6.23.2016

RENÉ DAYRE ABELLA: A LAS PUERTAS DEL PAÍS DE DESPUÉS (INÉDITO)

Próximo libro en proceso de publicación

RECUERDOS DE UNA REUNIÓN ESPIRITISTA

En vano he tratado de darle cierta ilación cronológica a estos relatos ya que la memoria no me es muy fiel y se me escapan algunos fenómenos a relatar. Es así como olvidé narrar en su momento un par de experiencias que tuvieron lugar en Banes cuando apenas transitaba los años de mi adolescencia.
Las primeras de estas experiencias se relacionan con mis tías Enriqueta y María, ambas fallecidas en el mismo mes del mismo año 1963.
   El Espiritismo tal como lo conocíamos en casa no era completamente ajeno al misticismo, si bien es cierto que no se usaban íconos religiosos o cirios. La médium Isolina Feria de quien voy a hablar más adelante practicaba bautismos de criaturas, y usando el devocionario compilado por AllanKardec, celebraba ciertas evocaciones en las fechas como a los nueve días después de una desencarnación, a ese ritual le llamaban los espíritas que se habían formado en el centro de Isolina  Feria, novenarios. Luego al mes y posteriormente cada año en la fecha de esa desencarnación.
   La casa donde vivían mis tías era la casa de mis abuelos. Era una típica vivienda de los primeros años del siglo veinte. Tenía unas ventanas muy amplias y el techo no tenía cielo raso, sino que estaba a una gran altura y se podían ver el techado desde el interior de la vivienda. Recuerdo que en la reunión que celebramos toda la familia en la casa de la abuela era un día completamente veraniego y demasiado caluroso, abrimos todas las ventanas de la sala de estar que era bastante amplia y tenía dos enormes ventanas al lado derecho y una al frente que la mantuvimos cerrada para evitar la mirada de los curiosos. Era uno de esos días cuando todos comentan “no entra ni una brisita”. En efecto, por aquellas ventanas no entraba apenas aire fresco.
   Se dio comienzo a la sesión simplemente escuchando a la médium Tita Serrano que fervorosamente oraba y nosotros no repetíamos como acostumbran a hacer los católicos en sus responsos. Había una atmósfera de sopor y un calor infernal aún con las dos ventanas abiertas.
   A la mitad de la ceremonia comenzamos a sentir un frío gélido. Yo recuerdo que fui por una toalla para enredármela al cuello. De inmediato cerramos todas las ventanas y lo más curioso es que al mirar al techo distinguíamos una bruma azulosa y nos caían como gotas de rocío. El espíritu guía de la médium nos advertía que ese fenómeno no implicaba nada nocivo para nosotros, simplemente era la acción fluídica de todos los seres que eran más de veinte que venían a escuchar las oraciones y a ayudar a los espíritus de mis tías recién fallecidas a reconocer su nuevo estado.
    
