12.09.2012

ÁLVARO MATA GUILLÉ: El DESGASTE DE LA DEMOCRACIA Y LOS ESTADOS PARALELOS


Cortesía de Revista Variopinto
número 6. Diciembre 2012, México D.F.

De Felo Monzón (1910-1989). "Formas fusiformes"
A veces la vida pierde sentido y nos obliga a preguntarnos el qué y el por qué de las cosas, intentando con ello vislumbrar un norte que nos devuelva al cauce de lo normal. Cuando esto sucede, como una manera de permanecer en lo que somos, de no incurrir en la parálisis o internarnos en el caos, volvemos al origen de nuestras motivaciones, para reorientar desde ahí, el fundamento de nuestras creencias, y así, sobrevivir a lo cotidiano.
Lo mismo ocurre con los sistemas políticos, con las instituciones que los constituyen y sus fundamentos, en este caso me refiero a nuestros sistemas democráticos, pues la democracia, como toda forma de convivencia hecha por el hombre, debe afinar de tanto en tanto su rumbo, redefinir su razón de ser, renovarse en sus principios, reencontrarse consigo misma para redefinir su sentido. De no hacerse esa revisión que afronte con rigor los síntomas que corrompen la convivencia y los lenguajes –a la razón de ser de esos lenguajes– ese modo de vida, ese conjunto de creencias que sustentan la convivencia, estará condenado a la inercia.
            Es fácil en estas condiciones, de vaciamiento de los significados, que la ciudadanía se refugie en el mutismo poseída por lo indolente, que se aleje de lo ciudadano —del otro y de sí mismo— en la indiferencia, pues los referentes, lo que ante decía y ordenaba las cosas, lo que antes nos reunía y permitía entendernos, perecieron.
Si la ausencia de significados, si el sin sentido alimenta las pautas que nos permiten identificarnos como sociedad —como nación, como cultura—, las instituciones que lo integran se convierten en un conjunto de convencionalismos inútiles, de requerimientos estériles, haciéndonos ingresar a una encrucijada de difícil salida, donde la ineficacia se hacen regla, la coerción el medio para forzar objetivos, junto a la corrupción, el fundamentalismo, la impunidad, que se yerguen como estados paralelos, convirtiendo al sistema social, a la democracia, en un cascarón en el que debemos vivir porque no hay a otro sitio, en el que permanecemos sospechando de todo, negando al otro y a nuestra intimidad, pero al negar al otro, al negar nuestra intimidad, se reniega del fundamento de todo sistema social: de la persona, del individuo.
Es fácil entonces, instituidos el mutismo —la sospecha, la sordera, la negación— caer en el resentimiento y el desprecio; es más fácil aún, que el desaliento se convierta en renuncia, en un bajar los brazos donde ya nada importe, puesto que al dejar de creer en el sistema, también dejamos de creer en nosotros mismos como posibilidad, inundados por la aridez del cinismo, la desconfianza, la inquina, el hacer que se impone sin escrúpulo, estableciéndose como nuevas formas del proceder que operan en todos los sectores, como pautas que dan sustento a los estados paralelos y a la barbarie, es decir, dan sustento al orden de la comunidad y a su nueva razón de ser: la negación de lo social, la postergación del sentir, la negación del otro, la corrupción de los referentes, la negación del individuo.
Si en una cultura, en los lenguajes y referentes que nos forman estableciendo la idea de lo que somos —de sujeto, de sociedad, de otro— no está nuestro eco como reflejo de nuestra intimidad necesitada de ese otro, no hay un reflejo de nuestra orfandad urgida de convivir para resolver el estar en el aquí, no habrá más que un remedo hueco de cultura, una mueca que huye de lo social y que no enfrenta la razón de ser y el sentido que define a la democracia.  
¿No se encuentran ahí en mucho, en estos elementos que menciono, el por qué de la degradación de nuestros sistemas, la proliferación de los estados paralelos y el sin sentido que derruye las cosas y a nosotros mismos? ¿No está ahí, en esa ausencia de referentes, de vaciamiento y corrupción del lenguaje, en la negación de la intimidad y la negación del otro, el inicio de la barbarie?
Convivir, ser parte de un orden social o estar en él, no sólo consiste en tolerar pasivamente las diferencias o vivir en la mediocridad de todos los días, en tener una casa o un trabajo; convivir no sólo consiste en establecer parámetros que posibiliten las relaciones entre personas e instituciones, entre individuos y organismos: convivir nos lleva a construir un lenguaje, una manera de ser, una posibilidad, un aquello que nos justifique y nos haga creer que nosotros somos nosotros. No me refiero a la identidad ni a la esencia, hablo de los fundamentos que dan origen a las instituciones y que constituyen una comunidad, uniendo el pasado al presente. Si los lazos de origen, si los principios igualitarios que dan forma a la ciudadanía se rompen, la sociedad también se fractura y necesariamente habrá que volver a empezar. 
"El volver a empezar": no es lo que hacen los estados paralelos al fragmentar la sociedad aprovechando la degradación cultural, no es lo que hacen las pandillas, las mafias, las clases políticas y culturales, cuando se alejan del orden social porque ya nada importa más que ellos mismos. Desde  México a la Argentina, pasando por Costa Rica y Venezuela, se obvian estos hechos encubriéndolos de falsos enemigos, de nacionalismo, superchería e impunidad.
Vacío de los lenguajes, oquedad del nosotros, destrucción de los referentes. El tiempo del antes y el tiempo del después desaparecen y sólo nos queda el instante consumido en su vaciamiento, adhiriendo el deseo mezquino de obtener, en ese intervalo, todo para sí, todo a costa de todo. Sociopatía que invade al orden cultural y lo consume sin escrúpulos, lo instaura como nuevo orden social, al saber también que no hay un más allá, ni hay trascendencia. 

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En Grafoscopio:
Álvaro Mata Guillé


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