1.31.2014

MIREYA ROBLES: VUELO 202



el bar estaba oscuro, ceniciento, golpeando con su oscuridad los colores de las lámparas de Tiffany's que bombardeaban sus colores rojo‑rubí, amarillo‑amarillo, verde‑esmeralda; una de las banquetas, alta, más alta que mis piernas, me mantenía allí, sentada frente a la barra, frente a un Grand Manier que se hacía color naranja y sabor naranja y pasión de alcohol y distancia casi protectora en este año que podía haber sido el de 1920 y era más bien el de 1985 cuando yo era mujer y me alimentaba de zanahorias y verduras que brotaban sigilosamente del asfalto, de las ventanas de algún subway, de los raíles del tren, de la proa de algún barco; salía yo, a una hora indefinida, a rastrear la presencia de alguna hoja, un tallo de apio que detesto, algo que se dijera alimento, y después comenzaba el proceso penoso, inyectarme todo aquello por las uñas, volatilizarlo primero, invisibilizarlo, invisibilizar los carbohidratos, la clorofila, alguna proteína perdida en el pequeño montón vegetal, alimento, que se diga, vaporizado, amaestrado, verlo atravesar el largo de las uñas hasta que se perdía de vista al llegar a las cutículas y sentirlo pasar entonces y eventualmente, al flujo de alguna corriente de sangre; todo esto ocurría siempre en el más absoluto secreto, en la cocina de Sunnyside, en el piso alto hasta donde llegaba la hiedra que subía desde la planta baja para tapar la fachada de ladrillos rematada con ventanas y por donde un día vi volar las hostias que consumíamos aquella mujer etérea y yo; el templo lo formó ella con música de Mozart y Beethoven, con incienso, con unas palomas blancas transparentes, que a la hora de la meditación le cedían el movimiento a la música de Kitaro y detenían ellas su vuelo, quedándose con las alas abiertas en la pequeña sala donde se concentraba toda Llhasa, Potala, y las ropas blancas que nos cubrían, aquellas camisas anchas y lisas y aquellos pantalones anchos y amarrados en la cintura, que nos permitían formar casi perfectamente, la flor de loto; en ese silencio silencioso profundo, la rueda, chakra, estrella, giraba en su punto de luz en el mismo centro de nuestra frente y desde ese punto giratorio salíamos a elevarnos para llegar al Maestro aunque sabíamos que aún no nos era permitido el encuentro, sólo llegábamos hasta Mount Abu para contemplar desde su altura otras montañas, para dejar que las nubes nos golpearan la cara con su salud, con su liberación humedecida, con su realidad ya liberada, aunque sabíamos que había más, mucho más, en la elevación inaccesible donde no existía la densidad y a donde por el momento, nos era vedada la entrada; con la última nota de Silk Road, volvíamos a nuestra frente, al punto de luz energetizado por la meditación y deambulábamos entonces por aquel apartamento de pisos de madera, con su fachada de ladrillos abrazada por la hiedra en el que una vez conté hasta diez ventanas, un largo pasillo, dos habitaciones y varios cuartos más; allí, por aquel espacio dividido, deambulábamos con nuestra ropa blanca y nos decíamos que nos habitaba la luz; otras veces nos sentábamos frente a frente, siempre en flor de loto, y nos dábamos drishti, transmisión de la energía a través de vasos comunicantes invisibles: la mirada; hasta que la energía golpeaba las pupilas y nos corría por el rostro, líquida, intensa, hasta que nos tocaba algún resorte en el chakra del corazón para avisarnos que era la hora de la paz, que podíamos deambular tranquilas, con nuestra ropa blanca, por todos los rincones de la casa de hiedra, por todos los rincones de la casa de ventanas, hasta que en la cocina, sentadas a la mesa de cristal y hierro blanco, tomábamos el té de jazmín que nos ponía una máscara de humo húmedo y de aroma; y todo duró hasta el día en que empezó a deslizarse todo, tan sigilosamente, por las ventanas: la ropa blanca, el incienso, las notas de Kitaro y todas las demás se pusieron en fila, dispuestas en su marcha; creo que todo desapareció por las ventanas del frente rodeadas de hiedra; por allí, tal vez fue por allí también por donde se fue la mirada  que retenías en tus ojos, y tu frente de luz, y el gesto suave con el que solías sonreír, porque allí me situaba yo, muchos meses después de la desaparición, a esperar el regreso; era algo intuitivo, era un radar doloroso que me iba llevando hasta la ventana de la derecha y allí me quedaba tan quieta, esperando el regreso con una angustia que se hacía