MIS EXPERIENCIAS CON EL MÉDIUM ENRIQUE ROJAS EN EL CENTRO DE JUANITA NÁPOLES

A comienzos de los años setentas comencé a sufrir de un estado de ansiedad severa con un insomnio muy rebelde y tuve que consultar a la siquiatra del pueblo, la doctora Josefa León.
  Ésta me prescribió un ansiolítico muy fuerte llamado Melleril en dosis elevadas, así como un hipnótico, el Dormidén, pero no logré alivio, ni recuperación alguna.
   Bien recuerdo que mi estado de ansiedad me mantenía acostado para súbitamente levantarme y ponerme a caminar como un loco de un extremo a otro de la casa. Cuando viajaba, si tenía la oportunidad, me acostaba literalmente en tres asientos sin brazos y alineados en las estaciones terminales de autobuses pues no aguantaba el dolor en la región sacrolumbar. Consulté con médicos sobre este dolor y me hicieron exámenes de rayo x sin descubrir algo anormal. Fueron de la opinión de que se trataba de uno de los síntomas de la ansiedad generalizada que padecía.
   Una noche mientras cenaba recuerdo que no pude más y recordé que mi amigo Pedro Quiñones me había platicado que había sufrido de un dolor muy fuerte en una de sus piernas y aconsejado, por una gran amiga en común, nuestra recordada Rica Aguilera, visitó el centro de Juanita Nápoles donde laboraba el médium Enrique Rojas, quien había sufrido poliomielitis cuando niño y eso lo obligó a deambular en una silla de ruedas.
   Enrique en trance le recomendó que tomara la Butacifona por determinados días y que tan pronto desapareciera el dolor la suspendiera porque ese medicamento ataca la mucosa gástrica. Pedro era muy escéptico y recuerdo que antes de darme el consejo de ver a Enrique y a raíz de su experiencia con el medicamento, el cual realmente trabajó y le curó, me dijo sarcásticamente: “yo no entiendo esto de  los espíritus, pues según el médium y las personas que acuden al centro espírita, quien extiende  las curaciones es un espíritu médico que desencarnó en los años cuarenta, entonces ¿cómo este espíritu pudo conocer de la butacifona si cuando él vivió como encarnado todavía no habían sintetizado ese medicamento?” Así era mi querido amigo, pero al verme en ese estado casi demencial, sin encontrar alivio para mi estado de ansiedad e insomnio, me instó a que fuera a ver a Enrique.
   Sin terminar mi cena salí como un bólido al centro de Juanita Nápoles para ver a Enrique. Cuando llegué a la casa vi que afuera en el portal y en un jardín que tenían al frente de la vivienda habían improvisado de manera muy rústica unas bancas, que simplemente consistían en cuatro hileras de bloques de cemento para construir y encima le ponían unas tablas. Como pude, logré hacerme de un hueco y me senté a esperar que llamaran mi número pues al llegar
a la estancia había una persona que entregaba esos números limitados a 30 personas por sesión, quien no alcanzaba debía regresar en otra ocasión.
   Ocupé un espacio en aquella larga tabla al lado de una muchacha que me conocía. Hay que imaginar mi dolorosa sacro lumbalgia sentado en aquella tabla sin respaldar. Un poquito después de llegar salió un señor de la casa y gritó: “¿hay alguien aquí que se llama Joire Daire?” De inmediato me levanté para acompañar al señor y la muchacha a mi lado me dijo: “no hagas trampas que tú no te llamas así, yo te conozco y sé que te llamas René Abella, le respondí que luego le contaría por qué me llamaban de esa forma.
   Antes de proseguir con mi relato debo aclarar que el centro era una vivienda familiar y habían dispuesto la mesa del comedor para las sesiones y detrás de la casa habían instalado una cocina y un comedor para que funcionara como tales para la familia. El médium estaba sentado en su silla de ruedas frente a aquella larga mesa en un rincón de la vivienda y de ninguna manera podía ver a los asistentes que esperaban afuera, a la entrada de la casa.
   El otro detalle a tener en cuenta es ese nombre por el cual me llamaron. Mis padres asistían al centro espírita de Isolina Feria. La médium Isolina Feria tenía una rara facultad de ver en el periespíriitu de los niños que le llevaban para bautizarlos, pues su práctica espírita coincidía con el aspecto místico religioso del Espiritismo, el nombre de una encarnación previa del espíritu del recién nacido. Así las cosas, yo fui bautizado por Isolina y tuve de padrinos a Josefa Mir y Rafael Domínguez, ambos espíritas practicantes. Mi madre me contó que cuando me llevaron al bautizo le preguntaron a Isolina, ¿qué nombre trajo el niño? Y ella respondió Joire Daire.
   Mi madrina que era muy ocurrente le dijo a mi madre, no le vayas a dejar ese nombre, pues los demás niños en la escuela se van a burlar de él. De ese modo mi padre recordó que había tenido un tío abuelo francés que se llamaba René y me inscribieron René Daire, luego al llegar a los Estados Unidos los agentes de Inmigración por error escribieron Dayre en lugar de Daire y así quedaron las cosas. Fuera de mis padres y mis padrinos nadie sabía de ese nombre, Joire. De manera que al llamarme aquel señor de ese modo me di cuenta que el médium era auténtico y había incorporado a una entidad real.
