2.06.2011

MOISES ASÍS: ASESINATO EN LA ROSA 503

El cuento que ofrecemos a continuación
ha sido publicado solamente en inglés
en la antología Havana Noir, editada por Achy Obejas 
(Brooklyn,NY: Akashic Books, 179-189).
Le brindamos al lector la posibilidad de leerlo
en la lengua original (español),
y además, incluimos abajo la versión en inglés.
Gracias.

¿Qué voy a hacer? ¿Qué es lo que voy a hacer?, me voy preguntando una y otra vez mientras me conducen hacia el aeropuerto. Empezaré de cero.
Tenemos un problema con usted –me había dicho el secretario de la Escuela de Derecho-, usted no puede hacer el Examen Estatal para graduarse de abogado porque hemos encontrado que usted tiene antecedentes penales. Han pasado más de veinte años, usted puede pedir la cancelación de esos antecedentes penales y entonces hacer el Examen Estatal –me dijo muy conciliador y deseoso de ayudarme. Claro que yo lo sabía, esos antecedentes penales me habían convertido en un paria, sin derecho a estudiar la carrera de mi elección y sin derecho a obtener mejor trabajo y consideración social. Durante más de veinte años estuve cargando con esa castración sociopolítica y pensé que la Universidad de La Habana nunca detectaría mi pasado si yo lo negaba.
Se ha cometido un error y ya ha sido subsanado –esta vez me responde, meses después, la asesora legal del Ministro de Justicia. Cuando usted fue juzgado ycondenado era menor de edad y por tanto nunca debió tener antecedentes penales -¿y me lo dices ahora después de décadas de ostracismo, cabrona asesora del Ministro?  Pero nunca es tarde para empezar de cero, me gradúo de abogado y decido no ejercer esa profesión que no permite defender a los acusados de delitos ideológicos como pensar en voz alta o acusar a delincuentes con buen credencial político. Ni siquiera soy capaz de defenderme a mí mismo, ¿bajo qué leyes ni procedimientos? Pienso hacia atrás y me arrepiento de haber calificado mal a aquel abogado de oficio que no se molestó en defenderme cuando yo tenía diecisiete años. ¿Dónde estará? ¿Habrá caído preso por pensar sin hipocresía, se habrá autodeportado o habrá logrado envilecerse?

Tras dos horas de pedalear en bicicleta, sudando la vida, no encuentro mi hogar: la noche ha venido muy temprano y las estrellas se han ido de vacaciones en este novilunio de llovizna incesante.  Para quien no tiene rumbo o esperanza, no hay noches más tristes que las ausentes de luna. Y por más que implore a la luna, ésta no va a asomar.

La última vez que recuerdo no distinguir  el día y la noche acababa de cumplir diecisiete años y había sido encerrado en un calabozo de la policía política durante dos semanas de interrogatorio. Las pequeñas celdas tapiadas no tenían ventanas y era imposible distinguir la diferencia entre una madrugada y el mediodía más intenso. En ese entonces me quisieron reeducar para no solamente confundir el día y la noche, sino para que aprendiera que el bien y el mal eran conceptos relativos. De esa celda de nueve pies por seis pies que compartía con tres detenidos más, me sacaban frecuentemente para preguntarme acerca del delito terrible que yo había cometido: querer huir de mi país. Unos días antes el sobrecargado bote en el que pretendía remar cientos de millas se hundió en las cercanías de un puerto de pescadores apenas salimos en la noche sin luna. Nadie se enteró y no había pruebas de ese intento, pero la palabra de la policía política fue suficiente para calificar el Delito Contra la Integridad y Estabilidad de la Nación. Un tribunal militar juzgando a un civil, a un menor de edad, con un abogado de oficio que permaneció callado y temblando mientras el instructor de la policía política exponía una fantástica historia que yo no podía creer.  De la sentencia de cuatro años de prisión, sólo cumplí un año en campos de trabajo, donde había también noches sin luna.

No son muy eficientes los policías o realmente están tan preocupados en resolver los problemas de miseria en sus propios hogares, que tienen ellos como cualquier cubano, que no les importa investigar efectivamente los delitos. Nunca se ocuparon de averiguar cómo murió Víctor, mi vecino de los altos en la calle La Rosa 503, el octogenario anciano que falleció tras varios días de hospitalización. Nadie quiso saber cómo fue que se golpeó tantas veces contra la pared, pero todos los vecinos oímos aquella noche, en el silencio del apagón, cómo la mulata Juana, sesenta años más joven que él, sacudía violentamente a Víctor contra la pared. Víctor y Juana se habían casado hacía pocos años para beneficio exclusivo de la joven empleada doméstica, quien repentinamente iba a heredar su apartamento y una jugosa pensión de viuda. Ahora podrían disfrutar una mejor vida Juana y los tres niños que parió estando casada con Víctor, quien vio llegar resignado uno tras otros aquellos bebés negros que no llevaban ni pizca de su DNA caucásico de padre putativo.

