5.10.2013

MARÍA SALGADO: LAS CORRIENTES SUBTERRÁNEAS DE LAS BÚSQUEDAS DE RITA MARTIN


En una antología poética personal titulada Poemas de nadie, publicada en 2013, Rita Martín introduce sus versos señalando la singularidad de los cuatro poemarios que la integran, subrayando el haber sido escritos en diferentes tiempos y espacios y el estar unidos por el tema central de la búsqueda que los conecta a través de “corrientes subterráneas”. Identificar esas corrientes subyacentes que las unifican y la significación de las particulares representaciones poéticas de sus búsquedas es el fin que he perseguido en este ensayo. En el breve párrafo que introduce su antología, Rita Martín ubica la escritura de los distintos poemarios que contiene:

He respondido a esta invitación [de la editorial Letras Cubanas] con Los poemas de nadie, un título unificador de varios libros breves, cerrados en sí mismos y por ello independientes, autónomos. Han sido escritos en épocas y espacios diferentes. Tocada por el astro pertenece a una escritura habanera. Poemas de nadie nace en la ciudad de Miami. Signs to the World se corresponde con una estancia en Carolina del Norte o, mejor, mi encuentro con el Sur de Estados Unidos. Escenarios aparece en Virginia, otra tierra sureña. Las corrientes subterráneas que los unen proceden de un viaje o búsqueda insistente (y consistente) que todo espíritu libre realiza para alcanzar sus formas dentro el desarraigo y la intemperie(s.p.)

            Leer los versos de Rita Martín permite comprobar lo que advierte en esta presentación: el tema de la búsqueda unifica sus bien diferenciados poemarios a través de corrientes subterráneas. Pero dichas corrientes unifican no solo estos cuatro libros, sino que se extienden además a las representaciones poéticas de los dos breves tomitos, de ocho y seis poemas cada uno, escritos con anterioridad a los versos de la antología. Titulados El cuerpo de su ausencia y Estación en el mar, estos dos libros de juventud fueron escritos entre 1981 y 1986 y publicados en La Habana en 1991 y 1992.[1] En el primero, la búsqueda erótica de la poesía/amado, teñida del inquietante temor de no encontrarlos se perfila desde el primer verso de la segunda poesía,[2] “De una tibia historia, también dolorosa”, en la que Martín poetiza su busca del elusivo cuerpo del poema, que en estos versos y a través del libro se funde y se confunde con frecuencia con el cuerpo del también ausente e inasible amado:
                                    
                                    Qué promesa la del poema que no escribo
                                    lcomo deseando, al fin, decirlo todo:
                                    la canción eterna del amor y el bardo
                                    con sus ojos acerados, musitando un vacío indescriptible
                                    y la unión, desde él, de la pareja feliz,  (4; 1-5)

De manera análoga, Estación en el mar también subraya en el largo primer poema que da su nombre al libro, un desolado sentimiento de pérdida y búsqueda amorosa que en los últimos versos se iguala, de improviso, a la búsqueda poética. El contraste entre el optimismo esperanzado de los dos versos iniciales de “Estación” y la velada amenaza implícita en los cinco siguientes tiñen el poema de un inquietante desasosiego:

                                    Amor, dentro de breves días
                                    será la primavera.
                                    En una tierra que no evidencia el cambio: la agonía.
                                    En una tierra que se consuela: despiertas.
                                    Llegan las manos: lirios de la espera.
                                    Esperar es, quién pudiera saberlo, primera mirada
                                    al horizonte, postrer llanto, actividad da la inercia. (3, 1-7)


Desasosiego que la hablante intensifica en los versos que siguen y superlativiza en los que ponen fin al poema, cuando en un movimiento circular empieza de nuevo el texto, repitiendo los versos iniciales mecánica y compulsivamente y tornando irónica la esperanza que sugerían al inicio del poema, al colocar en primer plano su impotencia para avanzar, reducida como está a escribir valiéndose de una palabra incapaz de expresar nada nuevo:
                                    Niña de otro tiempo, oigo:
                                    álzate y bendice la lágrima infantil, amarga y noble,
                                    necesitamos el hijo o el poema.
                                    Poema que escribo sin opción, irremediablemente,
                                    irremediablemente sin opción, repite:
                                    Amor, dentro de breves días
                                    será la primavera...    (4, 55-61; negritas en el original)

Las corrientes subterráneas que unifican estos dos libritos de juventud se manifiestan en estos poemas en imágenes de búsquedas del amado/poesía y en el correspondiente desasosiego de la voz poética ante el temor de no poder concretar sus versos en una expresión nueva. Tales corrientes se reafirman y expanden en los cuatro poemarios de la antología, cuyos versos subrayan insistentemente las continuas búsquedas de la poeta, a pesar de ser, como ella misma afirma, libros distintos.