   Fui conducido a sentarme frente al médium quien me puso una de sus manos en la frente y sentí como una fuerte corriente eléctrica atravesar toda mi columna vertebral y de inmediato se incorporó mi espíritu guía o protector, el mismo espíritu que se había manifestado antes a través de la mediumnidad de mi madre.
   Me reprochó que hubiera descuidado mucho mi crecimiento espiritual y que me perdiera en divagaciones y confusión.
   Debía retomar el camino. Estudiar, reflexionar y profundizar mucho en la Doctrina Espírita.
   Que no debía olvidar que nos unía un lazo kármico desde existencias anteriores y que en la última encarnación yo había prometido dedicar mis esfuerzos a divulgar la Doctrina y entonces me comprobó que en esa previa encarnación yo había sido un sacerdote y él mi obispo y que ambos estudiábamos secretamente y en privado las obras de Kardec. De ahí que el Karma lo había preparado todo; nacer en el seno de una familia espiritista y desarrollarme en ese ámbito. Incluso, nombró algo que el médium y la mayoría de los presentes ignoraban, mi afición por la escritura, particularmente por la poesía lírica. Me dijo que todo eso estaba muy bien, pero debería emplear la pluma como instrumento para divulgar la Obra. Esa era realmente mi misión.
   La sesión se prolongó toda la noche, después de atenderme, el médium me invitó a quedarme para ser testigo de los demás fenómenos que iban a desenvolverse en aquella sesión. De ese modo vi cómo una entidad recién desencarnada que no reconocía su nuevo estado daba gritos y vociferaba a través del médium. Se dirigía a sus supuestos compañeros de labor y les decía: “¿qué hacen ustedes ahí mirando como unos idiotas? ¿No ven que la carreta me cayó encima y ustedes están “pasmaos” y no me ayudan?” Y continuaba lanzando blasfemias y palabras soeces. Se trataba de un operador de una carreta de tiro de caña en una de las industrias azucareras de la región. El hombre había muerto un par de días antes y su espíritu no reconocía su nuevo estado. Una escena realmente dramática. Uno de sus parientes asistía a la sesión y procuraba que los asistentes se dirigieran al espíritu y le trataran de hacer comprender que había dado su cambio y que fuera hacia la luz, como se acostumbra a decir en la semántica espírita.
   Me llamó la atención que entre los médiums sentados junto a Enrique y alrededor de la mesa formando una cadena se encontraba un señor que hacía muy poco tiempo había conocido, Don Arturo Miranda. Un hombre muy versado en temas de ocultismo. Me lo había presentado un amigo teósofo y le agradecí una serie de buenos consejos que me prodigó.  Al verle ahí en ese centro espírita donde se observaba cierta liturgia, como cirios en la mesa, una copa de agua y muchas flores me obligó a preguntarle una vez que terminó la sesión y me ofrecí a llevarlo hasta su casa en el antiguo barrio americano a pie pues a esas horas de la noche ya no circulaban los autobuses, “¿cuál era la razón para esa parafernalia?” Y entonces me respondió que el agua como un líquido absorbía perfectamente los fluidos espirituales, la cera de los cirios mediante la flama les servía a los espíritus para ciertos fenómenos y por último, las flores era porque a los espíritus les encanta las flores. 
   Demás está por decir que después de aquella sesión desapareció completamente la ansiedad y sobre todo mi sacro lumbalgia. Era joven y caminar hasta la casa de Don Arturo para mí era un simple paseo, sin experimentar fatiga alguna.
   Durante el viaje le propuse si estaba dispuesto a hacer un pacto. A él le pareció sorprendente pues le proponía justamente que quien partiese primero al mundo espiritual le debía dar al otro una prueba contundente de identidad. Su respuesta me dejó sin argumentos.
Me dijo: “pero si acabas de recibir pruebas a través del médium Enrique que es médium parlante inconsciente, un fabuloso médium de incorporación y ¿todavía no te convences de la realidad del mundo de los espíritus?” Me sentí un poco avergonzado y luego del modo más cariñoso me dijo: “yo te comprendo, eres muy joven y a esa edad uno no está del todo convencido”.  En nuestro camino hasta la calle Corojo que es donde vivía hay una ceiba centenaria que es un árbol sagrado en la Regla de Ocha, la religión sincrética afrocubana, entonces Don Arturo me dijo que por imperativo biológico él debía partir primero y que me daría esa prueba que tanto anhelaba, pero, como en la vida no hay nada seguro, si yo partiese primero no tenía que darle ninguna prueba porque él estaba realmente convencido de la otra realidad y acto seguido me confesó algo que ignoraba, me comunicó que él había trillado muchos caminos y dentro de esos caminos él había investigado la santería y se había hecho santo y que ya que estábamos frente a la ceiba podíamos hacer el pacto delante de los orishas o santos.
   Miró su reloj y esperamos unos minutos a que llegara la medianoche. Le dimos la vuelta a aquel árbol y me hizo repetir en lengua lucumí una serie de palabras ritualistas en lengua ñáñiga que nunca supe su significado. Terminó la breve ceremonia y llegamos a su casa, y entonces me invitó a almorzar al día siguiente. Gustoso acudí a la invitación y luego de conversar sobre varios temas muy interesantes me dijo que me iba a regalar un libro muy apreciado por él, y me obsequió un libro de un autor rosacruz AMORC sobre la Lemuria.