Todo hubiera sido más simulado si aquella noche de los golpetazos contra la pared y la subsiguiente hospitalización de Víctor, no se hubieran sentido unas fuertes patadas contra la puerta: Francisco, el amante nocturno de Juana, había llegado y no comprendía porqué la mujer no le abría la puerta.

Cada noche Francisco, un dipsómano ladronzuelo de barrio, fornicaba con Juana mientras Víctor dormía a sólo unos pasos. Una vez que Juana enviudó, Francisco se instaló en el apartamento y siguió haciendo lo único que había aprendido en su vida: robar y beber alcohol. Se habían conocido en el bar colindante con nuestro edificio, en la esquina de La Rosa y Ayestarán, un lugarcito triste donde convergían almas perdidas que llenaban sus vejigas de alcohol y las vaciaban en los escondrijos de la vecindad.  Fue poco después que mi vida se hizo más miserable gracias a él y decidí que matarlo era un justificado acto de justicia por el bien de la sociedad.

Debería estar acostumbrado a estos apagones interminables, omnipresentes desde mi infancia. Si la luz del sol es una dádiva de Dios que nos ha acompañado y acompañará siempre, la luz eléctrica es también un milagro intangible que no depende de nuestra voluntad, sino de un grupo de hombres que nos dicen a diario que hay que ahorrar lo que ellos derrochan y que hacen coincidir los apagones con las horas en que son más intensas las trasmisiones radiales y televisivas de los Estados Unidos hacia la población cubana. O peor, los apagones arrecian cuando tengo necesidad de escribir o estudiar algo o cuando me visitan los amigos. Los borrachos ladrones del bar colindante siempre aprovechan esa oscuridad para hurtar cualquier cosa. Me parece que los apagones son una realidad que nos castiga siempre, a diario, desde la infancia hasta la muerte.

Lo dejaremos ir –me dice el funcionario que acaba de aprobar mi salida de Cuba-. Lo dejaremos ir porque su alma ya no está en este país, usted no piensa ni siente como nosotros. No ha madurado lo suficiente como para olvidar los ideales de la adolescencia. Usted no ha aprovechado todas las oportunidades que le hemos dado.

Muy confuso me quedé tratando de adivinar cuáles habían sido las oportunidades que yo no había retribuido con creces. Pero en este momento de alegría le agradecí telepáticamente no torturarme con una larga demora para aprobar la salida para mi familia y para mí.

La oscuridad de los apagones me persigue mientras trabajo, durante cenas, tratando de leer o de dormir bajo la caricia del sudor, o subiendo cubos repletos de agua por las escaleras, esperando en interminables colas para comprar algún alimento, haciendo el amor o durante un funeral, curando o enseñando a otros, queriendo curarme o queriendo aprender.  Debería estar acostumbrado si esa es la realidad que me acompaña desde la niñez en esa Habana que desde hace mucho se recuesta en muletas.

Vivo en el clítoris del Reparto Ayestarán, levantado a mediados del siglo veinte entre la antigua barriada colonial de El Cerro y el elegante Nuevo Vedado. Así mi apartamento está en un reparto que se asemeja a una enorme vulva en el corazón de La Habana y que nace al sur, en el perineo de las intersecciones de la Calzada de Ayestarán y la Avenida de Rancho Boyeros. Al norte, ambas avenidas se distancian varias cuadras como muslos insertados en su cadera, atravesadas de este a oeste por la Avenida 20 de Mayo, paralela a La Rosa, y sede de la Biblioteca Nacional, el Ministerio de las Fuerzas Armadas, el Ministerio de Economía y otros edificios públicos.