silencio; vi, literalmente, el mecanismo del paso del tiempo; vi el espacio atravesado por la lluvia; vi la nieve desvalida, cayendo, enfriando todo tal vez a pesar suyo, humedeciéndolo todo con su paso; y vi, literalmente, el no regreso; y vi, literalmente, el momento en que las ventanas y las puertas y las paredes encerraban un vacío; y vi, literalmente, el momento en que la otra voz era sólo el sonido de mi propia voz; y vi, literalmente, el momento en que los pasos que golpeaban la madera, eran el eco de mis propios pasos y nada más y punto y silencio y ausencia, hasta que se fue de mí, sin movimiento casi, imperceptiblemente casi, sin avisarlo casi, el radar doloroso que me impulsaba hacia la ventana, y dejé de esperar; por aquel tiempo, empecé a dar unos pasos torpes, escaleras abajo, en lo que era más bien una estrecha galería escalonada, y en el descanso, a la izquierda, inmediatamente después de la puerta del apartamento, el Erasmo que tantos años atrás había pintado Holbein y que ahora cubría todo el espacio de un enorme afiche que insistentemente anunciaba: Piermont Morgan Library, abril 21 ‑ julio 30; me reafirmaba la mirada de Erasmo: sí, era hora de empezar a andar, era hora de saber que el dolor depositado en el área lumbar como un sablazo que se apoderaba también de la pierna derecha, era un recordatorio de que algo se nos rompe dentro, de que algo se nos rompe, mientras que se nos sigue exigiendo ‑‑es la ley del cosmos, es la ley de la rueda del tiempo,‑‑ que continuemos andando, con o sin piezas de repuesto, manteniendo tan cercamente, tan cerca de las ventanas del corazón, un saco vacío; Erasmo estaba allí, con su mirada esquinada puesta allí por las manos de Holbein, cuyo último retoque terminó tal vez, un día en que hacía frío, en que la lluvia caía helada, en que la nieve, enfriaba todo a pesar suyo, humedeciéndolo todo con su paso; fue entonces cuando me decidí al descenso, apoyándome en el pasamanos, asegurándome de que el pie, al descender, no caía falsamente en el vacío; en el tramo más bajo de las escaleras, unos pasos más y ya la puerta de salida; fue entonces cuando comenzó esa búsqueda esporádica, desordenada, desapasionada y casi ajena, en el asfalto, en las ventanas del tren que rugía en el vientre de la tierra; algo que pudiera recoger sin que nadie viera que en ese gesto tan aparentemente ingenuo de mi mano, se escondía el hambre, esa vergüenza que nos trae el abandono, esa vergüenza que nos trae la desaparición de todo lo que amamos, de todo eso en que una vez fuimos, una desaparición que nos dejó incapaces de encontrarnos a nosotros mismos, porque así sucedió, al regreso de esa marcha asistemática, supe y me di cuenta de que en aquel apartamento, cuando se abría la puerta al movimiento giratorio de mi mano, no entraba nadie; mis pies caminaban escondidos en sus tenis, pero ya no sostenían mi arquitectura interior; allí no había nadie, nada, sólo aquellos manojos vegetales que arrancaba tan secreta y asistemáticamente, la vaporización en la mesa de donde había desaparecido el humo de jazmines y después, absorber todo aquello por las uñas, pero el hambre seguía allí y también el vacío, el saco vacío, tan cerca del corazón; y fue entonces cuando empecé a devorarlo todo: dos cafeteras italianas, una pequeña y otra, con capacidad para ocho tazas, las tablas sueltas de un librero sostenidas por tres columnas de ladrillos, un chinero que estaba, exactamente, en la cocina y desde donde veíamos, a través de las vitrinas, nuestras tazas más queridas, y el bargueño que me regalaste, con su tapa serpenteante, rodante; todo esto entre cuatro paredes, la puerta cerrada y el insólito asombro: la persistencia del hambre; asistemáticamente, en las galerías de la avenida Madison, busqué sin que me vieran, algunas raíces, tubérculos, hojas, detrás de los cuadros de Francis Bacon, de Botero, de las esculturas de More: todo estaba limpio, ni una hoja; volví al asfalto, a las ventanas del tren, a los raíles, sólo para convencerme de que estas formas de vida, tan escasas y tan poco variadas, habían dejado de existir por desinterés, por falta de incentivo; fue entonces cuando me adentré en la estación profunda y esperé el tren, el subway‑tren, el subte‑sub, subsuelo‑tren, subterráneo, y abrí la boca para hacerla enorme, inmensa, infinita, inmedible, incalculable, y tragarme todos los vagones, el primero, con su luz a un lado de la frente y sus letras, IRT, con destino a cualquier parte, de