2.28.2014

JOSÉ LUIS SANTOS: COMO UNA MÚSICA INAUDITA. LAS POSIBILIDADES DEL SUJETO EN LA EXTRATERRITORIALIDAD DISCURSIVA SEGÚN LOURDES GIL

Nueva York no fue la ciudad de mi infancia,
no fue aquí que adquirí las primeras certidumbres,
no está aquí el rincón de mi primera caída…
Por eso siempre permaneceré al margen,
una extraña entre las piedras
aun cuando regrese a la ciudad de mi infancia
cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,
demasiado habanera para ser neoyorquina,
demasiado neoyorquina para ser – aún volver a ser–
cualquier otra cosa.
L. Casal

Ya se sabe, cada signo de extraterritorialidad cultural genera su propio malditismo, construcción peyorativa por antonomasia. Nuestra sociología e historiografía literaria suelen infiltrar el ámbito natural de las Ciencias Sociales con formulaciones maniqueas y añejas fobias. Al transitar por ese declive interdisciplinario se transita igualmente por el dilema, al parecer insalvable, de los autores que aunque de manera indiscutible refrendarían el cuerpo letrado de la isla, la tradición o incluso el ethos, se encuentran omitidos por evidentes razones extraestéticas o en el mejor de los casos minimizados, empujados a una zona referencial casi nula (por lo general el estereotípico dossier con sus límites inherentes a la dualidad Topos/Ideología, o a los discursos de legitimación moldeados por el mainstream insular a su imagen y semejanza, lo que hace de dicha problemática un asunto aparte con matices de réspice o acaso un Otro culturológico). Como no soy experto en el manejo de coordenada exílicas que casi siempre desembocan en el atisbo desgarrador del sujeto de la enunciación (llámese Lydia Cabrera, Gustavo Pérez-Firmat, Lorenzo García Vega, Eugenio Florit, Reynaldo Arenas, Cristina García, Eliseo Alberto, José Lorenzo Fuentes, Rita Martín, Juan Carlos Recio Martínez, Félix Luis Viera, Sindo Pacheco, Carlos Alé…) me veo forzado a preguntar: ¿cómo se inserta Lourdes Gil en lo que, según sus propias palabras, constituye «nuestro destino diaspórico»

Para empezar, yo no diría que la extraterritorialidad conlleva en sí misma un signo funesto, un malditismo, como dices. Pienso en Marguerite Yourcenar o James Joyce. En Hemingway, Paul Bowles, Cortázar, Edith Wharton, Eliot. Con excepción de Hemingway, ninguno de ellos regresa a vivir en su país, y mueren lejos, tras largos años de una existencia autoexílica. Yourcenar, incluso, se acoge a la ciudadanía norteamericana, lo que no impide su ingreso a la Academia Francesa, ni el éxito de su obra en su país. Los norteamericanos emplean un término que inviste de cierta elegancia a la extraterritorialidad de estos escritores, un término libre de connotaciones políticas o económicas: les llaman expatriates, expatriados.  Individuos que, por vocación artística o excentricidad eligen una ciudad o, incluso, una isla, como Paul Gauguin o Robert Graves. Pero siempre por voluntad propia. Y es esa la única forma de entender la exclusión que hemos sufrido los escritores de la diáspora cubana: que estamos lejos (o afuera) por inevitabilidad y no por voluntad. Casi todos hubiéramos preferido vivir en Cuba. Morir allí.
Quisiera comentar sobre el «acaso» de una otredad cultorológica que mencionas, porque me recordó el análisis que hace Primo Levi en «Los hundidos y los salvados» sobre los virajes semánticos con que se descontextualizan las palabras para  ideologizar un idioma. Con la excepción de los escritores llamados cubanoamericanos, quienes por el uso del inglés en su obra sí podrían constituir esa Otredad (como Pérez-Firmat o Cristina García, por ejemplo), esos planteamientos me desconciertan. ¿Lydia Cabrera un Otro de la cubanía? Decirlo es casi sacrílego. El insinuar una otredad en Arenas, en Cabrera Infante o en Baquero me parece una temeridad. Es como entrar a un mundo de inversiones, donde las cosas están al revés.  Algo así como A través del Espejo, donde no importaba si Alicia tomaba el camino a su derecha o a su izquierda, porque siempre regresaba al mismo sitio. Cuando Lewis Carroll subvierte el mundo de lo existente, lo que nos está diciendo es que Alicia no logra avanzar porque en la subversión hay una inmovilidad. Una inmovilidad que se ha instalado en el discurso de la cultura nacional y a la que sólo una respuesta contrahegemónica, en el sentido gramsciano, podría devolverle el movimiento.
Al final de tu pregunta mencionas «nuestro destino diaspórico». Quisiera aclararte que no empleo el concepto de «destino» como un determinismo o una  irreversibilidad. Quizás debí haber dicho tradición en vez de destino. Pensaba en nuestra escritura fundacional –Varela, Heredia, Villaverde, Gómez de Avellaneda, Martí—, casi en su totalidad escrita fuera de Cuba. Hay que recordar ese génesis nuestro, porque nos coloca en las manos la respuesta a la extraterritorialidad cubana.