           Los treinta y ocho poemas que recoge el primero de la antología, Tocada por el astro, fueron escritos en La Habana en 1992, el mismo año en que salía a la luz su segundo libro de juventud.[3] No obstante la coincidencia de fechas, habían transcurrido ocho años desde la escritura de Estación en el mar y el acercamiento a la poesía es esencialmente nuevo. Martín no poetiza ya largas y elaboradas estrofas de subjetivas anécdotas y memorias, sino elusivas emociones en sugerentes y breves poemas de factura simbolista.[4] Perfecto ejemplo lo ofrecen los ocho compactos versos de la primera poesía del libro, titulada “Las horas”, donde la hablante, en vez de escribir su obsesiva y frustrante persecución tras el amado/poesía, eleva a Dios una emotiva y breve súplica, que sugiere sin decirlo su orfandad personal y artística:

                                    Señor, Señor, estoy tan sola
                                    que miro tu bondad en mi agonía.
                                    Señor, Señor, las horas pasan
                                    Y heme aquí, estrecha, detenida.
                                    De la luz vengo, Señor, mas de las sombras
                                    parece brotar mi cancioncilla.
                                    Señor, Señor, estoy tan sola
                                    que pido a tu amor la nueva vida. (11; 1-8)


El vacío personal y artístico que describe, da pie a las búsquedas fundamentalmente poéticas y existenciales que se elaboran en Tocada por el astro, conectando este libro soterradamente no sólo con los poemarios previos y posteriores, sino además con la poesía trascendente en general. En un artículo sobre los ecos de la Obra de Juan Ramón Jiménez en Tocada, he señalado la profunda y persistente huella que la estética simbolista, de raíz trascendente y existencial, ha dejado en la poesía cubana desde los ya lejanos días en que esta tendencia fue introducida por José Martí (1853-1895) y Julián del Casal (1863-1893) y que por intermitentes vías se ha extendido hasta el presente, pasando por la renovación llevada a cabo en la primera parte del siglo veinte a través de la presencia en la Isla en 1936 de J.R. Jiménez (1881-1958), el máximo exponente del Modernismo español, quien difundió su poética entre los escritores del momento, y cuya vena trascendente se mantendría vigente a través de las innovaciones tanto de la Vanguardia, la Segunda Vanguardia y los Origenistas, como de sus herederos, los Neo-origenistas, el grupo de Mariel y la Promoción del Ochenta a la que pertenece Rita Martín.[5]
La herencia se hace explícita en el título de Tocada por el astro, libro que coloca en primer plano la tradición del poeta visionario de raigambre romántico-simbolista, y que incorpora las búsquedas de la hablante reviviendo imágenes y tropos del lenguaje trascendente en un contexto moderno y con una sensibilidad nueva.[6] El poema que da su título al libro ejemplifica la particular visión del tema de la búsqueda de trascendencia así como la re-escritura del discurso visionario tradicional que poetiza Rita Martín:

                                    Y tu vida, sin más, a la intemperie.
                                    Nada escuches, nada te importe.
                                    Inicia la partida:
                                    como al músico que a tu lado añoras,
                                    anda ciega, pero anda.
                                    Como al cantor
                                    que a tu paso reclamas, anda sorda,
                                    pero anda. Como al caminante
                                    que a tu paso exiges, anda muda,
                                    pero anda. Ciega,
                                    sorda, muda acaso,
                                    traza la marcha en un solo sentido.
                                    Sujeta con la mente el recobrado sueño:
                                    los ojos son amargo cactus
                                    y hacia el infinito sientes,
                                    tocada por el astro, traslúcidas las manos. (38; 1-16)

El poema y el poemario en general reflejan la ambigüedad postmoderna con que Rita Martín maneja la poética trascendente modernista. Por un lado, el uso del título del poema para nombrar el libro subraya la importancia que la autora asigna a la función visionaria de la poesía en la búsqueda de trascendencia, en la que el poema deviene el espacio de conocimiento; por el otro, la estructuración de los versos y las imágenes que escoge subrayan la duda de encontrar respuestas. La figura de la viajera que centra el poema, y que puede entenderse como un desdoblamiento del yo, evoca las imágenes del peregrino medieval y de la vida como viaje. En Tocada, la caminante se embarca en un viaje trascendente hacia el infinito, absorta en sí misma, indiferente a su entorno. La familiaridad y la firmeza del tú a tú con que la hablante aconseja repetidamente a la viajera refuerza la idea del doble, pero también coloca en primer plano la duda por medio de asociaciones conflictivas con tres figuras simbólicas: el músico, el cantor y el caminante. Los tres personajes afirman y perfilan con nitidez el tema de la búsqueda pero además cuestionan sutilmente la posibilidad de obtener respuestas, al afirmar por un lado la necesidad de la marcha e introducir por el otro la duda a través de los símiles que subrayan la ausencia de las tres figuras con quienes la conmina a caminar (“que a tu lado añoras”, “que a tu paso reclamas”, “que a tu paso exiges” [4, 7, 9]) tanto como el desamparo de los sentidos (“ciega”, “sorda”, “muda” [5, 7, 9]). Sin embargo, y no obstante la duda, la imagen de la viajera que avanza con decisión reafirma al final del poema la esperanzada necesidad de continuar la búsqueda, marchando sin vacilar hacia ese infinito que adivina (“el infinito sientes” [15]), descartando el engaño de los sentidos (“los ojos son amargo cactus” [14]) y avalada por la nueva esperanza (“el recobrado sueño” [13]) de haber sido “tocada por el astro” que ha hecho “traslúcidas” (16) las manos que escribirán los poemas/respuestas.