Lo más terrible de pedalear incesantemente en la oscuridad no es la oscuridad misma ni andar sin percibir la diferencia entre la calle y el cielo, el asfalto y el contén. No es ver lo mismo al levantar la vista que al bajarla, al mirar de frente o a los lados. Lo terrible no es siquiera tener que ir muy despacio para saltar a tiempo cada vez que las ruedas de la bicicleta se van al vacío en las frecuentes zanjas, invisibles por el agua. No es tampoco perder el rumbo, sino perder la vida, si a esto se le puede llamar vida. Hace tiempo que se rumoran incidentes que los medios masivos callan: decenas de adolescentes y adultos asesinados mientras conducen sus bicicletas en las oscuras calles. Al paso del ciclista, los asesinos aguardan tras los enormes ocujes y lo golpean con bates de béisbol, o simplemente hacen caer a la víctima al tensar cuerdas de nailon entre una acera y la otra, y que oprimen brusca y violentamente su nuez de Adán antes de que los batazos le deformen el cráneo. La vida es el precio de un botín que no sobrepasa unos zapatos gastados y una bicicleta barata y obsoleta. Y claro que la policía no investiga, no le importa lo cotidiano.

Al poco tiempo de vivir juntos, comenzaron las peleas domésticas entre Juana y Francisco, que siempre terminaban con fuertes gritos y con la expulsión de Francisco, quien al parecer no robaba suficiente para mantener a la joven viuda y sus tres niños. Pronto empezaron a desaparecer los bombillos de las áreas comunes del edificio y en más de una ocasión se robaron el motor que bombea el agua a los pisos superiores. Todos sospechábamos de Francisco, y yo quise castigar al delincuente que me tenía cargando cada noche decenas de cubos de agua escaleras arriba. Francisco saldría del edificio, encontraría una botella de ron en el escondrijo donde él ocultaba los frascos con alcohol antes de subir al apartamento de Juana. Francisco se tomaría irresistiblemente un buche de ron y, un rato después tendría  vómitos, convulsiones, extendería involuntariamente al máximo sus brazos y piernas, para terminar con un colapso cardiaco y respiratorio. El monofluoroacetato de sodio, también conocido como Compound 1080, es soluble en agua, incoloro, no tiene olor ni sabor. El destino de Francisco está sellado.

Estoy dando vueltas y vueltas sobre los charcos y no logro encontrar mi hogar. ¡Si hubiera al menos una estrella que me guíe! Allá a lo lejos veo un edificio muy iluminado, el Palacio de la Revolución. Ya puedo orientarme: voy en sentido contrario, doblo a la derecha, sigo recto. Pronto siento que he caído en un precipicio, no hay asfalto sino un vacío enorme y nos impactamos la bicicleta y yo en unas rocas allá en lo profundo. ¿Alguien podrá verme u oírme aquí?

Una vez me sentí así durante un Yom Kippur. Había comenzado a ayunar involuntariamente mucho antes de lo establecido por los preceptos religiosos, y ¿cómo evitarlo? Caminé y caminé hasta la sinagoga, agotado, alucinado no por el incipiente ayuno, sino porque mi cuerpo no lograba entender la diferencia entre un día y los demás. Vi la sinagoga llena de cientos de personas bien vestidas, y hasta me imaginé en sueños que yo era un dibbuk que poseía sexualmente a una hermosa muchacha que nunca había visto antes. ¡Qué pensamientos terribles para un Día de Expiación! Pero de pronto abrí los ojos extasiado por la voz de un chazzan que alcanzaba al cielo con la más impresionante melodía y lírica: Kol Nidre’…ve’esare’… vecherame’… vekoname’…  Dejo de escuchar la melodía abruptamente cuando alguien me pide permiso para pasar y sentarse a mi lado. Es entonces que abro los ojos y veo que la sinagoga está casi vacía, sólo siete personas han asistido a los servicios religiosos, no hay chazzan, no hay ni habrá Kol Nidre, esa muchacha y esos cientos de personas viven desde hace muchos años en el extranjero y quién sabe si hasta han fallecido. 

Si la fosa está realmente cerca de donde vivo, debo oír la voz de Quimbolo, mi vecino más cercano. Quimbolo es el único cubano que tiene el privilegio de gritar improperios contra el gobernante absoluto sin que nadie haya pensado jamás en encarcelarlo por el resto de su vida. Quimbolo se llama realmente Everardo y sufre de retraso mental, deambula muy sucio por las calles y repite el rico léxico de malas palabras que algunos bribones le han enseñado. Nunca he escuchado a alguien gritar ¡pinga!  con tanta estridencia, fuerza, sonoridad, ¡ping………a!, alargando a  su antojo las consonantes para pronunciar la “a” en medio del olvido; recuerdo oír la palabra tantas veces en la oscuridad y al amanecer, como un grito de guerra. Durante muchos años, ningún niño a tres cuadras a la redonda aprendió a hablar diciendo Papá o Mamá sino que repitieron de Quimbolo su primera palabra. Un día Quimbolo enfermó de diabetes, se le ensuciaron las piernas ulcerosas y murió amputado y septicémico, privando al vecindario de su más obsceno declamador.