¿En una nación como Estados Unidos, donde el discurso topográfico se halla fuertemente signado por componentes de dominación metropolitana y otros símbolos a fines (estoy pensando en el Orange Bowl, la pintoresca Little Havana, Central Park, el megapuente de Brooklyn, el Empaire State, e incluso en la nieve) es el espacio de la escritura alimento para la preservación de la autoctonía y la resistencia cultural?

Toda esa mitología norteamericana constituye un gran espectáculo, como señaló Baudrillard en su libro América, pero es un espectáculo que logras desmontar si vives mucho tiempo dentro de él, como le ocurrió a Martí hace más de un siglo. Como colectividad, la diáspora mantiene los símbolos patrios a un nivel icónico y visceral. Conservar la autoctonía es más bien un compromiso personal, un voto que debes renovar cada día, porque la presión del ambiente y los medios de comunicación son omnívoros. La escritura constituye una forma de nutrir tu identidad, pero también lo son tus lecturas, la lengua misma. Creo que fue San Agustín quien dijo: «Mi amor es mi peso; por él voy a dondequiera que vaya». Vas hacia lo que amas, porque te arrastra. Y esto bien podría ser lo cubano clásico, la Cuba de siempre. Cabrera Infante escribió unas líneas muy bellas: «Todos llevamos a Cuba dentro como una música inaudita, como una visión insólita». Viniendo de alguien tan poco sentimental como Guillermo, me parece bastante afortunada.

Alguna vez Reynaldo Arenas afirmó que los desarraigados (entiéndase exiliados) no poseían más patria que el idioma. Frente a esta tesis se alza hoy el fenómeno del bilingüismo o biculturalismo: autores que, refractarios al concurso de las etnias, optan por la transmutación lexical o el cambio del idioma de origen por el del país que se erige en receptor. ¿A su juicio este fenómeno pudiera interpretarse como postura dicotómica, renuncia al concepto clásico de la identidad, interacción centro/periferia o simplemente leyes de supervivencia y mercado?

En estos 50 años hay toda una generación nacida fuera de Cuba –quizás dos--, y es natural que escriban en el idioma en que han sido educados. Ana Menéndez o Carmen Peláez, por ejemplo. Pero creo que tu pregunta alude más bien a los que nacen en Cuba, pero optan por escribir en inglés, como Pablo Medina, Cristina García, Gustavo Pérez-Firmat, Achy Obejas, Ricardo Pau-Llosa, Carlos Eire. Yo he hablado de este tema con algunos de ellos y las razones suelen ser pragmáticas. No es sólo el mercado, sino también la valoración de su obra dentro de su profesión. Personalmente, creo que hay algo más en juego en la elección del inglés por parte de ellos. Una lengua es la expresión de una sensibilidad particular, una visión del mundo, un entorno social, familiar y hasta político. Luego está el lector de tu obra. Eres tú como escritor quien decide a qué público quieres hablarle, vivas donde vivas. Kafka escribía en alemán en el corazón de Praga; está claro cuál era el lector que le interesaba. Y ahí tienes a Nabokov, que escribió brillantemente en inglés durante los 15 años que vivió en Estados Unidos a causa de la Segunda Guerra Mundial. Fue el éxito comercial de Lolita lo que le permitió regresar a Europa, donde siempre quiso estar. Puede decirse que utilizó el inglés para comprar su credencial de libertad, y eso no disminuye un ápice su identidad rusa.
En Cuba tenemos precedentes en el siglo diecinueve, como la Condesa de Merlín y José-María de Heredia, que escribían en francés, siendo cubanos. Es la temática de cada uno la que determina su inserción en la historia literaria del país. La tradición cubana acoge a la Condesa porque escribió sobre Cuba, pero olvida a Heredia porque trató otros temas. El hecho de que llevara el mismo nombre de nuestro gran poeta subrayaba aún más su otredad.
¿Qué pasará con la obra escrita en inglés? La medida en que se abra un espacio para estas voces en el discurso hegemónico de la cultura nacional dependerá de otras consideraciones. No podemos aislar a Cuba de un debate mayor en el mundo de la globalización, donde numerosos grupos desplazados cuestionan la relación lengua/identidad, ya sea en sectores post-colonialistas (como los argelinos en Francia) o postsoviéticos (como los armenios en E.E.U.U). Por otra parte, en el Cono Sur se viene dando el fenómeno de la reinserción de las literaturas postdictatoriales --casi toda obra de exilio-- en el marco del proyecto de recuperación de la memoria histórica.