           Tocada por el astro es el último poemario que Rita Martín escribió en Cuba, los tres siguientes inscriben experiencias vividas en espacios y tiempos muy diferentes de los que hicieron posibles los esperanzados versos trascendentes de sus libros habaneros. Los veintiocho poemas escritos entre 1994 y 1995 del primer libro del destierro, Poemas de nadie, son oriundos de Miami, la capital norteamericana de Cuba. El cambio de visión poética que acompaña la mudanza de La Habana a USA se manifiesta en el título: la negatividad del anonimato que pregona--y que la autora proyecta sobre la totalidad de la antología al emplear el mismo título para nombrarla--la coloca tan lejos del lirismo trascendente de los tres primeros poemarios mencionados como la enajenante y ajena Miami lo está de la confortante y familiar Habana. Ajustarse al desconocido ambiente del exilio provoca versos que sin perder su lirismo ni la sutiliza del discurso poético que los caracterizaba reflejan un mayor compromiso con la urgencia de sobrevivir la vida cotidiana en un medio anómalo.[7]

           Tres breves textos de Poemas de nadie ejemplifican la nueva orientación de la voz poética: el primero, “Quería decir”, que inicia el libro, es una nostálgica reflexión metapoética sobre sus versos pasados; el segundo, “Espejismos”, poetiza el frenesí de la gran ciudad deshumanizada; y el tercero, “El silencio”, el último del poemario, plasma la enajenación de la propia hablante. En el primero, la melancolía tiñe la historia de los versos de su pasado poético:

                                    QUERÍA decir,
                                    quise decir alguna verdad no repetida:
                                    revelar un misterio
                                    o develarlo. Conocerlo.
                                    Amarlo.
                                    Era muy joven
                                    y guardaba la esperanza
                                    dentro de unos esbozos de recuerdos,
                                    contornos desfigurados,
                                    equívocos trazos ante los que me inclino
                                    como el mendigo
                                    que sacia su sed en la miseria. (59; 1-12)

El “Quería decir” del verso inicial coloca en primer plano el uso de la poesía como instrumento de conocimiento, la función trascendente del poema que Rita Martín elaboró en sus libros previos; el uso del imperfecto separa tal poética del presente sin cortarla del todo. El del pretérito en el segundo verso, por el contrario, hace el corte definitivo (“quise revelar alguna verdad”), y recalca la inadecuación de las buscas poéticas en pos de “revelar un misterio / o develarlo. Conocerlo. / Amarlo” (3, 4, 5). “Era muy joven”, excusa el sexto verso, y entonces aún tenía, dice, la “esperanza” (7) arropada en sus “esbozos de recuerdos” (8) y sus “contornos desfigurados” (9); pero sus búsquedas no produjeron respuestas, sino “equívocos trazos” (10). No obstante el fracaso, la tierna nostalgia hacia la idealizada sensibilidad poética del pasado que hizo posibles esos versos no mueve a la hablante a rechazarlos sino a consolarse, solazándose en ellos “como el mendigo / que sacia su sed en la miseria” (11-12).

          
Todos los significados de la palabra “Espejismos”, el título del segundo texto de este poemario que estudio, colocan en primer plano la ficción, el engaño, la fantasía, la irrealidad, que la hablante identifica con Miami, una urbe deshumanizada, visión enajenada que los versos subrayan empleando el inglés y aludiendo al “delirio” y al “sueño”:

                                    El delirio de los expressways. 
                                    El sueño de avanzar quién sabe a dónde.
                                    Sorda, la música va en ascenso.
                                    Rastro de la última esperanza.
                                    Tu rostro. Los espejos contra
                                    el rostro, dentro de la lengua.
                                    Luces las espléndidas noches de Miami. (82; 1-7)

La dificultad de escribir poesía en un lugar tan ajeno y engañoso, donde la irrealidad se adueña del ser humano (“Los espejos contra / el rostro”) e imposibilita la poesía al instalarse “dentro de la lengua”, es explicita en el quinto y sexto versos. El engaño y la ilusión que definen a Miami lo capta la comedida ironía de las múltiples significaciones del “Luces” del séptimo y último verso. Luces significa alumbrado e iluminación, pero también significa brillar e iluminar tanto como exhibir adornos, además de manifestar riqueza y autoridad, cualidades externas que de manera literal describen el brillo y el glamour asociado a Miami, y que a nivel figurado, y dentro del contexto del poema, subrayan la deshumanización y el enajenamiento que oculta el brillo de la ciudad.

           Los escuetos versos del texto que pone fin a la sección Poema de nadie--colección que poetiza el choque de la inicial experiencia en el espacio del exilio--resumen, valiéndose de seis definiciones, tanto la enajenación de la voz poética en el anónimo espacio de Miami como la dificultad de escribir poesía en ese entorno inhóspito, temas que de manera soterrada unifican el libro a los anteriores al subvertir irónicamente la esperanzada necesidad de respuestas trascendentes que regía las antiguas búsquedas:

                                    EL SILENCIO: la opción de mucha gente.
                                    La historia: la hazaña preferida.
                                    La carcajada: la tragedia.
                                    Los versos: el olvido.
                                    El amanecer: otro latigazo.
                                    La caída de Ícaro: el horror
                                    por todas las palabras. (91; 1-7)

Iniciar el poema con la palabra “silencio” introduce una gama de connotaciones poéticas y existenciales que reverberan en el resto de los versos. En poesía, el silencio es la muerte de la palabra, la negación del poder creativo del discurso poético; en el mundo empírico, es la censura, la represión oficial o individual de la libre expresión. En el contexto del poemario, el silencio evoca el doble significado: la ausencia de la palabra creadora extraviada en el bullicio, el ruido y el brillo de la ciudad que aturden e impiden crear, destruyendo el espíritu y entorpeciendo la lucha contra la injusticia. En el degradado mundo de la urbe anónima, la historia se reduce a la aventura preferida; la carcajada cubre la tragedia; los versos ocultan el olvido; el nuevo día marca una nueva angustia; y el fracaso del ideal acarrea la falta de fe en la palabra/poesía. El negativismo de los versos que ponen fin al poemario no puede ser más rotundo, reflejando el trauma de una hablante que ha perdido su norte dentro de un medio foráneo en el que no se reconoce. La temática de pérdida y enajenación hace a este libro distinto de los tres anteriores, pero lo es solo en apariencia, las corrientes subterráneas de búsquedas que los unen se mantienen vigentes a través de las reflexiones de la hablante sobre la degradación de la palabra en un mundo sin poesía. 