¡Parece que le dio un infarto, corran y llamen a una ambulancia o a un médico! ¿Qué no hay médicos en el policlínico? ¡El hombre está muerto! –vocifera la gente alrededor del cadáver de Francisco-. Ya nunca nadie se robará los bombillos de las escaleras del edificio ni el motor de bombeo de agua. No tendremos más robos en el edificio. Un ladrón menos…

No tengo miedo salir de la fosa en medio de la calle. Esta enorme trinchera debe ser el agujero que está en la esquina de la Calzada de Ayestarán y la calle Lombillo, frente a la farmacia destartalada y sus anaqueles vacíos, así que estoy solamente a una cuadra de mi hogar. Gateo por las rocas y creo que he salido a la superficie, palpo a mi alrededor piedras sueltas sobre una superficie que debe ser asfalto mojado. No se divisa a lo lejos ninguna guagua o carro que me alumbre y que pudiera atropellarme; las bicicletas pasan distantes. Gateo y trepo con mi bicicleta quebrada, las llantas dañadas. Ya quedan sólo tres pisos a subir a tientas… más escalones… un descanso, doce escalones… otro descanso. Cuidado de no golpear los restos de la bicicleta contra las puertas de los vecinos. ¡Angosta que está esta escalera!  Coloco la llave a la altura de mi ombligo y es más fácil hallar la cerradura.

Mucho más difícil fue encontrar la llave para graduarme de abogado. Había sido un sacrificio muy grande estudiar por las madrugadas, después de cada apagón, venciendo el sueño con té amargo muy abundante.

Desde el balcón los edificios a mi alrededor y la calle y el cielo se ven hermosos, negros como un gran océano de tinta. Así veo mi futuro y el de mi familia. ¿Por qué no buscar un poco de luz aunque no sea tan temprano en la vida?

En los meses siguientes las calles siguieron llenas de cráteres, oscurísimas en las noches, inundadas de basura, malolientes. La gente siguió con la mirada vacía caminando sin dirección, descansando de cola en cola, de frustración en frustración.

Los perros y gatos callejeros estuvieron a punto de extinción desde que los adolescentes descubrieron que su carne es comestible, y sólo deambulaban los más famélicos arrastrando su propia pelambre desgajada de la dermis, mientras las mascotas domésticas fueron abandonadas a su destino. Una muchacha se desmaya a mi lado en la guagua, otra mujer cae desplomada una mañana en la acera mientras miro desde mi balcón. Me cuentan de una anciana que se suicidó al no resistir el llanto de su pequeño nieto que pedía otro pedazo de pan, al tiempo que la radio anunciaba que somos el pueblo mejor alimentado del mundo, con menor mortalidad infantil y mayor esperanza de vida. Mis amigos y conocidos están muriendo repentinamente a edad muy temprana. Qué suerte tenemos de no vivir en otro país –me dice mi hijita mientras ve por televisión las imágenes espantosas del resto de la humanidad. No puedo creer que estoy viendo a dos hombres sumergidos en un contenedor escarbando la basura fermentada y previamente degustada por una miríada de moscas. ¿Por qué la tierra tan fértil de este país es tan estéril? ¿Por qué las mujeres no quieren parir y los jóvenes no quieren vivir? ¿Qué hace a la gente apoyar eufórica todo aquello que odia, pensar contra sí misma, sentir gozo en cavarles tumbas de desesperanza a sus nietos?

El monofluoroacetato de sodio es infalible. Su fórmula química es CH2F-COON y he leído que menos de una centésima de cucharadita es suficiente para matar a un degenerado como Francisco. ¿Y si la policía realiza una autopsia? No lo creo, hay muy pocos médicos trabajando en el país, la mayoría está contratada en Venezuela y otros países, y los médicos que quedan están tan atiborrados de trabajo que cualquiera de ellos habrá diagnosticado muerte súbita por infarto y no gastarán tiempo y recursos en una autopsia. He leído que este veneno interrumpe el ciclo de Krebs, que es la transformación del ácido cítrico en el cuerpo. El veneno se convierte en fluorocitrato, hace que el citrato se acumule en la sangre y que las células no tengan energía. La muerte celular es lenta y dolorosa. La policía no va a perder el tiempo averiguando si un tipejo como Francisco murió de un infarto o de un par de gotas de monofluoroacetato de sodio. La policía tiene especialistas muy calificados trabajando para ellos y médicos forenses que pueden detectar los rastros de veneno en el hígado, el cerebro, los riñones, el cabello. ¿Y si el técnico de la morgue extrajo el hígado y otras vísceras de Francisco y las vendió en el mercado negro como hígado y vísceras de res? ¿Habrán muerto otras familias, niños incluso, envenenadas por los residuos de 1080 en esas vísceras? Tiene una expresión amenazante el policía que me pide los documentos, el pasaporte. Detrás de mí se cierra para siempre la puerta automática de enormes vidrios.