Manhattan a Sunnyside, de Manhattan a cualquier parte; la boca se me abrió como un universo y se fue cerrando poco a poco ante la promesa del hambre: nada llenaría este vacío; y me fui tragando aquel ruido, solamente el ruido, como un hilo delgado de estridencia que cayó en mi vacío, como un relámpago; el tren había pasado con sus vagones y sus gentes colgando en las manillas; fue un paso vertiginoso e inaccesible, fue una ruidosa, deshumanizada velocidad; me encogí de hombros, subí las escaleras, salí por la boca del túnel; la tarde estaba fría, muy fría, y yo, con cara de ingenuidad y de inocencia para que nadie notara el abandono; me dije confiadamente, certeramente, que la búsqueda se había prolongado por un año y cuatro meses y que todo estaba igual: el saco vacío pegado tan pegadamente al corazón, la vaciedad del alma que había decidido alojarse en todo el espacio comprendido entre la garganta y el estómago; recorrí algunas calles que me eran familiares y  a la vez, desconocidas; el frío de la tarde era y después fue siendo un frío anochecido; empujé la puerta del bar y todo quedó atrás; la hilera de banquetas persistía, paralela a la barra; a mi lado, a la izquierda, una, dos, tres, cuatro banquetas vacías; en la quinta, una mujer casi doblada sobre el mostrador, su mano abrazada a un ancho vaso que parecía contener ginebra; comenzó a mirarme y la reconocí: había participado como yo en algunas de esas reuniones pseudoliterarias en que un grupo ‑‑siempre el mismo,‑‑  leíamos poemas a otro grupo que también era siempre el mismo; sabía yo su nombre y lo sabía bien, pero a mi mente venía el sobrenombre de la Flaca, que surgió nuevo, en ese preciso momento, o tal vez vino a mí como una persistencia de esa memoria que no siempre nos resulta localizable; enderezó en lo que pudo sus hombros cargados, se separó un poco de la barra; su gesto, una mezcla de lento desparpajo y desvalimiento: desde hace ocho años te estoy esperando, la oí decir, sí, ocho años con esta obsesión a cuestas, hasta que no pude más y fui a verte al hospital y allí me convencí, cuando te hablé por tantas horas de cosas ajenas, de cosas que nada tenían que ver con este momento de ahora que tenía que llegar, hablamos del hueco que te abrieron en la espalda, el disco lumbar, que tan biológicamente mencionaste, y yo hablé incansablemente de mi divorcio, de mi divorcio por venir, y llené la habitación con todo eso que nada tenía que ver con lo que quería decirte;  su voz era extraña, sumamente extraña, casi nasal, y como si al salir, recibiera golpetazos, martillazos, desde la garganta que remataba con un empujón de la lengua; su cuerpo, arqueado como el de la planchadora de Picasso; me tomó de la mano, caminamos hasta la piquera de taxis a pesar de mi protesta de que muy pronto me iría, de que en unos meses me iría a cumplir la invitación que me vino en un aviso del New York Times: "en un país lejano necesitamos a alguien con sus cualificaciones,"  unas cualificaciones que no me interesaba tener, pero que en esa ocasión específica me ponían a la cabeza de los invitados; terminé dejándome llevar de su mano, siguiendo su voz extraña: estos meses conmigo te servirán para no irte sola, me servirán para no quedarme sola; tomamos un taxi que nos llevó a Astoria; el apartamento en planta baja, claro y acogedor, rociado con la voz de la niña mágica, con su encanto total, con su sabiduría increíble y a quien tantas veces, semanas después, oiría preguntar desde la bañadera: mamá, mamá, y ese silencio? es que te estás casando?; esta visita definitiva nos inició en el hábito de recorrer la ciudad, de caminarla a veces con la niña entre las dos, cada una de sus manos apretada entre las nuestras, y nos íbamos a recorrer el Village; otras veces nos íbamos sin la niña en aventuras que incluían la visita al Jacques Marchais  Center for Tibetan Art en Staten Island donde vimos una función del Yueh Lung Shadow Theatre con varias representaciones: "The two friends," "The Crane and the Tortoise," "The Mountain of Firey Tongues;"  el South Street Seaport con sus calles de adoquines y el fuerte olor del Fulton Fish Market; atravesar el puente de Brooklyn, ir al Kabuki, a algún museo de Manhattan o armarnos de mantas, libros y una merienda y pasarnos horas en Central Park, buscando siempre la esquina donde se estacionaba un cantante negro, un cantante callejero que cantaba canciones nostálgicas en francés, acompañándose de su guitarra; los días soleados de