           Carolina del Norte y el año 2000 es el tiempo/espacio que enmarca las experiencias poéticas de los treinta y nueve poemas de Signs to the World, el quinto y el más largo de los poemarios de Rita Martín, y cuyo título en inglés señala otro cambio de dirección en la trayectoria poética de la autora. Este nuevo libro de poemas no se centra ni en las esotéricas elucubraciones de las búsquedas metafísicas ni en el enajenamiento del exilio; el nuevo patrón temático y de estilo es más familiar, aproximándose al tono menor, íntimo, cotidiano y sugerentemente lírico de Emily Dickinson, cuyos versos de “Letter to the World” parafrasea Martín en su título del libro, cita en el epígrafe que lo encabeza y rotula uno de sus propios poemas. La antigua ansiedad de la hablante por dominar la palabra poética no ha decaído ni tampoco su nostalgia del pasado cubano que experimenta desde el espacio ajeno del exilio, lo que sí ha cambiado es su expresión así como el énfasis en la cotidianidad de sus experiencias e introspecciones personales y poéticas, cualidades observables en el “Poema de Rita” con que da comienzo al libro. Los veintidós versos que conforman esta reflexión evocan ese otro mundo del tiempo/espacio de la noche cotidiana dentro del hogar, acogedor y familiar, el espacio íntimo del descanso, los sueños y la relajación y también de lo irreal e inesperado:[8]

                                    Con la noche llega esta otra vida
                                    para mí y por mí deseada.
                                    Una noche en la que no sucede nada
                                    o sucede todo de otro modo. (97; 1-4)

La noche es también el tiempo/espacio compartido con el a veces conflictivo ser amado:

                                    Otro silencio de los cuerpos
                                    que alguna vez hablaron
                                    o no hablaron nunca
                                    pero existieron. (97; 5-8)

O, tal vez si no compartido, es por lo menos el espacio desde el que se evocan los proyectos y los sueños de lo que fue o pudo ser:

                                    O aún nunca existieron
                                    pero dieron prueba efímera
                                    de la presencia de un nombre
                                    de un sueño y una vigilia
                                    dentro de la noche inagotable,
                                    litúrgica, danza ante los ojos. (97; 9-14)

Conflictos, proyectos y sueños que vive y revive la imaginación de la voz poética dentro del espacio protector de la casa, en el entorno de sensaciones y sonidos, reconfortantes en su familiaridad rutinaria, que la mueven a subrayar en el último verso del poema la importancia de ese espacio/tiempo íntimo y restaurador que proporciona la noche:

                                    Ya no nieva, no. Es el frío el que permanece.
                                    Tragando la humedad inquieta de la ventana
                                    y el vaho serpentino del aliento.
                                    Un niño comenzará la fiesta de las lágrimas,
                                    su llanto durará la madrugada,
                                    será otra noche idéntica de insomnios.
                                    Vomitando el cansancio de los cuerpos.
                                    La vivida por mí, para mí, la deseada. (97; 15-22)


Las meditaciones existenciales sobre la cotidiana falta de trascendencia de la vida/persona de la hablante que insinúa este primer poema, se resumen y concentran en el último, titulado irónicamente “Fin de la saga”, y en el que, sin nombrarlo, se hace patente el fracaso de las búsquedas metafísicas de los primeros libros, a los que se unifica por medio de esas corrientes soterradas que subrayó Rita Martín en su introducción a la antología Poemas de nadie:

                                    Solo sé de incertidumbres.
                                    Certeza alguna alumbró mi mano
                                    ningún oráculo vaticinó tragedia
                                    ni sacrificios ni proezas
                                    soy ínfima de pasados y presentes
                                    el futuro lo entreveo sucesivo
                                    como sucesivo ser es el que padezco
                                    repleto de arquetipos confusos
                                    sin mitologías de referencias
                                    sin sangre ni ardores ni causas gigantes.
                                    Alguien que no soy escribe estas líneas. (142; 1-11)  

Las corrientes subterráneas que unen estos versos iniciales de búsquedas personales y poéticas de Signs a los de los poemarios anteriores se perfilan también tanto en los textos que poetizan la añoranza de la hablante por su tierra natal como en los que elaboran sus meditaciones metapoéticas sobre su propia poesía, escritas ambas en el tono menor característico de este libro. Entre los varios poemas que versifican el más directo y cotidiano tratamiento del tema de la añoranza/exilio se destacan los breves versos que empiezan “Desde el aeroplano”. La claridad del nuevo discurso es evidente desde que se lee el primer verso:

                                    DESDE EL AEROPLANO no se distinguía
                                    lo sucio sino la serena dignidad
                                    del trazado de las calles,
                                    la arquitectura vetusta de los edificios
                                    y el andar antiguo de las mujeres
                                    y los hombres.
                                    En ruinas, pero viva,
                                    la ciudad decía su adiós
                                    y aún espera. (100; 1-9)

La añoranza de la voz poética es patente, pero lejos de empujarla a idealizar el espacio de su nostalgia la estimula en vez a ensalzar las esencias cubanas (“la serena dignidad”, “la vetusta arquitectura”, “el andar antiguo” [2, 4, 5]) y a señalar sus defectos (“lo sucio”, “en ruinas” [2-7]), no obstante echar de menos su tierra y anhelar el regreso que la personificada ciudad le exige (“la ciudad decía su adiós / y aún espera” [8-9]).