El destello de las luces me enceguece. Hacía mucho que no veía tanta iluminación artificial. Los pasillos del aeropuerto parecen hermosísimos pese a que no tienen más adorno que su limpieza y perfume. Camino. Ando rápido para que las puertas no se cierren nuevamente. Corro encima de las escaleras rodantes hasta que llego a la vidriera que me separa de aquel hombre de mirada inquisitiva pero apática. Sus documentos están bien todos, pero usted no puede ser completamente admitido en los EE.UU. hasta que no demuestre que su alma vino con usted; su cuerpo está ya aquí, pero usted dejó su alma en Cuba- me dice fríamente el oficial de Inmigración en el Aeropuerto Internacional de Miami. ¿Qué va a hacer?

¿Qué voy a hacer? ¿Qué es lo que voy a hacer?, me voy preguntando una y otra vez mientras camino fuera del aeropuerto. Empezaré de cero, eso es, convertiré las esperanzas en una nueva alma mientras recupero aquella alma perdida que aquí dicen que dejé en La Habana y que en La Habana afirman que mudé aquí. Que otro se encargue de matar al ladronzuelo de La Rosa 503: yo nunca pude conseguir ni dos gotas de monofluoroacetato de sodio,  y  jamás tendría motivación para matar a otro ser humano.  Quizás no me habrían descubierto, pero  me alegro de que el delincuente Francisco siga vivo y que aún tenga esperanza de rectificar su camino. Yo aquí, lejos de Cuba, a partir de mi propia esperanza reconstruiré mi alma. Esperanza que sólo germina donde pueda haber luz.

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ENGLISH VERSION:
Murder at 503 La Rosa
By Moisés Asís

What am I going to do? What is it that I’m I going to do? That’s what I keep asking myself over and over as they lead me through the airport.

“We have a problem, sir,” the secretary at the Law School had said. “You can’t take the state’s graduating exam because we found you have penal antecedents, a police record. It’s been more than 20 years, so you can ask that they be erased and then you can take the state exam,” he added in a conciliatory tone.
Of course I knew this; that police record had made a pariah out of me, without the right to study the career of my choice, without the right to seek a better job, or to have any kind of social acceptance. For more than 20 years I’d been walking around, socially and politically castrated, and I’d come to think that the University of Havana would never find out about my past if I just denied it.
“There was a mistake and it’s been rectified,” the legal adviser to the Ministry of Justice said this time, months later.  “When you were tried and sentenced, you were a minor and so you should have never had a police record.”
You’re telling me this now, after decades of ostracism, you fucking legal adviser to the Ministry?
But it’s never too late to start again. So I graduated from Law School and decided not to practice, since the profession doesn’t actually allow the defense of those accused of ideological crimes such as thinking aloud, or to accuse crooks with good political connections. I can’t even defend myself. Under what law, and with what proceedings? I think back and I regret that I thought so dismissive of that court-appointed lawyer who didn’t bother to mount a defense for me back when I was 17 years old. Where could he be now? Has he been imprisoned for thinking without hypocrisy, has he deported himself, or has he allowed himself to be debased?


After two or three hours of pedaling my bicycle, sweating my guts out, I can’t find my way home: Night has come too soon, and the stars are on vacation as it rains non-stop on this new moon. For those without direction or hope, there are no sadder nights than those that are moonless. And it won’t matter how much I plead, the moon will not so much as peek.


The last time that I couldn’t distinguish day from night was when I’d just turned 17 and was locked up in a police cell during two weeks of questioning. The cell was windowless and it was impossible to tell the difference between dawn and the most intense hour. They wanted to re-educate me so that I would not only confuse day for night but so I’d learn that good and evil were relative concepts.
I was frequently dragged from that nine by six cell that I shared with three other inmates and asked about my terrible crime: wanting to leave my country. Days before, the overloaded boat in which I’d hoped to row hundreds of miles had gone down near a fishing dock; we’d barely started out on that moonless night. Nobody knew anything and there was no evidence, but a word from the political police was enough to call it a Crime Against the Integrity and Stability of the Nation. A military tribunal passed judgment on this civilian, a minor, with a court-appointed lawyer who stayed quiet, trembling, while the political police’s prosecutor presented a fantastic story that I couldn’t believe. Of the four year sentence I was given, I only served one, in labor camps where there were also moonless nights.