ROSA MACAVIDRIOS

Pasaron unos cuantos meses y en una ocasión me encontré con Enrique en la calle y le pregunté por Don Arturo y para mi sorpresa me dijo que había fallecido, no le comenté nada al médium sobre nuestro pacto.
   En ese tiempo yo era promotor cultural y había ido con una compañía de actores aficionados a intervenir en un festival de teatro que se celebró en la ciudad de Santiago de Cuba. Yo siempre fui aficionado a la fotografía. El director del grupo de teatro me invitó para que le hiciera fotos a la presentación de la obra y también que le hiciera fotos a él cuando la maquillista del teatro Oriente, una chica llamada Teresita, lo maquillara.
   Después de la función de teatro, al siguiente día me fui con mi inseparable cámara Zorki a recorrer un poco la ciudad. De ese modo descubrí que estaban restaurando la casa del Adelantado Don Diego Velázquez para convertirla en un museo. No había acceso fácil al lugar pues estaba en plena reconstrucción. Yo tenía un carnet que me había expedido el Consejo Nacional de Cultura y con ese carnet tuve fácil acceso al museo.
   Conocí al doctor Quintela, un español que estaba a cargo de esas labores y a una muchacha licenciada en Historia del Arte que estaba a cargo de montar las diferentes salas que formarían parte del museo, se llamaba Aída, como la ópera de Verdi. Les hice fotos a ambos, pero no me permitieron fotografiar las salas, por supuesto.
   A mi regreso a Santiago en tareas de promoción cultural visité primero la casa museo para luego llegarme hasta el viejo teatro Oriente y entregarle una foto a Teresita maquillando al actor Juan Ramón Herrera. Cuando les mostré las fotos a Aída y al doctor Quintela, Aída le señaló la foto donde aparecía la maquillista al señor Quintela y le dijo: “Mire, viejo, la Teresita, ¿ve lo que trae al cuello?” En efecto la maquillista traía unos collares de santería y en ese tiempo a los militantes de la Juventud Comunista y del Partido Comunista de Cuba les tenían prohibido profesar creencias religiosas y era algo grave mostrar esos collares.
   A mí me chocó esa actitud de Aída y le respondí ¿qué tiene de malo el particular? A lo mejor ella usa ese collar como ornamento. Entonces Aída me llamó a una de las salas que estaba decorando y me confesó que ella era creyente en la santería y además, Licenciada en Historia del Arte pero, no era militante. Teresita sí lo era. Al final le dije que ese detalle no me importaba y de algún modo me notó contrariado. Entonces me dijo que ella tenía aché[1], una especie de mediumnidad, y que me veía muy mal y me quería llevar a ver a su iyalocha[2], o sea,  su madrina en la santería que era la famosa Rosa Macavidrios. 
   Su intución o su aché le advertían que algo malo me iba a pasar. Por supuesto que no le creí porque ese es un campo minado de peligros ya que los llamados orishas son espíritus de la naturaleza, los que Paracelso llamó elementales, además, me repugna la práctica de sacrificios ya que soy amante de los animales y vegetariano, pero por muchas objeciones que le puse a Aída, no me quedó otra alternativa que acompañarla a visitar a su madrina.
   Caminamos bajo un sol inclemente justo en el meridiano, subimos una calle estrecha que se llama Calvario, y realmente es un calvario subirla a esa hora del día en pleno verano. Finalmente llegamos a un viejo caserón colonial tocamos a la puerta con una manita de bronce que se conservaba intacta al paso del tiempo. La puerta de madera muy rústica sin pintar y en el centro de la misma una pequeña ventanilla donde se apareció Rosa. Enseguida Aída le rogó que me hiciera un “registro”, esto es una especie de observación y como yo debía regresar a Banes a las cuatro de la tarde, le pedía por favor que me consultara. Finalmente, la señora accedió y abrió la puerta.
   Una vez dentro de la casa la señora le dijo a Aída que yo traía conmigo un séquito de espíritus y que ella no era “muertera”[3], esto es médium. Que los espíritus de los muertos la dejaban muy mal porque perdía la consciencia. Fue mi oportunidad para decirle a Aída, “ves ella no nos puede atender, vámonos”. Y en ese momento justo la médium cambió la expresión de su rostro y retorciéndose decía: “yo no le doy mi cuerpo a un muerto, carajo!”  y entonces escuché de sus labios: “yo soy Arturo, Arturo Miranda, ¿recuerdas el pacto? El libro que te regalé no sirve, tíralo”.