           Los textos de Signs to the World que elaboran el tema metapoético también se valen de los más sencillos y cotidianos términos del nuevo discurso, que ejemplifican los titulados   “Obstinaciones”, “In/Variable” y el que empieza “Adjetivos adustos”, plasmando tres posturas distintivas de la estética martiniana. Como sugiere su título, “Obstinaciones” poetiza la frustrada insistencia de la hablante en proseguir sus búsquedas, aún ante su inhabilidad para representar las sublimes visiones poéticas que le brinda la poesía: “Y volveré a escribir una y otra vez / uno y otro verso que nuevamente / percibo callada / en el deseo de estallar” (128; 1-4). La pasión que la mueve no decae, pero encuentra imposible descubrir la expresión que traduzca en palabras la inefable visión poética que la deslumbra: “Volveré una y otra a vez / a ahogar la palabra / perdida en la imagen que me ciega” (128; 5-7). No obstante, aunque el verso final, “la rosa espera al nombre” (128; 8), reitera su periódico fracaso también deja abierta la posibilidad de que en algún momento consiga la palabra que haga florecer la rosa en el poema.

           La breve composición titulada “In/Variable” ejemplifica la nueva postura de la autora frente a la poesía. De hecho, este breve poemita puede entenderse como un arte poética cuyas imágenes de la hablante y de la poesía elaboran la rutinaria relación entre una voz poética sin raíces (“este / ir y venir” [139; 1-2]) y privada de identidad (“de sucesivas máscaras” [139; 3]), es decir, de una hablante que con su falta de seguridad subvierte el concepto elitista del privilegiado poeta visionario de los primeros libros, y de una poesía igualmente ajena a los elevados preceptos de la poesía pura (“impura, sucia, oscura” [139; 6]); una poesía cuya cotidianidad agradece la hablante por ser el único seguro constante que ha consolado su vida:

                                    Solo sé que en este
                                    ir y venir
                                    de sucesivas máscaras
                                    solo a ti te he tenido,
                                    poesía,
                                    impura, sucia, oscura
                                    pero siempre a mano. (139; 1-7)

            La postura que inscribe el tercer poema, “Adjetivos adustos”, es la de una voz poética que no solo ha cesado de persistir en encontrar respuestas trascendentes por medio de la poesía, sino que expresa su resentimiento de verse sujeta a los artificiosos resortes de su arte (la gramática, las figuras retóricas, las imágenes, las rimas) y de ser esclava de su angustia existencial (la metafísica, la identidad), sin tener otra arma para defenderse que el arte mecanizado del verso:

                                    ADJETIVOS adustos. Sustantivos precoces
                                    poiesis, imagen, metafísica, existencia.
                                    Adverbios de frecuencia y espacio
                                    preposiciones como enlaces sorprendentes
                                    subordinadas del delirio
                                    aposiciones buscando explicaciones
                                    antónimos rozando los sinónimos
                                    la vida tras de ellos  (140; 1-8)

Impedimentos artificiosos de la escritura poética que la hablante contrasta en los dos últimos versos con la poesía inmanente en la naturaleza, simbolizada en el canto de la higuera, el árbol bíblico de la fertilidad y la abundancia: “esto es todo cuanto he tenido: / lejos, la higuera canta” (140; 9-10).

           Las diferentes posturas poéticas que Rita Martín escribe en estos tres poemas de Signs to the World son, en esencia, distintas representaciones de una mima estética, y tanto estos tres como el resto de los metapoemas del libro, apuntan a la evolución que ha experimentado su poesía. Los tempranos poemas de El cuerpo de su ausencia estaban regidos por los ecos de las todavía entonces vigentes tendencias transcendentes de raíz simbolista/modernista, en los de Signs, por el contrario, se ha abandonado todo intento de emplear la poesía como vía iluminadora de ilusorias verdades eternas y personales, usándola en vez para comunicar al lector, en líricos y emotivos versos, las experiencias cotidianamente humanas de la hablante poética. Un mensaje que estaba implícito ya en la palabra “signs” del título, sugiriendo que la unívoca unidad temática trascendente de sus primeros libros--inexistente en el mundo empírico--no es lo que domina en la variedad de “signos” o “señas” cotidianos que la hablante exhibe ante el lector o lectora en este poemario; los nuevos versos ofrecen, en vez, los signos de la múltiple variedad de la vida misma, plasmando en el poema las experiencias de vivirla.[9]

           Escenarios, escrito en el estado de Virginia (USA) en el 2008, es el último poemario que recoge Poemas de nadie. Los siete poemas que lo conforman se caracterizan por su tendencia a narrar en vez de sugerir la amarga decepción de la hablante, si bien lo hace en versos que mantienen sus conexiones con los poemarios anteriores, tanto con los escritos ocho años antes en Carolina del Norte como con los escritos veinte años atrás en la Cuba de los ochenta. Los versos de Escenarios recuerdan los de Signs to the World porque ambos libros están armados con una serie de poemas independientes, sin un tema central que unifique el conjunto, pero también por poetizar vivencias personales; y recuerdan los de El cuerpo de su ausencia y Estación en el mar por la tendencia a narrar detalles de recuerdos y anécdotas, sobre todo en el largo poema titulado “Escenarios”, el que da su nombre a esta pequeña colección, y cuyas varias estrofas poetizan retazos de escenas, recuerdos y pensamientos que inscriben repetidamente la sensación de pérdida y desolación de la hablante.