The police are not very efficient, or they’re really so preoccupied with trying to deal with the miserable problems in their own homes, which they have in common with every other Cuban, that they really don’t care about doing a good job of investigating crime. They never bothered to find out how Victor, my fourth floor neighbor at 503 La Rosa Street, died. The octogenarian passed away three days after being hospitalized. Nobody bothered to find out how he’d hit himself so many times against the wall. But all the neighbors heard him, in the silence of the blackout, and how Juana the mulatto, sixty years his junior, violently shaking him against the wall.
Victor and Juana had married four years before for the exclusive benefit of the young domestic servant, who would soon inherit the apartment and a juicy widow’s pension. Now Juana and the three kids she had while married to Victor could finally enjoy a better life. Victor had been resigned to those kids, black babies who arrived one after the other, without a smidgeon of their presumed father’s Caucasian DNA.
Everything might have been more believable if on the night of the wall banging and Victor’s subsequent hospitalization, their door hadn’t been furiously kicked in by Francisco, Juana’s nocturnal lover, who arrived and couldn’t understand why she wouldn’t let him in.
Each night, Francisco, a thieving dipsomaniac from the neighborhood, would fornicate with Juana while Victor slept a few steps away. As soon as Juana became a widow, Francisco installed himself in the apartment, and continued with the only things he knew how to do in his life: stealing and drinking.
They’d met at the bar adjacent to our building, at the corner of La Rosa and Ayestarán, a sad little place where lost souls would fill their bladders with alcohol only to empty them later in the neighborhood’s recesses. It was a little after he moved in that my life became more miserable, thanks to him, and I decided that killing him could be rationalized as an act of justice for the greater good of society.


I should be used to these interminable blackouts, omnipresent since my early childhood. If sunlight is a gift from God that has accompanied us always and will be with us forever, electric light is also an intangible miracle that doesn’t depend on us but on a group of men who tell us day in and day out that we must save what they squander, who make the blackouts coincide with the hours in which the radio and TV broadcasts from the United States to the Cuban people are most intense. Or worse, the blackouts drag on when I need to write or study or when friends come over. The drunken thieves from the adjacent bar take advantage of the darkness to make off with what they can. It seems to me that the blackouts are a punishing reality that haunts us daily, from infancy to our deaths.


“We’re going to let you go,” says the bureaucrat who has just given me the approval to leave Cuba. “We’re going to let you go because your soul is no longer in this country, you don’t think or feel like us. You haven’t matured enough to forget the idealism of your youth. You have not taken advantage of all the opportunities we’ve given you.”
I am left dumbfounded, trying to figure out what these opportunities were that I didn’t learn from or appreciate. But in this moment of joy, I mentally thank him instead, for not torturing me with a long delay in approving the leave for my family and myself.


The dark of the blackouts pursues me while I work, during dinner, trying to read or attempting sleep under the heat’s caress, or hauling buckets spilling water up and down the stairs, waiting in interminable lines to buy something to eat, as I make love or during a funeral, healing or teaching others, trying to heal myself or trying to learn. I should be used to this since it’s been the same thing since childhood, when the city of Havana began to lean on crutches.
I live in what could be called the clitoris of the Ayestarán neighborhood, which was built in mid-twentieth century between the old colonial district of El Cerro and elegant Nuevo Vedado. My apartment is in a part of the neighborhood that looks like a giant vulva right in the middle of Havana; it’s south, at the perineum of the intersection of Ayestarán Road and Rancho Boyeros Avenue. To the north, both avenues stretch for various blocks like thighs inserted in the city’s hips, crossed on the west by
20 de Mayo Avenue, parallel to La Rosa, and headquarters to the National Library, the Ministry of the Armed Forces, the Ministry of the Economy, and other public buildings. 


The worst part of pedaling incessantly in the dark isn’t the actual darkness or not being able to perceive the difference between the street and the sky, the asphalt or the pit. It’s not the fact that you see the same thing whether you raise or lower your eyes, if you look ahead or to the side. The worst isn’t even having to go slow enough so that you can jump off in time when the bike’s wheels fall into the many ditches, invisible because of the water. Nor is it getting lost, but rather losing your life, if this can be called a life.
For some time now there have been rumors about events which the mass media obscures: dozens of adolescents and adults have been killed while riding their bikes on the darkened streets. Following the bikers, the murderers hide behind the giant ocuje trees then bash them with baseball bats, or they make the bikers fall by stretching a nylon cord from one side of the street to the other, which they then pull quickly and violently around their necks, before the bats deform their craniums. Life is the price of a bounty that is nothing but a pair of used shoes and a cheap, obsolete bike.  And, of course, the police don’t investigate; they can’t be bothered with the everyday.