   Después que el espíritu de mi amigo se retiró, Rosa increpó a Aída y le preguntó: “agarré un muerto, verdad, ahijada?” “No, madrina, fue el santo”, le respondió, pero Rosa sabía que había sido un espíritu. Entonces se dirigió a mí y me dijo: “mira, muchacho, tu camino es el espiritismo, eso es bonito. Este camino no es para ti. Le di las gracias por aquella manifestación, aún contra su voluntad y le dije que la tomaba como una contundente prueba de identidad. Entonces Rosa quiso mostrarme algunas de sus habilidades psíquicas. Primeramente, me dijo que veía junto a mí al espíritu de una mujer gruesa vestida de blanco que no alcanzaba a verle el rostro porque despedía mucha luz y que el espíritu le decía que era mi madre, pero mi madre entonces vivía, le pregunté, “¿está segura, Rosa, que le dice que es mi madre? Se hizo un pequeño silencio y entonces me respondió: “es tu madre, pero no tu madre carnal que está viva, es tu madre espiritual”. Luego le pregunté si podía darme el nombre y me dijo: “se llama Iso”, algo realmente sorprendente pues con ese apelativo sólo la trataban sus familiares y personas más allegadas a ella.
   Por último, me dijo: “¿sabes una cosa? Lo que mi ahijada te vio es que Oyá[4] está sobre tu cabeza, pero tu Ángel de la Guarda te va a librar de la muerte. ¡Recuérdalo!” Esa misma tarde llegué a la terminal de autobuses para tomar el ómnibus que cubría la ruta Banes-Santiago. Yo tenía una boleta oficial que me daba el Consejo Nacional de Cultura para que no tuviera que hacer filas y esperar por un número. Cuando llegué a la terminal me encontré con una señora de Banes muy amable y cariñosa, se llamaba Elsa y era la esposa de un médico, el doctor Edmundo Prieto, gente muy querida por toda la comunidad. Cuando me vio, me abrazó con mucho afecto y me dijo, qué bueno que te veo para que me acompañes a Holguín, no alcancé un número para irme en la guagua[5] de Banes y entonces llamé a Mundo—ese era el apelativo familiar para su esposo—y él me va a buscar a Holguín, yo siempre saco dos números por si me encuentro con alguien conocido para no hacer el viaje sola. Le dije que tenía una boleta para irme en el ómnibus de Banes que salía a las cuatro de la tarde, pero que iba a entregar la boleta y me iba a ir con ella. Se puso muy contenta. Salimos unos quince minutos después de la guagua de Banes y cuando llegamos a un punto conocido como Mergarejo el chofer detuvo el ómnibus. Nos dijo que una guagua había chocado y el tráfico se había detenido por unos momentos. Al ratito subió un hombre que venía en la guagua de Banes y nos preguntó “¿Hay alguien de Banes en esta guagua? Hubo un accidente, cuando veníamos bajando la loma al chofer se le fueron los frenos y chocamos con un camión militar que transporta vigas de hierro para la construcción. Hay muertos, sobretodo el pasajero que venía en el asiento número dos”. Fue impactante, ese era el asiento que me iba a tocar pues esos dos asientos del frente eran para los organismos oficiales. La señora Elsa me besaba y eufórica decía le salvé la vida a este muchacho y les contaba a todos los incidentes. Yo guardé en una caja de cerillos fragmentos de vidrio del parabrisas de la guagua accidentada.
   Rosa Macavidrios no se equivocó.






[1] Aché es una especie de mediumnidad en la Regla de Ocha o santería.
[2] Iyalocha en lengua yoruba-lucumi es madrina de Santo.
[3] Muertera , tiene dos acepciones la primera es  Oyá y Obá que son las dos orishas que reinan en el cementerio, por lo tanto, significan la muerte y la segunda acepción es una mujer médium que presta su cuerpo a los espíritus.
[4] Oyá, representa a la muerte.
[5] Guagua, en Cuba y en Puerto Rico se le nombra así al autobús.

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1 comment:

René Dayre Abella said...

Rita querida, un millón de gracias por publicar estos relatos que forman parte de mi libro A las puertas del país de después, todavía inédito.
Un beso y abrazo grandes.
René

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