En su poemario El cerco de las transfiguraciones (La Torre de Papel, 1996) el sujeto lírico, mucho más consciente de lo interrogativo que de lo enunciativo para plantearlo a la manera de Helena Beristain, recurre, a modo quizás de leitmotiv, a tres grandes mitos de la literatura femenina: María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo (la Condesa de Merlín), Marina Tsvetayeva y Virginia Woolf. ¿Pudiera percibirse en ello una intención de contestar las normativas de los llamados sistemas de poder falocentristas, o quizás alguna suerte de contradiscurso en la era de la aldea global?

No, no. Nada de contradiscurso. Siempre he buscado respuestas a través de figuras femeninas. Me identifico con ellas, dialogo en una especie de inter-textulaidad que las acerca al lector, que me permite rescatarlas del olvido. Tengo poemas a Benazir Bhutto, Juana de Ibarbourou, Juana la Loca, Semíramis. Pero he dialogado de igual modo con el discurso masculino, escritores o artistas como Virgilio Piñera, Lezama, Max Beckman, Nijinski. Hasta parejas icónicas como  Abelardo y Eloísa (véase: Les Amours d'Héloïse et d'Abeilard, pintura del artista Jean Vignaud, 1819, y Cartas de Abelardo y Eloísa-Historia Calamitatum, Olañeta, Palma de Mallorca, 1982), o Isak Dinesen y Denys Finch Hatton. Son vidas que te hablan, que hurgan dentro de ti y desencadenan imágenes, ideas, sensaciones. Después del Sputnik, los poetas no vemos las estrellas o el cielo del mismo modo. Nuestras fuentes de inspiración las hallamos en la interioridad, en la cotidianidad, en el entorno y en las riquezas de la cultura.

Acontecimientos como el Primer Congreso de Educación y Cultura, la creación de las unidades militares de ayuda a la producción (UMAP) o el «pavonato» (remanente del estalinismo que en su versión tropical, y en la ominosa figura de Luis Pavón Tamayo, condujeron a una situación de anquilosamiento casi total la praxis artístico-literaria de esos años) llegaron a teñir de «grisura»(opinión que con carácter retroactivo emite A. Fornet) la política cultural del Estado cubano. Sin embargo, el caso Padilla, dado el rechazo que suscitó en la comunidad intelectual foránea, fue, me atrevería a decir, el más notorio de nuestros episodios de dogmatismo. Transcurrido el tiempo, cómo valora el suceso.

Fue algo vergonzoso en la historia del país, pero yo no estuve allí, mis versiones son de trasmano, así que no aportaría nada nuevo. Sí estuve junto a un Heberto más grave, más sazonado que, libre de acosos y presiones en sus últimos años, tuvo la oportunidad de reflexionar sobre ese episodio de su vida. Escribía sus memorias de exilio y dejó varias horas de grabaciones.

En los diccionarios de la literatura cubana, al menos en los que conozco, las inclusiones no merecidas pesan tanto como las exclusiones. ¿Le interesaría que su nombre llegase a vulnerar la torpeza exegética de dichos muestrarios, o uniría su voz a la de Dulce María Loynaz para sentenciar que no necesita de esas vanidades?

Es propio de antologías y diccionarios el sobrevalorar u omitir nombres. Nada nuevo. A veces por filiaciones políticas, a veces por falta de rigor crítico, y hasta por amiguismos o envidias. No me preocupa, pero tampoco lo considero una vanidad. Todo escritor merece reconocimiento y es justo que lo desee.

¿Cómo es New Jersey lejos de los vendedores que pregonan sus mercancías muchas veces subrepticias; lejos de las religiones sincréticas, los barrios marginales, las mesas de dominó y la cerveza pendenciera de los domingos. En fin, lejos de lo que Fernando Ortiz llamó «el ajiaco cultural»?

