra de nadie que de pronto tiene que ser también la suya. Esa separación, que es una mutilación, implica, acaso, el mayor de los desgarramientos y a menudo explica las reiteraciones ideo-temáticas de un autor que, para ganancia del arte, en lugar de lastrar su obra, logra comunicarle a cada óleo o a cada escultura, a cada trazo del pincel, un inusitado esplendor.
     Eladio González nació en Itabo, un pequeño pueblo de la provincia de Matanzas, que ahora, cuando lo recuerda, tiene la impresión de que está fuera del mundo, como si flotara en otra dimensión, porque para él  pertenece más al territorio de la imaginación que al de la geografía. Como Wifredo Lam y Ángel Acosta León, otros dos grandes de la plástica cubana, Eladio González es el resultado de una mezcla genética y cultural que, por lo demás, tampoco ha sido infrecuente en Cuba: su padre era un intelectual chino emigrado desde muy joven a la Isla, y su madre una mulata. Del  padre, Eladio González parece haber heredado  no solo el apego  “a la austeridad y la paciencia” que, como él mismo ha señalado, son las normas de su vida, sino ese riguroso equilibrio de las formas que domina su obra, donde ninguna emoción está fuera de control, donde todo apunta a la serenidad del infinito. En cambio, de su madre heredó sin dudas la sensualidad del trópico que penetra a raudales en sus pinturas y esculturas. “Uno de mis primos –recuerda Eladio González- era el dentista del pueblo, y a mí me gustaba sentarme a su lado para verlo trabajar mientras hacía los moldes de las dentaduras… eso despertó mi interés por la creación”. Sea cierto o no que la actividad del primo estuviera en el centro de sus primeras motivaciones artísticas, desde muy joven Eladio González comenzó a pintar afiebradamente y a los 19 años de edad ganó un beca para estudiar en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas. Dos profesores, Rafael Soriano, en pintura, y Manuel Rodulfo-Tardo, en escultura, le ofrecieron su apoyo para que pudiera ingresar más tarde en la renombrada Escuela de Artes Plásticas San Alejandro, donde se graduó de profesor en Dibujo y Escultura.
      Después de haber participado en Cuba en numerosas exposiciones colectivas y personales, Eladio González salió de su país natal en 1967. Mientras esperaba el permiso de entrada a Estados Unidos, estableció su residencia en Madrid. “Durante aquellos meses –dice- solo supe de libros, de exhibiciones y exposiciones. Pasaba ratos y ratos en el Museo del Prado. Puedo describir de memoria cada galería de Madrid… Me propuse asimilar las tendencias europeas: estar al día en cuanto a técnicas y escuelas”. En 1968 se estableció en Chicago, donde reside actualmente. En 1979 obtuvo la prestigiosa beca Cintas, y desde entonces ha expuesto en Nueva York, Washington, Miami, México y, por supuesto, en Chicago, ciudad donde ha recibido numerosos premios, entre ellos el que se le concedió en la exposición Fine Art 88 y en el concurso para la creación de la estatuilla de los premios Ovation 105, oportunidad –recuerda con emoción- que le permitió reencontrarse, después de años, con su amiga Celia Cruz.
      Mientras contemplamos una de sus esculturas de bronce montada en una base de mármol, y que ha titulado “Yo mismo” porque según él refleja su personalidad, Eladio González nos dice:
      -El bronce es el material que más me atrae, no solo porque es para siempre, porque es totalmente opuesto a lo efímero, sino porque disfruto trabajándolo. Yo hago todo el proceso, excepto fundir. Yo mismo pulo mis piezas, les doy la pátina caliente con ácídos, y diseño las bases de mármol donde deben ser colocadas
     -¿Qué opinión tienes sobre las influencias en la creación artística?
     -Que son necesarias a condición de deshacerse de ellas a tiempo para dar paso a una genuina personalidad. No creo que exista ningún artista que no haya sido deudor de otro. En mi caso puedo decir que durante años no pude sustraerme a la influencia que sobre mí ejercieron las obras de Willem de Kooning. Ëse y otros maestros me enseñaron mucho. Yo siempre le he aconsejado a los jóvenes que deben estudiar pacientemente la obra de todos los que le han precedido en esta labor, sin temor a las influencias. También les digo que deben adquirir la disciplina y el rigor necesarios para no encontrarle a la vida otro sentido y otro placer más allá del que nos proporciona la propia creación, y finalmente no sentirse satisfechos aunque hayan alcanzado fama y fortuna. Un hombre satisfecho nunca llegará a alcanzar el sitial destinado a los grandes creadores.

     Eladio González hace una pausa y sonríe, una sonrisa en la que se mezclan su característica modestia pero también su legítima ambición:

    -En eso ando yo todavía: en busca de lo perdurable.

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