           La lectura de “Una sola ciudad”, el primer poema de Escenarios, ilustra la manera en que ha evolucionado el acercamiento de la hablante a las búsquedas así como a la expresión poética. Una primera ojeada a este texto demuestra la mayor extensión de los versos y del tamaño del poema, sugiriendo una más detallada elaboración de la anécdota. El poema en sí, inscribe la amarga decepción con que la hablante reflexiona sobre la falta de sentido de la vida humana, tema que también tiñe de angustia la mayor parte de los versos del poemario, y que se había empezado a insinuar ya en los textos metapoéticos de Signs to the World, a través de esas corrientes subterráneas que los unen.
            
          
           Los dos versos iniciales de “Una sola ciudad” colocan la anécdota en un espacio y
un tiempo reales y simultáneamente fantásticos. Las “dispersas y numerosas ciudades de Alejandría”, sugieren la repetición cíclica de la historia, apuntando a que la “sola ciudad” del título--la misma ciudad en tiempos diferentes--crea un tiempo/espacio mítico, desde el que la voz poética escribe sobre temas inefables: “En las dispersas y numerosas ciudades de Alejandría / escribiré del silencio de las noches” (145; 1-2), dice la hablante. Inesperadamente,  el verso siguiente alude sin nombrarla a La Habana, convirtiéndola en réplica de Alejandría, la “ciudad sola” o única en torno a la que gira el poema: “El malecón, como la otra ciudad, / tendrá una historia” (145; 3-4); historia en la que se repite a diario la rutinaria vivencia humana: “El niño, como en el otro barrio, pedirá su cuota. / La playa, como en todas partes, negociará / el placer de hombres y mujeres” (145; 5-7), y donde la caída de la noche no es ya el momento de la poesía sino parte del angustioso vivir humano: “La caída de la noche dará cuenta de otros desplomes / perentorios” (145; 8-9). Los versos que siguen sirven de transición hacia la segunda parte del poema; en ellos, la hablante reitera que no existe sino una sola ciudad, transformándola con esta repetición adicional en la ciudad-metáfora o espacio existencial donde transcurre y siempre ha transcurrido la vida humana: “Pero hay una sola ciudad / como solo hay un nombre / con el que llamarte” (145; 9-11). La hablante no ha llegado a la ciudad por voluntad propia, como tampoco llega el ser humano a su lugar de nacimiento, sino que nace donde es su destino, pero una vez allí luchará por entender su circunstancia viajando figurativamente hacia ese mundo de la cultura y del conocimiento que simboliza Alejandría, famosa por sus magníficas bibliotecas, en las que la hablante espera alcanzar las respuestas que la obsesionan, pero en las que tan solo encuentra la misma repetición de palabras sin sentido:

                                    . . . A fuerza y sin billete
                                    llegarás a Alejandría  
                                    saber del mutismo que tejiste.
                                    Pero el viaje es un pretexto para el ciego,
                                    y al leer los viejos manuscritos:
                                    artificios, palabras, dirás, nada importante.
                                    Sin notar la sangre ni la luz,
                                    cerrarás las puertas y ventanas.
                                    y no otra cosa has aprendido. (145; 11-19)

Al igual que el tema de la esperanzada búsqueda de conocimiento de los poemarios tempranos devino en la amarga decepción que expresa este poema, la nostalgia del exilio del cuarto y quinto libros también adquiere un sesgo decididamente amargo, rechazando la optimista esperanza del regreso con que concluía “Desde el aeroplano”, para subrayar en vez la falta de conexión con el espacio nativo que escriben los versos de “Lacret”, al describir el barrio habanero de Rita Martín, un espacio ingrato que ha olvidado a los ya idos. La hablante reduce su tierra cubana al barrio donde creció y se formó junto a los amigos artistas a los que dedica este poema y a los que incluye en el plural de sus versos.[10] Dentro del barrio, el espacio queda limitado a la casa, envuelta en el polvo de los años y el abandono, representando la enajenación y no ese espacio feliz que describe Bachelard,: “La tierra donde crecía nuestra casa / es otro polvo acumulado” (149; 1-2). La casa que pinta es cambiante y sin señas de identidad, se acomoda a tiempos distintos, y a la hablante le es imposible reconocerse en ella:

                                    Aquel cemento indestructible
                                    se sacude como las paredes de chirró
                                    que ensanchan o adelgazan los espacios.
                                    Esta casa se ha movido tantas veces
                                    que no quedan ni las huellas del mar. (149; 3-7)

Si la hablante no puede reconocerse en la casa, tampoco el barrio le ofrece huellas de su presencia en las que pueda fundamentar su identidad: “El barrio tampoco dice de nosotros / y tal vez seamos ya los fantasmas, / la ilusión sin rostro” (149; 8-10). Borrados del hogar y del familiar paisaje de su casa y de su barrio habaneros la hablante y sus artistas amigos han perdido su identidad cubana, convirtiéndose en muertos en vida: “Muertos de una época / en la que fuimos jóvenes” (149; 11-12). Los desolados términos de ruina y muerte que describen el espacio nativo, aunado a la incapacidad de la hablante para reconocerse en él, apuntan a la dificultad que experimenta al ir perdiendo su familiar y reconfortante identidad cubana sin lograr construir otra nueva en el enajenado y enajenante espacio del exilio extranjero.