Vivo a caballo entre Nueva York y New Jersey. Estudié en Nueva York y trabajo en la ciudad desde hace muchos años. Es exuberante en su cosmopolitismo, te cruzas con gentes de todos los rincones del mundo, con sus colores y sus comidas. New Jersey llegó a tener una población cubana muy numerosa y nunca han faltado las mesas de dominó, ni los tamales o las tiendas de santería. Ha cambiado mucho en los últimos años, y ahora hay inmigrantes de otros países latinoamericanos, al igual que indios, coreanos y musulmanes.
Pero yo siempre viví a cierta distancia del folclor, incluso, de niña en La Habana. Para mí, la única manera de tolerar el exilio es existiendo en otro paisaje que no te recuerde a Cuba constantemente, porque un paisaje bello y ajeno puede mitigar la sensación de pérdida. Cierto que Heredia vio palmas en el Niágara, pero te aseguro que nunca he visto el malecón en la nieve.

Innumerables puntos de vista filosóficos, antropológicos, poéticos o sociológicos han intentado desentrañar, a lo largo del tiempo, la naturaleza de las comunidades diaspóricas. Recogidos en letra impresa están los criterios de José María Heredia, Lourdes Casal, Diamela Eltit, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Milán Kundera o Lezama Lima que lo padeció hacia adentro. Todos contundentes y personalísimos, dignos de figurar en una antología del desarraigo, pero más allá de tantos circunloquios y regodeo intelectual me asalta una duda: ¿Qué se siente en verdad al ser un exiliado?

Es como preguntar qué se siente siendo cubano, o cómo se siente el estar enamorado. La respuesta va a ser siempre subjetiva. Si partimos de las palabras de Cabrera Infante que antes citaba, que llevamos a Cuba dentro como una música inaudita, habría que decir que es una música que no todo exiliado escucha con la misma frecuencia o con la misma emoción. Para algunos es un dolor acuciante y para otros, el lejano brillar de una estrella. No es una vida que hubiera elegido. Sales a la calle como si fueras una actriz a un escenario, vas a actuar, a declamar, improvisar. Pero quizás la vida sea eso en cualquier parte, ponerte tu máscara a diario.
También tiene sus compensaciones. He podido viajar y moverme a mis gusto. Vivo en un lugar que me ha calado hondo y me hace feliz. Pero sobre todo, he tenido la experiencia de aquello de Ciro Alegría de que el mundo es ancho y ajeno. Cuba me habría resultado entrañable, pero estrecha.
Hay que darse cuenta que han transcurrido muchos años, y la experiencia de un destierro no es la misma los primeros años que después de más de cuatro décadas. Se transforman los afectos, tú misma cambias. Pero lo más importante es que el mundo mismo ha cambiado. El avasallamiento ideológico de la Guerra Fría caducó y vivimos en un mundo lleno de nuevas posibilidades, nuevas esperanzas, y también nuevos peligros y nuevos pánicos. Estamos en otra era.

¿Al igual que el poeta Guido Cavalcanti, continúa opinando que no hay otra posibilidad de regreso que no sea la que ofrece la memoria, el restablecimiento de los nexos entre pasado y presente mediante la escritura, ese oficio tan ríspido?


Mi epígrafe a El cerco de las transfiguraciones (el cerco es el espacio exílico, claro), donde cito los versos de Cavalcanti, tiene varias lecturas. El libro termina con una especie de homenaje a la Condesa de Merlin, quien tampoco regresa a Cuba. Pero la Condesa, al igual que Cavalcanti, no regresa porque la muerte se lo impide. Incluso, Cavalcanti iba en camino de regreso a Florencia cuando murió, tras escribir esos versos. Así que el sentido de «no espero regresar jamás» proviene de la intuición de una imposibilidad. Yo leo a Cavalcanti a través de las traducciones de Ezra Pound, que luego me llevan al poema de T.S. Eliot «Miércoles de ceniza», que es una reescritura y una reinterpretación del de Cavalcanti. Las dimensiones del poema de Eliot son múltiples, pero hay versos de resonancias magnéticas:  «Because I cannot drink there … this is the l
and which ye shall divide by lot. And neither division nor unity matter...  We have our inheritance …Redeem the Time …» Y el solemne lamento de «O my
people». Aún desde la polisemia son alusiones a la tierra dividida, el pueblo dividido, la herencia de la tierra, la redención del tiempo. Hasta ese simple «porque no puedo beber allí», evoca la prohibición, la exclusión. Como Proust, como Lezama, creo que hay un acto de recuperación por medio de la palabra. El lenguaje puede ser una forma de aplacar las carencias humanas. Mira el maravilloso texto de Antonio José Ponte, Las comidas profundas, donde hace germinar al hambre. Pero para mí no hay contradicción entre lo irrecuperable de Eliot y Cavalcanti y la posibilidad infinita de la palabra en Lezama y en Proust.
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