The domestic battles between Juana and Francisco began a little after they started living together. They always ended with vociferous screaming and Francisco getting kicked out. Apparently, he did not steal enough to support the young widow and her three children.  Soon, the light bulbs from the building’s common areas began to disappear, and more than once, the motor that pumped water up to the higher floors vanished.
We all suspected Francisco, and I wanted to punish the crook who had me carrying dozens of buckets of water up the stairs every night: Francisco would leave the building and find a bottle of rum in the same hiding place where he always hoarded his alcohol; Francisco would be unable to resist taking a mouthful of rum, and a little later he’d be vomiting, having convulsions, his extremities would stiffen involuntarily, then he’d finish off with a respiratory collapse and cardiac arrest. Sodium monofluoracetate, also known as Compound 1080, dissolves in water, is colorless, tasteless and without odor. Francisco’s fate was sealed.


I am going around and around the puddles and I can’t seem to find my home. If only there was a star to guide me! In the distance I see a very bright building, the Palace of the Revolution. Now I can orient myself, I’m going in the wrong direction so I turn right, go straight. I soon feel that I’m falling off a precipice, there’s no asphalt anymore but an enormous emptiness, and my bike and I smash against the rocks below. Can anyone see me or hear me from here?

Once, during Yom Kippur, I felt the same way. I had begun my fast well before what was religiously necessary. It was unavoidable. I walked and walked toward the synagogue, dead tired, hallucinating, not from the incipient fast, but because my body could no longer tell the difference between one day and the next. I saw the synagogue filled with well-dressed people and I even imagined, as in a dream, that I was a dibbuk who sexually possessed a beautiful young woman I’d never seen before. What terrible thoughts for the Day of Atonement! But, suddenly, I opened my eyes, enraptured by the chazzan’s voice flying high with the most impressive of melodies and words: Kol Nidre’…ve’esare’… vecherame’… vekoname’… 
The melody abruptly stops when someone excuses himself to pass and sit next to me.  That’s when I open my eyes and see that the synagogue is actually almost empty, only seven people are attending the service, there was no chazzan, there was not then and there never would be a Kol Nidre, that young woman and hundreds more have been living abroad for years and who knows if they’re even dead or alive.
         If this pit is anywhere near where I live, I should be able to hear Quimbolo, my nearest neighbor. Quimbolo is the only Cuban who is allowed the privilege of screaming improprieties against our absolute Big Brother without anybody ever thinking of locking him up for the rest of his life. Quimbolo’s real name is Everardo and he’s mentally retarded.
He wanders down the street in utter filth and repeats the rich and profane lexicon which some drunks have taught him. I’ve never heard anybody scream pinga! so stridently, so forcefully and sonorously. Pinnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnga, drawing out that N until the middle of oblivion. I remember hearing that word many times in the dark and at dawn like a war cry. For years, there wasn’t a child born within three blocks in any direction who learned to talk by first saying Papá or Mamá but rather by repeating Quimbolo’s word.
One day Quimbolo was diagnosed with diabetes. His ulcerous legs got dirty and he died, amputated and septicemic, depriving the neighborhood of its most obscene crier.

“It looks like he had a heart attack! Run and call an ambulance or a doctor!”
”There are no doctors at the policlinic?”
“The man is dead!”
People scream around Francisco’s body. Now he’ll never again steal the light bulbs from my building, nor the motor to pump water. There will no more thefts in the building. One thief less.

I’m not afraid to come out of the pit in the middle of the street. This huge trench must be the hole at the corner of Ayestarán Road and Lombillo Street, in front of the dilapidated pharmacy, with its empty shelves. So I’m only a block from home. I crawl up the rocks until I believe I’ve reached the surface. I paw at the loose stones around me that should indicate wet asphalt. There’s no sign of a bus or car that might illuminate me and possibly hit me; bikes pass in the distance. I crawl and carry my broken bike with me, its wheels destroyed. Now there are only three more flights to go up in the dark … a few more steps … a breather, 12 more steps … another pause. I take care not to hit what remains of the bike against my neighbors’ doors. This stairway is such torture! I place the key at the same height as my navel, and this makes it easier to find the lock.

It was much harder to find the key to graduating from Law School. It had been an incredible sacrifice to study at dawn, after each blackout, beating back sleep with abundant quantities of bitter tea.