           La negatividad en la representación de las búsquedas de conocimiento tanto como en las del exilio, reflejo del desaliento de la hablante, se proyecta con igual o mayor fuerza destructiva en los versos que elaboran el tema de la poesía, como se observa en los de “Repeticiones”, las cuatro líneas del mínimo poemita que cierra esta colección y la antología, extendiendo a ambos su desolado escepticismo:

                                    Y bueno, ¿qué más da?
                                    Siempre ocurre lo mismo.
                                    poco de alcohol y poco de verdad,
                                    y al poeta lo echan, por sucio, por sediento(155; 1-4)

El “repeticiones” del título evoca la infructuosa y repetitiva lucha de la hablante por hacer expresar a la poesía verdades eternas o su particular verdad; en este poema, no parece servirle ya tan siquiera como el deshago cotidiano que ofrecía en Signs. El fracaso de la búsqueda, transitorio en libros anteriores, se ha convertido en permanente, y la voz poética lo acepta con indiferencia (“Y bueno, ¿qué más da?” [155; 1]), convencida de que nada va a cambiar (“Siempre ocurre lo mismo” [155; 2]). La poesía ha perdido su magia y no sirve ni para embriagarse y escapar la angustia del presente; el arrebato que se obtiene al poetizar no compensa la falta de resultado (“Un poco de alcohol y poco de verdad” [155; 3]), ni compensa tampoco del rechazo y falta de comprensión de los que no entienden la necesidad de develar el misterio del ser: “y al poeta lo echan, por sucio, por sediento” (155; 4). La degradación de la poesía en estos versos es notable, sugiriendo que la evolución de la poética Martíniana desde las alturas visionarias de los primeros poemarios hasta su infructuosa e irrelevante práctica en el utilitario mundo sin sentido de este último libro, señalan la notoria desilusión de la hablante con la capacidad regeneradora de la poesía.

           Tal y como lo apuntaba Rita Martín en la presentación de su antología Poemas de nadie, las corrientes subterráneas unifican su poesía y se mantienen constantes de poemario a poemario. La lectura de sus versos indica también que a pesar de ser constantes, dichas corrientes exhiben la radical evolución que el paso del tiempo y la continua transformación de la experiencia vivencial de la autora han ejercido sobre su visión personal y su poética. Los sucesivos cambios existenciales que han transformado su sensibilidad se manifiestan en los progresivos cambios de imágenes y lengua poética martinianas en los seis poemarios que hasta el momento ha publicado, permitiéndole construir un mundo poético propio en constante evolución, cohesivo y en marcha hacia no sabemos qué ignorados predios líricos del futuro.





[1]   Las fechas de composición de estos dos tomitos, escritos cuando Martín contaba con dieciocho y veintitrés años respectivamente, me han sido proporcionadas por la autora.
 [2]   Considero este segundo poema, “De una tibia historia”, el primero de El cuerpo de su ausencia. El que figura en primer lugar, “Para hablar conmigo”, entabla un diálogo con el epígrafe que dificulta estudiarlo independientemente de los versos que cita y glosa. No obstante, las conexiones de “Para hablar” con el resto del libro son extensas ya que el diálogo con el hombre amado que elabora cuestiona la comunicación y la palabra, unificándolo por corrientes subterráneas al tema de la búsqueda de la palabra/amado en torno al que gira el poemario.
El vocabulario de la busca del amor erótico como vía de conocimiento, característica de la poesía trascendente modernista, se generalizó en la poesía de lengua española a partir de Rubén Darío. Raymond Skyrme sostiene que “el amor es un medio de conocimiento,  y en este sentido las imágenes eróticas en Darío son metáforas de conocimiento místico” (27).
[3]   En su breve reseña de este libro, Luis de la Paz lo fusiona con el poema del mismo título y lo describe en términos que difieren de mi lectura: “Tocada por el astro, un poema perfectamente estructurado, cuyo ritmo interior hace sobresalir la voz lírica de Rita Martín, que nos entrega una poesía clásicamente sosegada, de atardeceres barrocos, intimista y serena, que se pasea y recoge lo mejor del Siglo de Oro Español, y trae libre a nuestros días el dolor antiguo del desterrado: ‘es el mar la muerte o es la vida’” (s.p.).
 [4]   Los Poemas de nadie fueron escritos en un período de veinte años, los primeros en 1992, es decir, los de Tocada por un astro, poemario que ha tenido dos ediciones previas, una en 2006 y otra en el 2011.
[5]   En una entrevista publicada en 2006, Rita Martín se refiere a la rebeldía de su promoción hacia la poesía histórica de ideología marxista que favorecía el régimen castrista en esos momentos: “En los ochenta casi todos los jóvenes escritores miramos a los de Orígenes para conectarnos con un discurso donde existía otro reino y otras conexiones, el de la literatura o la cultura y sus relaciones afines que no siguen esquemas ni periodizaciones al uso, sean históricas o ideológicas” (Pozo/Zambrana s.p.).
 [6]   El soneto que Charles Baudelaire (1821-1867) tituló “Correspondances”, de su libro Les Fleurs du mal (1857),  introdujo el concepto del poeta visionario o intérprete del simbolismo inscrito en la naturaleza: “La Nature est un temple où de vivants pilliers / Laissent parfois sortir de confuses paroles; / L’homme y passe à travers de forets de symbols / Qui l’observant avec des regards familiers” (Les Fleurs 11). Para los críticos, este poema establece “dos principios importantes de la poesía simbolista: primero, que entre el mundo material y el espiritual existen paralelos esotéricos; segundo, que las percepciones de los sentidos humanos, tales como los de la vista o el oído, se pueden corresponder mutuamente en un fenómeno conocido como la sinestesia” (“French Symbolist Poetry” 1; mi traducción)
[7]   El tema del exilio en Rita Martín va más allá de su histórico traslado a USA para incluir el más existencial exilio interior, como ella misma explica en su entrevista con Pozo y Zambrana, al hablar de la influencia en su obra de James Joyce, escritor a quien descubrió a la edad de dieciocho años: “Me refiero a Portrait of the Artist as a Young Man y ésta me impactó mucho ya que todo escritor presiente que vive un exilio interior, y de repente la figura de Stephen Dedalus lo que hace es transitar del exilio interior hacia el exilio exterior, y todo el tiempo es un exiliado. Y el doble exilio parece ser una marca no sólo para los artistas sino para cualquier hombre y mujer cuyas vidas o bien ocurrieron en el siglo veinte o bien se desplazan de éste al recién iniciado siglo veintiuno” (s.p.).
[8]   Afirma Gaston Bachelard en su estudio del espacio, que la casa representa la seguridad y el bienestar asociados a la infancia; es el lugar recóndito y secreto al que se escapa al sentirse agobiado por el espacio externo (6-7).
[9]   La estrecha relación que establezco entre la hablante poética y la autora no solo es comprobable en sus versos sino que ha sido señalada por la propia Martín al explicar lo que imparte universalidad a un poema: “cuando el texto plasma el cuerpo del escritor o escritora es que logra convertirse en algo universal (o para evadir palabra de tanto poder connotativo), en algo comunicante” (Pozo/Zambrana s.p.).
[10]   La dedicatoria del poema reza así: “Para mis amigos artistas de Santos Suárez: Majín, David, Lina, Alberto y Elena” (149). En la introducción a la entrevista citada más arriba se explica la relación de la poeta con un barrio central en la cultura habanera: “Rita Martín nació en el barrio del Casino Deportivo en La Habana, pero cuando tenía dos años su familia se mudó a la barriada de Santos Suárez, un barrio de artistas (Amelia Peláez, Mijares, Cintio Vitier y José Kozer, entre otros pintores y escritores cubanos, son de esta barriada)” (s.p.).