fines de marzo comenzaron a traer una alegría con su tumulto de caminatas, cenas en distintos restaurantes, alguna película, y al regreso, la niña mágica con sus historias y su imaginación tan fabulosa, y yo también con mis historias y los cuentos que yo le leía en alta voz y los programas de televisión que comentábamos tan seriamente y todo el encanto y toda la alegría de esa pequeña maga hasta que por fin la vencía el sueño y era hora de acostarse en su pequeña cama rodeada de juguetes, y la noche saltaba entonces a una taza de manzanilla, a un bombón Lady Godiva, al humo del incienso, a la música de Kitaro que otra vez servía de fondo; la habitación en la esquina, la luz de los faroles de la calle, el ruido de carros esporádicos, todo filtrándose en la habitación, filtrándose en la delgadez de aquella mujer, sumándose a su ternura, a su amor enloquecido, viéndola cabalgar la noche que la hacía casi hermosa, casi tan hermosa, casimente hermosa; se poetizaba su cuerpo desgarbado, la anchura de mi cuerpo, ‑‑escultórica, como decías,‑‑  hasta que nos sorprendía el amanecer; un día imprevisto tal vez, empezó a visitarte el olvido, el olvido de que nuestro pacto eterno duraría exactamente, aproximadamente, casimente, unos meses; un olvido que empezó a vigilar mis pasos, mi andar, mi voz, la dirección de mis pupilas; ese olvido creció hasta tus manos, en tus manos, desde tus manos para asirse a mí; para crecer en los mismos rincones donde también crecía tu generosidad de pantera enflaquecida que ronda la noche, y nunca dije, no fui capaz de hacerlo, de mi ternura, cuando me reclamabas en una violencia apache, en tus escenas de celos apasionados y gratuitos, porque sabía yo, sabía perfectamente y bien, que desde tu muchedumbre de huesos de ahora, gritaba tu niñez de 9 años, punto exacto en que los milicianos hicieron desaparecer a tu madre para esconderla en una cárcel por cinco años, el punto exacto en que hicieron desaparecer a tu padre para esconderlo en otra cárcel, por diez años; y te quedaste sola, rodando de casa en casa, rodando de desamor en desamor, rodando de abandono en abandono, en Santiago, antigua capital de Oriente, donde sufriste el castigo de ser hija de unos padres bautizados con el nombre de contrarrevolucionarios; y vi, literalmente, alargarse tu piel de pantera, brillar en la oscuridad; vi, literalmente, que se alargaba tu pena como una larga piel de leopardo; vi, literalmente, cuando te enroscabas en mí, por mí, hacia mí, en llanto, en dolor, en ternura, en olvido de un pacto de tiempo fragmentado, para que me acompañes, recuerdas? para que te acompañe; para que no me vaya sola, recuerdas? para que no te quedes sola; todo ocurrió una mañana, muy de mañana; estabas en la sala, exactamente en el marco de una puerta y empezó a emanar de ti un quejido que se hizo agua, corriente de agua, violencia de agua, vertiginosidad de agua que lo llenaba todo, que lo arrastraba todo, que pasaba por el ángulo de tus piernas, por el espacio abierto de tus brazos, a través de tu cuerpo inmóvil, fijo siempre en el marco de la puerta; hasta que la corriente de agua se hizo dolida, mansa, quieta, y te hiciste sol; quedó todo seco, en una quietud de limpieza; salimos para el aeropuerto y me viste desaparecer al golpe de la voz: vuelo SAA 202 con destino a Johannesburg; era julio entonces, un día 12 
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Mireya Robles. Foto de Tania Spencer.
MIREYA ROBLES.  Nació en Guantánamo, Cuba. Reside en Estados Unidos. Ha publicado cuatro novelas y dos libros de cuentos, que han sido traducidos al inglés por Susan Griffin y Anna Diegel; tres poemarios; dos libros de crítica literaria; el documental Diario de Sudáfrica y artículos, narraciones cortas, poemas y cuentos en revistas literarias en unos veinte países.  Ha recibido premios en Estados Unidos, México, Francia, Italia y España y ha sido entrevistada en radio y televisión en Miami, New York, Buenos Aires, Madrid y Durban, Sudáfrica, así como en el documental Conducta Impropia/Improper Conduct dirigido por el cinematógrafo Néstor Almendros, ganador del Oscar en 1978. Este documental recibió el Premio de Derechos Humanos en Grenoble, Francia. Mireya Robles ha enseñado en varios colleges en Estados Unidos y durante diez años fue Senior Lecturer en la Universidad de  Natal, Durban, Sudáfrica. En la actualidad es Senior Research Associate de esa universidad.

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