From my balcony, the buildings and the street and the sky around me all seem beautiful, black like a great ocean of ink. That’s also how I see my future, and that of my family. Why not try and find a bit of light, even if it’s not so early in life?


In the months that followed, the streets remained littered with craters, ever darker, covered with trash, reeking. People walked by aimlessly, their eyes blank, resting in line after line, going from frustration to frustration.
          Cats and dogs almost reached the point of extinction as adolescents discovered their flesh was edible, and the only ones seen on the streets were the most famished, abandoned pets dragging along their own torn tufts of skin.
A girl faints next to me on the bus, a woman drops to the sidewalk one morning as I’m looking out my balcony. I’m told about an elderly woman who committed suicide because she couldn’t take the cries of her little grandson begging for another piece of bread, just as the radio broadcasts announced that ours is the best fed nation on earth, with the lowest infant mortality and the highest life expectancy. My friends and acquaintances are dying so quickly, at early ages.
“We’re so lucky to not live in any other country,” my young daughter says to me as she watches the haunting images from the rest of the world on our TV.
But I can’t believe it when I see two neighbors dive into a dumpster to scavenge through the fermenting garbage that had been previously feasted on by a myriad flies. Why is it that this country’s fertile soil is so sterile? Why don’t women want to give birth and young people don’t want to live? What makes people support so euphorically that which they in fact hate? Why do they work against themselves? Why do they experience such joy as they dig hopeless tombs for their grandchildren?

Sodium monofluoracetate is infallible. Its chemical formula is CH2F-COON and I’ve read that it takes less than a tenth of a teaspoon to kill a degenerate like Francisco.
But what if the police perform an autopsy? Probably not, though; there aren’t that many doctors left in this country, now that the majority has been contracted out to Venezuela and other places. And those that are left are overwhelmed with work, so they’re more likely to determine it was a sudden cardiac arrest and not waste time and resources on an autopsy.
I’ve read that this poison interrupts the Krebs cycle, that it alters the citric acid in the body. The poison turns into fluorcitrate, creates a citric concentration in the veins and deprives the cells of energy. Cellular death is slow and painful.
The cops aren’t going to waste time over whether some guy like Francisco died from a cardiac arrest or a few drops of sodium monofluoracetate. The cops have highly qualified experts and forensic doctors working with them who can find traces of the poison lingering in the liver, the brain, the kidneys, hair. But what if the morgue technician removed Francisco’s liver and viscera and sold them on the black market as beef liver, beef viscera? Did other families die – children too – poisoned by Compound 1080 residue in meat?
The police officer who asks for my documents, for my passport, has a threatening expression. Behind me, the giant automatic glass door is closing forever.

The glittering lights blind me. It’s been a long time since I’ve seen so much artificial illumination. The airport’s hallways seem so beautiful, even though they have nothing by way of decoration other than their cleanliness and tang.  I walk. I go very fast, so that the doors won’t close anew. I run to the escalators, then run again until I reach the counter where there’s a man with a quizzical but apathetic expression.
“Your documents are in order but you cannot be completely admitted to the United States until you prove your soul came with you; your body has arrived but you’ve left your soul in Cuba,” the immigration official at Miami International Airport says coolly. “What are you going to do?”


What am I going to do? What am I going to do? I ask myself over and over as I leave the airport. I’ll start over, that’s what, I’ll transform my hopes into a new soul until I can recover the lost soul that they tell me here I left in Havana and which, in Havana, they say I brought here.
Somebody else can take care of the thief at 503 La Rosa Street.
I could never get my hands on even two drops of sodium monofluoracetate, and I could never actually be motivated to kill another human being. Perhaps they would have never found me out, but I’m glad that crook Francisco lives on and can still hope to change. I will, from here, far from Cuba, try to reconstruct my soul from own sense of hope, which is only possible where there’s light.

Published only in English,
Achy Obejas (Ed.), Havana Noir 
[Brooklyn,NY: Akashic Books, 2007, pp. 179-189]
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MOISÉS ASÍS. Narrador e investigador. Hombre de múltiples carreras universitarias en Cuba y Estados Unidos (Información Científica, Trabajo Social Clínico, Hipnosis Experimental y Medicina Alternativa). Ha realizado tanto estudios de parasicología, hipnosis y apicultura como investigaciones culturales entre las que sobresalen aquellas dedicadas al tema del judaísmo en la Isla de Cuba. A finales del 2005, cofundó la organización caritativa, educativa y científica Bees for Life World Apitherapy Network).

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