Obras citadas

Bachelard, Gaston. The Poetics of SpaceTrad. Marcia Jolas. Boston, Beacon Press, 1964.
            Impreso.
Baudelaire, Charles. Les Fleurs du mal. 1857; Paris: Éditions de Cluny, 1951. Impreso.
“French Symbolist Poetry”. V. 144. Nineteenth-Century Literature CriticismGale, [2005].
            1-107. Impreso.
Martín, Rita. El cuerpo de su ausencia. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1991. Impreso.
____. Estación en el mar. La Habana: Ediciones Extramuros, 1992. Impreso.
____. Poemas de nadie. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2013. Impreso.
____. Tocada por el astro. Coral Gables, FL: Colección Las Bragas del Tucán. La Torre de
            Papel, 2006. Impreso.
Paz, Luis de la. “Tocada por el astro”. La Revista del Diario Web. 31 de diciembre de 2012.
Pozo Montaño, Ma Ángeles y Alberto Zambrana Ramírez. “Conversando con Rita Martín”.
            Espéculo. Revista de Estudios Literarios 10.31 (Noviembre 2005-Febrero 2006).
Salgado, María A. “De Rita Martín a Juan Ramón Jiménez: ‘Voces,’ un diálogo de reflejos y
            refracciones”. La Habana Elegante. Primavera-Verano 2013. 53. 
            http://www.habanaelegante.com/index.html. Sitio digital.
Skyrme, Raymond. Rubén Darío and the Pythagorean Tradition. Gainsville: UP of Florida,
            1975. Impreso.
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MARÍA A. SALGADO. Académica española. Con un doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Maryland, se ha desempeñado como profesora de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Entre sus contribuciones más importantes se encuentran sus estudios sobre el autorretrato en la poesía escrita por mujeres en los países de habla española durante los siglos diecinueve y veinte. Entre sus publicaciones destacan: El arte polifacético de las ‘caricaturas líricas” juanramonianas (1968), Rafael Arévalo Martínez (1979) y Modern Spanish American Poets (2003), así como numerosos artículos entre los que sobresalen: “El (auto)retrato dariano en el contexto de Cantos de vidas y esperanza”, “José Martí ante el sujeto femenino”, “Rubén Darío y 'La Rachilde': Reflexiones sobre la nueva mujer, la literatura pornográfica y la feminidad en el fin de siglo hispano”, “Desenmarcando el cuadro: El autorretrato de Luisa Pérez de Zambrana”, “Julián del Casal en los espejos del retrato literario”, “Del Modernismo y sus puntas de lanza en el transatlantismo hispano: Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez”, “Zenobia: el oro hecho sombra de Juan Ramón”,  “Rubén Darío y la Generación del 98: Personas, personajes y máscaras del fin de siglo español”, “Las dos Españas de Pablo Neruda”, “En torno a la expresión poética femenina de la generación de los años 50 en Cuba”, “Algunas apreciaciones en torno a la Biografía lírica de Sor Juana de Carilda Oliver Labra”, “El ‘Autorretrato’ de Rosario Castellanos: reflexiones sobre la feminidad y el arte de retratarse en México”, “En torno a los (auto)retratos de Miguel Angel Asturias”, “Una lectura maquiavélica de Pedro Shimose”, “El Paisaje animado en "Camino de Perfección”.

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